Rupturas y reconstrucciones del tejido social

Escrito por on May 28th, 2016 y archivado en Destacado, Ensayo y Opinión, Galería Fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Rupturas y reconstrucciones del tejido social

alonso 2Los jóvenes jesuitas Gabriel Mendoza y Jorge Atilano González  coordinaron un equipo de investigación cuyos resultados fueron publicados en el libro Reconstrucción del tejido social: una apuesta por la paz que editó el Centro de Investigación y Acción Social por la Paz Del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro (México, 2016). El libro contiene el logo del CIAS, que al calce enfatiza: Jesuitas por la paz. La presentación del libro corre por cuenta por el antropólogo Alfonso Alfaro, que ha sido un especialista en los temas jesuíticos. Quienes lo conocemos y lo admiramos decimos que, siendo laico, es más jesuita que los jesuitas. Nos recuerda que la Compañía de Jesús ha desplegado durante medio siglo una labor al servicio de la gente con una intensa actividad científica volcada hacia terrenos de la investigación en muchos campos, como las ciencias de la naturaleza y la exploración de las culturas en donde ha estado presente esta institución que ha sido global desde su mismo nacimiento. Además de apuntar a los campos de los aportes de los jesuitas a nivel mundial, se centra en lo hecho en nuestras tierras por Clavijero, Kino, Alegre y Landívar. Resalta que el estudio de este libro ofrece los destellos de una serie de facetas de un México habituado a la penumbra. Hace un recorrido por la problemática más relevante del México de nuestro tiempo. No obstante al problema acuciante de la violencia hay búsquedas de paz. Precisa que los testimonios que se exponen son imágenes en movimiento. Argumenta que la investigación invita a la esperanza

Si uno busca en Internet “Centro de Investigación y Acción Social” en México encontrará que la acción social de los jesuitas se realiza en varios centros: el Centro de Reflexión Teológica, Fomento Cultural y Educativo y finalmente el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro. Pero en los años sesenta existía en la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús un centro específico CIAS. Recuerdo que a finales de los sesenta el padre Arnaldo Zenteno me invitó a participar en dicho centro. Cuando la Revolución Mexicana cumplió 60 años realizamos una evaluación de los impactos de dicha Revolución en la sociedad mexicana, la cual apareció en la revista Project. [1]

 Hace poco, cuando la ciudad de Guadalajara fue sorpresivamente sitiada con quemas de automotores en las principales entradas carreteras y en varios puntos del periférico, el gobierno buscó a investigadores sociales para que dieran pistas de por qué  algunas personas que no pertenecían a los grupos de narcotraficantes se habían prestado a colaborar con esas acciones, se quedó pasmado al tener un diagnóstico de que la ruptura del tejido social propiciaba fenómenos de esa naturaleza. Ahora estamos ante un amplio estudio que no sólo indaga las diversas formas de la ruptura del tejido social, sino en donde se encuentran propuestas concretas de cómo abordar la reconstrucción de dicho tejido.

Una decena de investigadores se dio a la tarea de hacer 14 diagnósticos territoriales en contextos urbanos, semi urbanos, campesinos e indígenas en nuestro país, pero dio un paso que urgía porque se atrevió a delinear propuestas concretas para tratar de enmendar ese terrible problema.

La degradación de un voraz capitalismo ha llegado a desatar una sangrienta guerra contra la población y hasta contra la vida en el planeta. La violencia  que sufre México es parte de esa despiadada guerra mundial. La muestra de los casos investigados en este libro surge de la actividad social de la Compañía de Jesús en México. El periodo de estudio abarca los últimos 25 años y toca a 10 entidades federativas. La pregunta rectora de la investigación quería indagar cómo se había ido deteriorando el tejido social. Otra ventaja de esta publicación es que se presenta detalladamente su metodología, hay una cuidadosa descripción de cada uno de los casos; y los análisis son muy profesionales. Otro mérito del escrito es que, antes de ofrecer las propuestas, hubo una lectura transversal de todos los casos, que resultaban fácilmente comparables con los indicadores utilizados.

Se partió de la inseguridad y la violencia porque resultó lo más visible para adentrarse en la fragmentación social que afectaba los ámbitos de todos los colectivos abordados.  Los autores no se contentaron con la utilización de lenguajes que podrían contener muchos supuestos. Fueron definiendo los términos. Así, por tejido social entendieron la configuración de vínculos sociales e institucionales que favorecen la cohesión y la reproducción de la vida social. Destacaron las relaciones de confianza y cuidado para el vivir conjuntamente, la construcción de referentes de sentido, pertinencia y la participación en las decisiones colectivas. No se contentaron en quedarse en los conflictos sino que hurgaron en sus relaciones subyacentes.

