Función y destino del PRI

Escrito por on Ago 19th, 2015 y archivado en Destacado, México. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Manlio Fabio Beltrones

Manlio Fabio Beltrones

En ocasiones, sin mayor argumento, el simplismo clama sustituir lo viejo por lo nuevo. De inicio, este reduccionismo desecha lo viejo que fue atinado, sensato y funcional, para sustituirlo por lo nuevo, sin garantía alguna de que será mejor que lo añejo.

El ejercicio de verdadera transformación es el cambio continuo, que acoge lo mejor del pasado, desecha lo disfuncional y deleznable, y sobre ese cimiento, construye lo nuevo, sustituyendo lo caduco e inútil. La renovación sin revaloración no es acto de evolución, sino ciega conquista. La síntesis del cambio está en el diálogo de lo que fue y lo que será. Los saltos al vacío no son revolucionarios, son suicidas.

Es cierto, el Partido Revolucionario Institucional tiene hoy la misión de transformarse. Está llamado a desterrar anacronismos y prácticas equívocas, a asumir cabalmente las demandas sociales y la apertura hacia la ciudadanía, a propiciar el consenso que edifica la eficaz disputa democrática.

Un notable transformador del PRI, don Jesús Reyes Heroles, elaboró un pertinente concepto cuya validez temporal permanece intacta: “Los puntos en que coinciden los integrantes del partido deben dar origen a un equilibrio firme, no inestable o precario, a un equilibrio que se apoye, nada más y nada menos, en la unidad revolucionaria”.

Para comprender fielmente el enunciado de Reyes Heroles tendremos que preguntarnos, ¿qué es hoy en día la unidad revolucionaria? A más de un siglo de la Revolución mexicana parecería que se trata de un artilugio retórico para mantener el poder, pero no es así, o más bien, no debería ser así. La unidad revolucionaria es la comunión de los militantes del PRI con la demanda esencial de la Revolución Mexicana, que es la justicia social, así como la Constitución de 1917 que fue el acuerdo en lo fundamental del pueblo que con ideas y armas dio fuerza y forma a la Revolución. La cuestión radica en conferir nuevo valor y nuevo contenido a estas expresiones: unidad revolucionaria y justicia social. ¿Qué significan para los mexicanos del siglo veintiuno, en especial para los jóvenes?

La Constitución, como acuerdo político fundamental, es eje de convergencia y esencia de nuestro instituto político. Por ello, lo que es ajeno y contrario a nuestra Carta Magna, necesariamente debe ser ajeno y contrario al PRI. El tema es la congruencia histórica: ni intransigencia ideológica ni pragmatismo que conculque origen, vocación y destino.

Para los militantes priistas, regresar al origen es acudir a un texto jurídico vivo, que se ha transformado en el tiempo para hacer frente a los desafíos sociales, políticos, económicos y culturales a los que se ha enfrentado nuestra nación en cerca de cien años. Las grandes reformas impulsadas por el presidente Enrique Peña Nieto responden al anhelo de cambio de la sociedad mexicana del presente. Ahora busca nuestra Constitución representar con la mayor fidelidad posible a la vasta pluralidad y diversidad ciudadana; reestructura nuestra legislación para acercar la justicia cotidiana a la realidad social y a los mexicanos al ejercicio pleno de los derechos humanos, que hoy por hoy son la sustancia de la justicia social. Es decir, la unidad revolucionaria, la unidad en lo esencial para México, no es en ningún sentido un regreso al pasado, sino clara apuesta de futuro.

Hace algunos años, el entonces presidente Zedillo acuñó el concepto «sana distancia» para referirse a la desvinculación del ejercicio de gobierno con la actividad partidista. Se supuso inicialmente que la intención era eliminar algunas reglas no escritas que subsistían en el sistema político y que incidían negativamente en la consolidación democrática. Pero no fue así, lo que ocurrió fue una fractura del diálogo entre el presidente y el partido. Resultó una relación un tanto neurótica de alejamiento y cercanía a la que al PRI se le asignó un rol pasivo. El ejercicio de gobierno y la labor del partido se debilitaron a la par. La sana distancia no fue cura, sino toxina. Se dejó de abrevar en la unidad por México, lo cual hubiera sido fundamental para eliminar esas reglas no escritas, que actualmente prevalecen en todos los partidos políticos.

Al tener esta perspectiva, adquiere su justa dimensión lo declarado hace unos días por Manlio Fabio Beltrones, quien advirtió: “que nadie se extrañe, un partido en el gobierno apoya a su gobierno, platica con su gobierno, resuelve con su gobierno y negocia con los otros partidos políticos”. Fortalecer la unidad revolucionaria, es decir, incidir en el puntual seguimiento de los preceptos constitucionales, es labor del presidente y del partido.

Al PRI le corresponde diseñar el programa político que ejecutarán los representantes del partido; el cual traducirán en leyes los parlamentarios federales y locales, y nuestros representantes del Poder Ejecutivo en los distintos órdenes de gobierno, en acciones. A todos los priistas, en los diferentes espacios de participación, nos atañe fortalecer una dialéctica programática y eficaz para cumplir y hacer cumplir la Constitución; para que sea una garantía cotidiana de los derechos sociales, políticos, económicos y culturales de todos los mexicanos sin excepción.

Hacer lo más posible, comprometernos, cumplir escrupulosamente la palabra empeñada, apegarnos a la ley y a la ética política, serán la medida de la legitimidad social del PRI en los años por venir. La unidad revolucionaria no admite egoísmos ni parcelas, porque su proyecto común es México.

Para ir al archivo de textos de Jorge Varona Rodríguez dar clic en su nombre

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