Con la velocidad de un prejuicio

Escrito por on Jun 8th, 2016 y archivado en Destacado, Galería Fotográfica, Sobremesa. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Con la velocidad de un prejuicio

clasismoEn México tenemos un elefante en la sala, más bien un mamut, un animal enorme, grotesco y que debería estar extinto hace millones de años, pero que sigue ahí, del que no solemos hablar, más que de vez en cuando y bajito y que cada que puede asoma su – Bart Simpson dixit- horrenda cabezota y nos regala con sus infames barridos.

El elefante se llama clasismo, impregna todas las discusiones políticas y sociales con una rancia pátina, se muestra muchas veces en su expresión real a través de las redes sociales, y tiene una velocidad de ataque que se mueve más rápido que cobra real.  Es sutil, insidioso y como toda la violencia simbólica, muy difícil de percibir en uno mismo y más difícil de erradicar, pero ahí  está y brinca cuando menos nos damos cuenta y pasa hasta en las mejores familias de opinólogos y analistas del país (y de fuera, claro, pero de momento me interesa como enfermedad endémica).

El clasismo, como pasa con este tipo de padecimientos, está conformado a partes iguales de ignorancia, miedo, tradicionalismo y por lo regular una buena dosis de adoctrinamiento televisivo. Es tonto, es ofensivo, es ridículo, es inútil, es peligroso, es estúpido, es irreconciliable con una sociedad que se supone democrática. Y todos somos portadores del virus, en algún momento de nuestra vida, corremos el riesgo de padecer un ataque y de terminar sacando a relucir lo peor de nosotros, pensando que estamos mostrando lo peor de alguien más.

Y no es solamente una cuestión de los memes que piensan que es muy simpático poner algo con terminación “tl”  como sinónimo de atraso o falta de inteligencia, ni las fotos que hacen mofa del nivel de vida de Jesús María. Hasta ahí se pueden quedar en exhibiciones de pobreza cultural, que son el pan nuestro de cada día en las redes sociales y muestran cuando mucho la realidad del nivel educativo de nuestro país, lo más grave es cuando esta dolencia latente brinca desde tribunas que deberían saber más y deberían tener como hábito la inoculación contra estas desviaciones del razonamiento.

Hace un par de días, empieza a correr como un hombre con la sinigual velocidad de las redes sociales, la noticia de que varios maestros que no apoyan las protestas de la CNTE en Chiapas fueron rapados y humillados públicamente por no estar de acuerdo con los paristas. Y llegó el tsunami de indignación, las redes estallaron en cólera, los medios tradicionales e incluso los no tan tradicionales (Sin Embargo, Emeequis, entre otros) sintieron la pinchazón del clasismo y condenaron la acción de manera tan dura e inequívoca como no se condenó la muerte de los periodistas en Veracruz, los feminicidos en el Estado de México, la masacre de Apatzingán y otras tantas desgracias nacionales.

No es que el asunto sea poca cosa, fue un acto vandálico y un abuso, eso no está bien, lo haga quien lo haga, lo grave aquí fue el trasfondo a la hora de buscar una explicación al hecho, el clasismo se elevó como el magma en un volcán y emergió en una gloriosa erupción de indignación ante las actitudes “salvajes” o “barbáricas” de los maestros de la CNTE. Regresaron los bienpensantes a decir que “así no” , que ese tipo de oposición “no le sirve a México” y sobre todo, a dejar ver que ese es el verdadero rostro de los opositores al régimen, se enfrentan a las reformas porque son, en su corazón, retrógradas, salvajes, incivilizados, lo que significa en términos clasistas: indios, pobres, prietos, feos, animales.

La indignación moral dio pie a que la gente, la que opina en las redes, pero también la que opina desde columnas en diarios nacionales soltara a placer su verdadero sentir. No es que no quieran a los maestros por estar en contra de una reforma, no es que no los quieran por estar dejando a los niños sin clases. No los quieren porque son revoltosos, porque no se quedan en “su lugar”, porque no asumen que su posición tiene que ser la de subordinación, porque no son dignos de hablar con el bien peinado Nuño, porque son pobres, morenos, indígenas ¿Qué saben ellos de la educación? ¿Cómo van a saber más que gente blanca que se apellida Schmelkes? No son otra cosa que porros, vándalos, no-gente, no-humanos, luego, cualquier violencia que se les aplique, estará más que merecida.

El colmo, claro está, llega cuando nos enteramos que en realidad no fue la CNTE, sino una organización campesina, ligada al régimen estatal (regenteado por el Verde-PRI) la que llevó a cabo el tratamiento de corte de pelo y humillación pública, para suscitar precisamente este tipos de reacciones. Esto fue declarado por uno de los propios agredidos, y aun así, los medios, que registraron primero que la agresión fue llevada a cabo inequívocamente por maestros (con minúsculas) ahora hablan de que fueron presuntos “infiltrados”, la primera vez no había duda, la segunda, con declaración de testigo de por medio, se refugian en la distancia periodística para no reconocer sus propio amor al linchamiento de los que no pertenecen a su clase.

Pero el daño está hecho, para la sociedad mexicana, clasista y racista hasta la médula, se mostró la “verdadera cara” de los maestros disidentes, son bárbaros, son intolerantes, son malvados y asesinos en potencia, no tienen piedad de nadie, ni de las señoras de la tercera edad (con hipertensión, nos dice Excelsior) ¡y mañana pueden ir por ti! Así que mejor hay que golpearlos, encarcelarlos y en general hacerles todo el daño que se pueda y negarles todos los derechos que puedan tener, porque son delincuentes, o incluso proto-delicuentes (protofascistas, dice el siempre inverosímil Carlos Marín), así que se puede hacerles todo.

Ese es el efecto más pernicioso de los muchos que tiene el clasismo, montados en el prejuicio no necesitamos entender al otro, no hay por qué escucharlo, no hay por qué tomar en cuenta su posición. No es como nosotros, es inferior, es salvaje, es monstruoso, es, diría Trump, casi como un mexicano. Por lo tanto, no es necesario respetarlo.

Tenemos que tener cuidado con el mamut en la sala, sobre todo en la sala de edición, el clasismo no es un accidente, es una posición cultural violenta y vejatoria. El clasismo, que está en la raíz no sólo de los ataques a la oposición en México (veáse como ejemplo el bellísimo adjetivo de “chairo”), también está en el ataque político al PT en Brasil, a Maduro en Venezuela, más allá de sus propias y monumentales pifias (“es un camionero”), y en general, a la idea misma de que gente “sin educación” o “sin modales” pueda acceder a los estratos superiores de la sociedad, es un peligro real, que atenta contra todo lo que se supone nos debe de interesar en una sociedad democrática, es, de hecho, un atentado mismo a la idea de gobierno del pueblo, que, si mal no me acuerdo, era la traducción etimológica de democracia.

Esto no hace que la causa y métodos de la CNTE se vuelvan de inmediato buenos y correctos, eso es harina de otro costal, que debe ser sometido a análisis. Pero a un análisis real, que valore los méritos y defectos de su posición y sus métodos de lucha, sin que vaya de por medio la inmensa trompa del clasismo. Eso sí, el clasismo inhabilita, de inmediato, cualquier crítica al movimiento, porque es una de las peores falacias habidas y por haber, es un ad hominem de los peores, ellos no son como yo, son gente a la que considero inferior a mí, por lo tanto, lo que hagan siempre estará mal. Necesitamos descolonializar a nuestros opinólogos, que siguen haciendo el análisis social subidos al elefante de la discriminación, el racismo y el clasismo. Y eso sí es peligroso.

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