Impone la extrema derecha el rumbo de la globalización

Escrito por on Jul 4th, 2016 y archivado en Destacado, Ensayo y Opinión, Galería Fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Impone la extrema derecha el rumbo de la globalización

brexitSólo el tiempo permitirá saber con exactitud las consecuencias que tendrá la salida del Reino Unido de la Comunidad Europea, que, en principio, sugiere si no su descomposición al menos sí su recomposición.

De entrada llama la atención la euforia de los extremismos de derecha en Europa (Francia, Holanda, Austria e Italia) y en Estados Unidos (Trump). Con tres argumentos: 1) el regreso a los nacionalismos; 2) el repudio a los inmigrantes; 3) la demanda de ¡justicia y libertades! para sus pueblos.

Las tres cuestiones se entrelazan entre sí, en su conjunto podría intentarse una explicación. La vuelta a los nacionalismos, contradicción con la naturaleza misma de la globalización impuesta precisamente por esos países, está ligada íntimamente a la cuestión de la migración, a sus costos políticos, antes que económicos y sociales. A los migrantes se imputa la responsabilidad de que los trabajadores de esos países, tanto de “cuello azul” como de “cuello blanco” (de hecho esa es la base electoral que le permite a Trump treparse a la candidatura presidencial), pierdan sus puestos de trabajo así como la disminución de sus salarios.

“La clase media, que fuera el motor de la economía estadunidense, cada vez está más empobrecida. El resultado es que la Unión Americana es el país con mayor desigualdad en el mundo desarrollado. Entre los ejemplos más dramáticos está la diferencia de ingresos: en 1970 el salario anual de un trabajador en la industria era de $40 mil dólares, y en el año 2010 ese promedio bajó a $24 mil dólares. En el periodo que va de la recuperación de la crisis que explotó en 2008, la acumulación ha sido brutal; uno por ciento de la población ha recibido 95% de las ganancias económicas del país en su conjunto.

“Un estudio de la Universidad de Stanford complementa algo de lo dicho por Reich. En 1965 cualquier director en una empresa recibía un salario 24 veces mayor que sus trabajadores; en 2009 esa diferencia había crecido 185 veces. El mismo estudio señala que en el año 2007, 10 por ciento de la población con mayores ingresos controlaba 75 por ciento de la riqueza. Esa desigualdad ha tenido perniciosos efectos en otras áreas, como en la educación, donde la deserción escolar entre la población de menores ingresos es cuatro veces más grande que en la de mayores ingresos; y en la salud, donde más de 20 por ciento carece de seguro médico.” (Desigualdad para todos. Arturo Balderas Rodríguez/La Jornada/Octubre 14 2013).

Es decir los inculpan de los evidentes conflictos inherentes a la globalización del liberalismo económico (desigualdad creciente, desempleo y disminución de los niveles de bienestar) a fin de no admitir que las causas radican precisamente en el seno de sus propias sociedades, en tanto que la masiva migración mundial (fenómeno que se repite en virtualmente en todas las latitudes del planeta, casualmente en paralelo con las rutas del tráfico de estupefacientes, armamento y lavado de dinero), no es sino uno de los efectos desastrosos de este modelo anglosajón de globalización;

Es una manera, más que de cerrar fronteras, es un recurso para unir a sus a pueblos, que ven cómo se sumergen cada día en la vorágine de la pobreza, y brindarle una esperanza populista, con lo cual pretenden recuperar la legitimidad de una democracia en decadencia y encauzar el conflicto socio-político hacia otros derroteros, así sea un escape provisional.

“Los saldos del neoliberalismo al estilo estadunidense se resumen rápidamente así: nunca desde antes de la gran depresión los ricos han concentrado tanta riqueza mientras todos los demás –a pesar de que su productividad se ha incrementado 40 por ciento desde 1979– se han mantenido, en el mejor de los casos, igual, pero en muchos rubros peor, que hace 30 años, cuando primero se aplicaron las formulas clásicas neoliberales.

