Deporte-espectáculo. Negocio y alienación

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Deporte-espectáculo. Negocio y alienación

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DEPORTE-ESPECTÁCULO. NEGOCIO Y ALIENACIÓN

 

El capitalismo no ha inventado, ciertamente, los fraudes y las combinaciones, conocidas ya desde los primeros Juegos Olímpicos que se celebraban en la antigua Grecia. Es innegable, por otra parte, que tampoco las costumbres de los países socialistas respecto al deporte están exentas de reproche. Sin embargo, el capitalismo tiene por efecto acentuar la comercialización de las especialidades deportivas y conferirles una especie de legitimidad social.

                                                                                              Antonio Franco

 

El deporte profesional aparece como una excrecencia de la economía capitalista en la etapa en la que se intensifica el consumismo, convirtiendo al deporte en una actividad sobrevalorada por las elevadas ganancias que reditúa y por el efecto enajenante que produce entre los aficionados, así tenemos que el deporte espectáculo excita la venta masiva de una miscelánea de mercancías gracias al incremento del ocio y del poder adquisitivo en resultas del productivismo multiindustrial.

Para cuando los magnates obtienen cuantiosos excedentes se pueden dar el lujo de convertirse en dueños de equipos deportivos. En una sociedad de la opulencia en la que los mismos excedentes capitalistas van creando nuevos sectores de actividades comerciales, haciéndose posible la profesionalización de los deportistas, iniciándose una espiral inflacionaria de ingresos y salarios devengados por los dueños y por los jugadores.

La Sociedad del capitalismo tardío se convierte en un supermercado, en la que los rubros de la compraventa adquieren preponderancia, las estrategias de control apuntan a cautivar el ocio de los ciudadanos, subsumiéndolos en la conducta adecuada a la praxis de la subsistencia alienada en el sistema monetario, como corresponde a unos sujetos cautivos entre pantallas y aparadores, asumiendo de manera irreductible el rol de consumidores, cual marionetas de la ‘demanda’ programada, es decir, meticulosamente proyectada por una oferta que se confecciona en la mercadotecnia que se difunde en los mass media; rol de consumidores en el que se les cautiva y determina logrando distraerlos de la problemática existenciaria y de ejercer una actitud de exigencia conforme a sus derechos y obligaciones propias de un ejercicio político realmente democrático.

La enajenación del sujeto consumidor resulta de la edificación de esta forma de totalitarismo perfeccionado que está construyendo el sistema capitalista que triunfa con la globalización; una hegemonía envolvente, sobre determinante e impositiva, más que otras, pero realizada por mecanismos no predominantemente represivos, obteniendo la aquiescencia que logra la aceptación ideológica que se procrea dominando las mentalidades. Lo que está en función del imperativo económico de la dialéctica producción-consumo. En una sociedad industrial en la que ante el sorprendente poder productivo de la Máquina los ciudadanos son cada vez más consumidores que productores, posibilitando la enajenación inexorable capitalista. (La robótica y la proliferante mano de obra semi esclavizada permite el incremento de la plusvalía).

Bajo la égida del comerciante-capitalista para realizar la consumación del sistema no se requiere de un dominio sofocante, de un ejercicio de represión continuo, ni en los medios de producción, ni en el sector mercantil. A los oficios productivos los desposeídos concurren en grandes cantidades ante la necesidad de ganarse la vida bajo la forma predominante del trabajo asalariado, sin mediar mayor coerción que la necesidad fisiológica de sobrevivir dentro de los parámetros que impone el sistema capitalista, lo que facilita la sojuzgación de las masas ante el exceso de oferta cual mano de obra que abunda en el mercado en condición de ser un ejército de reserva que abarata el trabajo asalariado; de ahí el que los aspirantes al trabajo reclamen su derecho ‘constitucional’ -pa lo que sirve- a ser explotados, pues peor cosa es estar desempleado, sin dinero, en un mundo monetizado y repleto de mercancías que se ofertan en el domo envolvente en el que se constituye la sociedad de consumo, presionando y atosigando a los sujetos para que se vendan y compren, comportándose como borregos esquilmados, aceptando la dominación que impone una élite plutocrática. En una sociedad en la cual el éxito está en función de conseguir dinero, con dinero o por dinero bailan los gatos y los perros.

