‘Economía’ burguesa. negando la negatividad capitalista

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‘Economía’ burguesa. negando la negatividad capitalista
Economía burguesa

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‘Economía’ burguesa. negando la negatividad capitalista

 

Su función objetiva fue, sin duda, puramente apologética: justificar las estructuras capitalistas como más o menos inevitables; justificar salarios, precios y ganancias como resultado de cambios realizados en condiciones de igualdad. En la medida en que el auge capitalista que caracteriza la segunda mitad del siglo XIX y la primera década del siglo XX, era también un ‘argumento’ a favor del capitalismo más poderoso que toda construcción teórica, la burguesía no experimentó la necesidad de una corriente diferente de esta escuela puramente apologética.

                                                                                                          Ernest Mandel

El desviar los capitales de su finalidad primordial y destinarlos no a producir, sino a realizar la plusvalía, se convierte en una verdadera obsesión cuando el capitalismo ha alcanzado su edad madura y entra en su fase de decadencia. ‘El ciudadano norteamericano vive en estado de sitio, desde el alba hasta el momento en que se acuesta’, escribe la revista Fortune: Prácticamente todo lo que ve, oye, toca, prueba o siente representa un esfuerzo por venderle algo….

                                                                                                          Ernest Mandel

El largo periodo de la expansión y la ‘prosperidad’ capitalista es cosa del pasado. Las vacas flacas han sustituido a las vacas gordas.

                                                                                                          Ernest Mandel

 

La burguesía victoriana proponía la eternización de las relaciones de producción capitalistas, inventando abstracciones vagas y genéricas. Adam Smith, David Ricardo, por su etapa temprana, el primero, y por sus prejuicios burgueses, el segundo, no habían llegado al meollo del asunto en cuanto a la producción material y la clave de la plusvalía, mientras que sus seguidores y divulgadores vulgares se quedaban en introducciones genéricas a la hora de tratar la producción industrial.

 John Stuart Mill no rebasaba consideraciones vagas estipuladas cual redundantes tautologías en sus introducciones generales en que hacía referencia al meollo del asunto que viene a ser para la sociedad industrial la producción.

Marx considera que con un Henry Charles Carey (1793-1879) “la historia de las relaciones de producción aparecen como una falsificación organizada malignamente por los gobiernos”, al comenzar a poner en claro el funcionamiento específico del capital que pasa de ser un instrumento de producción y de trabajo acumulado a capital dirigido a la producción industrial.

Análisis someros que desembocaban en consideraciones del tipo: “Un pueblo está en su apogeo industrial cuando lo principal para él no es la ganancia, sino ganar. En esto, los yankees están por encima de los ingleses”. Tautologías derivadas de evidencias empíricas así como de determinaciones raciales y geográficas que no explican la realidad de las relaciones sociales implicadas.

Con tales elucubraciones los economistas burgueses daban paso a una concepción genérica que reflejaba el inconsciente colectivo de la burguesía inglesa, la que para entonces capitanea el Imperio-Mundo. En J.-S. Mill se manifiesta patente la noción de época que suponía haber alcanzado la cumbre de la civilización material y un estado de bienestar prolongable indefinidamente. En resultas de que la producción industrial se presentaba “a diferencia de la distribución, como regida por leyes eternas de la naturaleza, independientes de la historia, ocasión esta que sirve para introducir subrepticiamente las relaciones burguesas como leyes naturales inmutables de la sociedad in abstracto. Esta es la finalidad más o menos consciente de todo el procedimiento”.[1] Curiosamente los elementos concernientes a la distribución podían variar con las respectivas épocas, pero la producción sorprendentemente quedaba congelada en el tiempo sin darse cabal cuenta de su funcionamiento y de lo que representaba el modo de producción capitalista y sus  instauraciones supra estructurales. ¿Qué reflejaba tal consideración?

Una tesis ideológicamente manejada por la burguesía victoriana, tendiente a eternizar el dominio burgués capitalista, toda vez que el mejor de los mundos posibles se había alcanzado. El período comprendido por el largo reinado de Victoria Alejandrina I marcaba la prosperidad de la Gran Bretaña: 1837-1901, a través del cual el sistema capitalista se expandía y consolidaba desde Europa a Norteamérica y al Japón.

En el horizonte perceptible por la burguesía victoriana la Historia había llegado a su término. El apogeo de la revolución industrial alcanzaba un máximo que garantizaba el estado óptimo permanente. Por supuesto que se trataba de la perspectiva ególatra de la clase social privilegiada a nivel mundial, los favorecidos por el imperialismo británico y la succión centrípeta de riquezas junto con el desarrollo capitalista avanzado que las fábricas inglesas patentaban antes que ninguna otra nación.

En tan ventajosa condición social resultaba reconfortante considerar que el ‘mejor de los mundos posibles’ sería una condición permanente, así para ellos sin importar lo demás, típica ceguera que afecta a las clases dominantes a través de la Historia. Para cuando la contraparte disconforme no salía de sus derrotas y el advenimiento de la revolución proletaria se posponía más y más.

En el medio ambiente que privaba en las burguesías de la Europa avanzada a fines del siglo XIX, la amenaza del comunismo “era la expresión de un episodio pasado, espeluznante pero breve y aparentemente sin importancia que había llegado a considerarse como la última erupción del entonces ya extinguido volcán de la ‘historia’”.[2] Los intentos comunistas en París habían sido el efecto de las derrotas militares y frustraciones nacionales, por lo que la conflagración proletaria había sido apaciguada por una Tercera República burguesa. Viento en popa marchaba la nave de la Civilización Europea en continuo apogeo.

Tal perspectiva histórica de los dominadores, como perspectiva eurocéntrica de fines del Siglo XIX, principios del XX, mantenía el optimismo victoriano, tal y como lo constata Arnold J. Toynbee: “A fines del siglo XIX y en los círculos de la clase media con formación liberal de los países occidentales democráticos y en la generación nacida alrededor de 1860, parecía evidente que la civilización occidental, que avanzaba triunfante, había llevado el progreso humano a un punto en el que bien podía esperarse encontrar el paraíso terrenal a la vuelta de la esquina”.[3]

Aquello era la apoteosis de un optimismo burgués al que Arnold Toynbee  (1889-1975) podía retrotraer hasta Francis Bacon, primer gran profeta de esta fe. Pasando por tantos otros ilustrados se concentra en mencionar lo consignado por un cronista de optimismo cándido, Samuel Pepys (1633-1703), quien ubicado en 1649, después de la Noche (Matanza) de San Bartolomé (1572) y del miedo a la Inquisición española, consideraba aquel oscurantismo religioso como superado para siempre. Genealogía del optimismo ilustrado con plena fe en el progreso y la perfectibilidad humana que se patentiza en la periodicidad de Gibbon y en el Second Discours de Turgot, pronunciado en la Sorbona en 1750, versando sobre ‘las ventajas que el establecimiento del cristianismo procuró al género humano’. Más de un siglo después se alcanzaría el clímax de todos los tiempos al celebrarse los Jubileos de la Reina Victoria (1887, The Golden Jubilee and The Diamond Jubilee in 1897).

Si había algo turbio en el ambiente presagiando tormenta, esto escapaba por completo de la complaciente placidez que el buen vivir burgués otorga a los privilegiados. Toynbee periodizaba la ‘edad de oro’ de la clase media abarcando desde el inicio de la revolución industrial hasta 1914, pero algo andaba mal ya desde 1875.

Las Dos Guerras Mundiales y la Depresión intermedia habían acabado con el mundo idílico que los victorianos concibieron. En la conciencia de un liberal ilustrado y helenista, aún y alcanzando a vivir el auge de la Posguerra, puesto que Toynbee concluye su Estudio de la Historia en 1961 y 11 años después saca una segunda edición ilustrada, el tono optimista no vuelve a aparecer. Para Arnold Toynbee la Civilización Occidental había entrado en la Etapa Posmoderna desde 1875, en sentido de una prolongada decadencia que lo hacía presentir se aproximaba a su próximo fin. No entrando en consideraciones más precisas, lo mismo pudo fechar tal etapa final a la muerte de la Reina Victoria, en 1901, que al estallar la Primer Guerra Mundial, como de hecho lo hace en la ya aludida fecha que da como fin de la ‘edad de oro de la burguesía europea’.

Como quiera que fuere, lo que llama la atención de esta periodización de un historiador que habiendo nacido en la parte final de la apoteosis inglesa vivió su quiebre y las futuras desavenencias preocupado por el fin de la civilización europea, pues tal fue el propósito originario de su Estudio de la Historia,  haciéndose notable que no retome una noción optimista del progreso occidental. Con una perspectiva distinta los existencialistas y algunos otros intelectuales conmovidos por la atrocidad de la Segunda Gran Guerra, tampoco consideran posible el retorno a una etapa positiva…., a menos que se tratase del Socialismo.

Pero los intelectuales burgueses de los ‘treinta años gloriosos’ (40s a 60s, generalizando), después de haber superado la Depresión, volverían a manifestar tal perspectiva optimista, retornando al mejor de los mundos posibles permanentes, hasta alcanzar una otra Posmodernidad, si bien esta positiva. La era Posindustrial, pos ideológica, positiva a ultranza, en la que el capitalismo triunfante –que había suprimido a la Unión Soviética y atraído a su órbita a la China de Mao- se perpetuaría perfeccionando y extendiendo la democracia por todo el orbe. Auge permanente y progreso continuo, apoteosis de la Civilización Occidental, esta vez sí alcanzada de manera definitiva. Empero, estas auténticas elucubraciones de ámbitos exclusivos y excluyentes se desvanecen apenas se conciben porque son tan falsas como su perspectiva de la Civilización Occidental y de la naturaleza de la sociedad capitalista.

Los economistas  burgueses suelen actuar como técnicos instrumentalistas del funcionamiento de la maquinaria capitalista, así econometristas y/o sus más connotados ideólogos, defensores a ultranza de sus políticas económicas, concebidas por ellos en favor de sus patrocinadores, presentándoles como la forma preferente del desarrollo sin más. Ignorando las alternativas y la crítica pertinente que contra  el dominio capitalista se viene ejerciendo desde que Karl Marx inauguró ‘la crítica a la economía política capitalista’, cual buenos mercenarios de los capitalistas que son, desconociendo la crítica prefieren como el Avestruz no ver la crítica situación.

