¡OOOH! ¡Rayos no volvió, no volvió, no volvió! ¡Rayos no volvió! II/II

Escrito por on Jun 8th, 2015 y archivado en Destacado, Recuperando Aguascalientes. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Necaxa-Dorados-de-Sinaloa23 de mayo de 2015. En el Estadio Victoria se juega el partido por el ascenso a la primera división, entre Dorados de Culiacán y Rayos de Necaxa. Ya todo está dispuesto, y en el centro del campo, quien pateará el balón por primera vez abre los brazos, levanta la cabeza al cielo, en típico gesto de rezar. Acto inútil, como comprobaremos exactamente dentro de 77 minutos… Arranca el partido, y esto señala el momento de la primer muertita, aunque ciertamente, y con las horas de espera a cuestas, a estas alturas más de alguno debe ir por la tercera o cuarta, pero no yo, que soy conductor resignado… ¡Una cerveza! ¡Aunque sea de a $35 del águila! Pero nada de cubetero, que está atorado allá, arriba de la gradería.

¡No, no, nooooo! ¡No, no, no, no! ¡Dorados no! Delante de nosotros, mi Venus y este, su servidor –de la Venus- está uno de esos típicos aficionados, apasionado, justiciero, conocedor del juego hasta más que los propios jugadores; que el mismísimo profe que entrena al equipo. Grita, gesticula, alza los brazos y muestra su índice de fuego, señalando a los jugadores las posiciones que en su muy estudiada opinión deberían tomar. Si hay una falta en contra de un rojiblanco se levanta, grita y maldice, al ofensor, al árbitro y a lo peor hasta a la vida, aun cuando el nazareno sancione en favor de los locales. Desde luego no cae en la cuenta de que nadie en la cancha repara en su presencia; en sus consejos, cosa que, por otra parte, tampoco le importa. Por momentos –pero sólo por momentos- resulta más atractivo observar a este y a otros jóvenes, que el partido… O a los reporteros, que se arraciman en la cabecera de las porterías. Llevan un chalequito color solferino muy mono, numerado. La cifra más alta que observo es el 46. También se me van los ojos con los lentes de las cámaras, suculentos objetos de deseo…

Corre el minuto 35 de la primera mitad. El mercado de las muertitas está cañón; ¡nomás no llegan!, igual que la lluvia, que sigue cayendo, aunque sólo en la cancha. ¡Cerveza, cerveza, cerveza heladaaaa! ¡Vaya dilema!: atender al partido o permanecer al acecho del cubetero cervecero. ¡Cerveeeza! En el mejor de los casos el hombre, abrumado por las solicitudes, voltea y dice: pérate tantito, pero nada. A la voz de ¿qué tanto es tantito?, no llega… ¡Ay, qué tiempos aquellos, en los que había dos cubeteros por cada espectador…! Aunque bueno, con el partido no se pierde mucho, dado que el balón permanece demasiado tiempo en la media cancha, y los guardametas casi pasan desapercibidos.

Viene la pausa del descanso y luego la reanudación del cotejo. Ver al joven de adelante y a otros como él me indica que el personaje somos todos; todos somos actores en este drama y con esta personalidad coreamos, maldecimos, aplaudimos, criticamos las decisiones arbitrales o las celebramos. Conforme los artilleros necaxistas se acercan a la meta rival buscando el ángulo ideal de tiro, estos protagonistas se van poniendo de pie, indiferentes a quienes estamos detrás. Se ponen de pie y rugen, y de nada sirve gritar aquello de ¡ahí va el agua! Ellos se paran impulsados por la emoción, como si en ello les fuera la vida; como si la efectividad de la delantera dependiera de la energía de su gesto. La oportunidad se pierde y levantan los brazos al cielo, se suben la playera, se tapan la cara y mueven la cabeza, henchidos de futbolística indignación. Se tranquilizan, bajan la playera y se sientan, hasta la próxima…

Vuelven los cantos, ahora con otra tonada: ¡Pongan güeeeevos, los Rayos pongan güeeeevos, los Rayos pongan güeeeevos!… Pese a la vulgaridad de la expresión, no hay en el tarareo atisbo de exigencia desesperada. Es más bien un gesto amable, como de palmada en la espalda, la fe inquebrantable -¡como si fuera cuestión de fe!- en la victoria final. Así que diga usted que este es un monumento a la originalidad, pues no. Pero el canto es rítmico, entonado; pegajoso. ¡Pongan güeeeevos, los Rayos pongan güeeeevos, los Rayos pongan güeeeevos! Tantitas más ganas y la red enemiga se estremecerá con un tiro de muerte. ¡Ánimo!

