¿Conversar con la perrada?

Escrito por on Abr 4th, 2016 y archivado en Destacado, Espectaculos, Galería Fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

¿Conversar con la perrada?
Benjamín Valdivia

Benjamín Valdivia

El pasado 4 de marzo se presentó en el auditorio Ramón López Velarde de la UAA el libro: Valdivia, Benjamín; Conversaciones con la perrada, a cargo de José Luis Justes, Leopoldo Navarro y Salvador Camacho Sandoval. De este último se exponen aquí sus comentarios.

Es un gusto acompañar a Benjamín en la presentación de su nuevo libro. Uno más de su ya prolífera producción. Mi intervención más que referirme a la obra poética, hablaré de Benjamín, a quien tengo el gusto de conocer desde hace más de cuarenta años. Con él aprendí a leer poesía. Desde secundaria Benjamín sabía que quería ser escritor y filósofo. Gracias a él leí a Pablo Neruda y Vicente Huidobro, a César Vallejo y Ernesto Cardenal; a muchos mexicanos: Amado Nervo, Juan Tablada, Salvador Díaz Mirón, Ramón López Velarde, José Emilio Pacheco, Jaime Sabines, Efraín Huerta, Homero Aridjis y, desde luego, a Octavio Paz. Supe de poetas del siglo de oro español, de los haikus japoneses y de los “poetas malditos”. En fin, gracias a él comencé un hábito placentero de leer y apreciar el mundo fascinante de la literatura, hábito que es para toda la vida.

Pero no sólo hubo literatura, también formamos un grupo de música y el club “la Raza Unida” y luego el de los corazones imperfectos; éramos buenos corredores y ocupamos muchas horas hablando de filosofía y política desde una postura de izquierda. En fin, sé muchas cosas de él (ni modo), pero que no se preocupe, no pienso hablar de más esta noche.

Hace no muchos años, tuve la oportunidad de entrevistar a Benjamín, como lo hice con otros artistas de Aguascalientes: teatristas, pintores, bailarines, músicos y poetas. Lo interrogué a cuenta gotas, le envié una pregunta, esperé su respuesta y luego le mandé otra. La intención era invitarlo, obligarlo, a que escribiera sobre lo que piensa y ha hecho en el mundo de las artes. La primera pregunta la hice con el deseo de que colaborara, busqué explorar en su pasado, en su familia; pasó el tiempo y no tuve respuesta; de pronto me llegaron varias páginas. Aquella primera pregunta decía:

SCS: Como todos, eres obra de tu pasado, la diferencia está en que antes de que nacieras tú ya tenías un bagaje intelectual a tu favor. Eres heredero de gente pensante y sensible a las artes. ¿Estaría de acuerdo con esta afirmación? Te recuerdo como estudiante en la Secundaria Benito Juárez, N° 1. Realmente eras un adolescente distinto, no sólo sobresalías por tu inteligencia innata sino por tu cultura y tus inquietudes académicas.

BV: Siempre los entornos nos definen. Lo vislumbró José Martí: “soy esclavo de mi edad y mis consignas” (más lírico que el filosófico de Ortega y Gasset de “yo soy yo y mi circunstancia”). Pero esos ideales de la edad y la circunstancia toman concreción cuando uno contempla su pasado familiar. En mi caso, es diverso y rico, generoso. No sólo porque de tres generaciones atrás en mi familia proviene mi segundo nombre, por alusión al poeta Macedonio Palomino, un autor acorde a su momento y ahora olvidado en justicia. Ya en mi primera adolescencia me topé en casa con un encuadernado de sus manuscritos, con aquella letra dibujada finisecular del XIX. Por otra parte, mi abuelo materno, Narciso Magdaleno, era músico. Desde mi niñez tuve con él atisbos de lo que habría de ser esa sensibilidad acústica, ligada un poco al corno francés que él tocaba en la Banda Municipal de Aguascalientes. Y, desde luego, mis padres. Mi papá estuvo desde siempre orientado por las artes plásticas. En él percibí la tenacidad de la inventiva, siempre atento a desarrollar nuevas potencialidades de la técnica, del tema, de la expresión. Y aunque no me ha sido dado un desarrollo en la plástica, crecí contemplando sus desplazamientos en el grabado, la pintura o cualquier otro género, hasta el inusitado trabajo con toner de fotocopiadora sobre papel barnizado o las técnicas computarizadas que ha indagado recientemente (en honor a la verdad, creo que también . Mi mamá, por su parte, supo inculcarme la sensibilidad de quien aprecia la creación, y dejó que conociera la música romántica, la poesía en canción y el trato intenso con la vida. De ese entorno familiar algo se adapta a nuestra forma individual. Y así como los médicos tienen hijos que llevan la medicina en la sangre, valga la expresión, así tuve la fortuna de encontrar un ambiente de alta sensibilidad para mis primeros años aguascalentenses.