Los economistas burgueses en la etapa de mayor crecimiento industrial presumían que el capitalismo había superado sus problemas inherentes y así sus crisis recurrentes por lo que el auge sería un progreso continuo conduciendo a un futuro esplendoroso, solo algunos marxistas en los años 50 se atrevían a refutar tal consideración vaga pero generalmente aceptada. Tal era el caso de Ernest Mandel en su Tratado de Economía Marxista, tratándose de un trabajo realizado en los años 50 para ser publicado a principios de los 60, con un marxismo revitalizado, superando el anquilosamiento esquemático de los marxólogos occidentales y los dogmatismos autoritarios estalinistas y su marxismo estéril. Tratado en el que entre muchas otras nociones del desenvolvimiento histórico del capitalismo, se da cuenta de la inevitabilidad de la Crisis por venir, al analizarse acertadamente la dialéctica histórica del capitalismo.

Si el auténtico filósofo, cual libre pensador, es un buscador de la Verdad y de las verdades trascendente e inmanentes, y el historiador crítico suele indagar en el pasado y en y desde su presente la realidad de los hechos sociales relevantes, implicando también una búsqueda de lo verdadero, de lo realmente acontecido y sus significados en las entreveradas relaciones sociales, cual consecuencias que hacen ser la realidad social de una manera singular, única e irrepetible, y así mismo concreta, contando con un contenido sustancial otorgado por las intenciones de los protagonistas, con su voluntad procurada y sus réplicas.

A diferencia, el economista burgués, por el contrario, no es ni libre ni crítico, sino un empleado de la burguesía pudiente que está empeñada en negar la negatividad del Sistema, de igual manera que se compromete en promover el funcionamiento óptimo para su beneficio particular, por lo que suele emplear a estos ‘economistas’ -por igual que a contadores y administradores de empresas y abogados e ideólogos de los mass media– para que los negocios machen lo mejor posible, y lo mejor posible significa el que otorguen los máximos rendimientos alcanzables, importándoles la realización capitalista por sobre todas las cosas y personas.

Negando el constitutivo básico del Sistema Capitalista, la explotación del trabajador -productor de toda la riqueza social. La obsesión que el buen burgués acuña en su mente y encaja en su horizonte de vida, le lleva a desconocer la realidad que ocurre en el Sector Primario, tanto en las fábricas como en la agro industria, tendiendo una cortina de humo que asconde la explotación permanente hasta el grado de que en su versión avanzada y por tal decadente del capitalismo tardío (neoliberalismo), el sector productivo, por la magia ilusionista del prestidigitador burgués desaparece, desvanecido por los discursos competentes y la escolástica de las universidades e institutos e instituciones profesionales en las que en su lugar se pretende la existencia de una supuesta sociedad pos-industrial, cual si fuese posible que el mago comerciante hiciera aparecer de la nada las mercancías.

En el Wonderworld del capitalista los enseres brotan de la tierra o caen como maná del cielo, y qué problema, todo se arregla con el transporte y el comercio, la circulación; y la demanda genera la oferta, y el mercado se autorregula equilibrándose, y lo que se produce automáticamente genera su consumo, y en la libre competencia el desempleo no existe, bla-bla-bla. Y la pobreza y la miseria y las hambrunas que desde un principio el Capital han provocado, si no se pueden ocultar hay que decir que son pasajeras y se superarán en un próximo futuro.

Hábil ocultista es el prestidigitador capitalista, gran ilusionista que poseyendo múltiples y muy sofisticados aparatos para engañar a la gente, así la tele-pantalla con las que distorsiona y desvirtúa la realidad, presentando una representación mediatizada y así amañada a favor de su dominancia.

Así la magia que el capitalista realiza en realidad es una ‘magia negra’ con secuelas negativas que no se pueden ocultar ni con tan portentosos medios ilusionistas, por mucho que el sonambulismo y el circo para el pueblo logre con actos teatrales  y cinematográficos enajenar las mentalidades de los hipnotizados por tal ilusionismo, aun así no logran desaparecer la realidad afectada por su proceder sistémico, la que permanece cual realidad negativa que ejerce una fuerza de gravedad que va descomponiendo al mundo en todos sus órdenes, lustro tras lustro, década tras década.

Los economistas burgueses son incapaces de descender al Hades habido en los dominios infraestructurales de la industria, los niveles subterráneos y así infernales, vaporosamente encubiertos, ahí en donde la productividad se verifica cual explotación de los obreros, fundamento de todo el Sistema que empero es negado, en lo que su producto enajenado sin dejar de estar fetichizado es un objeto animado muy bien presentado aparecido en la abundancia del supermercado sin dar cuenta de su lugar de origen, acaso una vaga generalización de un made in usa que encubre más de lo que supone. Un encubrimiento que a los capitalistas les agrada sostener y difundir cual verdad absoluta en un reino de la realidad negada.

Bien peinados y bien pagados, los economistas burgueses desconocen las causas profundas de la problemática capitalista inherente al Sistema. Al preferir ocultar la verdad de la relación constitutiva del sistema capitalista por la deformación histórico ideológica sobre la que se desenvuelve la burguesía, pretendiendo, pretextando la libertad, la igualdad y la justicia en democracia, sin serlo y sin procurarlas, la moral (moralina) burguesa actúa como el encubrimiento de la realidad, hipocresía crónica de pretender vivir en el mejor de los mundos posibles, cuando que una visita al infierno que el Capital procrea en las bases infra estructurales, en sus sótanos infernales y en zonas de conflicto, en los campos de batalla que son consecuencia de la disputa por el predominio imperialista y del mercado de la muerte en el que se realiza la producción de armamento, demuestran lo contrario.

Negando la realidad tal cual es en su pragmática funcional. La no economía que viene a ser el capitalismo procede desarrollándose de manera progresiva y entrópica, conforme más crece y se desenvuelve gracias al progreso maquinal logrado por técnicos e ingenieros -también al servicio irrestricto de los capitalistas-, reproduciéndose y abarcando con la Tecnosfera al Planeta entero, cual mundo industrial que se incrementa instalando máquinas y centrales de energía que van cubriendo un orbe así globalizado, esparciendo con ello la negatividad irresoluble que genera el sistema industrial con su desenvolvimiento sistémico, no haciendo sino irse amplificando y agravando, cual cáncer que llega a la metástasis, mancha urbana contaminante, desertizante y zonas de caos y conflicto.

Explosión demográfica y consumo excesivos incluidos acabando con los satisfactores indispensables –como el agua- a más de ira agotando la principal fuente de energía, los hidrocarburos, como pueden ser otros muchos minerales, extraídos de tajo junto a tantos otros recursos naturales que se utilizan de una manera exhaustiva; entrópico proceder en la caja cerrada y así finita que no deja de ser el Planeta Tierra, así depredado y afectado, repleto de deshechos y basura contaminante, indestructible o permanente por resultar no biodegradable o radioactiva.

En lo que la irrefrenable productividad da lugar a esta metástasis cancerígena con explosión urbana que multiplica las megalópolis, verdaderas aspiradoras con tentáculos de pulpo capaces de absorber toneladas métricas de recursos naturales para uso y consumo rápido, quedando degradados como basura los satisfactores consumidos. Auténtica sociedad de consumo desquiciada, posible por la sobreproducción multiindustrial y por los supermercados incrustados en las megalópolis, cual capitales que capitalizan para sí las riquezas que en el campo y las industrias se manufacturan.

Efectuándose un crecimiento desbocado, desenfrenado, no controlado, por tanto irracional, propio de la naturaleza de la Máquina imparable, la máquina de producción continua que una vez instalada en sus nichos industriales, se dispara con la producción a chorro y la reproducción de los servicios estando por siempre encendida. (Mas las materias primas son finitas).

La no economía procede buscando maximizar las ganancias sin cuidar de que el oikos (el hogar, la hacienda) no resulte depredado, pasando a ser en realidad una anti economía. Puesto que en la sociedad industrial el impacto sobre la Naturaleza por la potencialidad maquinal alcanzada y la fabricación ingente de misceláneas de objetos-cosas utilizadas en multiplicidad de rubros y aplicaciones, enseres que hacen crecer la ingente tecnosfera compuesta de muy diversos sectores, cual organismos e instituciones tejidos en una urdimbre que se compacta en estructuras para formar un sistema urbano-técnico muy complejo, posible por la generación de energía proveniente de los hidrocarburos y por la electricidad extendiéndose por todo el Planeta, resultando desgastante e irrenovable, atentatorio contra la Biósfera.

Complejo sistema industrial-comercial capitalista que cuenta con medios de transporte que surcan rutas por toda la superficie del orbe interconectando los diversos centros de producción y consumo. La Tecnosfera con miles y miles de máquinas fabricando mercancías con millones de trabajadores adheridos haciéndolas funcionar y procreándolas así como dándoles mantenimiento, se entreveran en complejas relacione sociales de producción bajo el dominio del capitalista, pero si ese sector y el dominio en él ejercido se procura ocultarlo, todo el funcionamiento es una relación compleja sin pies ni cabeza, particularizada e inconexa, la imagen de ella que da el economista burgués no refleja con fidelidad la Realidad Total, la que queda fragmentada y desarticulada, evitándose dar cuenta de la relación esencial habida entre los dos sectores sociales preponderantes: propietarios capitalistas y trabajadores urbanos y campiranos.

El economista burgués haciendo las veces de técnico al servicio del capitalista, se preocupa porque la Máquina funcione lo mejor posible sin tomar en cuenta las relaciones sociales convulsas que el dominio burgués fragua provocando un malestar social generalizado, puesto que afecta a la mayor parte de los sujetos integrados y cautivos en su dominio total, pero como él trabaja al servicio del capitoste los aspectos conflictivos de la guerra económica que incluye la lucha de clases se niegan.

Y una confusa realidad adulterada aparece en su paradigma. Así ocurre que el economista burgués ejerce su praxis con conceptos rebuscados propios de un discurso lleno de tecnicismos que dan cuenta de aspectos muy localizados de la microeconomía y nociones muy generales de la macroeconomía y de funcionamientos específicos, tratados con interés pragmático, resultando un galimatías refractario a la inteligencia media, teorías y formularios muy complejos que confunden y evitan el cabal conocimiento de la realidad industrial y los procedimientos emprendidos para favorecer al capitalista. En lo que la razón al servicio del Capital prevalece cual razón instrumental que deriva en excesos irracionales.

Así que el malestar persiste y se agrava en el mundo de la vida forjado por el dominio burgués no imperando  un funcionamiento óptimo y planificado, sino un desenfreno irracional productivista y constructivo que crece cual mancha urbana y campo electrificado (for the lucifriends), en el que las sociedades encapsuladas bajo el dominio militar policíaco reforzado con el Panóptico satelital, subsumen a la persona en su condición de sujeto necesitado e inconsciente, ajeno a la condición de clase que lo tiene sojuzgado.

