Nunca antes se habia reunido aqui tanta gente… Juan Pablo II en Aguascalientes*

Escrito por on May 8th, 2014 y archivado en Destacado, Recuperando Crisol. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Juan PabloHoy hace 24 años estuvo Juan Pablo II en el aeropuerto de Aguascalientes…
Si no pudieron ir, o no habían nacido, no se apuren: Armida y yo fuimos por ustedes, yo para platicárselas. Va la crónica de este aficionado a la escritura, publicada originalmente en la versión impresa de  Crisol Plural No. 7, de mayo de 1991.

La visita papal a Aguascalientes ha sido cuidadosamente planeada. Durante los meses precedentes las noticias sobre el avance de los preparativos ocupan lugares importantes en la prensa local y en los días previos no se habla de otra cosa.
El transporte urbano comienza a llevar a los peregrinos aproximadamente a media tarde del 7 de mayo y hacia la media noche llegar al aeropuerto implicará, una poca de suerte.
Poco antes de terminar la primera de dos rectas del camino a la terminal aérea los vehículos son desviados a la derecha, hacia un campo recién desmontado y emparejado en el que cientos de vehículos de todas clases son estacionados. Sus ocupantes bajan y comienzan a caminar hacia el edificio aeroportuario.
Muchos regresan y contagian su decepción a los que van: el lugar está lleno, no se puede entrar. ¡Cómo!, ¿a las 4 de la mañana? Otros permanecen en el camellón, sin saber que hacer; como si esperaran otro milagro diferente a la venida de un Papa a Aguascalientes…
Desanimados o no, los que van continúan: ya se han esforzado mucho como para darse por vencidos cuando sólo les falta un kilómetro.
500 metros antes de llegar, la gente comienza a hacer fila. Es una romería que avanza de 4 o 5 personas en fondo, en formación cerrada, sin dejar espacio. ¿Dónde están los rezos y los cantos?; ¿dónde está el clero que encabeza a los peregrinos? Nada.
Falso que no pueda entrarse. En la curva que desemboca al edificio del aeropuerto la cola se hace de uno en fondo, baja del camino y se introduce en el área de acuerdo al color del boleto.
La operación de ingreso a las distintas áreas se realiza en orden y es coordinada por un grupo de agentes de la Policía Judicial del Estado, según la leyenda que portan en chamarras y cachuchas. Irreconocibles por amables, los policías ordenan a la gente que se forme de uno en fondo y supervisan la entrada. De vez en cuando regresan a alguno que pretende pasarse de listo.
Los espacios están divididos por cercas de tela de alambre. Llegar ahí ha significado un par de horas, entre la caminata, la cola y la espera. El lugar está a reventar y se camina entre la gente con alguna dificultad. Muchos yacen en el suelo, envueltas en cobijas, soñando que duermen, o haciéndolo efectivamente.
La escenografía es la misma que se utilizó eel programa Siempre En Domingo, grabado poco antes de empezar la feria de 1990. Están ahí los modelos a escala de las fachadas del Teatro Morelos, el Museo de la Ciudad y la portada del Jardín de San Marcos. La diferencia es que hoy el espectáculo no es Menudo, o Bronco, sino el Papa Juan Pablo II.
El escenario fue construido a la izquierda del edificio del aeropuerto y consiste en un gran templete pintado de blanco cuyos bordes rebosan de flores blancas y azules. En el centro está escrita, en letras azules, la frase “Aguascalientes vive en Dios y El está con nosotros”. Debajo de ésta han colocado los escudos de Aguascalientes y del Pontífice. Más abajo está la divisa de su episcopado: Totus Tuus: todo tuyo.
La fachada del Teatro Morelos ha sido reproducida a la izquierda y la del Museo de la Ciudad a la derecha. Al centro está la portada del Jardín de San Marcos, coronada por la familiar imagen de la Virgen de la Asunción.