“Según el economista y premio Nobel Joseph Stiglitz, 95 por ciento de los beneficios económicos logrados entre 2009 y 2012 se canalizaron al 1 por ciento más rico del país. Ese 1 por ciento hoy día capta más de una quinta parte del ingreso nacional. Stiglitz concluye: nos hemos convertido en el país avanzado con el nivel más alto de desigualdad, con la brecha más amplia entre ricos y pobres…. más de uno de cada cinco niños (21.8 por ciento) vive en la pobreza, según cifras oficiales.

“La esencia del sueño americano está en jaque; ese sueño se define simplemente en que cada generación gozara de una mejor situación económica que la anterior. Pero según nuevos datos del censo de Estados Unidos, para la gran mayoría de estadunidenses hubo nulo progreso económico en los últimos 25 años, o sea, toda una generación. El hogar típico obtuvo ingresos de poco más de 51 mil dólares anuales, casi lo mismo que hace 25 años. (Saldos: American Curios/David Brooks/La Jornada/Septiembre 23 2013).

Resulta una desvergonzada paradoja el argumento de la derecha extremista es el de clamar ¡justicia social! Esto último constituye más que una paradoja la evidencia plena del fracaso de la izquierda: la bandera de justicia social ahora es enarbolada por una derecha que tanto se parece al nazi-fascismo, una de cuyas vertientes, el falangismo español, es muy cercano a los partidos conservadores de América Latina.

Algunos datos ponen de relieve los efectos de la globalización liberal en desempleo, concentración del ingreso y desigualdad. Es menester advertir que el sistema capitalista pasa de una crisis a otra (de hecho, para muchos autores es un sistema en permanente crisis con la capacidad de trasferir los costos a otras regiones e incluso a otros grupos sociales dentro de los países dominantes). Así, las más recientes, 2008 y 2013, han agudizado los problemas sociales y políticos no sólo en las economías periféricas o emergentes, sino en las metrópolis.

Algunas referencias que explican el descontento que se vive en los países calificados como desarrollados, porqué surgen movimientos como los indignados, los Occupy, o partidos como Podemos; o bien, expresiones de derecha que pretenden refugiarse en el nacionalismo y resucitan, con violencia, ideologías racistas. Es la lucha social por el bienestar y la justicia, de una parte, y la de justificar el actual estado de cosas, magnificándolo, de otra parte.

“Por lo pronto, la ultraderecha francesa, comandada por Marine Le Pen, así como la italiana y la holandesa, ya han pedido referéndums. Hay, además, una contraindicación muy negativa para el Reino Unido: Irlanda del Norte y Escocia han votado en masa a favor de quedarse, y esta decisión, que ha enfurecido a su opinión pública, es probable que empuje a estos dos países fuera de la región.”

“La globalización nos ha traído un mundo mucho más conectado y ha acelerado el crecimiento económico a nivel global, pero también ha destruido fuentes de empleo, acentuado las desigualdades y ha generado competencia entre grupos sociales… Es un llamado de atención para reconocer honestamente no sólo los beneficios de la globalización, sino también los desajustes reales que provoca, porque si no los atendemos se va creando un caldo de cultivo fértil para populistas y xenófobos. Lo urgente es iniciar un diálogo serio sobre las consecuencias —positivas y negativas— de la globalización”. (El Reino Unido decide abandonar la UE: qué va a pasar ahora, explicado en 8 preguntas y respuestas. Cesar Finca/Yahoo!Noticias/24 de junio de 2016)

Los nacionalismos nacidos en etapas tardías del capitalismo, se manifiestan no sólo como afirmación y culminación de un proceso de integración, sino que son de carácter reactivo ante procesos seculares de empobrecimiento y dependencia aun en países de relativo desarrollo frente a las potencias dominantes en lo industrial y, sobre todo, en lo financiero.

Adquieren, tanto en el orden práctico como ideológico, connotaciones de rechazo al capitalismo salvaje porque impiden la construcción de un orden social cohesionador, dadas las condiciones para un proceso permanente de reproducción de desigualdades. Sin embargo, en el contexto de nuevas formas de dependencia debido a la globalización, estas concepciones nacionalistas han perdido las bases materiales de su reproducción tanto en el orden económico como cultural. De ahí que estas maniobras plebiscitarias y político-electorales no son sino a corto plazo, no serán duraderas. (Yanuzzi, María de los Ángeles, La crisis del Estado-Nación. Algunas reflexiones teóricas. http://www.revistakairos.org/k01-04.htm)