Por más que se invoque a la justicia y a la igualdad, el capitalista actúa generando un orden social impositivo que resulta lo contrario, la gran desigualdad se produce y con ella la injusticia cunde generada por la explotación del asalariado y el arrancarle la plusvalía, fuente de toda riqueza social y de toda injusticia social.

Evidentemente el capitalista no es ninguna hormiga o abeja ahorradora que se sacrifica laborando para acumular provisiones en procura de sobrevivir el invierno; tiene una compulsión por la ganancia inmediata, un instinto agudo por el dinero convertido del trabajo ajeno; no obtiene su ganancia sacrificándose ni con el sudor de su frente, sino sacrificando a las obreras trabajadoras, a las que procura esclavizar incluyendo a otras de un otro hormiguero. La sociedad capitalista viene a ser un antinatural caso en el que los zánganos se han adueñado del panal. Unos zánganos mutantes que son meros dirigentes, apoyados en avispas, ambiciosos de poder dominar más de un otro y su propio hormiguero (panal).

Por supuesto que el capitalista ahorrativo es el personaje de una fábula de hormigas y abejas, mezclada con avispas, contada para adultos tontos o pervertidos que prefieren vivir engañados disfrutando de los beneficios que les da el ser la clase privilegiada en un mundo en el que impera la injusticia por el reparto de la riqueza concentrada…, por los capitalistas.

¿Quiénes dicen que el capitalista se sacrifica, se abstiene y ahorra para beneficio social? Ideólogos liberales, muy ilustres defensores del capital que ignoran lo que la succión por conquista representa para la generación del capital en la Europa colonialista.  El capital no parte del ahorro del capitalista mercantil manufacturero, tesis favorita de los economistas burgueses antes y después de Marx.

Karl Marx llamaba a los economistas dogmáticos ‘vulgares’ (vulgarizadores de Adam Smith), considerando que Jean Baptiste Say era su prototipo, cuyas características eran ser descriptivos sin más de los factores de producción; eclécticos en la teoría, con interpretaciones psicologistas, carentes de sistematicidad y síntesis.

De manera tal que J.-B. Say se encarga de proponer una versión grosera de la plusvalía y la ganancia, con dos explanaciones equívocas: a) ‘una teoría que hace producir la plusvalía por el capital, en el sentido material del término’; b) otra teoría que considera a “la plusvalía como recompensa cobrada por los capitalistas por el desgaste que conoce su capital cuando se utiliza”. Ambas conceptualizaciones han dado lugar a la ‘teoría de la abstinencia’, síntesis formulada primero por Nassau W. Senior. En la que el capitalista aparece como un sacrificado burgués: “Todo capital, se dice, procede de una suma de dinero que se hubiera podido consumir. Por tanto, el capitalista sacrifica un consumo inmediato para ahorrar el dinero, permitiendo de esta forma su utilización para comprar instrumentos de trabajo que no sirven directamente a su consumo. Este sacrificio, este ahorro deben ser recompensados, y la recompensa es el interés (la plusvalía). En cuanto a la ganancia del empresario, solo sería el salario que retribuye el trabajo de dirección, sin el cual ninguna producción es posible”. [4]

Fábulas y cuentos que sosiegan y concilian la conciencia de los buenos burgueses, pero como tales irreales. No siendo cualquier cosa la ‘teoría de la abstinencia’, ayuda a suponer que el buen capitalista es todo un gentleman ahorrador que crece en su negocio gracias a su esfuerzo propio, y qué mejor si es un calvinista puritano. Tampoco es cierto que ya en funciones industriales el capitalista se abstenga y se sacrifique. Pero la fábula debe tener un buen fin en compensación al sacrificio, el ahorro rinde réditos por sí solos, por aquello de que su recompensa es el interés (la plusvalía), además de un salario elevado propio del dirigente, y conste que no dice dueño.

 Si todo parte del ahorro que el capitalista consigue sacrificando su gasto, no dejaría de obtener una ganancia al hacerlo,  algo más que el ‘sueldo’ que obtiene en su calidad de dirigente de la empresa, por supuesto que mucho más que eso, puesto que no es un asalariado ejecutivo sino un propietario que hace trabajar y se apropia de la producción pagando sólo una compensación por la riqueza a quienes la producen.

Pero los economistas burgueses inventan fábulas y cuentos para fantasear con un mundo al revés, en el que el capital es un penitente. Ni ahorro ni abstinencia, se trata de invertir para ganar aún más, tal es el verdadero ‘espíritu capitalista’. “Llevada a su lógica extrema, la teoría de la abstinencia conduce evidentemente al absurdo”. No hay abstinencia, ni ahorro ni sacrificio en este accionar.

No está de más que el mismísimo John Maynard Keynes en plena vivencia de la Depresión recuperase la ‘teoría de la abstinencia’ en su obra cumbre: La Teoría de la Ocupación, el Interés y el Dinero, publicada originalmente en 1936. En la que se equivoca intencionalmente al considerar que el capitalista realiza un sacrificio “al utilizar su equipo en lugar de dejarlo inactivo”, esto solo pasa en una fábula de hormigas protectoras de la preservación de la flora. Es al revés, si el capitalista industrial deja de utilizar su maquinaria se estaría perjudicando, dejaría de obtener la ganancia que le hace invertir en la compra del equipo: “solo hay ‘sacrificio’, pérdida, ‘abstinencia’ para el empresario en la medida en que el equipo no se utiliza”.

El propio Keynes niega en otra parte la teoría de la abstinencia, indicando que el dinero atesorado, que el avaro se abstiene cuidadosamente de consumir, no produce ningún interés. Esta refutación se hace sólo para sustituir la teoría de la abstinencia por otra concepción tan errónea que ve en el interés la ‘recompensa de la renuncia a la liquidez’. ¡Como si en el régimen capitalista fuera un sacrificio el prestar un capital inactivo! ¡Como si para el capitalista el verdadero ‘sacrificio’ no fuera más bien el conservar el dinero en forma líquida! Esta teoría de Keynes está tomada del mundo de las especulaciones bursátiles, y no del de la vida industrial, en el que se basan, sin embargo, todas las demás esferas de actividad de la economía capitalista”.[5]

Tal y como ahora acontece, muy sacrificada-mente los banksters se abstienen de gastar cientos y miles de millones de dólares, que por lo demás les sobran sin perder sus mansiones y su sibarítico modo de vida, para verlos incrementarse con las elevadas regalías que se auto conceden en los bancos y en las bolsas que son de su propiedad. Tan ahorrativos como generosos que son con las obras de caridad y las inversiones pro beneficencia pública, nunca dejan de obtener más de lo que ‘invierten’, de lo contrario dejarían de ser los capitostes que sin estar incluidos en la lista Forbes, son quienes detentan el honor de ser los auténticamente los ‘uno por ciento’ que no dejan de pujar por ser los más avorazados, haciendo honor a las dinastías de mayor abolengo: los Rothschild y los Rockefeller.

En último extremo, los partidarios de la teoría de la abstinencia recurren a una época mítica, que se pierde en las brumas del pasado, durante la cual se habría constituido el primer ‘stock de capital’: en tanto que unos habrían dilapidado sus ingresos, otros habrían ‘ahorrado’ una parte de ellos. Tal sería el origen de ese primer volumen de capital. Pero el estudio de los orígenes del capital demuestra que esa época no ha existido nunca….”.[6]

En realidad, el ‘pecado original’ del Capital efectuado con la acumulación originaria, es un arrancarle la tierra a los pequeños campesinos y pastores. La manzana tentadora que ofrece Lucifer a los lucifriends –también anticristos-, capturándolos al otorgarles el mundo por su adoración. Despojo por acumulación y codicia en el principio de la explotación capitalista.[7]

En la verdad se ubica Tomás Moro en su Utopía cuando habla de un país en el que ‘los corderos devoraban a los hombres’, en alusión a lo que venía a ser el auténtico origen de la acumulación originaria. Y sus consecuencias: la creación de oligopolios por parte de los favorecidos poseedores en razón inversamente proporcional a la multiplicación de un proletariado de originales desposeídos de la Tierra, obligados a vagar, mendigar o robar, pudiendo terminar en la horca.

Los economistas burgueses desde mediados del siglo XIX preferentemente fueron meros apologistas del capital ante el ‘peligro socialista’, fieles perros guardianes del dominio capitalista, de su propiedad y de su maquinación para arrancar la plusvalía.

La nueva economía burguesa pasa a ser neoclásica inventándose la ‘teoría marginal del valor’, sesudos y rigurosos análisis que no dejan de distorsionar la realidad, teniendo un carácter apologético, en el que el propósito encubridor de la explotación capitalista vuelve mera ideología o teoría funcional la ‘economía’ burguesa. Microeconomía pura que da prioridad a la demanda sobre la producción, cayendo en un subjetivismo psicologista a la hora de ‘medir la utilidad de las mercancías’, ubicados en el consumo individual se centran en la producción de lujos, subastas y especulaciones en la bolsa, su ámbito preferente, meras practicas del burgués rentista, y en un ‘equilibrio estático’ de hecho imposible.

Siendo pues, una teoría subjetiva del valor basada en la utilidad marginal, sin poder dar cuenta de lo que hace valer, ni de los precios uniformes y estables durante los períodos de bonanza bajo la ‘libre competencia’: “La escuela neoclásica tampoco explica por qué el precio del pan es igual para los desempleados hambrientos y para los millonarios, en tanto que la ‘utilidad marginal de una unidad suplementaria’ es mil veces mayor para éstos que para aquellos”.[8]

  Con elaborada ciencia los economistas burgueses construyen teorías complicadas que carecen del objetivo primordial de todo quehacer científico, dar cuenta de la realidad, cumpliendo con el objetivo de crear un marco teórico-técnico complejo en el cual el crudo dominio capitalista sea disimulado. En lo que complicados análisis matemáticos ayudan a elevar el tono de cientificismo, lo que va acompañado de una catarata de estadísticas, tan falsas como irrelevantes.

Teorías ajenas a la realidad pero como tales justificantes del dominio capitalista. Teorías que se imponen al tener un uso práctico tanto en las instituciones públicas como en las privadas y el dominio de la cátedra en las universidades, pero que por su carácter apologético y funcional, a la larga no pueden sostenerse, ni resistir la crítica marxista, conforme los períodos del dominio capitalista ocurren, y la serpiente va mudando de piel y creciéndole los cascabeles, requiriendo de nuevas teorías cómplices.

Hoy, la mayor parte de los economistas lo admiten gustosamente: el sistema de equilibrio neoclásico está totalmente divorciado de la realidad”. El salario no se determina por “el producto de la última unidad de su tiempo que el obrero quiera enajenar en lugar de dedicarla a sus ocios” (sich). Ridículo.