Tampoco en el sector mercantil se requiere de emplear la fuerza, el funcionamiento normal del sistema se realiza bajo el imperativo de la venta abierta de mercancías, no requiriéndose de usar la fuerza física para inducir a tal realización, y he aquí que el meollo del asunto radica en la seducción que pulsa el impulso consumista provocando el dominio de las mentalidades. Partiendo de que el comerciante no requiere de obligar por la fuerza al consumidor a comprar su producto, sino que lo induce por los artilugios publicitarios, construyéndose una forma de dominación que en primera instancia no efectúa un ejercicio eminentemente represivo. Dicho por Sombat desde el inicio del siglo pasado: “Estimular el interés, inspirar confianza, despertar el impulso de comprar -éste es el clímax del esfuerzo del comerciante afortunado. No importa los métodos que se use para lograrlo. Basta con que esto se logre por medio de la coacción interna más que externa, que los otros grupos intervengan en el negocio para sus transacciones, no contra su voluntad, sino por resolución propia. La sugestión puede ser el objetivo del comerciante. Hay muchos medios de coacción interna.[1]

Como hemos visto, los Estados Unidos a partir de la Primera Guerra Mundial se van convirtiendo en la Nación más avanzada en la propulsión del capitalismo, para que después de la Segunda Guerra Mundial este modo de producción acrezca fabricando la Tecnósfera y ampliando los modus vivendi no productivos; proceso que se difunde bajo el dominio del capital monopolista, esto es, en una economía que funciona en favor de las grandes empresas y grupos financieros. Para cuando la expansión del mercado y el incremento del consumo se intensifican, requiriéndose del aumento de la mercadotecnia a la manera de medios de ‘coacción interna’, perfilándose el mercantilismo como un sector neurálgico en el funcionamiento del totalitarismo capitalista, pues este comercialismo tiene la mesa puesta para prosperar, solamente superado por el militarismo. “En todos los otros aspectos de la existencia social nada supera su influencia penetrante”.[2]

La evolución del sistema capitalista refiere un cambio cualitativo en la revolución de sus etapas signadas por la intensificación de la capacidad productiva, efectuándose incrementos que se aceleran de manera progresiva, imponiéndose la relación mercantil a favor del dominio monopólico, quedando atrás una etapa en la que la competencia entre empresas se verificaba en relación con ofertar los precios más bajos con los que se obtenía la preferencia del cliente; dándose “paso a nuevas formas de promoción de ventas: la publicidad, la variación en la presentación y empaque de los productos la ‘obsolescencia planificada’, los cambios de modelos, los planes a crédito y otros”.   La competencia verificándose por medio de la publicidad, desatándose una competencia feroz llevada a cabo por unos cuantos rivales. La adulteración y creación de nuevas ‘necesidades’ en una sociedad que incrementa los satisfactores y los bienes de prestigio haciendo que se intensifique la demanda por medio del recurso que cautiva y manipula al consumidor: el bombardeo embaucante; determinándolo, sujetándolo al orden que se establece en el mercado en procura del beneficio que obtiene el fabricante y/o vendedor: “Y obviamente, cuanto más intensas sean las necesidades nuevamente creadas, más alto puede ser el precio de los productos y más altos los beneficios de la empresa que satisface estas necesidades. Por consiguiente…, ¨el alza secular en los gastos de publicidad es un signo del alza en los márgenes de utilidades y una baja de la competencia de precios ¨”.[3]

Estar dentro del sistema es estar determinado, sujetado por reglas y leyes estrictas que condicionan tal o cual forma de desempeño, diluyendo la personalidad del individuo en el proceso de tornarse, así, en un sujeto obligado a aceptar las reglas del juego para poder medrar la existencia devengando un salario, condicionado a realizar lo mejor posible su trabajo para que el dueño de la empresa, el gerente, el jefe de la sección, lo acepte y promueva, o de perdido para lograr mantener el empleo. Determinante institucional que compele a las personas al trabajo asalariado, en un medio ambiente en el que la competencia entre las empresas promueve la lucha por incrementar la plusvalía, las relaciones sociales están en función del incremento de capitales. Un ejecutivo que labore dentro de una empresa está obligado a realizar su mejor esfuerzo para que los éxitos de la compañía se traduzcan en mayores ganancias y en ‘mejores salarios’, y esto se consigue siendo más ambiciosos y eficientes que la competencia.

