Futbol: un nacionalismo frívolo

Escrito por on Jul 1st, 2014 y archivado en Destacado, Futbol. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

aficionadosLos valores cambian. El viejo nacionalismo tenía su sustento básico en el deber, el honor, la patria y el valor; hoy el nacionalismo existe y se expresa con fuerza, pero los viejos valores que le daban vida pierden vigor y tienden a ser substituídos por un conjunto de ideas mucho más ligeras y frívolas, en las que los esquemas y slogans y estereotipos televisivos se integran en un ambiente de relajo con una concepción confusa de los viejos valores.

La idea de nación sigue siendo importante pero el contenido social que se le otorga está cambiando con rapidez.

El nacionalismo está muy lejos de ser un sentimiento cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos; por el contrario, es un hecho reciente en la historia del hombre. En un estudio muy interesante de Benedict Anderson (“Comunidades Imaginadas. Reflexiones sobre el origen y difusión del nacionalismo”. Fondo de Cultura Económica. México), se sitúa el nacimiento de las ideas nacionalistas en los finales del siglo XVIII y se señala al siglo pasado, como el momento de su desarrollo y expansión mundial. Esto querría decir que el nacionalismo solamente tiene alrededor de 200 años de existencia, lo cual quiere decir que si comparamos su edad con la de otras ideas que han marcado con profundidad el alma humana, se trata de una idea que solamente cuenta con una corta vida.

El mismo autor nos define a la nación como una comunidad política que tiene tres características: a) es imaginada; b) implica una limitación en el espacio; y, c) contiene la idea de soberanía.

Es una comunidad imaginada “…porque aun los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión” (p.23). No interesa la posible realidad o legitimidad de la comunidad, lo que cuenta es el estilo con que ésta es imaginada.

La nación es limitada porque contiene límites finitos y claros: tiene un territorio determinado y cuenta con un número específico de individuos.

Finalmente se basa en la soberanía, puesto que se concibe que la nación es la que ejerce el poder supremo y no reconoce otra fuente de poder que ella misma, es decir no acepta tutelajes ajenos a sí misma.

Lo importante a destacar es que, aunque la idea de nacionalismo tiene corta edad, ha sido un impulso muy fuerte que ha movido y orientado voluntades y fuerzas sociales de enorme vigor. El nacionalismo es un hecho imaginario pero por el cual muchos han muerto, otros muchos han estado dispuestos a morir y en las sociedades se han desplegado esfuerzos y sacrificios colosales bajo el impulso de la idea nacional.

Desde nuestro punto de vista el trabajo de Anderson es bueno, pero tiene una carencia importante y es que no contempla el carácter religioso del nacionalismo. Ante la pérdida de fuerza de las grandes religiones místicas que se opera en el mundo y sobre todo en la Europa del siglo XIX, la sociedad reconstruye una nueva creencia, una nueva sacralidad que ya no pertenecerá al misticismo del más allá, sino que se construirá en términos de una visión laica en donde lo sagrado se integra en el más acá, en la nación. La nueva religión laica, a semejanza de la religión mística, también tiene sus mártires, a los que denomina héroes; sus lugares sagrados, sus monumentos, sus días de evocación y reflexión que son los días patrios y, finalmente sus ritos sagrados, entre los cuales destaca el desfile.

La nación es una comunidad imaginada; pero no se trata de una imaginación cualquiera de tipo profano sino que en dicha imaginería, la idea de lo sagrado es fundamental: Por eso, la idea de nación está asociada a la idea de muerte de los héroes y no solamente los conocidos, ya que para la nación, el héroe desconocido juega un papel clave; pero con la idea de muerte se encuentra integrada la idea de gloria y de futuro luminoso: nuestro Himno Nacional es claro al respecto: “un laurel para ti de victoria y un sepulcro para ellos de honor”. Por eso en la idea del nacionalismo, la muerte de los patriotas alimenta la inmortalidad gloriosa de la patria y la nación. Nótese que en ambas religiones, la mística y la laica, la relación de muerte e inmortalidad juegan un papel clave, y ambas construyen un imaginario de creencias sociales en el interior de los cuales se da una solución simbólica a la fatalidad de la muerte.

Es claro que en este ámbito de religiosidad laica, las ideas de deber, honor, patria, valor y capacidad de sacrificio, sean pilares esenciales en los que descansa el nacionalismo.

Este fue el nacionalismo que floreció en el siglo pasado en casi todo el mundo y naturalmente en México. En este contorno ideológico se realiza la Independencia, la Reforma; la lucha contra el segundo Imperio y la Revolución. En estas contiendas se generaron héroes, instituciones y ritos, al tiempo en que se marcaron los días de gloria nacional. La religión laica del nacionalismo mexicano ha marcado con fuerza el inconsciente social, ha contribuido con nervio a reestructurar la cultura de los mexicanos, ha orientado la acción social de los mismos y ha sido una fuente fenomenal de energía social para la construcción del México actual.

Sin embargo, aunque en la actualidad el nacionalismo sigue teniendo una vigencia importante, su papel como fuerza social ya no tiene la misma potencia y ni los valores que lo sustentan son los mismos.

EL MARIACHI LOCO QUIERE BAILAR.

La profundidad proveniente de las creencias de muerte y gloria en que se fincaba la religión laica, dan lugar hoy día a la frivolidad dominada por un conjunto de imágenes ligeras de estereotipos televisivos en las que, la frivolidad y el relajo, se conjugan en términos borrosos con las viejas herencias simbólicas.