Nada permanece estático en la dialéctica del capital, aunque así lo anhele el buen burgués en sus mejores sueños de dominio plenamente inalterado que se expande en tiempo y en espacios; “el equilibrio es sólo un momento pasajero de un movimiento económico espasmódico, en permanente oscilación”.

Pero aunque ocurran, las crisis permanecen ignoradas: “No tiene explicación [el ideólogo neoclásico] que ofrecer ni a las crisis periódicas, ni a las crisis estructurales”. Con lo que tal manual apologético para mantenimiento de las buenas conciencias burguesas alcanza su más alta falacia al negar la virulencia suprema del Sistema: “Llevado hasta su lógica extrema, conduce incluso a negar el fenómeno del imperialismo o, más exactamente, a negar que tenga cualquier relación con las leyes del desarrollo del capitalismo”. No debe extrañar que uno de los más connotados economistas burgueses de la época haya llegado a desbarrar la siguiente consideración: cualifíquese esta notable predicción de Shumpeter, verdadera perla de la economía burguesa: “Pero podemos prever que, de todos los países, será sin duda Estados Unidos el que más débil tendencia imperialista muestre” (sich).[9] (Josef Shumpeter. Imperialism and Social Classes, Oxford 1951).

La ‘revolución keynesiana’ es simplemente un correctivo a los disparates del ‘pleno empleo’ y el ‘equilibrio general’ que debía de darse en una sociedad de ‘libre competencia’; puros sofismas fácilmente refutables por la propia realidad que con la experiencia histórica los desmiente.

Así era que para los años treinta la realidad en plena manifestación desmentía las falacias neoclásicas. Pero la propuesta de Keynes no dejaba de ser otra versión mocha de la realidad, como los demás economistas burgueses, ignorando a Marx, no se atreverá a mirar en el sótano donde funciona la Maquinaria y sus operadores generando los síntomas vitales del sistema, requiriéndose de analizar lo que en el Sector Primario ocurre para comprender las interrelaciones que de él se elevan hacia la superestructura. Pero como la economía burguesa gravita preferentemente en los sectores superiores de la Pirámide ignorando los cimientos, se ocupa de los aspectos derivados y suplementarios de la producción industrial, ignorando que solo son posibles por ella.

Para el ‘Salvavidas Inglés’ del capitalismo, la demanda y las inversiones de las empresas determinan el empleo y la producción, de afuera hacia adentro, de arriba hacia abajo, tal y como el poder funciona, desde esta óptica operan los economistas burguesas como lo que son: funcionarios del sistema velando por su manutención.

La teoría keynesiana es una teoría del ingreso, puesto que el reparto del ingreso determina en última instancia el nivel de empleo. Y puesto que un reparto determinado del ingreso y de la demanda es indispensable para realizar el pleno empleo, Keynes propone que los gastos públicos suplan la carencia de las inversiones privadas cuando hay caída de ingreso y desempleo masivo”.[10]

Había que salir de la Depresión. El Estado debe reordenar la economía y dirigirla, evitando la anarquía capitalista, el caos generado en resultas de la vorágine especulativa y la busca de ganancias fáciles que cual economía casino condujeron a la Depresión. Por medio de ejercer el gasto público se harían valer los impuestos y demás ingresos que el Gobierno percibe, procurándose una más amplia distribución de la riqueza que retorne en beneficios a las clases trabajadoras, consiguiéndose estimular con obras públicas el paro y la contracción que afecta a la industria y por ende al empleo. “Se elabora así la teoría del déficit-spending, donde los gastos públicos permiten ‘cebar la bomba del restablecimiento’”.

Lo que representa todo un correctivo para la dogmática clásica y neoclásica lo otorga Keynes haciendo ver que las recesiones no se superan en base a bajar tan solo los salarios. El salvataje keynesiano tiene que admitir que si se castigan en demasía los salarios, luego no hay quien compre, ¡apá! Aunque el empresario se sienta estimulado a volver a echar a andar la fábrica por la disminución de costos que le representa castigar el salario.

Con tan solo este reconocimiento de la problemática que afecta al desenvolvimiento capitalista, el que en el dossier marxista sólo ocupa un renglón, en la teoría burguesa basta para provocar un ‘giro radical’, política económica que obligada por las circunstancias pasa de ser una mera apologética a convertirse en pragmática, ayudando a reactivar al sistema: “Más que justificar al capitalismo en teoría, se trata ahora de salvarlo en la práctica (de prolongar su existencia), atenuando la violencia de las fluctuaciones periódicas. El control social de los ciclos económicos se convierte en una necesidad política, tanto en el interior del país como internacionalmente. El principal problema práctico de nuestra generación es el mantenimiento del empleo, y ahora se ha convertido en el principal problema de la teoría económica. Keynes y sus discípulos persiguen un fin práctico: organizar la intervención del Estado en la vida económica con vistas a conseguir esta atenuación”.[11]

Y la economía burguesa se transforma en macroeconomía que admite analizar los ciclos económicos, reforzada por el perfeccionamiento de técnicas econométricas con las que se programan programas de política económica a emprender por los gobiernos, recetarios técnicos que se irán convirtiendo en los lineamientos designados por las instancias supranacionales.

Para cuando los economistas burgueses no dejan de adoptar posiciones teórico-pragmáticas a un nivel de ser meramente “una técnica de consolidación práctica del capitalismo. Esta es, en efecto, la función que cumple desde ‘la revolución keynesiana’, y la elaboración de las diversas técnicas econométricas”.[12]

La etapa de auge del capitalismo basada en los gastos militares se vivió de manera desfasada entre las principales potencias. Alemania conoció un extraordinario período de recuperación bajo el comando nazi desde el primer lustro de la década de los treinta, mientras que en los EUA la recuperación supuestamente está en marcha también desde 1932, empero, una recesión en 1937 marca una recaída para cuando el New Deal estaba en pleno desarrollo, incluida una conspiración para deshacerse de Franklin Delano Roosvelt en el 36, la que tenía sesgos fascistoides…, pacto resultante entre el propio Franklin Delano y los capitalistas de ultraderecha camino hacia Pearl Harbord, (pero esa ya es otra historia).

No está de más señalar que la recuperación alemana con el rearme también tiene sus bemoles. De hecho este proceso no dejó de ser una falsa salida que posponía los problemas irresolubles del desarrollo capitalista, mandando a un segundo plano problemas estructurales, no logrando suprimir ni superar las limitantes de todo crecimiento industrial, por más que la dirección nazi se enfocara en el rearme sin dejar de procurar elevar el nivel de vida de los trabajadores, doble propósito que requería de un gasto formidable efectuado a corto plazo.

Portentoso fue el incremento del ejército alemán  en base a multiplicar los gastos militares, pasando éstos de 1,900 marcos en 1933 a 32,300 en el 39. No obstante lo cual, el desarrollo alemán tenía crónicas carencias de materias primas y de hierro, así como de petróleo, por mucho que la producción ascendiera: “entre 1936 y 1942 la producción nacional de aceite y petróleo aumentó en 350%, la de plásticos en 460%, la de fibras sintéticas en 700%, la de caucho sintético por un factor de sobre 1.000 y la de explosivos –cuya responsabilidad recaía también en la industria química- por un factor de 160. [Pero en compensación otros sectores batallaban para ir a ese ritmo]. La producción del fuel y energía eléctrica apenas podía marchar al paso”.[13]

Aconteciendo que la industria química alemana encabezada por el trust IG Farber tuvo un desarrollo espectacular, realizando avances importantes en la elaboración de materias primas sintéticas que adquirían un mayor valor al ser sustitutos de importaciones de materiales naturales, motivo por el cual obtuvieron gran apoyo financiero del gobierno; pero era imposible lograr la autarquía que el régimen nazi pretendía para la Alemania del Tercer Reich, por lo que carencias en materias primas y petróleo seguirán presentes. Para 1939 “apenas podían cubrir las crecientes exigencias de las fuerzas armadas en expansión y, en 1939, el país todavía importaba unos dos tercios del petróleo y minerales que necesitaba”.[14]

Viéndose en dificultades para lograr un equilibrio cuando que tal boom repentino resulta insostenible después de dos o tres años, siendo evidentes las oscilaciones y un desequilibrio ante el dilema de conseguir el desarrollo armamentista y a la vez incrementar el ingreso de los trabajadores,  dificultad que se torna irresoluble.  Si se cargaba en demasía el gasto militar se disminuía la producción de artículos domésticos y los servicios civiles. Así lo consideraba Hjalmar Schacht, Presidente del Reichsbank y plenipotenciario Ministro de Economía, quien efectuaba una administración de control de los elementos preponderantes de la producción y del comercio, dando en la primera fase de su mandato prioridad a la importación de hierro por sobre el algodón y subsidiando la producción alemana en procura de volverla competitiva, dirigiendo asimismo el comercio y las exportaciones preferentemente hacia países periféricos de Europa y Sudamérica.

Empero, los gastos militares tan concentrados no se podían financiar por sí solos ante la imposibilidad de exportar armas. No pudiéndose eludir, pues, la insostenibilidad del crecimiento a marchas forzadas y su financiación sin dejar de caerse en el endeudamiento de un gobierno que no quería incrementar los impuestos ni bajar los salarios, ni desatender las necesidades de un pueblo tan afectado en su nivel de vida por el deterioro de la Posguerra. O armas o refrigeradores, licuadoras, lavadoras.

Los apremios aumentaban pues el rearme no era suficiente y el régimen le exigía a Hjalmar Schacht más empréstitos para intensificarlo. Schacht consideraba imposible mantener aquel ritmo de crecimiento auténticamente explosivo sin mayor base productiva, recursos financieros y materiales en suelo alamán, siendo suplido por el general Greog Thomas, quien obviamente con un criterio militarista procuraba satisfacer los designios del Fhürer. Mas el dilema proseguía: o radios o metralletas, Thomas se quejaría sarcásticamente: ‘No se podría ganar la guerra con lavadoras ni teniendo a los trabajadores envueltos con algodón en varas’.

Sólo la guerra de conquista podía mantener la creciente nazi, y así lo planificó Hitler desde 1936 con su Segundo Plan Cuatrienal que proyectaba la guerra para 1940. Pero aquel plan no alcanzó las cifras procuradas. El hecho de que las metas no se cumplieran da cuenta de la premura por ir a la guerra para resolver las carencias y el inminente estancamiento. Era la guerra de conquista o el milagro nazi se vendría abajo. Para cuando los problemas del empleo daban un vuelco, si en el 33 el desempleo era abundante, en el 39 había casi un millón de vacantes en la industria, y el rearme seguía siendo insuficiente. Insuficiencias obligando a la acción de conquista y colonización para establecimiento de la fuerza centrípeta requerida en aras de edificar una sociedad de abundancia elitista.