El área de acceso al edificio de la terminal aérea está fuerte¬mente vigilado. Hay ahí policías preventivos, judiciales, gente vestida de traje, camisa blanca, corbata, lentes oscuros y el imprescindible walkie talkie, aparato que parece habér¬seles pegado a la mano. In¬mediatamente frente a la puerta de acceso están estacionados dos automóviles Chevrolet Century nuevecitos. Están pintados de blanco y en las puertas delanteras se les ha pegado una calcomanía con el escudo papal.
La zona del estacionamiento está dividida en dos. La más pequeña, directamente frente al templete, tiene sillas y está acordonada. La otra parte, que es prácticamente el resto del es¬tacionamiento es la zona asignada a los maestros.
A la derecha, frente a la entrada del edificio del aeropuerto se ha instalado otro templete menor en el que monseñor Rafael Muñoz Núñez, obispo diocesano, celebrará la misa. Una pared portátil enmarca este templete. En ella se ha escrito la frase “Aguascalientes todo Tuyo”.
La misa va a comenzar. Un seminarista toma el micrófono y anuncia que se ensayarán las porras que se le dirán al Papa: “¿Es¬tamos todos tristes? No, no, no. ¿Estamos todos contentos? Sí, sí, sí. Entonces cantaremos todos nuestra porra: a la bio, a la bao, a la bim bom bam. Juan Pablo-II-ra-ra-ra”, todo con el sonsonete adecua¬do. La respuesta es tibia, desganada. Pareciera que el respetable guarda sus energías para otro momento; para El-Gran-Momento. El animador afirma que no se oye nada y vuelve a la carga: “Se ve, se siente, el Papa está presente”. (¡Ah caray!, ¿que no era “el pueblo unido jamás será ven¬cido”, o la izquierda, o cualquier otra cosa que reivindicara alguna demanda popular al margen del gobierno, su partido y sus organizaciones?; ¿no era éste un grito de batalla de los proscritos del desarrollo y el bienestar?; ¿alguien tiene memoria?). En fin, aquí va otra: “bongo chio chio chio bongo chio chio cha. Juan-Pablo-II-ra-ra-raaaa!” El griterío sube un poco de volumen. Otra más: “La gente de Aguascalientes te queremos seguir. Muéstranos el camino de llegar a vivir. Juan Pablo es guía, Juan Pablo es guía, guía, guí¬aaaaa!”, y la concurrencia ríe. Hay quien pide una porra para las Chivas, o para la Chiquitibum, o que las porras se hagan a ritmo de lambada. Esto parece aerobics, ¿no?
Algunos funcionarios federales y estatales se dirigen hacia el edificio del aeropuerto: ¿cómo está, licenciado?; ¿qué tal, ingeniero? Saludan sin detenerse: quizá les da pena ver tanta gente afuera, privada del privilegio de estar adentro; o tal vez teman ser exclui¬dos cuando llegue El-Gran-Momento. ¿Saludar a un Papa constará en algún cu¬rrículum, será un dato que agregar a una exitosa trayectoria pública o privada; algo que presumir en los momentos previos a una importante reunión? También pasan algunos sacerdotes, y llama la atención verlos vestidos de sacerdotes: traje negro y alzacuello, esto pese al calor y a que nunca se les ve así en la calle, ¿o qué, no estamos en la calle?, pero, ¡qué demonios!: viene el gran jefe y hay que sacar la camiseta, se vale, ¿no? Después de todo Aguascalientes es hoy, aunque sea por unas horas, un enorme recinto religioso, un gran templo que tiene por techo el cielo mismo. Sus límites somos nosotros, sus paredes nuestros corazo-nes, corazones calientes, dirá Juan Pablo. ¿Después? Después volverán la playera blanca y los pan¬talones azules.
Una pausa en las porras. El sol salió hace unos minutos y la misa comienza. La celebración gira en torno al Papa y sirve para exaltar la importancia de su jerarquía y la personalidad de Juan Pablo II.
La gente se ha acomodado de la mejor manera posible. Algunos permanecen sentados en el suelo, casi acostados. Mas que meditabundos parecen cansados.
