Insolvencia e inercia

Escrito por on Ene 8th, 2016 y archivado en Agenda Pública, Destacado, Galería Fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Insolvencia e inercia

amloEl 2015 está marcado como un año de insolvencia de la clase política, que se mostró incapaz de saldar la deuda que tiene con la sociedad. Por un lado están las respuestas pobres en cuanto a resultados en materia social y económica, y por otro la estrepitosa caída de la confianza en la política.

En efecto, con la ruta modernizadora que se trazó en el paquete reformista contenido en el Pacto por México parecía que el camino estaba dispuesto para la proyección del país, pero solamente se hicieron los planos del nuevo andamiaje, la construcción apenas está iniciando y enfrenta trabas y retrasos. Además de ello, lo más grave fue la instalación de un estado permanente de crisis política y de credibilidad, que no han permitido al gobierno federal salir de su encerramiento timorato, las más ganas y más fuerza que anunció el presidente Peña en su mensaje del Tercer Informe se queda en palabras de aliento sin mayor sustento.

La intentona de dar carpetazo al caso Ayotzinapa con la “verdad histórica” de Murillo Karam, el despido de la periodista Carmen Aristegui, los ataques del cártel Jalisco Nueva Generación, el boicot electoral de grupos antisistémicos, la impunidad del Partido Verde, la resolución de la Secretaría de la Función Pública en torno a la Casa Blanca de Angélica Rivera, la fuga del Chapo Guzmán, el informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes que echó por los suelos la versión oficial del caso Ayotzinapa, la ausencia de autocrítica de Peña Nieto en su informe de gobierno y el limitado decálogo de relanzamiento, los escándalos de corrupción de grandes empresas, el autoritarismo y las arbitrariedades de gobernadores, y la caída histórica de la aprobación presidencial con el ingrediente de rechazo hostil, son las cuentas que deja 2015 en el terreno político.

Añádase a esta mezcla la caída del crecimiento económico y la ineficacia de la política social que muestra un aumento en la pobreza. La complejidad de la crisis arroja muchos resultados, pero destaca lo que vienen señalando varios estudios demoscópicos respecto a la confianza en las instituciones y particularmente el Informe Latinobarómetro 2015, que ubica a México como el país con mayor insatisfacción ciudadana con la democracia en la región (la satisfacción promedio es de 37% y en México es de 19%).

Un elemento que abona a esta desafección por la democracia en el caso de nuestro país es el fenómeno de homogenización de la clase política, es decir la indiferenciación entre actores opuestos en razón de los arreglos cupulares, las alianzas pragmáticas, el intercambio de intereses y la descafeinada praxis de los postulados ideológicos. Por eso se explica que no obstante el rosario de desatinos arriba enumerados, la voz opositora no ha tenido la fuerza suficiente para mover a la ciudadanía. En realidad, en términos de mensaje, quien mostró una posición crítica fue Morena, que además aprovechó para el lanzamiento de la tercera búsqueda de López Obrador de la presidencia.

La lucha electoral que se libró en 2015 arroja resultados que reflejan el arreglo de intereses de las cúpulas partidistas, no porque hayan repartido las curules y posiciones locales, sino porque el electorado no vio más que las propuestas preexistentes: quietismo del partido gobernante para no arriesgarse y desaprovechamiento de la oposición para levantar una ola de indignación por lo que estaba pasando en el país.

Los grandes ganadores fueron el peñismo, que no resultó seriamente dañado, pues el rechazo al presidente no se tradujo en un castigo electoral, por lo que el PRI y sus franquicias asociadas mantienen mayoría en la Cámara de Diputados; en segundo lugar Morena, que le rebanó al pastel de las izquierdas y catapultó a su figura emblemática; en tercer lugar el sistema político electoral, que sale avante en un escenario que advertía múltiples riesgos, lo que no significa un respaldo a la administración peñista, ni que se haya elevado la calidad de nuestra democracia; y desde luego la corriente antipolítica, que se alimenta del desánimo y la ausencia de consensos, la desatención a la ciudadanía, la falta de resultados y los focos rojos en la gobernabilidad.

La antipolítica es algo de mucho fondo que no ocupa tratar en estas líneas (véase Fair, Hernán: El discurso político de la antipolítica, Razón y Palabra, vol. 17, núm. 81, noviembre-enero, 2012, ITESM, Estado de México, México: http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=199524700043), de ahí provienen las candidaturas independientes, que fueron la aparición refrescante en las elecciones de 2015.

