Se juega con los pies…!

Escrito por on Mar 26th, 2014 y archivado en Bullidero, Destacado. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Violencia en el fut

Violencia en el fut

No es infrecuente escuchar en boca de los no partidarios de la fiesta de toros (estuve tentado a escribir enemigos), que el toreo propicia la violencia y desata en el público que presencia el espectáculo (que ciertamente presenta algunos episodios cruentos), los más primitivos atavismos que hacen que se comporte punto menos que una bestia. Ciertamente en las plazas de toros he presenciado no pocas grescas que como denominador común tienen, no el espectáculo taurino, aunque algunas veces los “ismos” llegan a enfrentar a sus partidarios, sí la ingesta desmedida de alcohol y el afloramiento (¡qué le vamos a hacer!) de pasiones reprimidas, de frustraciones y complejos, y a veces hasta de una vena de chistosa desvergüenza.

Yo no no he escuchado que un partido de fútbol transforme a sus espectadores en cavernarios salvajes que desfogan sus ocultos traumas a partir de la violencia con que es pateado el balón de cuero (al menos era de cuero), no lo he escuchado y sin embargo las grescas mas salvajes y con las consecuencias mas desastrosas las hemos presenciado o, en los estadios de fútbol o por las “barras”, “porras”, “hinchas”, “hooligans” o como usted guste y mande llamar. Las imágenes transmitidas por los noticieros televisivos de los desmanes ocurridos el sábado pasado en el Estadio Jalisco harían seguramente, que, los enemigos de la violencia solicitaran la abolición del fútbol o, por lo menos, la prohibición de que los menores de catorce años presenciaren partidos de futbol que concluyen con enfrentamientos salvajes, desafíos a la autoridad, lesiones graves y daños cuantiosos, todo por patear una pelotita de un lado a otro de la cancha.

Evidentemente ni la fiesta de toros ni el fútbol por sí mismos son la causa de la violencia, aunque se pudiera aceptar que sí son ocasión para ella. La falacia llamada de “no causa por causa” o la de “después de luego a consecuencia de”, son ejemplos de los razonamientos sofistas que conducen a conclusiones equívocas. De la primera recuerdo que el libro de lógica de Montes de Oca señalaba el ejemplo del enfermo que luego de que se le administrasen las medicinas prescritas por el médico, falleciere y que irresponsablemente alguien podría atribuir el fallecimiento a la ingesta de la medicina. Del segundo sofisma son ejemplo las supersticiones: Alberto Balderas, ¡ese sí! El Torero de México, vestía un traje canario el día de la cornada mortal que le infiriera el toro “Cobijero” de Piedras Negras, que por cierto le correspondía a su alternante José González “Carnicicerito de México”, de entonces el color amarillo es considerado por los aficionados supersticiosos como de mal fario.

La terrible golpiza que propinan los “porros” de las chivas rayadas, o al menos ataviados con las camisetas de ese club, estremece. Envalentonados por un supesto anonimato y escudados en la turba, golpean salvajemente a un pobre pólicía que quien sabe como, tuvo la desgracia de quedar en medio de los hinchas. Recuerdo que en los libros de sociología y seguramente también lo dirán los de psicología, se señalaba que el comportamiento de una muchedumbre difiere completamente de lo que haría cada uno de sus individuos por sí solo. Las teorías clásicas en psicología partían de la idea principal de la teoría del comportamiento multitudinario de Sigmund Freud de que cuando los individuos se reúnen en una muchedumbre, actúan de manera diferene de como lo harían si se encontraran solos. Las mentes individuales del grupo se combinarían para formar una mente multitudinaria. El comportamiento de cada individuo se multiplicaría  disminuyendo su nivel de reproche y control, y así cada uno se convierte en un ser menos consciente de la naturaleza verdadera de sus propias acciones. Por supuesto el hecho de que las multitudes puedan potenciar su nivel de violencia, no es consuelo, porque también las multitudes pueden multiplicar la sensibilidad o el gozo. Recuerdo un domingo al mediodía en el alcazar del castillo de  Chapultepec un concierto de la filarmónica de la UNAM, que por entonces dirigía Eduardo Mata, que terminó con una obertura, la 1812 de Piotr Illich Tschaikowsky, en un extremo la orquesta, en el otro la Banda Sinfónica, apostados en las terrazas obuses del Ejército Mexicano, y las campanas tras la orquesta. La impresión de  la música, el contracanto entre la orquesta y la banda, los diparos de los obuses que hacían cernisrse al castillo y el repique final de las campana, hicieron que los presentes entraramos en una especie de éxtasis. Había personas de rodillas, otros, la mayoría con lágrimas en los ojos; los vecinos, conocidos o no se estrechaban en abrazos fraternos; la ovación se prolongó por quien sabe cuánto tiempo. Los hurras, los vivas, los aplausos desbordaban el castillo y descendían por las laderas del cerro del chapulín terminando por inundar todo el parque. Así, de ese tamaño fue la emoción.

Supongo que la emoción que experimentamos entonces los asistentes al concierto, se potenció porque finalmente teníamos toda la disposición para disfrutarlo, los antecedentes, la mínima formación musical, la admiración al director Eduardo Mata, los sentidos dispuestos y la apertura para la experiencia. Supongo también que, difícilmente el público de aquel concierto, o los asistentes a una celebración religiosa tumultuaria, o los congregados en un mitin de apoyo a un candidato, reaccionarían en la misma forma en que reaccionaron los fanáticos de las chivas. Seguramente los deportes cumplen también con una función catártica que seguramente va implícita en la diversión. Seguramente la pasión, como dice el tonto anuncio la tenemos nosotros ellos la samba, pueda llevar a extremos de alegría y quizás de disgusto, pero la reacción que presenciamos en los reportajes excede con mucho los paroxismos de un encuentro deportivo.

El expediente fácil es cuantificar los daños, identificar y consignar a los agresores, vetar al estadio haciendo que paguen justos por pecadores, auxiliar a las víctimas y promover la reparación del daño y esperar que pase la suspensión para reanudar el espectáculo en el Estadio Jalisco. Seguramente los agresores serán también vetados por el propio club que antes los estimuló para que se integraran a su porra, les dio facilidades, les proporcionó uniformes y entradas, etc., etc.. Sin embargo queda la sensación de una oquedad en la boca del estómago, el asco y la repulsión por la violencia desenfrenada y sin sentido. El deseo de que no se repitan esas escenas y de que el deporte y las rivalidades deportivas se reduzcan simplemente a eso, pero, parece ser que esa violencia no es sino un síntoma de una frustración que trasciende el fútbol, y que no se elimina con cambiar de canal o dar vuelta a la página.

Me atrevo a pensar que hace falta retomar los valores patrios, los símbolos nacionales, el fervor cívico, las efemérides republicanas, que muchas han quedado reducidas, ¡qué pena!, a un día más de un “puente” comercial, la disciplina y el orden, construir (creo que ya lo he dicho) una nación para este país.

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