Mientras el obispo lee la homilía, a la derecha del Cerro de los Gallos aparecen 3 helicópteros. Las naves se acercan al aeropuerto y bajan. Por un instante su potente sonido rivaliza con la voz amplifi¬cada del predica¬dor. La gente no puede evitar voltear a ver los aparatos, que aterrizan en el lado contrario a donde el obispo enumera las facetas de la personalidad del Pontífice: poeta, escritor, teólogo, obrero, artista.
Entretanto, el Puma realiza maniobras en la platafor¬ma hasta que finalmente apaga sus motores. Por su parte, Muñoz Núñez termina la homilía y la celebración continúa. Durante el ofertorio aterriza un Boeing 727. Conforme se acerca a la plataforma y el rugido de sus motores arrecia, la multitud se distrae, se agita in-quieta, se alza sobre los pies tratando de ver. Los rumores no se dejan esperar: todavía no es hora, ¿habrá algún error?, ¿estará llegando el Papa? La agita¬ción va en ascenso, la gente se siente desconcertada. Finalmente, la campana que anuncia la con¬sagración recupera la atención del respetable y la misa prosigue sin interrupciones hasta la comunión, en que otros dos Pumas se acercan desde el sur. Vienen juntos pero de repente se separan. Uno baja directamente sobre la plataforma mientras que el otro da una vuelta cerrada, espectacular, sobre el área de estacionamiento y desciende. El gentío reacciona ante la maniobra con exclamaciones apenas contenidas, por respeto a la celebración.
La misa termina y la multitud vuelve a moverse, saca su desayuno y mientras lo consume platica con el que está al lado; ya falta poco para El-Gran-Momento. De nueva cuenta se ensayan los cantos. El que toma el micrófono arenga a la multitud: “tus manos son palomas de la paz. Puedes tener la suerte de encontrar en tus manos palomas de la paz. A ver, que se oiga la repetidera”. Esta vez la respuesta de la muchedum¬bre es muy superior. También se hace la ola: se inicia en el lado derecho, recorre a la concurrencia y va a morir en la malla que separa el estacionamiento de la plataforma. La gente se anima y aplaude. Una cámara de televisión comienza a hacer barridos y muchos saludan o agitan pañoletas azules y blancas. Entre tanto el ensayo con¬tinúa: “¡Denme una P!, ¡Peee!, ¡Denme una A!, ¡Aaaa!, ¡Denme una P!, ¡Peee!, ¡Denme una A!, ¡Aaaa!, ¿Qué dice?, ¡El Papa!, ¡No se oye!, ¡El Papaaa!, ¡más fuerte!…” Ahora el alboroto es más enérgico, el respetable está a tono, como una máquina bien aceitada dispuesta al trabajo. Mientras esto ocurre la gente se divierte con la cámara de televisión, que continúa esparciando su magia. Un hombre, detrás de la cámara, levanta la mano incitando a la multitud, que le contesta saludando y agitando las pañoletas; haciendo olas que van y vienen.
A esta hora, poco después de las 9, el lugar está llenísimo. ¡Qué bárbaro!, nunca se había reunido aquí tanta gente: ¡está todo Aguas¬calientes!, o casi. Adentro, adentro está la gente más bonita de Aguascalien¬tes, los “notables”, los “católicos distinguidos”, con su cristianismo domin¬guero, de procesión. Todos los conocen, ya que continuamente aparecen en los periódicos. En la primera página haciendo trascen¬dentes declara¬ciones sobre la economía, la política y la sociedad; en las páginas de sociales inaugurando alguna importante obra de beneficencia social o en las alegres sesiones de los clubes de servicio. Muchos de ellos son los mismos que reciben en sus empresas al candidato priísta a presi¬dente, gobernador, senador y diputado y al día siguiente lo anuncian con bombo y platillo en desplegados de media plana para arriba. De la misma forma, cuando mueren, la prensa se llena de esquelas que anuncian tan lamentable acontecimiento.