Lebenstaum (espacio vital) o Grand Area, de diferentes maneras en los procederes políticos, pero la civilización industrial requería (requiere) de la acción imperialista. Inclúyase al Japón con su Mayor Esfera de Co-prosperidad. Eufemismos todos de una acción rampante propulsada por el capitalismo imperialista.

Para 1937 en los EUA, salarios, precios y junto con ellos, la producción industrial iban al alza hasta el punto de que la producción bruta nacional había subido por encima del nivel de 1929. Mas sin embargo ese crecimiento era irregular por lo que distaba en lograr consolidarse, si bien en términos generales la productividad crecía como por default debido al incremento de la población trabajadora en un 10% a partir del 29. Pero tal incremento productivo que a lo más alcanzó un 15%, no iba a ser duradero. Otro ciclo de deflación estaba por llegar, como crisis de sobreproducción súbita y ganancias exorbitadas en la Bolsa.

Para mediados de 1937 incrementos productivos en materias primas y minerales hicieron elevar las exportaciones: “Estaño, cobre, zinc, caucho, algodón, trigo y azúcar superaron los niveles mundiales del optup de 1929 en 1937, y plomo, lana y té llegaron cerca”.  La demanda se incrementaba junto con la diversificación de las ofertas, produciéndose la una nueva crisis de sobreproducción con stocks al tope: “Una investigación de la Cleveland Trust Company sugería que los inventarios de materias primas en septiembre de 1927 estaban a un 50 por 100 sobre el nivel de 1929. Estaban a un nivel excesivo”.[15]

Fue de nuevo en un mes de octubre, en este caso del 1937, en que la sobreproducción ligada a sobreprecios y valoración  excesiva del oro e incrementos del hot money hicieron caer las acciones así como de corrido a la producción industrial; el comercio exterior se multiplicaba y las importaciones pasan a superar a la exportaciones, cuando en agosto el mercado de valores comenzó a subir, al mes siguiente los precios caen de manera súbita, por igual que las reservas bancarias, de modo que el Tesoro inyecta 300 mdd de su Cuenta de Oro Inactivo, tratando de reactivar a los bancos, pero fueron insuficientes precipitándose un martes negro: “Los precios de los valores cayeron de forma aguda, y también lo hizo la producción industrial. El índice de la Reserva Federal de producción industrial descendió de 116 de la media de 1923-1925 en los primeros ocho meses, a 106 en septiembre, 99 en octubre, 86 en noviembre y 83 en diciembre. El acero cayó desde una capacidad de 85 por 100 en agosto a 38 por 100 en noviembre y 26 por 100 en diciembre. Esta fue la mayor caída. La siguiente caída en términos cuantitativos ocurrió en los textiles de algodón, que cayeron de un 143 por 100, media de 1923-1925 en marzo, cuando la situación de la ocupación era normal, a 116 en agosto y 81 en diciembre. Los precios de los productos agrícolas cayeron en un 24 por 100 entre el 3 de abril de 1937 y el final del año. Los precios de los bienes duraderos no cayeron sustancialmente, pero los de los no duraderos bajaron un 10 por 100. Todos los precios de las mercancías cayeron en un 8 por 100 aproximadamente”.[16]

Seguidamente, a fines del 37 principios del 38 se evidencia que los precios de mercancías ya no caen puesto que la acumulación de existencias se ha consumido. Este nuevo exceso y paro, auge y caída repentinas, acabó con la recuperación en muchos índices que se venían dando desde 1932. Aquella no era una recuperación auténticamente sólida.

 Los monetaristas de aquellos tiempos habrían de saber que están equivocados, así lo confirma la siguiente cita: “Los hechos de 1929 nos enseñaron que la ausencia de una subida de los precios no probó que la crisis cedía. 1937 nos enseñó que la abundancia de oro y dinero fácil no impidió la caída de los precios”. (Federal Reserve Bulletinjunio, 1938: 437).[17] Entonces como después, las recetas de los monetaristas no llegan al fondo del problema ni están para resolverlos, el manejo de la moneda por sí solo no resuelve nada, como tampoco el comercio o la conquista de más mercados.

El problema radica en la sobreproducción y en la concentración de la plusvalía ligado a la tendencia a procurar las ganancias fáciles con prácticas especulativas, manifiestas en aquel entonces en la especulación con oro realizada principalmente en Londres, Ámsterdam y Zúrich.

Aquella recaída ayudó más que nunca a Keynes a que sus propuestas fuesen aceptadas por el gobierno de Roosvelt: “La principal propuesta era la de incrementar el gasto. Los fondos de la Works Progress Administration, WPA, fueron aumentando, en 1.250 millones de dólares, la cantidad más grande. A continuación venían 550 millones de dólares prestados por el Tesoro a los estados para obras públicas, 450 millones de dólares a gastar por el gobierno federal en obras públicas y 300 millones de dólares disponibles para préstamos por parte de las autoridades de la vivienda de Estados Unidos. En total, un gasto por encima de 2.000 millones de dólares, y préstamos para otros organismos para cubrir un gasto de casi 1.000 millones de dólares. Las implicaciones presupuestarias llevaban implícitamente la aceptación de déficit. La doctrina keynesiana de gastar para estabilizar se aceptó finalmente, después de ser rechazada durante siete años por Hoover y Roosvelt”.[18]

El nuevo ciclo de crecimiento efectuándose entre el 38 y el 39 será retro proyectado gracias al rearme que intensifica la producción industrial, no bastando por sí solo el incremento del gasto público en rubros civiles, pero combinado el gasto en lo civil con el militar, se logra con ello el bien llamado keynesianismo militar activado para sacar de la Depresión tanto a los EU como a Europa y al Japón.

Pero el desbalance internacional también en desequilibrio permanente cual balanza del ahorcado, pasa a afectar ahora más a los países subdesarrollados. Si la industria pesada se beneficia entre las potencias industriales, los precios de las materias primas exportados desde el Sur van a la baja estrepitosamente. Así el café, lo mismo que el caucho, el estaño… ante la baja de consumo dada entre el 37 y el 38, “con cifras del 30 por ciento en la seda, el 35 por 100 en el algodón, el 40 por 100 en el caucho, el 60 por 100 en el estaño y la lana- [aquella era una caída] demasiado severa”.[19]

El Sur pasa a tener una balanza comercial deficitaria ante la succión de capitales y recursos así como incluso de su mano de obra barata que se le permite emigrar para cubrir las vacantes que la Guerra vaya propiciando, abandonado a su suerte, sin obtener ayuda de financiamiento a largo plazo. Era el caso ya de que: “En vez de enviar capital al extranjero, Estados Unidos lo recibía”.[20] Preludio de lo subsiguiente, a procurarse antes y después de la Guerra, tal es la tendencia neocolonialista.

Lo importante del caso desde el punto de vista de la evolución capitalista radica en que es hasta la Guerra que la producción industrial alcanza los porcentajes de actividad previos a la Depresión, así como el ‘pleno empleo’, haciendo que el período de auge comience en 1940 para los Estados Unidos prolongándose hasta 1963.

En el caso de la derrotada Alemania, ésta renace de sus cenizas en dos ocasiones, la segunda a partir del año 50 en que va a ir cuesta arriba recuperando su lugar como máxima potencia industrial en Europa, teniendo el mayor crecimiento industrial en el ‘Cabo del Asia’ que la vuelve a posicionar como la mayor potencia europea.

Pero la Depresión tuvo un trasfondo profundo y fue el primer aviso de la debacle capitalista por venir. El círculo vicioso que procuran los cambistas como fórmula infalible de la quiebra fue aplicado: ‘contracción del crédito → incremento de las deudas → impago hipotecario’. Como que suena familiar.

La Depresión en los EUA deja marcado el sino del capitalismo y sus crisis de sobreproducción. Los desocupados hacían colas para obtener una comida pública concedida por el gobierno mientras los silos estaban rebosantes de trigo invendido; mientras que en otros lados los maestros se desmayaban en clase -si no es que los niños también- ante la hambruna por la falta de pago en un año. Entre tanto: “las investigaciones llevadas a cabo en Wall Street revelaban que hasta los más respetables financieros eran unos bribones y que incluso se negaban a pagar cualquier tipo de impuestos”.[21] Como que sigue siendo igual. Nada ha cambiado bajo el Sol del Capital.

El New Deal no es como lo pintan; no fue un programa revolucionario que sacudiera las instituciones capitalistas. Al finalizar su primera etapa sólo paliaba la debacle, mientras que para promover la reelección de Roosvelt, y con ello la continuidad del New Deal, las consignas gubernamentales presentaban a los monopolios como lo adecuado y a la competencia como antipatriótica.

Al llegar el invierno de 1934-1935, muchos habían perdido ya su confianza en el New Deal. No podía ser de otro modo. Los empresarios abandonaron la coalición en el  verano de 1935, alarmados por el ‘irresponsable’ déficit en el presupuesto federal y lo que era más grave aún, el ritmo de la recuperación se iba reduciendo”.[22]

Los capitalistas atacaron a Roosvelt, obligándolo a inclinarse hacia la izquierda, pero a lo que representa la izquierda en el espectro político usamericano: un centro ocupado por el buen burgués, supliendo de momento al avorazado patrón.

La burocracia sustituía al negociante para que éste pudiese resarcir su negocio, rescatándolo de la quiebra por los excesos cometidos. Aquello era una política pragmática realizada para aminorar la explotación y disminuir la ganancia extrema, crear empleo y mejorar los salarios, todo con la finalidad de que el capitalista pudiese recobrar una empresa operando con números negros. “Precisamente por haber sabido evitar una solución más radical fue el salvador y no el destructor del capitalismo. No se produjo ningún tipo de planificación colectivista ni de ideología ‘socialista’ o cosa parecida. [Ni Dios lo quiera] Incluso el término New Deal sugería que era el individuo el que jugaba sus propias cartas”.[23]

En el año 36, Roosvelt -que en realidad no tenía una política económica firme- redujo el déficit presupuestario empleado en gasto público y aquella medida dio al traste con la ‘recuperación’. Viéndose en problemas al prolongarse el paro y con la jauría de capitalistas encima, pues en tal año le perpetraron una conspiración, un Golpe de Estado en ciernes. De manera tal que no estaba en buenos términos ni con los de arriba ni con los de abajo.