La noche se viene encima; el cielo pierde su textura, invadido por la negrura nocturna, opaca. Pero relampaguea. Muy cerca del estadio el firmamento se ilumina tenuemente, una y otra vez, aquí y allá; acribillado incesantemente por la luz de los relámpagos de mayo.

¡Rayos, rayos! El clamor se generaliza hasta que la sobreposición de una porra grabada calla a la gente. Luego regresa el grito de guerra originario, en tanto Dorados se vuelca amenazante sobre la portería local. ¡OOOH! ¡Rayos va a volver, a volver, a volveeer! ¡Rayos va a volveeer! El canto es apremiante, rápido, y crece… Crece hasta opacar al sonido local cuando anuncia un cambio de Dorados… A veces mengua un poco, por una jugada que provoca una rechifla, o porque el sonido local lanza la porra de ¡Fuerza Rayos!, pero luego regresa con más fuerza. ¡OOOH! ¡Rayos va a volver, a volver, a volveeer! ¡Rayos va a volveeer! Por todas partes surgen las luces de teléfonos móviles que captan en video el momento. Así que al relampagueo celeste se suma este conjunto de luciérnagas electrónicas.

¡Rayos! ¿Cómo es posible que estos Dorados resistan semejante presión? Una falta del No. 57 de los sinaloenses que provoca tarjeta amarilla se sobrepone al grito, que luego regresa, hasta que, 7.20 minutos después de haber iniciado, cesa, sustituido por un saque de meta del arquero enemigo, que usted sabe cómo se saluda. ¿Qué le gritan? ¿Bruto? ¿Tubo?

El sonido local da cuenta de la asistencia de esta noche: 23,839 personas, y agradece a todos su presencia. Es el minuto 30. ¡OOOH! ¡Rayos va a volver, a volver, a volveeer! ¡Rayos va a volveeer! Ahora el grito durará casi dos minutos, justo hasta que se produce el milagro, pero al revés; en contra, pues… Este diario publicó que en el minuto 77, “con escasos minutos en la cancha, Angulo recibió por derecha una pared, para entrar al área y ante la salida del portero Jesús Gallardo tocó el esférico al corazón del área, donde Raúl Enríquez, con la cabeza, lo puso en el fondo de las redes”.

El grito de horror; de miedo, crece y opaca al del regreso, hasta romperse con el estremecimiento de la meta necaxista, mientras que en el sur estalla un rayo y la lluvia regresa. Parecieran mandadas a hacer, estas coincidencias, como si se tratara de utilería de telenovela épica y lacrimógena, pero en verdad os digo que así ocurrió todo, 23,839 aficionados de siempre y de última hora se lo pueden confirmar.

Recuperados de la impresión, los gritones vuelven a la carga, aunque ciertamente con menos intensidad. También regresa la lluvia; la siento en mi playera necaxista; en mis brazos, pero no la veo. ¡No importa, carajo; no importa! ¡Ahorita nos recuperamos! ¡Es nomás pa’cerla de emoción, pero ahorita llegan los goles!, ¡ahorita!… Un nuevo grito ensaya esta multitud, en tanto los rayos caen una y otra vez, la furia de Zeus necaxista desatada por este atrevimiento dorado: ¡Sí se puede, sí se puede! No es lluvia propiamente lo que cae, sino la promesa de ella. ¡Ora, cabrones, que vamos perdiendo! Cambio de Necaxa: sale Jorge Sánchez y entra este muchacho que tiene apellido de chiste: Luis Gorozito. ¿Qué cambio es? ¿el primero, el segundo? ¡Quién sabe, pero salú! Ahora sí veo la lluvia. En el suroeste continúa el relampagueo. Las porras se acaban; ya sólo queda el grito caótico, emocionado, que va y viene, y alcanza su máxima cresta en el minuto 81, cuando Dorados anota por segunda vez.

Es el fin; el 2 a 0 definitivo. Como dijera mi maestro, don José de Dávila y Rodríguez: ya valió lo que se unta al queso… Todavía no lo sabemos, pero aquí acabó todo; no tenemos conciencia de ello porque los cantos están a todo lo que dan, ¡miles de voces que empujan a los locales contra la puerta enemiga!, pero Necaxa está de cuerpo presente, a despecho de que la esperanza se fortalece ante la adversidad.