También habría que decir que de vez en cuando aparecen en la página policiaca, cuando los amantes de lo ajeno visitan sus residen¬cias y merman sus fortunas en unas cuantas decenas de millones de pesos (joyas y/o efectivo). Son la gente más bonita de Aguascalientes; la cabeza de la sociedad hidrocálida, los poderes religio-so, político y económico. Son la trilateral a que se refirió Eugenio Herrera Nuño.
Muchos de ellos han viajado a Europa y visto al Papa en Roma pero, ¿cómo perderse la oportunidad de saludar¬lo aquí, en mi tierra?
Afuera estamos todos los demás; la mayoritaria minoría, los sin nombre, sin estatus y sin dinero. Muchos aparecen de vez en cuando en la primera página, para opinar sobre el golpe que sufren sus economías cuando aumenta la leche, el huevo o las tortillas. Los reporteros escriben sus nombres pero no nos dicen nada; no son nadie. Al igual que los anterio¬res, también aparecen en la sección de sociales, cuando bautizan, se confirman, hacen la primera comunión, cumplen 15 años -las damas-, se casan y tienen hijos. Difícilmente se les verá en la prensa cuando mueren: nadie va a gastar dinero en una esquela de alguien que no es nadie y con quien no es preciso quedar bien. Asímismo se les ve en la sección poli¬ciaca cuando, sin deberla ni temerla, tienen la desgra¬cia de caer en manos de los “represen¬tan¬tes de la sociedad”.
A las 9:25 el avión de Aeroméxico aparece en el horizon¬te. Ha rodeado el Cerro de los Gallos y pareciera que va a seguir de largo, rumbo al occidente, pero no: el aparato vira a su derecha y enfila hacia la pista. Se escuchan gritos, las manos se levantan señalando; la gente no puede creer en su buena suerte. El aparato enciende sus luces e inicia la maniobra final de aterrizaje, ya está muy cerca de la cabecera de la pista: por fin ha llegado El-Gran-Momento.
La aparición de la nave es una especie de señal de arranque: ahora las porras son espontáneas, sin dirección alguna; los pañolones se agitan en el aire y el ambiente se llena de gritos y silbidos, y algunas mujeres presentan evidentes signos de histeria, como si el Vicario de Cristo ya estuviera aquí, viendo a la multitud. El respeta¬ble se mueve, salta y clama: “¡El Papa, el Papa!”.
Segundos antes de que el avión haga contacto con la pista un locutor profesional se hace cargo del micrófono y anuncia lo que todos vemos: que el avión ha encendido las luces y se dispone a bajar. Luego informa que las autoridades civiles y religiosas recibirán a Su Santidad. Cuando anuncia a las primeras el gentío se ampara en el anonimato y responde con el abucheo, total ¿quién se va a dar cuenta?
El aparato desciende y cuando pasa frente al edificio aeroportuario la manifestación arrecia: gritos, agitar de pañoletas y bandero¬las, porras que se confunden, al se ve, se siente, el Papa está presente se le agrega “aquí en Aguas-calientes”. Desde su posición privilegiada el locutor narra lo que ocurre en la platafor¬ma y anuncia que la nave casi ha concluido el procedimi¬ento de carreteo, pero la maniobra es muy lenta y el locutor debe emplearse a fondo con el uso de la palabra: “Ahí está, señoras y señores, el avión de Aeroméxico arribando a la plataforma. Se está acercando ya… Muy cerca está ya…” Y en efecto, pronto se escucha el ruido de los motores y se ve la cola azul del aparato. El griterío arrecia, en algunos casos con cierto matiz de histeria, ¿irá a haber alguna desmayada? “En este momento se está abriendo la puerta de este jet de Aeroméxico. La puerta se está abriendo lenta¬mente… Vamos a pedirle a la banda de guerra que rinda los honores necesarios a tan ilustre personaje en el momento en que aparezca.” ¿Honores “necesa¬rios”, cuáles serán esos?