En este ámbito, en su caso, el deportista profesional juega más motivado por la paga que por su gusto por el juego, pues una vez que está en el partido queda determinado por las reglas del juego, por los imperativos del sistema de la sociedad monetizada, y por ende, se ve obligado a realizar su mejor esfuerzo para que su equipo gane, puesto que en ello radica la competencia, hay que vencer al equipo contrario, por igual a como acontece en el sector de la competencia productiva, para obtener el premio en metálico. Con lo que el sistema capitalista establece una forma de vida que obliga a la competencia, y esta competencia va más allá de los ámbitos estrictamente económico – políticos, competitividad que va permeando todo sector y determinando las conductas y los comportamientos de los sujetos, tratándose de una competencia dominada por los pesos completos. Ningún peso mosca o ligero puede osar subirse al ring a competir con un peso completo, ocurriendo que en la sociedad capitalista contemporánea, para cuando el capitalismo de los monopolios suprime la ‘libre competencia’, se va estableciendo el dominio de unas cuantas megaempresas. La competencia mundial es cosa de pesos completos.

En tal temporalidad la idiosincrasia del estadounidense[4] está regida por el impulso de realizar negocios. El negocio es el nombre del juego en el sistema capitalista, así que los deportes, por supuesto, encajan en este imperativo generalizado. Los deportes profesionales en los Estados Unidos se desarrollan en la medida en que van creciendo como un negocios en estrecha interrelación con el bienestar económico que se logra en la american way of life. Lo uno va con lo otro, de tal manera que así como se solía decir en las décadas de los 50, y 60s que el béisbol era el pasatiempo nacional norteamericano: “Sería más apropiado decir que los negocios son el juego nacional de Norteamérica. Hay más gente dedicada a éstos y las ganancias son mucho más altas. Pero ambos operan sobre principios similares. En el béisbol los objetivos son llegar a la cúspide de la liga; día a día las políticas se dirigen a ganar los juegos haciendo más carreras que los equipos contrarios…. En los negocios la meta es llegar a la cima de la pirámide corporativa; las políticas de cada día están dirigidas a lograr mayores ganancias posibles…”.[5] Dicho esto a principios de los años sesenta tenía un sentido limitado, pero con el boom del capitalismo industrial monopolista, los deportes han llegado a consolidarse como un gran negocio y los dueños de los equipos son multimillonarios, captando cuantiosas ganancias obtenidas del solo manejo deportivo.

La importancia del evento deportivo convertido en un espectáculo sobrevalorado hasta la adulteración lo induce a ser un supe negocio que genera una secuencia de ventas que multiplican los ingresos. Comenzando por la venta de boletos para asistir a los estadios, lo que tan solo viene a representar una porción mínima de los ingresos, y esto en grado cada vez más reducido en el porcentaje total, pues las asistencias a los estadios, por grandes que sean y caros los boletos, sólo significan el ingreso directo a las arcas deportivas, mas hay que saber que los ingresos indirectos generados por la propagación teledirigida los superan por mucho.

En la Gran Nación se instala el Gran Circo y en la gran Comunidad Económica se instala un otro, funcionando durante prácticamente todo el año. Países super desarrollados que pueden albergar a las ‘grandes ligas’ a la manera de ser un privilegio que se otorga a quien puede pagar para presenciarlo in situ, contando además con cobrar los derechos por generar la señal de origen que se televisa, y por medio de ella incrementar la difusión y las ganancias por millones: millones de telespectadores, millones de dólares en ventas. Así pues, es en estos países en donde alrededor del juego circulan miles y millones de dólares por conceptos de publicidad, derechos de televisión, subvenirs, venta de boletos, elevados salarios a las superestrellas, contando en no pocas ocasiones con exenciones de impuestos o alguna otra forma de trato privilegiado. Toda ciudad importante quiere tener sus equipos representativos dentro del circo, concibiéndolo como una manera de estimular el comercio.