¡Todavía hay tiempo, todavía hay tiempo! ¡Ahorita se recuperan!… Pero el tiempo se acorta en tanto las caras se alargan; 23,839 caras largas, 23,839 decepciones, 23,839… Bueno, menos las decenas de Dorados, que celebran el triunfo. El canto necaxista va decreciendo poco a poco, hasta morir ahogado en la decepción, y en más de alguna lágrima.

Los peces se reúnen a celebrar esta anotación de Raúl Enríquez, el mismo jugador que anotó en Culiacán. Van a su banca y saltan de puro gusto, en tanto en la tribuna se inicia un aventadero de cosas, vasos, restos de botana, y una botella de cerveza oscura, que el árbitro levanta y muestra como evidencia de la ignominia. La policía corre hacia la zona de bancas, a fin de resguardarla. ¡Ora, perros! No sean así!… ¿Qué no ven que somos gente buena?

El desorden crece, la ira y la decepción se abren paso a un grado tal, que desde el sonido local se pide a los aficionados no arrojar objetos a la cancha. Esto perjudica más al equipo local y al estadio. Y quien los viera, son los VIP quienes se distinguen por las agresiones, y no de donde se supondría, donde está la porra. También de ahí, del lado poniente, vuela al campo una playera rojiblanca, que es rápidamente recogida… Hecha bolas, cae como si fuera una piedra.

Segundos después del gol, ¡juro que así sucedió!, la llovizna se convierte en vendaval, y lo hace con una rapidez digna de trámite burocrático. Fuerte, impulsada por el viento, el agua ahuyenta al respetable de la tribuna, en busca de la popa del Titanic. Cambio de Dorados, y el técnico norteño asume una posición conservadora: sale el delantero Raúl Enríquez Arámbula y entra el medio Adolfo Domínguez. ¡Vaya aguacero! Como si se tratara de un barco hundiéndose, por todas partes, en la tribuna, la gente busca resguardo del agua en las partes más altas. ¡Sálvese quien pueda! Nos vamos hacia arriba, todo en el más completo orden, salvo aquella señora, que sube a empellones con un niño en brazos. Bueno… Se entiende. ¿Y qué decir de esas otras, mujeres con niños de muy tierna edad, también de brazos, asustados por este despliegue de fuerza y ruido, o dormidos?

De ahí en más nos hacemos lugar unos a otros. Por mi parte me pierdo el juego; se me escapa, ¿ya qué? Pero no es el 2 a 0 lo que me distrae, sino esta lucha por mantener el equilibrio entre tanta gente, y en plena escalera. Y además está la lluvia, que cae hacia un lado y hacia otro, movida por el viento. ¡Qué espectáculo alucinante! ¿Qué importa mojarse? ¡Qué maravilla la lluvia! El diluvio iluminado por las luces del estadio, de una intensidad tal que el otro extremo del Derrota se observa desdibujado, como si se tratara de un cuadro de Vincent Van Gogh, quizá La noche estrellada sobre el Ródano, o El jardín del doctor Gachet en Auvers; alguno de estos cuadros maravillosos. Abajo los jugadores siguen bregando contra el agua; montados en la ola gozosa de la victoria o en la vergüenza del fracaso, según el caso. También la porra del Necaxa sigue en su lugar, de pie, gritando y moviendo los brazos. Ellos vieron apenas a unos metros los goles dorados; casi les explotan en plena cara, el esfuerzo inútil de Chuchito Gallardo. Me acuerdo de los Niños Héroes, del altar a la Patria; no sé por qué, pero me acuerdo de ellos.

El sonido local insiste: Se pide a las personas no arrojar objetos a la cancha. Gracias, en donde el gracias es enérgico; de una helada cortesía y luego, ante la inminencia del final, se lanza a la publicidad, como si faltaran todavía muchos compromisos comerciales por cumplir... Pero, ¡rayos! ¿A quién le importan las llantas, la leche y las pinturas? ¡Rayos, rayos! La porra levanta, se generaliza, al margen de la voz oficial. En el campo los jugadores, los bomberos y los policías. De los fotógrafos ni el rastro, que hay que cuidar los aparatos.

¡Pongan güeeeevos, los Rayos pongan güeeeevos, los Rayos pongan güeeeevos!… El grito se escucha lejano, y es sustituido por este otro: Yo soy de Rayos, que es un sentimiento, que lo llevo dentro y que no va a parar. Olé, olé, olé. Olé, olé, olé, olá. ¡Cada día te quiero más!