Los investigadores fueron elaborando un diagnóstico del tejido social en cada localidad, y fueron detectando las trasformaciones en cada uno de los barrios. Trataron de calibrar cómo se hacían las decisiones colectivas y cómo esto se fue perdiendo. Indagaron la influencia de la desintegración familiar y lo que consideran abuso de las redes sociales entre los jóvenes.

Se toparon sitios, como la Tarahumara en donde las condiciones conflictivas de la localidad no les permitió realizar el trabajo de campo y hacer las entrevistas como en otros sitios y se tuvieron que contentar con explorar los documentos de los equipos pastorales. Se toparon que los males en esa región no sólo provenían del narcotráfico sino también de la minería extractiva y de la migración. La conflictividad de esa zona la podemos constatar en una noticia de inicios de mayo de 2016 en la que se dice que varios estudiantes de la Universidad. Tecnológica de la Tarahumara habían sido secuestrados y después fueron encontrados asesinados algunos de ellos.

Una vez que los autores de este libro dieron cuenta de cada uno de los casos, se dieron a la tarea de buscar elementos generales. Una primera constatación fue  que los tejidos sociales se encontraban en  un franco proceso de fragmentación. Pero no se conformaron con hacer esa generalización sino que la fueron especificando según las características de los casos. En los que correspondían a los casos urbanos en los que se incrementaron las construcciones de viviendas y adquisición de electrodomésticos se vio que se había dado reducción de tiempo para la convivencia barrial y familiar, pues el tiempo dedicado al trabajo y a la transportación al mismo dejaba poco o casi nada para lo común. Encima estaba la precarización laboral y el corporativismo asistencialista de todos los partidos políticos que creaban dependencias y segregaban. En esta forma había ido disminuyendo la capacidad de llegar a acuerdos, y los vínculos sociales se habían ido debilitando. Fueron detectados conflictos por el narcomenudeo, por pleitos vecinales por escasos espacios públicos para la convivencia. La fuerza de integración que pudieron haber tenido las fiestas barriales también se iba esfumando y crecía la dificultad para identificar necesidades comunes.

Los casos pertenecientes a zonas en proceso de urbanización se atisbaba la crisis del campo y las pérdidas de empleo. Aunque las fiestas religiosas habían servido para las relaciones vecinales, el proceso de mercantilización de las mismas iba degradando su anterior potencia. Se iban perdiendo tradiciones como compartir alimentos. La incorporación de las madres a la vida laboral urbana dificultaba la vida familiar, y se notaban divisiones por las adscripciones partidistas. Había alto consumo de alcohol y crecía el de drogas, se incrementaba la desconfianza y la inseguridad, se iba asentando una cultura de indiferencia y de resignación ante los problemas.

Hubo zonas de acelerada descampesinización con deterioro de las organizaciones sociales que antes impulsaban la vida comunitaria. Se presentaban dificultades para llegar a acuerdos. La cohesión que se había producido por las fiestas religiosas había entrado en deterioro; pero todavía se conservaban espacios para mejoramientos comunitarios. No obstante había desvinculación familiar e incremento de la violencia.

En el mundo indígena, por el consumo de alcohol y drogas se iban debilitando los vínculos vecinales y familiares. Se daban fractura de vínculos comunitarios y desarraigo de identidad cultural propiciado por la migración. El clientelismo partidista dañaba la lógica comunitaria. Se iba suplantando la forma organizativa colectiva y horizontal por lógicas verticales y de subordinación política. Los programas asistenciales gubernamentales vulneraban las capacidades organizativas de los pobladores. Otra ruptura venía de la educación centrada en la competencia. No obstante, todavía había elementos que ayudaban a la reconstrucción de los vínculos como las asambleas comunitarias y los trabajos colectivos. Se vio el peligro existente sobre todo entre los jóvenes de desarraigo cultural por la influencia de los medios masivos de comunicación y de Internet. Se vio que había programas gubernamentales que entregando bonos por tierra cultivada, aceleraban el proceso de mercantilización de la tierra. Los programas sociales iban incidiendo en que las comunidades fueran perdiendo sus capacidades organizativas propias. Crecía la dinámica de intercambios por medio de dinero. No obstante, había resistencias y luchas contra los megaproyectos turísticos y extractivos. La construcción de acuerdos se mantenía por medio de asambleas y de los cargos comunitarios.

El estudio pudo llegar a identificar que el núcleo generador de la fragmentación se encontraba en el proceso de mercantilización de la vida, lo cual desvirtuaba las relaciones  con la tierra y la comunidad. Había incremento de la violencia en un proceso de individualización que obstruía la identificación de lo común.