En el caso de los EUA, si antaño el béisbol tenía preeminencia, desde el segundo lustro de la década de los sesenta el fútbol americano, y desde los setenta, el basquetbol y el hockey, le disputan el lugar, cubriendo entre estos cuatro deportes de conjunto el ciclo de las estaciones (la tétrada fantástica: ‘los cuatro fantásticos’ de los comics tornados en el entretenimiento preferido); espectáculos altamente populares que se van relevando en procura de mantener la diversión continua, con deportes que se practican algo así como cinco días a la semana.[6] A los que hay que añadir el recientemente incorporado fútbol soccer, con una liga que al parecer se está consolidando.

Aunados a estos magnos espectáculos deportivos, durante ciertos meses del año se verifican torneos de golf y de tenis, peleas de box, carreras de autos y motos, así como turs de ciclistas; mientras que en países sedes cada dos años se compiten campeonatos mundiales de atletismo y natación, y otros deportes olímpicos y no, como los de automotores. Eventos que gracias a los satélites se transmiten al mundo entero. Así: ¡El show es continuo por televisión!

En Europa el soccer acapara la atención dándose el caso de que en los torneos inter europeos el negocio alcanza el nivel norteamericano, es decir, las entradas a los estadios, la televisión, los salarios son similares a los de los ‘cuatro fantásticos’; específicamente en España, Alemania, Inglaterra y en Italia la nómina de pago a los jugadores en los equipos estelares va más allá de los 200 millones de dólares; no ocurriendo lo mismo con los otros deportes de conjunto mencionados, en los que el circuito europeo está muy por debajo del estadounidense (basket y hockey).

La Fórmula 1 es un deporte que rebosa en dinero y en alta tecnología, siendo ésta mayormente europea, como europeas son las escuderías, las que representan el máximo exponente del mundo del automovilismo. Máxima velocidad en pista para monoplazas, en cuya elaboración de bólidos compiten las industrias más acaudaladas en la fabricación de motores, chasises, llantas, funcionando como un laboratorio en el que se prueban en competencias los prototipos, surgiendo muchos implementos avanzados que después se aplican en los automóviles convencionales. Tecnología automotriz de punta, implicando el que las escuderías gastan muchos millones de dólares en preparar sus autos, los que participan en el selecto circuito europeo que incluye a Japón, Australia y Brasil. Haciendo de sus presentaciones el espectáculo más fastuoso del mundo, involucrando muchísimo dinero, tanto en entradas como en patrocinios que dan para altos sueldos a los pilotos, diseñadores, ingenieros, mecánicos, jefes de escudería……. Es el circo caro que también pasa por una etapa de auge manifiesta en su expansión para incluir a los países petro-dólares y al Lejano Oriente.

En lo que respecta a los salarios que se pagan a los superestrellas, estos han llegado a cifras inverosímiles y escandalosas, algo propio del desquiciamiento que genera el capitalismo desenfrenado al favorecer la obtención de riqueza por medios facinerosos fungiendo como premio al hedonismo en una sociedad atraída por los eventos apantallantes. Y si bien el deporte como espectáculo tiene un atractivo incomparable y los deportistas de primer nivel son seres humanos sobresalientes, su oficio no deja de ser una práctica de menor importancia para la sociedad, un ejercicio que otorga mera diversión, resultando baladí a la hora de sopesar los imperativos sociales.