La TV genera imágenes que, sin necesidad de pasar por la reflexión, conducen a la sensación de una comprensión casi inmediata del mundo que nos rodea. Estas imágenes no se integran en términos de la lógica sino que se sobreponen unas a otras y otorgan una estructura simbólica, por medio de la cual se percibe y se concibe al mundo que nos rodea. La TV no solamente orienta los gustos y el consumo, sino que canaliza y delimita las pasiones y otorga por medio de sus esquemas e imágenes, el conjunto de operadores simbólicos por medio de los cuales el televidente no solamente observa la TV sino que también los usa para observar, comprender y por lo tanto, actuar sobre el mundo que nos rodea.

La TV no solamente es un instrumento de diversión publicidad y propaganda, también moldea conciencias y sobre todo, instrumenta los esquemas simbólicos que funcionarán como operadores para delimitar la comprensión y la acción de la sociedad. La TV es el principal educador de la era modera y por lo tanto, es la principal fuente de poder.

Decía un maestro mío en los cursos que llevé al estudiar el doctorado en antropología: “el poder lo tiene quien domina la reproducción imaginaria de una sociedad”; naturalmente que se refería a las sociedades sin escritura que estudian los antropólogos. Sin embargo, este punto de vista se aplica por igual a las sociedades modernas y al caso de México; mucho de lo vivido en el último proceso electoral es una manifestación de este hecho.

El vacío que hoy se genera en el mundo por la merma de valores sociales, ha provocado que se busque compensar esta ausencia con cualquier otro tipo de elementos en los cuales creer. Por eso no es causalidad que en México y en el mundo, el nacionalismo futbolero se encuentre en auge. Este nacionalismo futbolero también ha sido fuertemente impulsado por la TV y ha impregnado la conciencia popular. De hecho, las dos fiestas: la nacional y la del fútbol, tienden a parecerse cada vez más. Lo nacional al igual que el fútbol, es la ocasión del relajo y del desenfrene. No hay que extrañarse, porque anteriormente la festividad también tenía su elemento de relajo y desenfrene, y ¡que bueno! si no hubiesen sido muy aburridas; lo que hoy cambia no es la combinación de festividad solemne y ritual con el relajo y desenfrene, sino la importancia y el sentido de cada uno de ellos. Hoy día el relajo tiende a predominar cada vez más, al tiempo en que la solemnidad ritual pierde sentido para la mayoría de los que en ella participan.

La nación ya no se liga a los conceptos de honor, valor, sacrificio, deber; ahora el símbolo de la bandera es un significante clave pero cuyo significado queda profundamente borroso. La religión laica de la nación y el estado ya no ofrece significados concretos para los símbolos patrios.

Los héroes se conocen poco y además están cambiando con rapidez.; a este paso, pronto los héroes de la revolución serán los nuevos anti-héroes, tal y como ya está sucediendo, por efecto de la publicidad, con la imágen del general Cárdenas.

La relación de referencia para el nacionalismo mexicano que se había tenido con los EU, también se encuentra en proceso de modificación. La nueva definición ya no es como contraparte al vecino país; en la publicidad y la propaganda ya no se le ve como “el otro” frente al cual se configura la idea de identidad interna, sino que ahora se le vive como el vecino diferente, conjuntamente con el cual, se debe de restablecer la mirada retrospectiva que el mexicano tiene de sí mismo.

El Estado ya no es el símbolo y el instrumento para lograr el progreso y la justicia social interna; de hecho, al símbolo “justicia”, se le relega a un segundo término para poner ahora en su lugar al símbolo “eficiencia” y por ende, el Estado se quita y en su lugar aparece el sacrosanto “mercado”. Pero el “mercado” no solamente ha desplazado al Estado sino que también lo ha hecho con el “ejido”, al cual ya no se le vive como el núcleo de la sociedad mexicana sino que se le presenta como un anacronismo que limita las potencialidades del mercado.

El caso es que la nueva imaginería social que introduce la TV y el estado neoliberal, aunque han calado profundamente, no han logrado transformar totalmente la conciencia social mexicana. Para una parte importante de la población, la fuerza de los viejos símbolos es terca y se encuentra presente; si la frivolidad y el relajo son crecientes, la presencia de la concepción solemne que asocia el deber y la gloria a la idea de nación, sigue viva. Además, la idea de “mercado” y “eficiencia” difícilmente pueden lograr un predominio permanente en un país de empobrecidos.

La fragmentación que vivimos en términos sociales también se manifiesta en términos ideológicos. En la cúpula hay un nuevo concepto de nación que se forja bajo las ideas neoliberales; en un conjunto importante del país, el neoliberalismo establece su dominio, pero genera una confusión ideológica y simbólica que alimenta el nacionalismo frívolo. Finalmente, en otra parte del país se mantienen enraizadas las viejas tradiciones.

El problema para estas últimas es que, hasta la fecha, mantienen una actitud fundamentalmente defensiva que las conduce a una pérdida continua de terreno; es claro que los tiempos cambian y que lo que necesitarían no es la mera defensa sino una transformación, a partir de sí mismas, que les pueda otorgar un impulso renovador y vigoroso. Los cambios son necesarios, pero ellos no deberían provenir desde arriba y desde afuera como lo pretenden hacer los neoliberales, sino deberían ser un impulso renovador que provenga de la propia conciencia profunda de su propia historia que  mantiene a tal conciancia, y que a partir de ahí realice transformaciones y readecuaciones a las nuevas necesidades.

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