Además del rechazo al “extranjero” (más aparente que real porque desde siempre se le ha aceptado si bien para faenas que exigen trabajo duro con salarios bajos), ahora se suma el “temor a otros valores culturales y religiosos”. En realidad es “el chivo expiatorio”

Andrew Seele lo explica así: “pero no todo es xenofobia. También hay un miedo hacia la globalización en general, de la cual la migración es una parte. En un mundo cada vez más entrelazado, en el que ideas, productos y personas cruzan fronteras con mayor facilidad, hay entre muchos un temor de perder la identidad y tradiciones propias y hay, sin duda, ajustes difíciles en lo concreto. La globalización nos ha traído un mundo mucho más conectado y ha acelerado el crecimiento económico a nivel global, pero también ha destruido fuentes de empleo, acentuado las desigualdades y ha generado competencia entre grupos sociales.” (Inmigración y conflicto/El Universal/Junio 25 2016)

Esta realidad generalizada en los países insertados en este modelo del capitalismo salvaje con tecnología del siglo 21, no es algo espontáneo, ni creación mágica de “la mano invisible” ni es un “regalo del cielo”: “Stiglitz, en un discurso reciente ante la central obrera AFL-CIO, recordó que “esta desigualdad no es inevitable… No es el resultado de las leyes de la naturaleza ni de las leyes económicas. Más bien, es algo que creamos, por nuestras políticas, por lo que hacemos. Creamos esta desigualdad, optamos por ella, con leyes que debilitaron sindicatos, que erosionaron nuestro salario mínimo a sus niveles más bajos en términos reales desde la década de los 50, con leyes que permitieron a ejecutivos en jefe captar un pedazo más grande del pastel empresarial”, entre otras cosas, mientras cada vez hay más necesidades básicas que no se atienden, desde infraestructura hasta educación y empleo, afirmó.”

“Advirtió que “nuestra democracia está en peligro. Con la desigualdad económica viene la desigualdad política… en lugar de un gobierno del pueblo, nos estamos volviendo un gobierno del 1 por ciento”. Y concluyó que sólo los trabajadores, en alianza con los sectores del 99 por ciento, pueden revertir todo esto y recuperar la democracia política y económica en este país.” (Saldos: American Curios/David Brooks/La Jornada/Septiembre 23 2013).

Algunas citas que evidencian lo que podría anticipar una crisis generalizada del modelo liberal de globalización que pretende una fuga hacia adelante por la derecha, la cuestión radica en intentar una respuesta a las preguntas qué sigue y qué hacer. Veamos:

“Los 400 estadunidenses más ricos acumulan una fortuna de 2 mil millones de dólares [¿dos billones?] –equivalente al producto interno bruto (PIB) de Rusia, cifra que supera este año el monto de mil 700 millones de dólares [¿1.7 billones?] a que ascendía en 2012, un récord que refleja la fortaleza del mercado de valores y del mercado inmobiliario, según la revista.” (Forbes: Bill Gates sigue como el más adinerado de Estados Unidos. Afp y Notimex/La Jornada/Septiembre 17 2013)

Es decir, según datos de la OIT, la desigualdad social creció proporcionalmente en las economías desarrolladas que en países emergentes: “En España y Estados Unidos (…) las variaciones de la distribución salarial y las pérdidas de empleos determinaron el 90 por ciento del incremento de la desigualdad en España y el 140 por ciento en Estados Unidos”, dijo la OIT.

“El organismo internacional señaló que los sueldos medios en los países desarrollados sólo han crecido un 0,4 por ciento desde 2009, pese a un incremento de un 5,3 por ciento en la productividad de los trabajadores.

“En general, en estas economías el salario real se mostró prácticamente plano en 2012 y 2013, y creció en un 0,1 por ciento y en un 0,2 por ciento, respectivamente. En algunos casos –como los de España, Grecia, Irlanda, Italia, Japón y Reino Unido–, el nivel del salario medio real el año pasado fue inferior al de 2007.” (España y EEUU, los países donde más ha aumentado la desigualdad. Reuters/Diciembre 5 2014)

La crisis bancaria de 2008, que todavía perdura, se manifestó en la crisis bancaria mundial, cuya “solución” fue una calca de nuestro histórico FOBAPROA: convertir en deuda pública las pérdidas de los bancos (que así se convirtieron en ganancias):

Los seis bancos más grandes de Estados Unidos tenían (2008) activos conjuntos de 62% del producto y coeficientes de apalancamiento -relación de préstamos concedidos a capital- que fluctuaban entre 10 y 27 veces.