Se alude para justificar los sueldos que reciben las superestrellas que su desempeño no puede ser igualado por las demás personas y que lo pueden realizar sólo durante un corto período de su vida, pero tal argumento no es el adecuado para enfocar el asunto. Es desde una perspectiva sociológica que se debe cuestionar si la práctica del deporte espectáculo debe proseguir detentando la prioridad que se le ha conferido bajo la égida del capitalismo consumista, o si, como la razón lo indica, debe ser reducido a su real dimensión, otorgándole la importancia que le corresponde como mera diversión y dándole prioridad al deporte como práctica social. Si bien este ejercicio de razonamiento se ve imposibilitado de efectuarse, precisamente, por el efecto enajenante que produce el espectáculo enervando a los fanáticos, tal y como lo busca la estrategia capitalista transvalorando la praxis social.

En lo que respecta a la exención de impuestos, es tal el interés que tiene el Estado por el deporte espectáculo en los EUA que el béisbol está exento de la aplicación de las leyes antimonopolio. Los exagerados salarios que cobran los peloteros se pagan en parte con las regulares entradas a los estadios durante los cerca de 80 juegos que reciben en casa los equipos, pero se hacen posibles sólo por las ganancias extraordinarias que obtienen los dueños provenientes de los recursos extradeportivos; lo que ha posibilitado superar la factible quiebra de algunos equipos de prestigio y las huelgas de los peloteros realizadas en pos de mejorar sus salarios, prestaciones, seguros, etc. En los ‘cuatro fantásticos’ la fuerza que han adquirido las asociaciones de jugadores profesionales les permite obtener arriba del 50% de los ingresos del negocio, ahora que no es de creer que los dueños dejen de obtener considerables ganancias, manteniéndose en secreto el libro de cuentas, no se sabe bien a bien de a como (cuanto) están los ingresos. En algunos casos los equipos han sido creados para hacer negocio, o bien se crean para lavar dinero: “En los Estados Unidos hay equipos de béisbol que han nacido con el único fin de concentrar publicidad y transmisiones, y, como tales, son un puro negocio, hasta el punto de que algunos congresistas han solicitado oficialmente que deje de tenerse consideración con esta especialidad y se le apliquen los impuestos y las regulaciones comerciales vigentes para los negocios normales”.[7]

Queda la idea de que la concentración publicitaria por medio de la TV y el saldo favorable con la concesión que el Estado les otorga permite solventar tan elevados salarios, sin que los dueños de los equipos pierdan dinero, las ligas operan con números negros gracias al patrocinio de poderosos monopolios financieros; en definitiva, si no es por la aportación que realizan estos poderosos consorcios crematísticos involucrando a las cadenas de televisión que les pertenecen, el juego en que llueven dólares no se podría mantener.

Las cantidades totales de dinero que se manejan acrecen exponencialmente; se estima que en la NBA la suma asciende a 20,000 millones de dólares para 1999, incluyéndose desde las entradas hasta el patrocino, los derechos de transmisión y las ventas de subvenirs. Y así por el estilo ocurre con los otros ‘tres fantásticos’. En los últimos años la construcción de nuevos parques y estadios atestiguan el auge por el que atraviesa el deporte espectáculo debido a que la fanaticada se multiplica, y con ella crecen las entradas, se amplía la difusión por radio, televisión e internet, incrementándose lo que pagan las empresas por obtener los derechos -la competencia entre tres o cuatro grandes monopolios de la difusión lo propician-, así como la venta de publicidad estática o móvil, por aquello de que los uniformes de algunos equipos ya parecen estuches de productos desechables.

Y si en la telepantalla el show luce espléndido, lo que está detrás de él, posibilitándolo, entra en el rubro de los negocios sucios, es la oscuridad subterránea que está debajo del gran espectáculo, manejada de manera ilícita por mafias que incluso pueden obrar de manera legítima desde que han conseguido institucionalizarse al llegar a la cima aprovechando la preeminencia que otorga la economía casino a los show-business.           Y si business are business, el deporte espectáculo como negocio queda supeditado a los intereses crematísticos, lo que despierta la sospecha de que se dé la manipulación de los resultados para favorecer las ganancias de un grupo de poder comprometido en la competencia; propiamente el rubro de las apuestas se ha prestado para ser manejado por mafias.