Instantes después el locutor anuncia: “En este momento, señoras y señores, por la escotilla -¿es¬cotilla, te lo imaginas abriéndose paso por una escotilla?- del jet de Aeroméxico aparece su Santidad Juan Pablo II”. El entusiasmo se desborda y los gritos se superponen. “Acaba de bajar por la escalerilla Su Santidad Juan Pablo II. Vamos a pedirle a la banda de guerra, por favor. La banda de guerra, si son tan amables de tocar tres de diana, por favor, y que no paren de tocar hasta recibir otra orden del comité organizador”. Si la banda de guerra toca, no se escucha. Parecería que las porras tuvieran la magia de la estereofonía: lejos se escucha una cosa y cerca otra. La tormenta de gritos amaina solo para escuchar al locutor que sigue narrando lo que ocurre adentro: “en este momento Su Santidad, el Papa Juan Pablo II, está saludando a quienes integran el comité de recep¬ción”. Luego, con tono triunfalista que invita a gritar más, cada vez más y mejor, agrega: “El Papa ha pisado ya tierra aguascalentense”. La muchedumbre responde, se mueve y baila; aplaude y grita; parecen niños en la mañana de navidad. “En este momento está saludando a los sacerdotes y religiosas. Está saludando a las per¬sonalidades que forman el comité de recepción, con esa sonrisa tan característica de Su Santidad”. Un fotógrafo sigue al Pontífice mientras saluda a la Gente-más-bonita-de-Aguascalientes, y toma una buena cantidad de placas, que con toda seguridad irán a adornar los recibidores de más de alguna oficina o despacho, como prueba irre¬futable de El-Gran-Momento; constancia del yo-estuve-ahí: ¿ya viste?, saludé al Papa.
Mientras esto ocurre, el locutor prosigue su narración: “en este momento Su Santidad está saludando a los sacerdotes y religio¬sas” –siempre el espíritu de cuerpo por delante- y luego, como para despertar la envidia de los miles que estamos afuera, agrega: “está saludándolos a todos uno por uno”. “¡Jesús mil veces: a ver cuando acaba!…” Momentos después, así como para atizar la envidia de los miles que aguardamos afuera, dice: “Repito, lo está haciendo uno por uno, a todos está estrechan¬do su mano”. La información es recibida por el abucheo generalizado y gritos de protesta: “¡ya que se venga para acá, aquí estamos más de 500,000!”. El comentario provoca risas en quienes lo escuchan. Están ansiosos por la espera pero el hecho de que algunos se apropien del Pontífice no alcanza a molestarles: hoy es un día grande; un día de júbilo.
Sin embargo las protes¬tas crecen de volumen y se mezclan con el desencan¬to provocando abucheos y silbidos: “¡órale, que ya se va a San Juan, ya chole de saludos!”. De cualquier manera la gente está feliz y las porras persis¬ten. Finalmente el del micrófono cambia de tema y pide a un grupo de jóvenes que están subidos en las torres de los equipos de sonido que se bajen y luego anuncia que el Pontífice iniciará su reco¬rrido en el vehículo. La gente se mueve hacia los límites de los sectores que ocupan, que están limitados por cuerdas y que señalan caminos, pese a que nadie en el estaciona¬miento sabe por dónde pasará. “Jóven¬es, por favor, les suplicamos que desciendan de esas torres en donde están los equipos de sonido o de lo contrario tendremos que vernos en la necesidad de recurrir a las comisiones de orden”. A los jóvenes les vale y no hay comisión de orden que se aventure a atravesar la multitud para bajar¬los. Además, pronto iniciará el recorrido papal y nadie quiere perdérselo, ¿verdad?
El locutor continúa repitiendo hasta el cansancio que el recorri¬do está a punto de iniciarse “suplicándoles a todas las personas se sirvan conservar el orden”. Recomendación inútil: en realidad no hay desorden alguno, o en todo caso se trata de un desorden bastante ordenado porque es cierto, la gente se mueve, grita, baila, salta, pero todo sin molestar, sin rebasar los espacios que le fueron asignados.