Definitivamente fue la Guerra con su impulso a la industria militar la que los sacó del hoyo: “La aprobación de una asignación de 12.000 millones de dólares para la defensa –mayor que el total de la WPA- significó la creación de dos millones de puestos de trabajo tan sólo en 1940”.[24]

Antes de estallar la Segunda Guerra Mundial, ‘el Producto Nacional Bruto aún estaba por debajo del nivel de 1929’: “El New Deal no alcanzó un éxito total. La renta per cápita real no recuperó su nivel de 1929 hasta 1940, momento en que el motor del crecimiento era el rearme. Desde el punto de vista económico, la década de 1930 fue una ‘década perdida’. Todos los inviernos había 9 o 10 millones de parados y todavía en 1941 el número de personas sin trabajo se cifraba en cinco millones y medio. La inversión privada, sobre la que reposaba la economía, no se recuperó. En el colapso inicial, la producción total cayó tan bajo (alrededor del 30 por 100), que la expansión no presionó sobre la capacidad industrial hasta cierto tiempo después de iniciado el rearme. Pero, naturalmente, cabe imaginar que sin el New Deal la depresión habría sido aún peor”.[25]

Ese fue el caso, el New Deal aparece como un puente entre las guerras, de un capitalismo belicista que encuentra en la guerra su mayor estímulo. El capitalismo industrial y su adicción por la guerra, complementada con su adicción por el petróleo y los grandes negocios innovadores con que abre nuevos mercados, comandan al capitalismo imperialista, porque no se trata de otra cosa. Cabalgando como Jinetes del Apocalipsis a costillas de la explotación inclemente de la mano de obra y de saquear e ir agotando los recursos naturales. Vil desenfreno irracional.

En su inocencia John Maynard Keynes. Hacia 1933 consideraba lo siguiente:

No hay ningún medio efectivo para elevar los precios mundiales que no sea incrementar los gastos por empréstitos en todo el mundo (…) Así, el primer paso debe darse por iniciativa de la autoridad pública; y probablemente tendrá que ser en gran escala y organizado con determinación, si ha de ser suficiente para romper el círculo vicioso y contener el progresivo detrimento (…) Algunos cínicos, que han seguido el debate hasta aquí concluyen que sólo una guerra puede ponerle término a una depresión. Puesto que hasta ahora la guerra ha sido el único motivo de empréstitos gubernamentales en gran escala (…) yo espero que nuestro gobierno muestre que este país puede ser enérgico aun en lo que atañe a las tareas de la paz”.[26] El problema es que los cínicos tenían razón. Y no hay que perder de vista el Quo Bono con los empréstitos, los grandes banqueros desde el siglo XVII, se regocijan con las ganancias que las guerras les otorgan.

Pero Keynes luchaba por rescatar al capitalismo aceptando el mal menor. Entonces, aceptando el déficit inflacionario en el Estado un defecto va por otro. La economía capitalista no logra un equilibrio. El sistema capitalista no puede superar las contradicciones intrínsecas a su desenvolvimiento. La ‘guerra económica’ habida tanto al interior de la sociedad como en las relaciones internacionales termina por propiciar atrocidades y un desasosiego permanente en la sociedad.

‘Casandra’ no podría influir en el curso de las circunstancias económicas futuras, ni ser tomada en cuenta por los políticos a la hora de diseñar la política económica a implementarse, mucho menos verse aceptada por los rapaces capitalistas, pero esta Casandra que Keynes representa (este otro K en la Historia Moderna), en la medida en que sus propuestas contribuían a sacar a la sociedad regida por el capital de la Depresión, terminan por aplicarse ante la urgencia y la amenaza de que la situación empeore.

Por mucho que K dejara atrás los dogmas de los ‘clásicos’, basados en supuestos como la autorregulación del mercado, el ‘libre juego’ de la oferta y la demanda y el laissez-faire, no llegaba a comprender la contradicción fundamental del capital/trabajo, Keynes tan sólo propone atenuar su afectación álgida considerando que si el problema de la depresión radica en la insuficiencia de la demanda privada, pues habría que estimular la demanda pública, facilitándoles a las mayorías el poder adquisitivo para que pudieran comprar las mercancías y así la demanda estimulase a la oferta. Ah, pero para ello el gobierno tendría que intervenir invirtiendo, procurando un reparto más amplio del ingreso, haciendo bajar la tasa de interés en procura de fomentar el dinero barato; pero sobre todo convirtiéndose en un empresario promotor de obras públicas que los capitalistas por sí mismos nunca emprenderían, dado su pretensión de obtener máximas ganancias en cada empresa, negándose a las obras de poca remuneración. (Esas sí, de auténtico sacrificio). Obras faltan, trabajo sobra, pero la inversión escasea, pues qué invierta el Estado.

Precisándose en definitiva de la intervención del Estado para salvar al Sistema Capitalista de sus excesos. Haciéndose indispensable la economía mixta y la intervención del gobierno para paliar la autodestrucción que el libre curso del productivismo capitalista provoca.

El keynesianismo y su estímulo a la intervención del Estado con el gasto público, la ‘economía mixta’, hasta donde puede ser posible bajo la egida de un Estado que no deja de funcionar a favor de la acumulación capitalista, posibilitó su etapa de mayor auge con los ‘años maravillosos’ del 40 al primer lustro de los 60, pero sin superar las contradicciones intrínsecas a su naturaleza torcida, endemoniada (egolatría-codicia irrefrenable/artificios autómatas-antidemocráticos), haciendo por el poder y la gloria de este mundo que le condena a crecer y desarrollarse fomentando siempre una praxis negativa cuyas secuelas terminan por crear el malestar generalizado manifiesto en crisis recurrentes y en el incremento de la pobreza.

De cierto que la ‘revolución keynesiana’ sólo opta por el mal menor con tal de recuperar y replicar la acumulación capitalista.

No lo podría decir Keynes ni ningún otro economista burgués pero ya lo había dicho Marx y sus seguidores lo comprueban: La máquina y el trabajo muerto que hace a un lado al trabajo vivo resultan un nudo irresoluble para la sobre-productividad capitalista ligada a la inexorable caída de la tasa de la ganancia: “Cuanto menor sea, pues, la parte intercambiada por trabajo vivo, tanto menor será la tasa de beneficio. En la misma proporción, pues, en que en el proceso de producción el capital en cuanto capital ocupe un espacio mayor con relación al trabajo inmediato, cuanto más crezca pues el plusvalor relativo -la fuerza creadora de valor, propia del capital- tano más caerá la tasa del beneficio”.[27] Afirmación que da cuenta del defecto crónico que aqueja el funcionamiento industrial capitalista, sentenciando su desenvolvimiento a sufrir recurrentes caídas.

La perfidia del ‘buen economista’ al servicio de sus patrones la denota Keynes al orientarse de manera preferente por el alza de los precios –inflación moderada- en procura de que el salvataje proceda y tenga continuidad, reintroduciendo la extracción de plusvalía de una manera más decente y disimulada: “puesto que los obreros se oponen mucho menos a una reducción de los salarios reales a consecuencia de una alza de los precios, que a un descenso de los salarios nominales”.[28] Entonces, habrá que dejar que la inflación haga su juego en pro de garantizarle la ganancia al capitalista, así pues, la inflación permanente será el recurso empleado cual mal menor para garantizar la reproducción del sistema con la indispensable ganancia capitalista.

En su condición de teoría y praxis aplicada para sacar al capitalismo de la Depresión, las propuestas de Keynes y la política económica desarrollada por la administración Roosvelt como New Deal, no hace sino implementar paliativos para frenar y curar los excesos que el capital especulativo habían causado apagando su dinámica de crecimiento.

Así pues, la intervención del Estado se hace indispensable para reactivar el crecimiento, a través de generar obras públicas, incremento del empleo, regulación del salario, creándose la infraestructura requerida en países en los que el crecimiento demográfico no cede y por tanto la multiplicación de grandes urbes sobre pobladas, a lo que se corresponde con la hipertrofia del sector servicios e implementación de mejoras urbanas. La tecnología derivada de las aplicaciones bélica procrean maquinaria avanzada que diversifica e incrementa la productividad, tanto en la industria pesada como en la de bienes de consumo, incluyéndose aparatos electrodomésticos de mayor calidad y abaratados, con lo que se promueve la ‘sociedad de la abundancia’ a lo american way of life.

Pero por lo mismo una gran cantidad de mano de obra requiriéndose emplear abarata el trabajo y permite el emprendimiento de las obras públicas y los salarios bajos en las industrias, en lo que se incluye el trabajo de más emigrados y el de las mujeres. La fórmula del éxito keynesiano: promover a toda costa y costo el crecimiento aunque genere inflación es un éxito efímero pero contundente al darle vuelo al capital durante ‘tres gloriosas’ décadas, mas su Némesis estaba anticipado en su constitución y desenvolvimiento….

El conflicto fundamental del capital/trabajo no hace sino volver a agudizarse. Aunque el comercio y el consumo fueron estimulados a partir de Bretton Woods con el crédito inflado, empezando por el gold-exchange-standard, con el que se amplían las formas de crédito y los medios de cambio internacionales: “gracias al sistema de Bretton Woods, la inflación del dólar desempeñó a la vez el papel de motor de la expansión del mercado interior de Estados Unidos y de motor de la expansión del mercado mundial”.[29]

Con ello se dota de elasticidad a la compraventa vivificando la capacidad adquisitiva, facilitando con formas de pago a crédito la realización de mercancías, ‘resolviendo’ en el presente y en el corto plazo la incapacidad de consumo, lo que en el mercado estadounidense que se ha convertido en el mayor del mundo, resulta factor indispensable para que la reproducción capitalista y el consumo se sigan efectuando. Consumo creciente siempre procurado. Ahí y en donde el sujeto yace por completo inserto en un Mercado que le atosiga convirtiéndolo en un consumidor cautivo y en un alienado al Sistema permanente que difícilmente tomará conciencia de su enajenación.

Pero este consumo a crédito se da a costa de ir hipotecando los bienes tangibles a futuro, pasando a ser un crédito inflado, en cuanto que genera burbujas que inevitablemente tienen que reventar. Eligiéndose un mal aplazado para resolver los problemas torales del presente, así desempleo y sub consumo a costa de gestar “La Inflación Permanente”. En la que la ganancia monopólica pasa a ser un aditivo inevitable. El convidado obligado llevándose la parte del León.

Y si antes la inflación era mínima: “La inflación no aparecía más que como un fenómeno excepcional: correspondía a la emisión de papel moneda suplementario, no cubierto por el oro y no equivalente a ninguna producción suplementaria, sino respondiendo, esencialmente, a la necesidad de cubrir el déficit de las finanzas públicas. La inflación por lo tanto estaba ligada a las catástrofes pasajeras: guerras, guerras civiles, ocupaciones extranjeras, etcétera”.[30] (Aquello fungió bajo el sistema de cambios patrón oro).