Se cumple el tiempo reglamentario y el sonido local anuncia cuatro minutos adicionales; cuatro bocanadas de aire; cuatro latidos del corazón. ¡Vamos, Rayos! Nueva porra, lira sencilla, nacida más de la pasión futbolera que del conocimiento del metro, de la prácticamente sólo entiendo aquello de daría toda mi vida por ser campeón. Necaxa intenta una chilena, que pasa fuera, a centímetros del palo. Vienen las recomendaciones de desalojo del estadio, recuerden que hay mujeres y niños y personas de la tercera edad, clama la voz oficial.

El nazareno pita su silbato por última vez y levanta el brazo. Se acabó. Otra vez la burra al trigo… Mucha gente se va, pero muchos más nos quedamos, yo a ver cómo acaba esto, pero en muchas caras se advierte la estupefacción. No dan crédito a lo que ven, los peces celebrando su flamante ascenso a la primera división, en tanto un sencillo escenario es armado rápidamente, para proceder a la entrega del trofeo. Detrás de mí un hombre exclama: nos vamos tristes, mojados y méndigos… ¿Y por qué lo de méndigos? ¡Ah, porque me quedé sin dinero!, aunque no debe haber sido para tanto, puesto que quien esto dice está completamente sobrio…

Ese viejito que está cerca de la banca de Dorados, que parece Albert Einstein, ¿es Decio de María? ¡Sabe!; supongo que sí… Lástima que, terminado el juego, los jugadores rojiblancos se hayan ido al vestidor, cediendo a los visitantes la recién conquistada cancha. Se fueron sin siquiera ir al centro a despedirse, como obliga la más elemental educación y el homenaje a la afición de cada 15 días. Ir al centro aunque fuera sólo para recibir una rechifla monumental, o a lo mejor hasta un aplauso. Pero no. Los jugadores se pierden; se desvanecen de la misma forma en que Dorados desvaneció la esperanza… Quizá sea esta actitud la forma que asume la conciencia de lo ocurrido, la manera en que nos dicen: pudimos pero no quisimos, o la tuvimos al alcance de los pies, pero la dejamos ir. Aunque en rigor, y en relación a la afición; esa que hoy abarrotó la tribuna del Victoria, habría qué preguntarse donde estuvo el resto de la temporada. No la fiel de cada 15 días, que difícilmente sobrepasaba las 6,000 u 8,000 almas, que esa lo merece todo, hasta un equipo en primera división, sino esa otra que nomás vino hoy, y que sumó 23,839 personas.

El estadio se vacía; ya se ve el letrero de Rayos formado con los asientos en color rojo y blanco. La premiación se inicia con la misma música que se interpretó al inicio. Efectivamente era Decio de María, presidente de la liga, quien entrega el trofeo.

Ni modo; Necaxa no pasó de año, y se queda a repetir. Los campeones reciben el trofeo –y ahora sí, a darse vuelo con las caricias-, y dan la vuelta a la cancha, sólo para recibir, de cuando en cuando, algún vaso de plástico vacío, el grito insultante; impotente, que en alguna medida mitigue la frustración; ¡lo que haya a la mano pa’ventarles! Los policías observan esto y refuerzan su presencia detrás de la portería norte, donde sigue la porra, y alzan los escudos. A despecho de la presencia policial, también de ahí caen algunos vasos de plástico. Pero nada de esto importa a estos jóvenes que siguen su carrera, felices de haber alcanzado el triunfo. Visten una nueva camiseta, que muestra la leyenda: la hicimos de pez. El sonido local emite la famosísima canción del grupo británico de rock Queen, Somos los campeones/no hay tiempo para perdedores/porque somos los campeones…

Los ganadores interrumpen la vuelta y corren hacia la banca, donde se dejan fotografiar con su trofeo. Acabada la canción de Queen se escucha Me vale, de los tapatíos Maná… ¡No me importa lo que piensa la gente de mí! … ¡Me vale lo que piensen, hablen de mí! ¡Es mi vida y yo soy así! Me vale, vale, vale, me vale todooo! ¿A quién le vale; qué es lo que le vale? ¿Qué Necaxa haya perdido, que Dorados haya ganado, que mucha gente se vaya frustrada; decepcionada? ¿Eso es lo que le vale a la directiva; a los jugadores? ¡Si no me entienden o comprenden, pues ya ni modo, porque me vale, vale, vale; me vale todo!… Francamente la inclusión de esta pieza me parece por demás impertinente, por no decir que una provocación.

