Televisa gana todo

Escrito por on Jun 2nd, 2013 y archivado en Destacado, Futbol, Galería Fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Televisa gana todo
Emilio Azcarraga Jean en festejo del América

Emilio Azcarraga Jean en festejo del América

Ya casi pasa una semana (al menos cuando escribo esto) pero todavía resuenan los ecos de la final del futbol mexicano, la muy poco imaginativamente llamada Liga Mx, y la verdad no es para menos. Montado en la idea que tengo desde hace rato, de que el futbol es una escenificación en micro de lo que ocurre dentro de nuestra sociedad, este América- Cruz Azul me deja con dos lecturas, las dos diferentes e incluso contrapuestas, porque me hablan desde perspectivas muy alejadas la una de la otra, o al menos así me parece desde aquí. Para no tropezarme conmigo mismo, hay que revisarlas por separado, empezaré, como es mi saludable costumbre, con la negativa, así que si hay americanistas leyendo, les sugiero que se brinquen los próximos párrafos hasta donde dice “Bueno, no fue tan grande…”, o se atengan a las consecuencias. Una vez lanzada la advertencia – y reconociendo desde entrada mi antiamericanismo irremediable- procedamos a hablar mal.

Empecemos reconociendo que este campeonato representa la cereza del pastel de la Restauración, como solía ocurrir históricamente, las restauraciones necesitan de algún festejo para agasajar al populacho, para que vuelvan a bendecir al rey que se había alejado (casi nunca por su voluntad) y reimplantar el ánimo de que todo vuelve a ser como debe, todo está bien de nuevo, los locos experimentos sociales han sido justamente abandonados y el padre de todos, que antes se llamaba rey, zar, emperador y ahora responde al nombre de Televisa, está de nuevo con nosotros. Azcárrga, ebrio de poder -mejor utilizado el término no puede estar- se descamisa y festeja el pináculo de la reconquista de México, si es que alguna vez lo perdieron, claro. El América gana, gana Televisa, gana el PRI, la santísima Trinidad de México está de nuevo a todo lo que da, es la época del regocijo.

El regreso del América al campeonato, coincide magistralmente con el regreso del ambiente nacional casi a los ochentas. La ridícula broma del Pacto por México, la reducción de la oposición a comparsas del PRI; el regreso a la centralización del poder en el Ejecutivo (y en los jefes del Ejecutivo); la nueva etapa de pronasol-solidaridad bajo el mote de cruzada contra el hambre, vienen a reproducirse de manera por demás dramática en una final en la cual, para que la ironía fuera completa, el adversario vestía de blanquiazul. Como en la historia grande, el América, representante de todo lo que le hace daño al país, estaba fuera, su derrota parecía lógica e inevitable, su regreso poco menos que imposible, un hombre de menos, faltando diez minutos para el final, así era como tenía que ser, por fin aquellos que no podían ganar iban a alcanzar un triunfo, la historia cambiaría, habría transición. Todos sabemos cómo salieron las cosas al final, tanto en el partido, como en el territorio de lo político, aparentemente de la nada, del basurero de la historia el PRI regresa a reinar con el beneplácito de millones de mexicanos que deberían ser más listos y el América consigue un campeonato de manera casi mágica, dejando una vez más a los eternos perdedores en su lugar.

Como si no tuviéramos razones para el desánimo, Televisa sigue ganando todo, compró exitosamente la presidencia, le dejaron comprar a Iusacell, se le perdonaron una cantidad francamente obscena de impuestos, está logrando diferir el apagón analógico para que no peligre su duopolio y, encima, gana el América. Están en la cima, no hay nadie que rete su autoridad, no existe ningún peligro real a su poder, tienen al país en donde lo quieren y lo saben. La ebriedad semidesnuda de Azcárraga es el equivalente al “ya la hicimos papá”, que -se cuenta -soltó Salinas cuando fue nombrado candidato a la presidencia. Ya la hicieron, ganaron. Lo invertido dio resultado, y no solo fue un “haiga sido”, ganaron de forma que nadie les va incomodar ni a criticar, en todo caso, como ocurrió con el PAN y el PRD, correrán a rendirles pleitesía, a ver si pueden compartir un ratito los reflectores con ellos.

Al resto de mexicanos nos queda la del Cruz Azul, darnos de topes por nuestra incompetencia, por nuestra falta de valor, por dejarnos ganar cuando teníamos todo a favor, y volver a preguntarnos una y otra vez ¿por qué nos pasan estas cosas? ¿por qué estamos “salados”? Y darnos cuenta que la respuesta es siempre, como el Azul, como el Blanquiazul, no supimos que hacer con la victoria, no quisimos ganar, no quisimos la responsabilidad de sabernos campeones, así que la regresamos a los que -suponemos – sí saben cómo hacerlo.

Y ahora un gigantesco punto y aparte.

 

 

 

Bueno, no fue tan grande en el espacio, pero sí en el sentido. Me cuesta más trabajo del que puedo admitir, pero ahora quiero tratar a la final como algo en sus propios méritos, como el resultado de dos partidos, sobre todo del último, y relatarlo como lo sentí desde mi posición de observador, aquí se cuenta la historia de la final despojada del contexto político y se recupera como lo que fue en sí misma, una colosal historia épica.