La combinación de emisión excedentaria de papel moneda aunado al crédito fácil, dinero escritural, tarjetas de crédito, dinero plástico  que proporciona préstamos a los carentes de medios de pago y bajo poder adquisitivo, se posiciona como el solvente que mengua la contradicción fundamental del capital-trabajo, conduciendo a un exagerado endeudamiento privado tanto de firmas como de consumidores.

Si mal los economistas burgueses culpan al gobierno y a sus finanzas públicas, así como al aumento de salarios, de ser la causa de la inflación imparable…, no hay tal, las grandes empresas también sujetas a crédito son responsables de ello: “La inflación permanente es, pues, inherente a la decadencia del mismo capitalismo, la expresión más neta del hecho de que, abandonado a su sola lógica económica interna el sistema capitalista provocaría crisis cada vez más catastróficas y un estancamiento casi insuperable de las fuerzas productivas. La intervención constante del Estado en los mecanismos económicos capitalistas se ha convertido en una precondición de su supervivencia. La inflación del crédito y del dinero es una suerte de síntesis de esta intervención constante. Pero su eficiencia es limitada con el tiempo, pues la desintegración del sistema monetario internacional que resulta inevitablemente, corre el riesgo de reproducir todos los males de los que se quería escapar”.[31]

El problema no radica en que el gasto público cause automáticamente déficit, o que el incremento de salarios dispare la inflación, la acción que causa el malestar se da con la avidez por la ganancia monopólica: “Si la masa monetaria permanece estable, el aumento de los salarios no puede provocar ninguna elevación de los precios, sino sólo un descenso de los beneficios capitalistas. Si éstos logran transferir las alzas de salarios automáticamente sobre el nivel de los precios de venta; si se benefician, incluso, de cada aumento de los salarios para aumentar los precios de venta mucho más fuertemente que los costos, es que se han asegurado de una expansión continua –y desproporcionada con relación al crecimiento de la producción- de la masa monetaria (ante todo de la masa de dinero escriptural), es que hacen funcionar el sistema de crédito y de dinero, es decir los bancos y los gobiernos de los países capitalistas, según sus intereses. En este sentido, el capitalismo de los monopolios, con sus contradicciones y sus motivaciones contradictorias, con su tendencia a la vez de asegurar el financiamiento de inversiones masivas, de evitar el desempleo catastrófico y de defender la tasa de beneficio extendiendo la tasa de plusvalía, es el único responsable estructural de la inflación permanente”.[32]

Aquello solo representaba el despegue de los monopolios en ruta a volver a apoderarse del Estado, de asaltar al Tercer Mundo, de hacerse cada vez más poderosos al irse fusionando y quebrando a la competencia débil, conquistando los mercados. Desde el término del auge que podemos fechar con el asesinato de Kennedy a fines de 1963, los holdings transnacionales comienzan a intensificar su control de la producción y del comercio mundial, con un 50% del movimiento de los capitales a inicios de la década de los 70. “Estos porcentajes tienden a crecer considerablemente en los años por venir, al mismo tiempo que el número de estas sociedades multinacionales está llamado a disminuir, bajo el efecto de nuevos procesos de concentración y de centralización internacionales de capitales”.[33]

Haciéndose indispensable el apoyo del Estado imperialista en su favor, comenzando por las facilidades y los beneficios concedidos, como una especie de Estado nodriza que protege y hace crecer a la gran empresa allanándole el camino, y los gobiernos vuelven a aupar a los monopolios, creando verdaderas monstruosidades que no habrán de controlar: “…, el sistema no puede sobrevivir más que gracias a una intervención creciente del Estado en la vida económica (subvenciones y subsidios de todos tipos; garantía estatal para la ganancia de los monopolios), que encuentra su coronamiento en las tentativas de programación económica bajo la égida del Estado. Por otra parte las operaciones de las sociedades multinacionales escapan cada vez más al control de los Estados imperialistas incluso más poderosos y reclaman ‘´poderes públicos’ supranacionales, a la escala de sus propias operaciones multinacionales, continentales, si no globales”.[34]

Es así que el dominio del gran capital se va montando por sobre el Estado en la cúpula triádica del vértice piramidal, desplazando al gobierno y poniendo cada vez más a su servicio a los aparatos de injerencia imperialistas, militares y policíacos.

La estrategia del gran capital para acumular a su favor ya se avizoraba en el parte aguas que dejaba atrás la economía regulada estableciendo lineamientos de políticas económicas tendientes a ser empleadas por el capital usurario a costo de endeudar a los consumidores y hacer que pague el Estado. La triquiñuela favorita que los banksters habrán de perpetrar no se le podía escapar al astuto de Ernest Mandel: “La generalización de las prácticas de subvenciones gubernamentales –socialización de los costos y las pérdidas, con privatización de los beneficios- rinde una ganancia y la autoridad capitalista aparece crecientemente como ilegítima….”,[35] y sin embargo se habría de tolerar y encubrir por parte de los mismos gerentes del capital que pasan a ser los presidentes y congresistas, así como los jueces; los Tres Poderes de la Unión Republicana sometidos a la dirección capitalista. Lo que es igual a tener al Estado a su servicio.

En ese sentido, con la evolución del capital imperialista para hacerse del dominio mundial, la economía mixta fue tan solo un salvataje que permitió reponer a la Sociedad de la depauperación creada tras del crack del 29, pasando a ser tan sólo un paliativo que a fin de cuentas coadyuvó a la reconstitución del capital monopólico. Por supuesto que la ‘economía mixta’ no creó un sistema económico nuevo, ajeno a las normas que el capital impone; contribuyó a evitar una caída estrepitosa del capitalismo en las propias metrópolis, empero, la vuelta a la turca no significa tampoco superación alguna de las crisis anteriores, sino todo lo contrario, su agudización, y los monopolios siguen sin poder escapar a la ‘maldición’ que les tiene sentenciados a su próxima defunción. La caída de la tasa de ganancia y su baja tendencial: “El fenómeno de los monopolios puede extender el intervalo durante el cual los trust gozan de superganancias monopolistas (que en la actualidad están constituidas ante todo por rentas tecnológicas). Pero no eternizarlo”.[36]

Así, un marxista avispado como Ernest Mandel podía predecir: “los años fastos del neocapitalismo han terminado después de 1967. Hemos entrado en una ‘onda larga’ que conocerá una expansión más lenta, más sacudida, entrecortada por crisis cada vez más graves, que tenderán hacia una recesión generalizada en todo el mundo capitalista que será acompañada de crisis sociales más explosivas que las de los veinte años precedentes”.[37]  El análisis histórico profundo indica que más que tratarse de una onda larga, se trata de la decadencia final del Capital.

De manera tal que  Ernest Mandel entendía en su Tratado que el salvataje keynesiano no superaba la tendencia hacia la decadencia del capitalismo, tan solo lograba posponerla eligiendo el mal menor, la inflación, a la parálisis industrial y al desempleo, no pudiéndose dejar de evitar las crisis y una inflación que pasará a ser permanente y agudizada: “La capacidad de resistencia monetaria –que por definición está limitada en el tiempo- aparece como el obstáculo insalvable al que a la larga se enfrenta la intervención moderadora del Estado en el ciclo económico. La contradicción entre el dólar, instrumento anticíclico en Estados Unidos, y el dólar, moneda de cuenta en el mercado mundial, se ha hecho insuperable. Así lo señalamos en 1961 (Tratado de economía marxista t. ii)”.[38]

La insaciable sed de plusvalía que afecta al capitalista con su intento de acumulación máxima de capital y ganancias netas y exclusivas, crean un efecto pernicioso en el seno de sociedades dominadas por un sistema que se torna holista, cual dominio de la producción y de la política mundializado, sistema que se impone como un orden social incontrastable, y sin salida, que no escapa a su contradicción máxima, la inequitatividad permanente entre el capital/trabajo generadora de desigualdad y de la injusticia.

Por más que se desarrolle orgánicamente el sistema capitalista, precisamente por ello, a consecuencia de su crecimiento orgánico que lo potencia a ser una Máquina cada vez más poderosamente productiva, ocurre el que a mayor desarrollo se agudizan los efectos de tal productivismo exacerbado y desquiciado, arrancado como trabajo impago, producción incontrolada que responde a la codicia insaciable del capitalista, convirtiéndose en una fuerza ciega manufacturera con la que se inundan los mercados de mercancías irrealizables, obstruccionadas en su realización como valores de cambio, mercaderías muchas de ellas innecesarias, verdadero desperdicio de recursos, para cuando los salarios no alcanzan a vastas proporciones de la población potencialmente activa; asalariados a quienes el sueldo les da para cubrir lo indispensable y desempleados que conforman el ejército de reserva requerido para mantener, precisamente, los salarios bajos.

El reparto del trabajo humano entre los diferentes sectores de la producción nunca corresponde exactamente al reparto del poder de compra para los productos de estos sectores. Cuando esta desproporción llega a hacerse demasiado violenta, se resuelve en una crisis, que conduce a un nuevo equilibrio pasajero y efímero”.[39] Vuelta de tuerca en espiral marcando un deterioro progresivo.

Las ‘fuerzas ciegas’ que operan las ‘leyes del mercado’ capitalista conducen al comportamiento irracional que afecta la economía: “La forma privada de la apropiación hace de la ganancia el único objetivo y motor de la producción. Da un carácter desigual y espasmódico al desarrollo de las fuerzas productivas. La producción se desarrolla a saltos, no en los sectores donde subsisten más acuciantes necesidades reales, sino en aquellos donde pueden realizarse más elevadas ganancias. La producción de bebidas alcohólicas, de comic books y de estupefacientes tiene primacía sobre la lucha contra la polución del aire, la conservación de los recursos naturales e incluso la construcción de escuelas y hospitales”.[40]

La compulsión capitalista por ganancias cortoplacistas y la producción de supercherías en un supermercado posibilitado por la algidez de la maquinaria se combinan para realizar esta productividad irracional que desatiende las prioridades propias de la auténtica economía cual cuidado del hogar que debe ser.

La contradicción capital-trabajo provoca un permanente desequilibrio en el funcionamiento de la sociedad determinando las continuas crisis y el desenvolvimiento en círculos viciosos de sobreproducción-inflación o deflación-recesión-Depresión apuntando a un próximo futuro en el que la Crisis llegue a un nivel más serio de deterioro.