Después conversamos sobre su novela el Pelícano Verde, que ganó un premio y en la que se habla de la vida de jóvenes. De allí hace una reflexión aguda en contra de la comodidad de algunos adultos. Benjamín dice: “Los idealismos chocan con el mundo pragmático de los adultos (esos seres espantados de vivir, que quieren asegurar un lecho de billetes para cuando les llegue la hora). El protagonista de “El pelícano verde” llega a una conclusión demasiado tardía: a los cincuenta años decide ser él mismo, autónomo y feliz, y no el que la familia, la sociedad y la tradición querían que fuese. Espero que nuestra decisión haya sido anticipada. Y que, al llegar los hipotéticos cincuenta años, no busquemos ser otra cosa, sino seguir hacia la profundidad de lo que hemos estado siendo, sin arrepentimientos ni dudas, abiertos al espectro de haber realizado un destino más que haberlo buscado”.

En aquella etapa juvenil aparecieron sus primeros poemas. Los escribía con copias al carbón y yo recibía un tanto. También tendré por allí varios manuscritos que dedicó a una compañera de la Prepa. El gusto por la lectura iba pegado a su facilidad para escribir. De aquella época Benjamín dice: “Era el tiempo de acercarse a Neruda: liberal, intenso, militante, fluido. Entonces comencé una voracidad de leer poesía y recibir las marcas lustrales de Dylan Thomas y Baudelaire. Escribí frenéticamente, busqué la dimensión técnica del poema y por esa temporada conocí a Ramiro Osorio, quien me llevó hacia Huidobro, Breton y las vanguardias. Para entonces ya estaba definido el trazo hacia la literatura, aunque yo todavía no me daba cuenta; yo creía que aún se trataba del medicamento venenoso para persistir en un amor desgarrado e imposible que tuve aquellos años”.

La lectura de Hidobro, en particular su poema “Altazor”, tal vez le hizo saber a Benjamín que “los verdaderos poemas son incendios”, y la poesía, siguiendo a este poeta chileno, “se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer y agonía”. En aquella época, los poemas estaban asociados al amor, que luego definió en su primer libro de poesía, “El juego del tiempo”, que se publicó cuando tenía 25 años. Del amor dice: “El amor corcovea empotrecido: / pájaro que estalla, / bala que se estrella: / años por minuto, mares por hora / antiguo rumor de tinta ávida, / antiguo rumor lejano y lúbrico / y cercano / y detenido…”. Son palabras de ayer y le pregunto: ¿y de hoy?. Ahora ¿cómo defines la poesía –si es posible hacerlo- y cómo lo asocias al amor y a tu vida, a la vida?