En 2011, los activos de los dos principales bancos alemanes casi llegan a 120% del producto germano y el de los tres primeros franceses a 245% del producto galo. Los activos del banco ING son el doble del producto holandés y de los cuatro grandes bancos ingleses casi cuatro veces el producto británico. La situación no es mejor en los países europeos periféricos inundados con bonos depreciados o susceptibles de depreciación de sus gobiernos (20% de sus activos en España).

Se dio el primer paso en el salvamento bancario con 700 mil millones de dólares -Troubled Assets Relief Program, de 2008- destinado a comprar valores hipotecarios emproblemados que luego se desviaron a garantizar la deuda de las grandes instituciones financieras y a favorecerles con inyecciones de capital. Esos fondos no se usaron para transformar hipotecas en préstamos con garantía estatal en beneficio de los hogares sobreendeudados ni para justificar la imposición de límites a las altas compensaciones de los funcionarios bancarios. De ese modo, se dio el paso inicial para transformar pérdidas privadas en endeudamiento público, dejar intocado al sector financiero y alimentar después complejos debates ideológicos entre quienes prefieren la desaparición de los déficit públicos así creados y los que dan prioridad a combatir el estancamiento o el desempleo. (Banca y crisis en Estados Unidos y Europa. DAVID IBARRA/La Jornada/Octubre 6 2013)

Ante políticas aplicadas bajo el anacrónico “dejar hacer, dejar pasar”, las nuevas generaciones se ven entrampadas en un presente vacío y un futuro sin expectativas: El famoso comentario de John M. Keynes: A largo plazo todos estaremos muertos fue un llamado a actuar ahora frente a la crisis; hoy el predicamento dominante es: A largo plazo todo se arreglará. Ulrich Beck habla de una nueva táctica disciplinaria que consiste en aplazar las decisiones (merkiavelismo)… se refiere a un estado constante, alargado de manera indefinida, en que todas las decisiones quedan pospuestas. Este alargar es un nuevo modus operandi del capitalismo

…se puede decir que Europa está atrapada en un desfase generacional: las generaciones más estables (40-50 años) pueden ver que el europeísmo ya no funciona, pero construyeron sus vidas en este universalismo (vacío) y no lo cuestionarán de un día para otro. Son ellos quienes tienen congelado el orden, constituyendo un soporte para la ideología de la austeridad. Mientras tanto los jóvenes (20-30 años) quedan fuera de este consenso.

Analizando el fracaso de la izquierda y la falta de alternativas a la luz de la crisis evoca también otro concepto gramsciano: la guerra cultural, ganada hoy por la derecha y la burguesía, cuyo “imaginaire” (la primacía del PIB, el consumismo y la meritocracia) triunfó sobre otras visiones del mundo, pero que igual está ahora en apuros, como evidencian los jóvenes en las calles (Krytyka Polityczna, 26/6/13). (El tiempo, el capitalismo y la ideología. Maciek Wisniewski*/La Jornada/Agosto 2 2013)

Sin embargo, por encima de las manifestaciones multitudinarias y las marchas, a la hora del sufragio popular se impone la ultra derecha. Algo disfuncional está exponiéndose en la democracia representativa.

Esta aparente crisis del capitalismo global podría apuntar hacia el fin de una “etapa ideológica… y el gran problema consiste en definir el vínculo entre la libertad y el desarrollo”. Es oportunidad, por tanto, para intentar algo nuevo, radical pero posible. La interrogante crucial: ante el fracaso del arquetipo de planificación centralizada y la colectivización, y ante un modelo económico fundado en la explotación del trabajo, la acumulación y la depredación del planeta, ¿es posible otra estructura económica y, por consiguiente, es posible otro modelo de producción y distribución económica, así como otro modelo de relaciones sociales de producción?