La última y nos vamos. De maná viene el salsero Marc Anthony y su Vivir la vida: A veces llega la lluvia/Para limpiar las heridas/A veces solo una gota/Puede vencer la sequía… En la pantalla del estadio se lee: Nos vemos el próximo torneo. Gracias, afición. Afuera, en la oscuridad nocturna, sigue la fiesta, algunas partes de la explanada anegadas, el agua formando pequeñas corrientes en el arroyo de la calle Manuel C. Escobedo. Dentro del estadio la porra sigue proclamando el regreso de Necaxa…

9 epílogos 9, a escoger. (Lleve uno, o llévelos todos, pero llévese algo)

1: En el lado poniente del estadio, en la puerta cochera de los vestidores de los jugadores locales, está una pareja de jóvenes, ella medio ahogada en cerveza. Llora y grita: ¿para eso el viaje; para que me paguen así? ¡Hijos de la chingada; no tienen madre!

2: Camino a casa, vamos detrás de un trío de jóvenes que, como los discípulos de Emaús, comentan los últimos acontecimientos. Todavía se percibe la emoción de los últimos minutos, que parece superar al desencanto. Uno de ellos, muchachote de casi dos metros, viste una bermuda y en la espalda, colocada como capa de superhéroe encima de la playera, lleva una bandera necaxista, franjas rojas y blancas, y en medio el escudo con sus tres estrellas. El joven les dice a los compas: ¡Eh güey, el rayo es como mi novia!: ¡Me hace sentir cosas feas!

3: ¡Todo es culpa de la diputada Tere Jiménez, por haber tocado el trofeo antes del juego!

4: No hay de otra: ¡es el estadio! ¡El estadio está maldito! ¡Ahí tienes cuando Necaxa le ganó a León y a Irapuato y subió directamente a primera; y luego en diciembre pasado, que le ganó a Tepic! ¡Las tres veces triunfó fuera de casa, y ya lleva tres perdidas aquí! ¡Es el pinche estadio!

5: Desconsolada; tristísima por la derrota rojiblanca, a punto de lanzarse a cantar aquella de Sufrir, me tocó a mí, en esta vida/llorar es mi destino, hasta morir… Margarita se va de fiesta luego del partido, y nada más llegar se escucha Dime, una canción de Julión Alvarez que esta noche viene como anillo al dedo. Y dice: dime/si vas a volver algún día,/si espero o te doy por perdida/si mato de un golpe este amor!…

6: Mejor así; mejor que Necaxa se quede en la eufemísticamente llamada División de ascenso, que no es más que la segunda división de un futbol de medio pelo. De todos modos las muertitas seguirán estando igual de ricas. ¿Para qué volver a la primera si, malinchistas como son muchos, cuando vengan el América, las Chivas, Cruz Azul, Pumas… estos muchos le darán la espalda para apoyar a los visitantes? Mejor así…

7: ¡Qué imágenes!, exclama el poeta; ¡qué imágenes!… El cielo encapotado, la sucesión de relámpagos que anuncian la llegada de su majestad el gol. Los cantos del respetable y las luces de los teléfonos móviles grabando la escena, como si las estrellas hubieran bajado a la tribuna del Victoria para contemplar la ídem, y todo, porra, luz, fuera un grito dirigido al balón: ¡entra, entra! ¡Vamos, entra ya! Luego, segundos después de la primera anotación, el rayo que señala el inicio del vendaval. ¿Qué el cielo lloró la derrota de los locales! ¡Por supuesto que no! Lo que pasó fue que llovió para que los peces dorados pudieran nadar a sus anchas… ¡Qué imágenes!

8: ¡No, si rezar sí sirve! Lo que pasa es que aquellos rezaron más duro, pues. Tuvieron más fe y por eso ganaron…

9, final: el miércoles siguiente, 27 de mayo, en la ciudad suiza de Zurich, son detenidos varios dignatarios de la FIFA, acusados de corrupción. El hecho abre las puertas para el escándalo de la historia de esta organización, cuyas consecuencias aún no se vislumbran.

Para más de alguno, una cosa se relaciona con la otra, como una mano defensiva dentro del área con un penal: ¿si eso pasa allá, qué no pasará aquí?, se pregunta Fuenteovejuna, sólo para contestarse que lo más probable sea que los jugadores y directivos necaxistas vieron el riesgo que significaba ascender, perder la chamba, ser sustituidos por otros más capaces de hacer frente a los equipos de primera división, y decidieron que era mejor quedarse en primera A. ¡Es que ni las manos metieron, carajo!

Personalmente en persona me parece que la suposición es absurda; descabellada, porque si hubiera buena cartera se habría invertido antes, y no esperar hasta el ascenso, pero a final de cuentas no es eso lo que importa, sino lo que crea Fuenteovejuna, que Necaxa es el eterno campeón de los torneos cortos; el ya merito que parece haber llegado para quedarse.

Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

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