Para Benjamín, en su situación personal, la poesía ha estado fusionada a los descubrimientos y a una buscada comprensión. Es en ese sentido revolucionar las palabras tiene que ver con los sentidos, las sensaciones y los sentimientos. Y, por ello, con el amor. En palabras de Benjamín: “En su carácter de fuerza inexplicable, el amor alcanza los sentidos y nos interroga por su sentido. La poesía es una posibilidad de contemplar claramente esas oscuridades. Sólo en cuanto la pasión se dirige a la razón podemos creer que la literatura es una terapia; pero una terapia que enferma todavía más en aquello que iba a curar: el enamorado se agudiza y agita más con la poesía. Al encontrar el primer verso del canto lírico de “Altazor”, de Vicente Huidobro, leí: “Mujer el mundo está amueblado por tus ojos”. Por medio del poema comprendemos nuestro habitar en el mundo, nuestro reconocimiento en los ojos que nos miran. Entonces, como ahora, mi escritura se conduce por el amor, tal vez más ampliado o más alto, pero siempre con el mismo signo de supremacía. La insuficiencia de las aproximaciones del poema a su objeto primordial nos obliga a insistir en la búsqueda y en la definición; así, veinte años después, como Odiseo, se continúa la determinación de lo que nos ha sucedido (que no difiere de lo que nos está sucediendo). Quizá habría que definir el amor como la continuidad de la vida hacia su consumación.

En Benjamín, la literatura va de la mano con la filosofía. Al conocerlo, yo me preguntaba y le preguntaba: ¿es posible desligarte de la filosofía cuando haces literatura? ¿Qué le agrega o qué le quita tu formación filosófica a tu producción literaria? ¿En qué trabajos crees que se ha dado de manera vigorosa esta relación? ¿Hay trabajos en los que queriendo hacer literatura hagas filosofía académica? ¿Dónde está la frontera en estos dos campos del saber humano?

Para Benjamín: “Los primeros filósofos fueron poetas; los últimos filósofos quisieran ser poetas también. Cuando la palabra busca iluminar su densidad, no quedarse en la superficie, se convierte en imagen; imagen que es inteligencia de las cosas o que es la pulsión misma de las cosas”. Para él, el poema no pueda escapar del orbe reflexivo ni que la filosofía pueda volcarse a toda su plenitud sin el procedimiento de la palabra poética”. Bien dijeron algunos románticos alemanes: “Toda la razón y toda la pasión” o como dijo Huidobro: “Los verdaderos poemas son incendios”. Dentro de la literatura, “la poesía es inexplicable; mientras que la novela es una explicación…”, “más sueño es más poesía, y más realidad es más prosa. En suma, Benjamín no cree que se deba hacer una separación entre filosofía y poesía sino, al contrario, una potente fusión. Igual nunca puede uno desligarse de la concurrencia de ambas”. Pero tampoco se ha llegado hasta el extremo de efectuar una pieza filosófica cuando se trata de poesía; ni a la inversa. “No se desligan, pero sí se distinguen. Y entre ese desligar y aquel distinguir fluctúan las labores del artífice”.

De Benjamín me agrada la relación que a veces hace entre arte y vida. Social y personalmente parece que estamos en una etapa de cuestionamientos importantes. En México y el mundo tenemos no pocos problemas y luchamos sin alcanzar del todo lo que deseamos como personas y colectividad. Algo está sucediendo que no nos alcanza a gustar. Y bien lo ha dicho Benjamín: “La vida es superior al arte y al pensamiento. Nada que podamos pensar o expresar puede estar por encima de lo que vivimos, inexplicablemente vivido en lo más directo del mundo. Pensar e imaginar son suplantaciones de la experiencia. Habiendo vida no puede haber tiempo de pensar o imaginar sino en función de esa vida. Que nuestro pensamiento y nuestro arte se toquen con el mundo de la vida, esa es la aspiración mayor. Lo decía Goethe y lo asumimos nosotros: lo importante es vivir”.

Tal vez por esa relación con el mundo, con la vida, Benjamín quiere conversar con la perrada, que es una manera un tanto iconoclasta de hablar de esa humanidad a la que él y todos nosotros pertenecemos. El libro está escrito para hablar con crudeza sobre absurdos y oscuridades, pero también de su contraparte; la sensatez y la luz. Así cada poema se inclina hacia una parte. Desfilan…., pero al final se hace presente la esperanza y el amor. Yo reconozco y me reconozco en la miseria de la cual no podemos escapar, pero me quedo con esa parte luminosa de la cual también refiere Benjamín.

Para ir al archivo de textos del autor Salvador Camacho Sandoval dar clic en su nombre.

 

 

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