El derecho a adoptar

Escrito por on Ago 14th, 2015 y archivado en Derecho, Destacado, Galería Fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

El derecho a adoptar

adopcionAl juzgar a otro, no le defines, te defines.

Wayne Dyer

 

Empecemos por una verdad de perogrullo. Hablar de cualquier género adopción es siempre hablar de un niño sin hogar, una tragedia humana y una muy complicada disyuntiva social. Nada es fácil cuando se trata de asumir la responsabilidad por el destino de un inocente.

Recientemente la Suprema Corte de Justicia de la Nación, resolvió declarar inconstitucional el artículo 19 de la Ley de Sociedades de Convivencia del Estado de Campeche por considerar que, al prohibir a los convivientes adoptar, se vulneraban los artículos 1º y 4º de la Constitución Federal en lo relativo a los derechos humanos a la no discriminación, particularmente de parejas homosexuales; así como, el derecho a integrar y formar una familia, tanto de estas parejas, como de los menores cuyo interés superior claramente vendría determinado por la posibilidad de tener un hogar.

Pero más allá de los tecnicismos judiciales, la comúnmente llamada adopción gay, supone un complejo debate ético de base moral, lo cual, correctamente entendido, y aun cuando muchos confunden los conceptos, nada tiene que ver con la religión. La ética es el racionalizado estudio de los sentimientos morales, es decir, de las más elementales nociones e instintos sobre justicia e injusticia, el bien y mal, lo correcto y lo incorrecto a la luz de la razón crítica y el pensamiento lógico como base de común de entendimiento entre los hombres. Esto es algo de lo que la dogmática religiosa carece y es precisamente por eso que las leyes del Estado son -y deben ser- laicas.

Esto no significa que se deba desoír en el debate a los representantes de las comunidades religiosas. Muchos son los hombres de fe que sostienen sofisticados e interesantes argumentos sobre el tema, pero en tales casos, es la potencia argumentativa de la idea –en si misma- la que seduce, impacta, y en su caso, debe ser aceptada o refutada. En el debate público de las ideas -que aspiramos se reflejen en la ley- ni sotana, ni capelo, ni tiara, ni siquiera la bíblica palabra revelada, son símbolos o sinónimos de la verdad moral o de la racionalidad ética.

Ningún tipo de pareja, homosexual o heterosexual, tiene –o debe tener- lo que literalmente se entiende con la expresión “derecho a adoptar”. Eso es sencillamente una forma incorrecta y absurda de hablar. Lo que tienen, en todo caso, es el derecho a que el Estado evalué su capacidad para brindar a un menor un ambiente sano de desarrollo a la luz de sus muy particulares circunstancias personales y sociales. En esta valoración, los hábitos y preferencias sexuales de cualquier tipo de pareja son sin duda una variable, pero en ninguna forma son, por si mismos, determinantes.

La siempre complicada concepción de normalidad es la base de todos los prejuicios y el concepto de sano desarrollo de la personalidad, lo que sea que eso signifique, es eje central del problema. No existe, y más aún, -me atrevería afirmar- no puede existir, un conjunto óptimo de condiciones o fórmulas que garanticen el cumplimiento de tal concepto. La formación de la personalidad de un ser humano es un proceso altamente individualizado, donde los estereotipos y prejuicios explican muy poco a la luz de los millones de contextos y los ilimitados ejemplos de diversidad que admite la naturaleza humana. Al final de cuentas ¿Qué es ser normal?

En este tema todas las generalizaciones son equivocadas. Afirmar que una pareja homosexual es, por el solo hecho de serlo, incapaz de brindar un hogar a un menor, es una generalización tan equivocada, como sostener que todo hogar heterosexual es -por definición- un habitat adecuado para el sano desarrollo de un menor, ya no digamos una garantía de futura heterosexualidad, suponiendo que tuviera alguna importancia.

La personalidad, hábitos, estabilidad emocional, contexto social y económico de cada pareja son solo algunas de las variables que deberían determinar, en lo particular, si ese hogar es, por sus propias y singulares características, idóneo para ofrecer al menor las mínimas e indispensables condiciones que lo salvaguarden frente a los potenciales riesgos psicológicos y sociales que podría enfrentar en su desarrollo. Esto es lo que la ley debe buscar.

Todo lo anterior, no supone olvidar una serie de aspectos, muy particulares y de incomoda discusión, respecto de la eventual adopción monoparental.

Digámoslo con claridad: En igualdad de condiciones, siempre será preferible llevar al menor a un hogar formado por una pareja heterosexual, pues la posibilidad de tener ambos referentes de género durante el desarrollo del infante apoya poderosamente esta idea.

Ahora bien, también parece posible intuir que por su propia dinámica social y antropológica los hogares homosexuales serian -presumiblemente- en promedio menos estables que las parejas heterosexuales. La ausencia de consecuencias reproductivas, no determina, pero sí facilita la promiscuidad, y de ahí, un riesgo superior de inestabilidad familiar que también se debe valorar.

Por otra parte, resulta muy natural pensar que un niño adoptado, en estas condiciones, estaría particularmente expuesto a ese conjunto de instintos, actitudes, prácticas, prejuicios y anomias culturales que en los últimos tiempos genéricamente denominamos como bullying. De aquí que, las parejas homoparentales que deseen adoptar, deberán estar dispuestas a asumir un muy especial deber de prudencia y discreción en el manejo de su imagen social al que las parejas heterosexuales no están obligadas en la misma dimensión. Esto es en cierto sentido injusto y discriminador, pero la realidad es que el interés superior del niño lo impone. El amor no debería esconderse, pero es un hecho de la realidad que la sociedad y particularmente los niños suelen ser brutalmente crueles con lo que no entienden, y -aunque incorrecto- ese es un riesgo que ningún menor tienen por qué correr pudiendo ser evitado con un poco de prudencia y madurez.

Ninguna de estas observaciones es insuperable, ni mucho menos –incluso en su conjunto- argumentos concluyentes para negar a las parejas homosexuales la posibilidad de adoptar. Se trata simplemente de realidades humanas que representan retos particularmente marcados para la viabilidad de este tipo de familias. Desafíos que demandan niveles de compromiso adicionales a los tradicionales. Todo ello en salvaguarda del interés superior del menor.

La adopción homoparental debe ser posible, y debe ser cuidadosamente reglamentada. Dando a la autoridad la posibilidad de evaluar -en su justa dimensión- las particularidades de cada caso. En este tema, como en muchos que involucran las complejidades de la naturaleza humana, las posiciones radicales suelen ser peligrosas. Dejarse llevar por los prejuicios, cuando la única alternativa directa es la orfandad de un niño, es un acto de auténtica irresponsabilidad. Algo muy cercano a la perversidad.

Alan D. Capetillo

Alan D. Capetillo

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