El recorrido papal se inicia “ante toda esta gente hermosa que ha venido a rendir, por qué no, un homenaje a este viajero de la paz. Vamos a demostrar, señoras y señores, la alegría que nos da recibir a Su Santidad. Y allá va, señoras y señores, el vehículo que conduce a Su Santidad, que viene a saludar al pueblo de Aguascalientes… ” ¿Por dónde? Nadie sabe, no se ve nada. La única pista para saber por dónde anda el obispo de Roma es el movimiento de la cámara, que barre lentamente hacia la izquierda. La Banda Sinfónica comienza a tocar y el del micrófono cede el aparato a uno de los seminaristas que estuvo ensayando las porras. ¿Qué dice, qué canta? No se le entiende; el clamor no cesa. Final¬mente, a fuerza de repetición, se comprende el coro: “Bienvenido, bien¬venido a nuestra casa que es tu casa de verdad”. El canto se repite mientras dura el recorrido. La gente sigue pregun¬tán¬dose en dónde andará el Pontífice. Algunos gritan haberlo visto, se mueven, se regocijan y sí, a la distancia se ve el techo del vehículo, pero del Papa nada… “¡Ya ven, acortaron el recorrido por saludar a tanta gente allá adentro, gandallas!”. “No importa, que al cabo yo tengo un poster en mi casa”.
El recorrido termina. Nuevo compás de espera: el locutor anuncia que Juan Pablo II saludará a un grupo de enfermos antes de subir al escenario. El respetable responde con aplausos: han esperado mucho; pueden esperar un poco más, ¿qué tanto es tantito?
Entre tanto, en el escenario comienza a verse movimiento, aparecen algunos pur¬purados y otras personas. El locutor vuelve a tomar el micrófono para, con su voz afectada, profesional, hacer más lleva¬dera la espera, ya falta poco. “En el momento en que Su Santidad aparezca en la plataforma construida ex-profeso, quisiera que todos ustedes nuevamente volvieran a demostrar ese júbilo y esa alegría conque recibimos a Su Santidad. Continúa saludando a los enfermos y yo quisiera pedir a todos ustedes algo que estuvimos ensayando hace unos momentos, esa ola tan linda que les salió. Atención, vamos a iniciar la ola partiendo de este templete principal, así que todo el mundo abajo”.
La concurrencia grita “abajo, abajo, ahí va el agua” pero casi nadie se agacha. El locutor vuelve sobre lo mismo: “Demostrémosle la gran alegría que nos causa recibirlo en esta tierra hidrocálida”, y luego, por si las dudas, para que la gente no vaya a hacer algo inadecuado, agrega: “recordarán ustedes que la imagen de lo que aquí ocurra llegará a todo el mundo, dada la gran importancia de este ilustre personaje”. ¿Nos sabe algo, o habla al tanteo?
El Papa Juan Pablo II aparece en el escenario mientras la multitud ensaya la ola, y ahora sí, la muchedum¬bre puede verlo: en vivo y a todo color, aunque sea de lejos; aunque no vean sus facciones, lo que no es forzoso: lo conocen muy bien, lo han visto miles de veces, en la televisión, en los periódicos; saben que es él y eso es sufi¬ciente.
Por un momento las porras y los gritos casi se acallan, se extin¬guen; la multitud está atónita, no da crédito a lo que ve. Una posi¬ble explicación de esta aparente pérdida de entusiasmo sería la siguien¬te: para millones de mexicanos el Papa es un personaje casi mítico, portentoso: es ni más ni menos el represen¬tante de Dios en la tierra. Su percepción del Pontífice está deter¬minada por dos elementos prin¬cipales: el Papa es una persona cercana y lejana al mismo tiempo. Cercana por ser el jefe de la Iglesia católica, cuya presencia en México es evidente. Su nombre se pronuncia como mínimo en todas y cada una de las misas que se celebran. Se le ve en la televi-sión y en la prensa, se le escucha, o se disimula que se le escucha.