El libro destina un capítulo para examinar los determinantes que afectan el tejido social. Los autores nos dicen que la precariedad laboral, la desigualdad social, la violencia y la cultura del miedo propiciada por los grandes medios de comunicación debilitan los vínculos entre las personas. La sobrevaloración de lo económico y del consumo afecta la construcción para acuerdos comunitarios y debilita lo familiar. Otro elemento es el proceso de desvinculación de los integrantes familiares. La individualización del trabajo y la escasez del mismo provocan crisis. Los medios de comunicación promueven lo individual.

El estudio considera que la iglesia católica tiene un espacio privilegiado para la vinculación social. No obstante, si se queda en un espiritualismo individualista y se llevan a cabo acciones pastorales asistencialistas, aquello se boicotea. El territorio y el medio ambiente condicionan el tejido social. En las comunidades indígenas la armonía con la naturaleza alienta lo comunitario, que es atacado por los proyectos de desarrollo capitalistas.

Ante la fragmentación social el estudio propone encontrar sujetos que articuladamente promuevan un proceso de reconstrucción del tejido social. Se plantea la utopía del buen convivir, lo cual no es una receta, ni un modelo cerrado. Tampoco se puede imponer. Se perfila por cada una de las comunidades según su contexto. Tiene que ver con experiencias de vinculación en una situación de respeto entre las personas y de su actividad con el medio ambiente. Es factible que las comunidades puedan ir reconociendo el buen convivir como base de la armonía social que vaya irradiando las prácticas diarias. Puede brotar del encuentro comunitario y en las búsquedas de lo común. Necesita un diálogo intergeneracional, intercultural, interdisciplinar que detone reflexión colectiva. Se apunta a la festividad integradora, a la construcción instituyente y no a la instituida porque se burocratiza.

El libro propone una compleja definición del buen convivir que convendría examinar, estudiar, debatir, pero sobre todo practicar. Se lanza una dinámica hacia el encuentro de una alternativa radical de estilo de vida, construyendo colectivamente condiciones sociales, económicas, políticas y culturales basadas en la solidaridad con los otros y en el cuidado de la casa común, nuestro planeta.

En las propuestas se encuentran el abandono del consumismo, de la mercantilización y de visiones antropocentristas; los intentos de practicar reconciliaciones familiares, y los énfasis en una educación para el bien convivir;  la búsqueda de significados comunes en relatos locales que vinculen a las personas con la comunidad y la naturaleza; favorecer las prácticas de examinar, debatir y llegar a acuerdos comunes construidos horizontalmente sin la relación que establece la existencia de dirigentes y dirigidos; insistir en la autonomía comunitaria; provocar actitudes que valoren la conexión entre todos, y abandonar el antropocentrismo para  promover el biocentrismo, esa  libertad responsable de saber vivir con lo necesario sin dañar la naturaleza.

En el libro todavía encontramos formulaciones acerca del concepto de desarrollo; pero tal vez podrían encontrar los autores que las visiones desarrollistas riñen con su propuesta de la dimensión eco-comunitaria.

Otro de los grandes méritos de este libro es que plantea una metodología viable para la reconstrucción del tejido social propiciando la vinculación de sujetos locales con capacidades de realizar un diagnóstico común de su situación y para construir un proyecto común. El libro resulta muy aleccionador de cómo hacer precisamente dichos diagnósticos y da pistas sólidas para impulsar soluciones de convivencia social profundamente solidarias. Estoy seguro que las propuestas concretas de este libro se dinamizarían si  entraran en diálogo  explícitamente con las experiencias zapatistas. Logré percibir ciertos prejuicios y hasta distancias porque la zona chiapaneca estudiada en Bachajón corresponde a la misión de los jesuitas donde hay comunidades que se desmarcan del zapatismo. Se acusa al zapatismo de cierta idealización que no corresponde con lo que sucede. No obstante, los zapatistas nunca han dicho que sean un modelo a seguir, ni que no tengan contradicciones y problemas que examinan constantemente. Los zapatistas insisten en que cada comunidad debe realizar su autonomía según sus propias condiciones y con su creatividad. No obstante, los zapatistas se han abierto a ser visitados para que se constate que muchos problemas sí se pueden resolver como abandonar el alcohol y la droga, no tener una agricultura con semillas modificadas, pesticidas y fertilizantes químicos que dañan la tierra, resolver autónomamente la  justicia, la educación, la salud y la incorporación de los jóvenes al proyecto de autonomía. Pero un gran logro que han tenido es que las mujeres zapatistas han ido tomando un papel primordial tanto en la vida comunitaria como en sus órganos de gobierno autónomos. Examinar esas experiencias siempre será provechoso para otros proyectos de biocentrismo.

[1] Jorge Alonso, D. Hernández, E. Núñez y G. Villaseñor, “La revolution mexicaine, 60 ans aprés”, en: Project, núm. 58, sept-oct. 1971, (963-987).

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