¿Es posible construir otra estructura social productiva exitosa, eficiente y creadora de riquezas que no genere injusticias y así dé lugar a un prototipo político y a una democracia que reproduzcan justicia, libertades e igualdad, en vez de servir de soporte a la acumulación y a la injusticia social? ¿Cuál es ese modelo ideal y, sobre todo, cómo hacerlo posible?

“Si el proceso local se reduce no más que a lo local y lo coyuntural, y no trata de coordinar sus fuerzas regional nacionalmente, hasta llegar también a escala mundial –donde reposa el gigante global enemigo–, poco se habrá ganado. Por tanto, la consigna resultante puede ser la siguiente: organizarse políticamente y combatir por el domino del poder estatal en todas partes, para arrancarlo de las manos de quienes hoy lo aprovechan en perjuicio de las mayorías productivas”… “Organización y acción, tal es la necesidad que proviene de la crisis de miseria y hambre, y también de gobernabilidad, que busca paralizar por el terror. La paciencia y la pasividad deben terminarse: por fortuna todavía hay con qué hacerlo, y con quiénes hacerlo”. (Fals Borda, Orlando, Globalización y segunda república, La Jornada, Cuadernos del Pensamiento Crítico Latinoamericano, Número 10, julio 22 de 2008)

Si los agentes de la transformación social, hoy, no son el Estado –sumido en crisis de legitimidad– ni el proletariado, entonces ¿quiénes? Estimo que no caben exclusiones: en el escenario de la globalización, el espacio y la oportunidad son para esa extensa gama de movimientos sociales de campesinos, indígenas, agrupaciones civiles y ciudadanas, asociaciones de las diversas minorías, trabajadores intelectuales, jóvenes, mujeres, partidos de izquierda y sindicatos democráticos. Unidos en las estrategias, en las ideas, y en el proyecto (no necesariamente incorporados a una organización única) pero, especialmente, internacionalizados: no podrán tener éxito si siguen actuando aisladamente en cada país y en cada región.

Debe terminarse con la desarticulación y el inmediatismo, y evitar que las protestas y marchas se reduzcan a la nota de color en las reuniones “en la cumbre”; o, en reminiscencia del infantilismo de izquierda, no caer en la trampa por la cual los plantones y bloqueos podrán agudizar las tensiones y contradicciones sociales. El efecto real no es sino servir de coartada para la justificación de esas políticas tan cuestionadas.

Quiérase o no se trata de un reto que se ubica entre la inconformidad desde abajo y el dominio superestructural desde arriba. Y como en toda propuesta revolucionaria, el primer paso es la crítica social e histórica. Crítica social urgente, cuando el socialismo y la socialdemocracia se quedaron sin teoría, sin crítica, sin propuesta, sin revolución y sin siquiera reformas sociales. Estamos presenciado la crisis de la izquierda en Europa y en Latinoamérica. Es revelador, por otra parte, que un aspirante a la candidatura a la Presidencia de Estados Unidos por el Partido Demócrata, el Senador Sanders, abiertamente propusiera una opción socialista, recibida con entusiasmo principalmente por los jóvenes.

Cuando la realidad totalmente deshumanizada exige ideas nuevas para un mundo nuevo; cuando cunde imbatible la desideologización impulsada por la industria cultural del capitalismo global; cuando los pueblos saben que quieren cambios radicales porque buscan “un mundo mejor, más justo, democrático y participativo”.

La pregunta es si en este momento existen tales condiciones. Uno es el objetivo fundamental: globalización democrática con justicia social. Frente al fracaso del Estado Nacional para articular satisfactoriamente la conflictividad manifestada en diversos niveles de la sociedad, antes que la sublevación violenta (aunque Luckács asienta que cuando la extrema derecha se instala en el poder la única vía posible es una revolución social), el camino puede ser la lucha social y política concertada entre las organizaciones ciudadanas de base de cada pueblo latinoamericano, para emprender una sucesión de reformas sociales, económicas, políticas y culturales. En cualesquier caso se requiere llevar a cabo la enorme y profunda empresa educadora del pueblo.

Ahora bien, este es el ideal. Es la utopía. Pero sin proponernos utopías no será posible el cambio democrático.

En este, como en todos los temas, el debate estará siempre abierto.

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