Hay bastante de atinado en el desafío tepiteño del “odíame más”, convertido en divisa heráldica de los americanistas, habrá que admitirlo, odiar al América es un deporte nacional. Ningún otro equipo concentra tanta animadversión como los de Coapa, y por todas las razones correctas, tengo que añadir. Por el otro lado Cruz Azul es la viva imagen de la desinflada y menguante clase media-media de este país, la del sufrido abarrotero y el monótono burócrata, una afición famélica de títulos, de buenas noticias en general, enfrentada por clase y sistema con los americanistas; la loable pero irremediablemente frustrada cultura del esfuerzo en México contra la (otrora) impresentable pero innegablemente triunfante cultura del agandalle. Eso, el enfrentamiento entre visiones contrapuestas, rivales del mundo, el choque de culturas representado en la cancha es lo que vulgarmente se conoce como un Clásico. Y vaya que fue un clásico.

Ustedes vieron el partido,  el alargado juego que fue más allá de los 180  minutos pactados y vieron lo que pasó, detengamos entonces la narración en unas escenas nada más. Hablemos de la sensación de alborozo, atenuada con algo de pena ajena, cuando parecía que todo estaba escrito a los 14 minutos de la vuelta, un hombre menos y un gol del fabuloso tronco de Teófilo Gutiérrez, ya estuvo, se acabó, no hay peligro de que el América regrese, relajémonos y soportemos un partido de trámite, que pena que no hubo emoción en la final, pero al menos ya pudo ganar Cruz Azul.

Y luego la desesperación, la abulia, la necedad y la indolencia de un equipo que no tuvo ganas de ser campeón, que jugó más de 45 minutos a no jugar, que no quería la pelota ni sabía qué hacer con ella, que tuvo de pura suerte un par de jugadas de gol y no las quiso meter. Llevarse las manos a la cabeza y vaticinar “están pidiendo que les hagan un gol”. Por el otro lado, el hambre, la furia, la rabia, el Piojo Herrera (Piojulk) hecho un energúmeno, empujando a un equipo al que no le gusta perder, ni bien ni mal. La fe brutal y ciega de la afición que siempre supo que su equipo no se iría en silencio y la locura como recompensa, la aparición de lo imprevisto y la consagración del momento para las generaciones futuras.

Creo que todos con los que he platicado han coincidido conmigo en que una vez que Moisés Muñoz remató y el balón marcó el 2 a 2, el partido estaba decidido. La endeble moral de los celestes se vino abajo como una casa de naipes y ya no tuvieron más que hacer. Los penales fueron un mero trámite para coronar a quién se había sentido campeón antes de que acabara el partido, de una manera u otra el América iba a vencer. El Cruz Azul, que había jugado extraordinarios partidos, que parecía tan sólido, que estaba embalado e inspirado, fue vencido, además de por un equipo que se negó a la derrota, por su propia seguridad, por su propio miedo.

Al final, gana quien quiso ganar, gana el que tuvo el tamaño para convertirse en campeón de la manera que fuera y nos deja con un relato para la posteridad. Si esta final la hubiera producido Hollywood no hubiera salido tan bien, la produjo Televisa y no creo que ellos hubieran podido hacer un mejor guión que el que se desarrolló en el Azteca, la gesta heroica se logra con todo en contra, en el último minuto, con un héroe inesperado, en el castillo de los héroes, con su gente. Francamente va a ser muy difícil superar la fuerza emotiva que se derramó en esta final. El futbol es un relato épico, es la lucha máxima por el destino máximo, es el reino del blanco y el negro, del ellos y nosotros, es la zona de los héroes y los monstruos, la final del clausura 2013 es la viva imagen de todo lo que puede transmitir un partido de futbol y las secuelas del mismo las veremos durante un largo rato (para desgracia de los no americanistas). Y lo que me duele en serio, hace falta una gran felicitación al América y a su afición, demostraron que saben de qué trata el futbol y lo jugaron muy bien, como un permanente agraviado de aquella final fraudulenta en Querétaro contra mis Pumas, ahora toca reconocer y rendir honor a quien honor merece, y la cara de Herrera en cada penal es la mejor estampa de lo que les permitió ganar el título, coraje, corazón, pasión, de lo que está hecho este juego.

¿Y el Cruz Azul? Yo que ellos aprovechaba las mudanzas en la liga y me iba a jugar lejos, muy pero muy lejos.

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1 comentario en “Televisa gana todo”

  1. FERNANDO DE ALBA dice:

    MI QUERIDO DARIO SOY AMERICANISTA Y ESTOY FELIZ, PERO EN LO ESTRICTAMENTE DEPORTIVO, CRUZ AZUL TIENE EN LA BANCA A UN LIDER MEDIOCRE Y TIMORATO COMO ENTRENADOR, SIN EMBARGO COMPARTO TU ATINADO ANÁLISIS SOCIAL, FELICIDADES Y UN ABRAZO, SALUDOS

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