Pero el Vicario de Cristo es también una figura lejana; inalcan¬zable.
Salvo, tal vez, el periodo en que residieron en la ciudad francesa de Aviñón, los Papas apenas si salían de Roma: el centro no se mueve. Sin embargo esta situación cambió drásticamente durante el pontificado del Papa Pablo VI, que realizó una serie de viajes que lo llevaron a países en los 5 continentes, y si el Papa Pablo viajó mucho su sucesor lo ha superado con creces: el centro se ha movido y hoy está aquí, al alcance de nuestras manos…
Lo normal es verlo en Roma, aunque sea por televisión; verlo en la plaza de San Pedro, en la ventana del Palacio Apostólico, en su trono junto a San Pedro, encuadrado por la Gloria de Bernini, debajo del baldaquino de columnas ondulantes de mármol oscuro. Esto es lo más común y corriente; lo extraordinario es verlo aquí: encima del escudo del estado de Aguascalientes. Es la figura conocida, sí, pero en esta ocasión no es lo mismo, porque hoy está enmarcado por los lugares que nos son cotidia¬nos, familiares; sitios que de tanto verlos ya ni nos llaman la atención. Hoy lo vemos teniendo como fondo, no el Juicio Final que Miguel Angel pintó en la capilla Sixtina sino el Cerro del Muerto, o el Cerro de los Gallos. No la columnata de Bernini, sino las fachadas del Teatro Morelos y del Museo de la Ciudad: hoy el Papa está debajo de la portada del Jardín de San Marcos, y no bajo alguno de los arcos del colosseo di Roma, y esto señora, señor, es un milagro. ¡Qué caray! ¿Cuándo había ocurrido algo semejante? ¡Nunca, no señor!
Luego, al final del mensaje a los maestros, sus pontificios labios pronunciarán la palabra “Aguascalientes” y esto a la multitud le sonará como música celestial, la hará ascender al mismísimo cielo porque sentirá que se refiere a nosotros. No es una voz común y corriente, es La-Voz-Que-Habla-En-Nombre-De-Cristo; que ha hablado en Su nombre con los grandes del mundo. Todos lo hemos oído durante los últimos 11 años, y hoy, esa misma voz casi ha vuelto a crearnos; nos ha sacado del anonimato al pronun¬ciar el nombre de mi tierra…
Esta noche cientos de diarios en México, en el resto de América Latina, en Europa, en los Estados Unidos escribirán la palabra “Aguascalientes” para decir que Juan Pablo II estuvo ahí; también esta noche el oráculo de Televisa la pronunciará: qué buena onda, ¿no?
Luego de los primeros segundos de sorpresa la muchedumbre vuelve a entonar las porras con nuevos bríos. La figura blanca que se ve a lo lejos estimula; invita a la manifestación: queremos que nos vea, que sepa que estamos aquí.
Juan Pablo II aparece a las 10:05, levanta la mano saludando, bendiciendo; observa a la multitud, que literalmente está a sus pies. Finalmente se sienta y el locutor anuncia la intervención del obispo diocesano. Este se adelanta un poco y se sitúa al lado derecho del Papa, pero la voz que se escucha a continuación no es ni la de Muñoz Núñez ni la del otro locutor, sino otra que gritando anuncia: “El pueblo de Aguascalientes y del centro de la república expresan su bienvenida al Vicario de Cristo”. Hace una pausa que permite el aplauso entusiasta del respetable, y luego agrega: “en la voz de su pastor diocesano, el excelentísimo señor obispo Rafael Muñoz Núñez”.
Porras y gritos continúan, el pastor agita las manos pidiendo silencio, su gesto denota urgencia. La muchedumbre prosigue manifestándose y el titular de la diócesis de Aguascalientes inicia la lectura de su mensaje, que poco a poco impone silencio en la gente. Expone las motivaciones de la multitud para estar ahí y señala la trascendencia del encuentro, llama la atención verlo con lentes oscuros. Su lectura es pausada; en momentos parece a punto de las lágrimas.
