Exquisitez electoral

Escrito por on Ago 10th, 2015 y archivado en Cultura, Derecho, Destacado, Galería Fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Exquisitez electoral
El autobus que cambió el voto de miles de aguascalentenses

El autobus que cambió el voto de miles de aguascalentenses

“No hagas cosas buenas que parezcan malas, ni malas que parezcan buenas”.

 

El lógico primer gran objetivo del moderno sistema electoral mexicano fue erradicar el denominado fraude electoral. Que solo votaran quienes tenían derecho a hacerlo y que los votos fueran bien contados, que no votaran los muertos, que no desaparecieran los votos, que no se embarazaran las urnas; que a cada persona le correspondiera solo un voto y que todos los votos fueran bien contados.

Digámoslo con claridad: el fraude electoral –en su concepción clásica- ha sido virtualmente erradicado. Hoy ya prácticamente nadie duda de que los números que aparecen al final de la jornada electoral reflejan inequívocamente la intención manifiesta de los electores al marcar la boleta electoral en la soledad de la mampara. La discusión ahora se centra en la legitimidad de los factores determinantes de la intención del elector.

La paternalista idea de que la voluntad de los electores, tal si fueran niños, puede ser manipulada, comprada o coaccionada, es el telón de fondo del nuevo derecho electoral mexicano, subsecuentemente, pervive la noción de que existen –o deberían existir- un conjunto de inefables condiciones de igualdad, equidad y justicia que, más allá de lo que sea que signifiquen, son deseables y necesarias para el desarrollo de la lucha política por el poder. Pues son estas condiciones las que garantizan el ejercicio de una “auténtica” libertad en el momento de votar.

Suena bonito… pero las palabras grandilocuentes, con definiciones etéreas, suelen esconder verdaderas aberraciones conceptuales y un amplio margen para la arbitrariedad. Complicada y espinosa es la tarea de pontificar cuales son las razones legítimas que deberían determinar la –por principio- libre voluntad del elector en la privacidad de la mampara.

Equidad es la palabra clave de la nueva narrativa del derecho electoral mexicano. Concepto difícil en un universo electoral donde el conjunto de condicionantes económicas y culturales que definen la voluntad de los electores es virtualmente ilimitado. ¿Qué afecta a quién? y ¿en qué forma? ¿Cuáles medios y estrategias son legítimas y cuáles no? ¿Cuál es la diferencia entre la manipulación y la persuasión, entre la creatividad comunicativa y el agandalle mediático? ¿Hasta qué punto es válido exigir a los gobernantes que sean imparciales frente a proyectos políticos distintos al suyo? ¿Qué es lo que no deberían poder hacer? ¿Manifestar su apoyo, distraer recursos públicos o ninguna de las dos?.

Algunas respuestas parecen claras. El uso de recursos públicos es, sin duda alguna, una de las pocas transgresiones objetivas al concepto de equidad, el rebase de tope de gastos de campaña podría ser otro caso. Pero la mera manifestación de apoyo, incluso el uso de imágenes institucionales del gobierno, no terminan de parecer causas razonables. Vincular el éxito o el fracaso del gobierno con la oferta política de sus candidatos pareciera ser un ejercicio plenamente democrático. El partido que gobierna es el mismo partido que compite, de ahí que, mientras no se malversen recurso públicos, el juicio sobre los candidatos constituye un parámetro de rendición de cuentas y de evaluación del gobernante. Mientras no comprometan el dinero de los contribuyentes, los gobernantes deberían poder participar activamente en el proceso electoral.

Pero dejemos un momento de lado las categorías filosóficas y los conceptos jurídicos, aceptemos que en la pasada elección federal el Gobernador del Estado acompañó a sus candidatos a sus casillas en un autobús con logos oficiales. Supongamos también que eso no está bien, que en el mejor de los casos, no hay que hacer cosas buenas que parezcan malas, asumamos que el hecho fue registrado y difundido por medios y redes sociales (twitter), aceptemos todo eso.

¿Qué nos dice? Que un gobernante apoya a los candidatos de su partido ¡Es una obviedad!; ¿Cuantas personas descubrieron este hilo negro el día de la jornada electoral?, ¿Cuántas cambiaron por ello su preferencia electoral?, ¿Alguien verdaderamente cree que ese hecho modificó el voto de un solo elector?, ¿En verdad es eso razonable?, ¿No nos estaremos volviendo locos?

Aceptando que el uso de un vehículo oficial es incorrecto, el tamaño de la transgresión no debería ser directamente proporcional al salario del chofer y al costo del combustible consumido en ese día. Y en ese caso ¿Sería esto acaso suficiente para anular la elección?

Algo está verdaderamente mal en el entendimiento jurídico que tenemos de los procesos electorales. Existe algo profundamente insultante en el paternalismo judicial que juzga la inteligencia de miles de personas rehén de la fotografía de un gobernante.

Explicaciones parece haber muchas, pero más allá de rigorismos judiciales, venganzas políticas o epifanías magisteriales, ¿No es todo este asunto del distrito 01 -eludiendo la procacidad- una verdadera “exquisitez”?…

 Alan David Capetillo Salas

Profesor de Derecho Electoral en la Universidad Autónoma de Aguascalientes

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