Los independientes ganadores Jaime Rodríguez “El Bronco” (gubernatura de Nuevo Léon), Manuel Clouthier (Distrito federal 6 de Culiacán, Sin.), Pedro Kumamoto (Distrito local 10 en Zapopan, Jal.), César Valdés (alcaldía de García, N.L.), Alfonso Martínez (alcaldía de Morelia, Mich.) y Alberto Méndez (alcaldía de Comonfort, Gto.) son las estrellas fulgurantes de la pasada elección, un viento de cambio que alienta esperanzas y muestra innovaciones en la forma de comunicarse con el electorado y hacer campaña.

Se rompieron las burbujas partidistas y los moldes acartonados del marketing electoral. Esto es un sacudimiento a la forma en que se venían haciendo las cosas y un desafío a los partidos políticos, que tienen el imperativo de dar resultados ante la amenaza de la opción independiente.

Pero cuidado, el entusiasmo no debe impedir ver algunas vulnerabilidades y riesgos de las candidaturas independientes, como valorar si las figuras que se postulan al amparo de la modalidad tienen realmente un perfil independiente y ciudadano, o si bien saltan a esta supuesta independencia por la cerrazón en los partidos tradicionales. De los cinco candidatos vencedores, solamente Kumamoto tiene una trayectoria apartidista.

La alternativa independiente puede ser un instrumento de los electores para castigar a los partidos, pero no es correlativo que se elijan a los mejores perfiles, ya se están viendo los mesianismos y desatinos del gobernador “Bronco” en Nuevo León y del alcalde Cuauhtémoc Blanco en Cuernavaca, oficialmente no independiente, pero si utilizado como tal. Además, existe la posibilidad de que estas candidaturas se conviertan en la vía de acceso al poder a los más diversos intereses.

La respuesta al interior de los partidos fue el relvo de dirigencias. En el PAN salió Madero por el joven Ricardo Anaya, que marcó deslinde, pero no alcanza a configurar un proyecto propio; en el PRI se asentó el peso de las fuerzas y llegó Manlio Fabio Beltrones, frente a la intentona presidencial de colar a Nuño; en el PRD, decente Carlos Navarrete prefirió hacerse a un lado después de las elecciones federales que dejaron a su partido como el gran perdedor, para dar paso a un relevo supuestamente ajeno a las tribus en la persona de Agustín Basave.

Si la política se está vaciando y está siendo rechazada, los espacios y alternativas son ahora de la ciudadanía. Estamos ante el regreso del actor primigenio de la política en todo el orbe, lo que está convulsionando las ahora ya viejas reglas del juego democrático y los sistemas partidistas. Al igual que en muchas latitudes, en México esto tampoco se está entendiendo, burdamente se quiere atajar el paso a los independientes en varias entidades, y con limitada visión se sigue confiando en el sostenimiento de estructuras clientelares como vías de interlocución con la ciudadanía, lo que acentúa el divorcio entre gobernantes y gobernados.

Las cosas ya cambiaron y no están siendo suficientemente comprendidas, los viejos moldes de la política y de la movilización social ya no sirven, pero parece que aún no acaban de delinearse los nuevos, que evidentemente ubican en el centro de la acción política al ciudadano. Un ciudadano harto de la incapacidad de los políticos, de la corrupción, la delincuencia y la impunidad; un ciudadano más exigente y global, con referentes más amplios que lo hacen más informado, responsable y participativo, que quiere resultados y honestidad.

Se está caminando hacia la plenitud de derechos, con el riesgo de una utopía privatizada e individualista, pero también con la oportunidad de la construcción de proyectos colectivos incluyentes, respetuosos y edificantes. Esas son las posibilidades que vienen, en las que sin duda la ciudadanía está asumiendo un rol protagónico. Lo deseable es que en razón de que se operen estos cambios se restituya el vínculo político-ciudadano, que no debe estar roto; reencontrar centros de cohesión política y mantener las exigencias de resultados tangibles y rectitud; además, el goce pleno de los derechos no debe dejar de lado el cumplimiento de responsabilidades, ni atomizar a la ciudadanía en la multiplicidad de causas dispersas.

Quien sepa interpretar estas transformaciones y demandas tendrá las oportunidades de enarbolar un cambio político de mayor fondo que el que ha significado la transición democrática de 2000 y la agenda reformista de los últimos años. Ese es en realidad en nuevo paradigma del cambio político en construcción.

Sin embargo, la hechura de la clase política, de los partidos y las instituciones se mantiene en las inercias que obstaculizan las repuestas más esperadas por la sociedad. No se ve que lleguen sacudimientos, tampoco que el sistema democrático permita contiendas de calidad y útiles para el electorado, incluso falta lo más elemental: que el político trate de entender lo que está sucediendo.

Si no hay una alternativa que incorpore el discurso ciudadano y si la misma sociedad no configura sus espacios de demanda, 2016 será un año en el que seguirá creciendo el descontento, pero sin que nada pase.

Para ver el archivo de textos del autor Gustavo Martínez Romero dar clic en su nombre

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