El obispo termina, se acerca al Pontífice y lo abraza. A continuación viene el Himno Pontificio, que Banda Sinfónica comienza a tocar. El Papa permanece de pie y un joven de traje negro se le acerca con una sombrilla que protege al Jefe de la Iglesia Católica del astro. El gesto es recibido con aplausos. La Banda continúa atacando las notas del Himno Pontificio (¿eran estos los “honores necesarios”, qué no se tocan los himnos únicamente cuando se trata de visitas de estado?). Aquí y allá se escuchan vivas al Pontífice, porras y gritos. Si el momento es solemne la muchedumbre no se da cuenta.
El escenario es digno de Raúl Velasco y el anunciador no se queda atrás. Al terminar el himno vuelve a la carga desgañitándose: “Gente abierta, y nuestro corazón dispuesto para recibir las enseñanzas del pastor universal, ¡Su Santidadddd, Juan Pabloooo Segundoooo!
De inmediato la multitud responde echando toda la carne al asador: gritos y porras; aplausos y movimientos; pañuelos y gorras que se agitan, todo al mismo tiempo.
El Papa comienza su discurso con una invocación, la repite una vez hasta que poco a poco la multitud se apacigua y se dispone a escuchar. En un inmejorable español, con su pronunciación extranjera, se refiere a los contactos “entre la Iglesia y la comunidad política de este país”. Habla de las perspectivas de la educación y de su confianza en la cultura mexicana y finaliza observando que la Iglesia no es un freno al desarrollo de la ciencia.
El final es apoteótico. Luego de la bendición, el Papa demuestra en estos últimos momentos su conocimiento de las fibras más íntimas que mueven a las masas. Después de esto ¿quién dudará de la existencia de los caudillos? El líder de los católicos sustituye el tono formal de su discurso por otro más festivo y familiar para improvisar algunas palabras de agradecimiento por la bienvenida. En algunas zonas la multitud continúa gritando mientras algunos exigen silencio.
¿Cómo sustraerse al encanto de la multitud que lo aclama desde abajo, cómo no sentir la emoción de esa manifestación? Juan Pablo II se deja envolver y dice: “este nombre, Aguascalientes, es un nombre muy lindo, muy bello. Para mí es un nombre que recuerda siempre a México; a los corazones calientes”.
La gente ríe, vuelve la marejada de porras y aplausos, todo el mundo está feliz. “¿Cómo se puede definir a México, sino como corazones calientes? Entonces, Aguascalientes es un nombre simbólico, simbólico. Para decir México se puede decir Aguascalientes…”
Faltando 20 minutos para las 11 Juan Pablo II se despide no sin antes decir “hasta otra vez”. El grito de la muchedumbre es unánime: “¡que-vuelva, que-vuelva, que-vuelva!”, pero el jefe de la Iglesia Católica no regresa. En el sonido local vuelve a escucharse música y minutos después comienza a oírse el sonido inconfundible de los helicópteros. Muchos ya están saliendo mientras que los menos se dirigen a la malla agitando pañuelos; a ver si pueden ver una vez más al Pontífice, o de perdida ver salir al aparato.
El lugar comienza a vaciarse, en el suelo sólo queda la basura, pero eso no lo verá el Vicario de Cristo, así que no importa. El desalojo del aeropuerto durará varias horas y por un momento la recta de 2 y medio kilómetros que va de la terminal a la curva rebosará de gente, tanta como nunca se había reunido aquí; un río de personas que regresan a sus casas; a sus rutinas diarias y a su anonimato.
A las 10:50 las naves comienzan a elevarse. Todo ha terminado, pero miles de personas han realizado un sueño imposible, descabellado: han visto a un Papa.”

Nota del editor: Con esta crónica de Carlos Reyes Sahagún abrimnos la sección “Recuperando Crisol” en que iremos rescatando los trabajos que realizo el cronista para la versión impresa de Crisol Plural entre el número 3 y el 183 en que colaboró con la revista tan destacado aguascalentense.

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