El box es uno de los deportes que se ha prestado visiblemente para el juego sucio. Notable es el caso de Casius Clay, campeón de peso completo mediando de por medio la misteriosa caída de Sony Liston sin golpe de por medio, para cuando el propio Sony Liston era manejado por la mafia. Y una vez transformado en Mohammed Alí se convirtió en una mina de oro a ser explotado por la mafia que lava dinero en las ‘peleas del siglo’, como fue el caso de las primeras de ellas efectuadas entre Alí y Joe Frazer; o como la efectuada en Zaire, en la que se enfrentó a George Foreman, con una bolsa de 5 millones de dólares garantizada. Lo que sólo vendría a ser el inicio de la espiral inflacionaria de bolsas y contratos pagados a principios de los setenta, los que comparados con los actuales parecen ganancias del banco de la ilusión de los niños….. Tal vez la excepción en aquel entonces fuera Bobby Fisher, hábil prestidigitador del ajedrez, que aún y perdiendo el campeonato mundial de manera indigna al negarse a enfrentar a su retador designado: Anatoly Karpov- se le calculaba una cuenta bancaria por 30 milloncitos de dólares (pudiendo ser un infundio); para cuando el ciclista Eddy Merckx y el piloto Emerson Fittipaldi ganaban cerca de 1 millón de dólares, mientras que Johan Cruyft apenas si ganaba medio millón de dólares…[8]. Que es esto al lado de los supe contratos por más de 50 m. de d. que ganan las superestrellas hoy en día. Ocurriendo que por la preponderancia publicitaria en ciertos casos el profesional del deporte gana más por contratos publicitarios que por premios en competencias. Está claro, la comercialización hace al deporte espectáculo.

Lo importante es mantener la atención de los fanáticos, si es necesario con algunos ‘trucos’ aparatosos o de plano tramposos: Por ejemplo, jugar con una pelotita más ligera, apta para el poder jonronero de musculosos bateadores que bien pueden deber su portentosa fuerza al empleo de ‘mágicas’ sustancias. O en el caso del hockey, permitiendo el juego sucio y las broncas frecuentes que atraigan al público, pues el deporte también es el catalizador de la violencia. En los más de los casos cambiándose las reglas del juego con el propósito de hacerlos más espectaculares en la TV. Permitiendo o procreando de vez en vez la aparición de algún competidor estrafalario, al que se le manipula con el marketing para hacer de él un ídolo, pues los fanáticos requieren de fetiches que estimulen su libido consumista y el deporte mercantilizado está configurado para fabricarlos y para inundar el mercado con subvenirs. Embaucados de manera efectiva por los mass media, con los deportes y otros espectáculos propiamente farandulezcos, las personas son sujetos que se consumen consumiendo, prestando su atención a los ‘grandes acontecimientos’, encandilados por el gran espectáculo, ajenos a la problemática en la que están inmersos.

Lo consecuente en todo Estado, en lo referente al control de las masas, se maneja a través de la manipulación de los fanáticos sometidos a altas dosis de enajenación vertida en los espectáculos. Entretener y tener contenta a la plebe se hacia indispensable cuando la plebe dispone de horas extras de ocio, tiempo en el que su accionar no debe salirse de control.

La época imperialista de Roma, bajo la dinastía de los julio-claudios refulge como ejemplo epónimo del manejo que realiza el gobierno sobre la plebe, ahí cuando la jauja imperial empalaga a los emperadores disolutos en las conductas palaciegas. Es el caso de Tiberio, Calígula, Claudio, rematando con Nerón, el más circense de todos los emperadores. Las orgías y los banquetes patrocinados por y para los emperadores son proverbiales: “Nerón daba fiestas en los lugares públicos como si la ciudad entera fuese su propia casa. Pero el banquete más pródigo y sensacional fue el que dio Tigelino… La fiesta tuvo lugar en una balsa construida en el lago Agripa. Fue remolcada por otras embarcaciones con adornos de oro y marfil. Sus remeros eran degenerados, escogidos de acuerdo con su edad y sus vicios. Tigelino había reunido también aves y otros animales de países remotos, y aun del fondo del océano. En los embarcaderos había burdeles abarrotados con damas de alcurnia, y junto a ellas se podían ver prostitutas desnudas, gesticulando y adoptando posturas indecentes. Al anochecer, el bosque y las casas a su alrededor resonaban con el canto y resplandecían con la luz”.[9] Dado el desenfreno romano manifiesto y el gusto personal de Nerón por las galas, sus gastos monetarios se daban a capricho, teniendo por beneficiarios de sus regalos a “actores y atletas, a los que se decía haberles obsequiado 2 200 millones de sestercios, así como vastas propiedades…”.[10]

Ahora como en aquel ayer, el dispendio de una sociedad ávida de espectáculos se disipa en entretenimientos circenses, si bien presentando nuevas modalidades producto del desarrollo tecno-industrial; es el caso del cine, el ‘séptimo arte’ que en el 80, 90 % de sus producciones no justifica tal calificativo, industria en la que los gastos por las superproducciones y los salarios pagados a las estrellas del celuloide detentan la misma inflación que en los deportes acompañada de la misma idolatría; aconteciendo algo similar en el foro de la música comercial, abundando los conciertos aparatosos de ‘músicos’ prefabricados por el aparato publicitario. Ambos rubros acompañan al deporte en la instauración del Gran Circo. Para cuando el espectáculo intensificado se vuelve una necesidad en procura del control de masas internacionales, y más aún ahora que el capitalismo ha encontrado la fórmula para ganar dinero y no perderlo al proporcionarlos, a diferencia de los potentados romanos que estaban dispuestos a erogar de su bolsa la dadiva de entretenimiento acompañado de pan, la perfidia capitalista además de intensificar el fanatismo entre los espectadores logra que el espectáculo incremente su ganancia particular.

En el paraíso de los modernos esclavos, las masas alienadas son seducidas por el aparato de entretenimiento consumista. Obnubilados por el circo apantallante, en la transvaloración tergiversada confunden la libertad con el libertinaje, mientras se entregan a las pasiones hedónicas propias de sodomitas….. Así resultan sujetos fácilmente manipulables por el establecimiento.

Pero todo este super-show está supeditado al desenvolvimiento de una crematística que asola al mundo al devaluar lo indispensable por encarecer lo circense; mas las consecuencias nefastas de la inflación galopante sustentada en el propio desenfreno de la productividad dirigida a fomentar el consumo pone al borde del crack a toda esta economía super estructural; cuando para colmo lo más pernicioso es que con ella también se lleva entre las patas a los sectores de la infraestructura, en detrimento de la real economía….

Y no puede ser de otra manera si la economía especulativa busca las ganancias fáciles y la economía casino premia a los ‘cirqueros’, todo en aras del sacrificio que los capitalistas hacen al dios mundano; Sol-dinero.

NOTAS

[1] Werner Sombart. Citado por Paul Baran y Paul Sweezy. El Capital Monopolista. Siglo XXI. 1986: 95. Subrayado mío.

[2] Baran-Sweezy. Op.Cit.: 95.

[3] Ibíd: 95 y 97. Incluye cita de Scitovsky. Subrayado añadido.

[4] Que por extensión del dominio capitalista sobre el resto del orbe, desde fines del siglo xx, esta es la ideología predominante en todo país que se precie de ser moderno.

[5] Baran-Sweezy. Op.Cit.: 38-39.

[6] En el caso del beis, del basket y del hockey así ocurre, jugándose por temporada la friolera de más de 160 partidos; mientras que por ser un deporte de contacto extremo los equipos de fut americano sólo realizan un juego a la semana, sumando 16 en la temporada regular, sin medrar sus ganancias.

[7] Deporte y Sociedad. Salvat: 114. Siendo esta información generada a principios de la década de los setenta, actualmente implica no solo a los equipos de béisbol.

[8] Ibíd: 107.

[9] Tácito. Annales. Citado por Michael Grant. Nerón. Novaro 1974: 188. Tigelino era el comandante de la Guardia Pretoriana.

[10] Grant. Ibíd: 195.

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