Haciéndose ver que el dominio de los monopolios ya perfilaba a principios de los 60 el que las crisis, a consecuencia de la producción industrial desenfrenada, sin control racional, condujera a un malestar progresivo, a una situación catastrófica: “Las tendencias al despilfarro se imponen sobre las tendencias al ahorro”. Frenando incluso el progreso tecno-industrial. Los monopolios cual fórmula suprema de la concentración de las riquezas en el sistema capitalista, se convierten en la fuerza hegemónica reaccionaria que pasa a signar un mundo globalizado pero así mismo cada vez más convulsionado: “A partir de ahora, su naturaleza parasitaria surgirá frente al mundo en una época histórica nueva y llena de convulsiones: la época del declinar capitalista, la época de las guerras, de las revoluciones y de las contrarrevoluciones”. [41]

Entrados en la etapa plena del imperialismo, en la que el dominio del Imperio se ejerce como una afectación generalizada sobre la Naturaleza y los pueblos del mundo, incluidos los propios pueblos del Primer Mundo.

Con lo que la etapa de esplendor capitalista mundial acontece, pues, en la etapa en la que el Estado interviene a favor del desarrollo capitalista controlando los excesos propios de la productividad desenfrenada y del dominio acaparador de los grandes monopolios. Crecimiento continuo con ganancias crecientes en base a una producción industrial que se multiplica como nunca antes, lo que fue posible gracias a otro auge alcanzado en el sector agroindustrial con la ‘revolución verde’, con la que se posibilita la intensificación en la producción de alimentos en base a una agricultura petrolizada y maquinizada, con insumos que la tornan cada vez más dependiente de los artificios industriales.

Período de auge que se impulsa con innovaciones técnicas derivadas de la industria militar, impulso tecnológico que puede ser considerado como la Tercera Revolución Industrial, activada por la electrónica, la automatización y la energía nuclear.[42] De manera paralela a mejoras contundentes en los medios de comunicación y transporte ya sea en aviones o en barcos cargueros de mayor tonelaje que en el transporte terrestre, máquinas móviles con las que se consigue achicar al mundo y ocuparlo por su mayor velocidad y capacidad de carga.

Siendo el vuelo de este impulso tecno industrializado el que proyecta el auge subsiguiente de fines de los 40 y las décadas de los 50 y 60, alcanzando hasta los principios de los 70 para ver finalizar los ‘años maravillosos del capitalismo’.

Así pues, esta diacronía desemboca en la situación de una Crisis global, histórica, holista, en resultas de las derrotas recurrentes del proletariado entendido como la clase revolucionaria per se, en el sentido de que siendo las clases trabajadoras las que fabrican la riqueza y resultan desfavorecidas por el sistema que les arranca lo producido y no les compensa con la debida retribución, cual explotados y marginados quedan en malas condiciones de existencia, por lo que es a ellos más que a nadie es a quienes les apremia revertir el status quo. (Antes de que sean substituidos por robots).

Divididos han sido vencidos, los obreros y campesinos del mundo apelmazados en sus naciones favorecidos o desfavorecidos de manera complementaria en un orden internacional del trabajo desigual, en el que los obreros calificados del norte resultan beneficiados, gozado de mejores condiciones de vida, lo mismo que los campesinos del mundo desarrollado, no dejando de tener tal nivel de vida sino a costillas de la pobreza generada en el Sur ante la succión de sus riquezas en detrimento directo de campesinos y obreros de países esquilmados.

Sometidos a un Estado autoritario y genérico, capaz de cubrir todas las áreas de la existencia con su dominio clasista, así en el sector trabajo como el marco legal que legitima la explotación, en lo político con gobiernos ejercidos por los miembros de la burguesía y en lo cultural e ideológico con patrones de conducta que provocan y justifican el dominio clasista, cual existencia cautiva en un orden que no escapa a los círculos viciosos han de verse cautivos en la Esfera cerrada.

Si divididos son vencidos, los pueblos sin conciencia de clases para sí y como tal desorganizados y sin praxis política contestataria, siempre resultan vencidos. Viniendo a ser lo peor del caso el que las derrotas históricas del proletariado conducen al mundo a la debacle puesto que este fracaso que no detiene al Capital y su ejercicio maquinal monstruoso, permite su decadencia extrema y con ello la afectación total tanto a la naturaleza como a los pueblos y así de los pobres de la Tierra.

Ernest Mandel en su batallar intelectual en seguimiento de los postulados marxistas consideraba hacia principios de los 70 que las derrotas del proletariado no podían seguir sucediéndose, so pena de reproducirse todos los males que el Capital genera.

La complicación histórica radica en que la revolución proletaria que suprima al Sistema no  se produjo después de que el capitalismo de Estado socializó aún más la producción, lo que no propició el que la dirigencia obrera se hiciera con el control de los medios de producción, tesis favorita de los marxistas de aquellos años que esperanzados miraban el término del capitalismo de Estado burgués como el salto a la conquista de las fábricas. No ocurrió así; el capitalismo no se supera sino que retoma el predominio excesivo que como capitalismo imperialista lleva al Sistema a sus últimas consecuencias, la antítesis de la negación que en la dialéctica suprima la negatividad y haga posible la superación no aconteció tras de la quiebra del Welfare Sate para pasar a un comando de un Estado de transición a nivel mundial socialista, sino que triunfa todo lo contrario, la antítesis, el predominio del Gran Capital haciendo posible que la dominancia monopolista transnacional se concentre más y más entre la élite de capitostes, imperando con mayor fuerza, aspirando a ‘eternizarse’. Cuando que producto de las dificultades económicas y de la competencia con las potencias occidentales, fue el Bloque Soviético el que desaparece afectado en la recomposición que el capital imperialista establece en la década de los 80 intensificando la mecánica de su dominio.

Para que de nueva cuenta, los ideólogos burgueses proclamen el dominio eterno y los agentes imperialistas realicen todo tipo de procedimientos y actividades político-económicas y militar-policíacas en procura de prolongar y consolidar el dominio imperialista. Hoy como ayer, el imperialismo pretende ‘eternizarse’ porque el Poder se gratifica a sí mismo y no se concede sino que se procura mantener y volver más potente.

… Aspirando  a eternizarse. Tal y como en el plano internacional ocurre con la alianza imperialista en boga establecida por USA, junto a la triada europea que lidera la OTAN: Gran Bretaña-Francia-Alemania, e incorporando cada vez más a su aliado incondicional en el Medio Oriente, Israel. Lo que queda manifiesto en una frase concisa pronunciada recientemente por el neo esclavo de los lobbies sionistas que despacha en la Casa Blanca para congratularse con Benjamín Netanyahu: ‘la Alianza entre los EUA e Israel será eterna’, blasfemia propia del dominio intransigente que los hace sentir invencibles y sin límites….

Así que la época del auge productivo del capitalismo desembocó en la época de la decadencia de la Era Capitalista. Monopolios cuyo dominio en cierne ya anunciaban a principios de los 60 los monstruosos excesos que encuentran su más pérfida manifestación en el Complejo Industrial Militar y su dominio del establishment usamericano, incluso advertido por Dwight ‘Ike’ Eisenhower. Tratándose del dominio de los capitalistas sobre el Estado desde dentro, haciendo por obtener más que prerrogativas para garantizar sus beneficios, con “subsidios o seguros contra pérdidas, sino también y sobre todo asegurándoles mercados estables y permanentes: los pedidos públicos, que son, en su gran mayoría, pedidos para la ‘defensa nacional’”. [43] Eufemismo orwelliano que hoy sabemos hasta qué punto de ofensiva imperialista lleva este impulso disfrazado de ‘políticas de defensa’, a sabiendas de que el capitalismo decadente yanqui-euro/occidental-sionista, tiende a ‘resolver’ sus problemas con la guerra, tanto sus problemas de producción como los geopolíticos, pasando del Welfare State al Capitalismo sin escrúpulos, al Capitalismo de los Banksters, transición obligada del Estado Roosveltiano a un Estado por completo puesto al servicio de los monopolios.

De hecho, por designios histórico estructurales, la ‘libre competencia’ efectuada de manera despiadada en procura de ganancias cortoplacistas acaecida entre múltiples empresas de mediana capacidad, conduce a eliminar la mayor parte de ellas en un accionar que al unísono va agrandando a unas cuantas.

… El Némesis del Estado Promotor llega cuando la producción se estanca y la inflación se agudiza, cayéndose en una condición de doble negatividad que el keynesianismo trató de evitar. La Stangflacion, el estancamiento con inflación, dando paso al retorno de los monetaristas y a un nuevo salvataje, el controlar la inflación, marcando una oscilación en la diacronía así dialéctica del Capital que pasa de una política económica que frena ciertos males a costa de fomentar otros, pero en donde el asalto de los monopolios tiende a ser la fuerza determinante y definitoria en el designo del destino del Capital.

La oscilación entre un capitalismo liberal y uno restrictivo o correctivo se personifica en un movimiento pendular que pasa de (los clásicos) a Keynes a Hayek,[44] lo que a partir de la Crisis ya no es posible. El capitalismo imperialista con los monopolios transnacionales se entroniza con el dominio total y permanente. Hayeck y Friedamen sirven para esto.

El neoliberalismo a ultranza representado en primer lugar por Frederick Von Hayek retro proyecta los dogmas liberales hasta la sumisión extrema, total libertad al capital para que se desenvuelva, que la mano ‘invisible del mercado’ (una mano pachona inventada por estos ideólogos atribuyéndosela al pobre de Adam Smith) propiciara el funcionamiento correcto en los mercados.

Todo patriarca tiene un maestro que le antecede, aconseja, que le guía e inspira. Ludwing von Mises lo fue para Hayek; mentor también del funcionario de Estado francés Jacques Rueff, así como de otros economistas funcionarios prominentes en Europa. De Mises proviene la tesis central que sostienen los ultraliberales: ‘la economía no se puede planificar, la Razón, el racionalismo no alcanza a comprender y por ende a programar adecuadamente los cálculos económicos, dada la complejidad de factores que inciden en tal sistema y a la falta de información’. (Lo inquietante del caso es que Mises predijo “el fracaso de las experiencias socialistas: la planificación sólo puede conducir al caos o al estancamiento”).[45]

Tesis sostenida por la ‘escuela austriaca’ continuadora de los clásicos, que va aunada a la catalxia: el orden natural del mercado, espontáneo, que se da per se en el accionar capitalista.

La esencia del pensamiento hayekista mezcla en sí un conservadurismo antidemocracia resultante de la Revolución Francesa, con el liberalismo de Adam Smith previo a la egida del capitalismo industrial y bancario internacional. Según Hayek, la ‘democracia ilimitada conduce irremediablemente al reino de la democracia totalitaria’ (sic). Atribuyendo que el fascismo y el nacional socialismo son producto del totalitarismo de la clase media, no del Capital. Haciendo preferible el capitalismo elitista y así totalitario, condición-situación histórico-estructural que los austriacos prefieren ignorar. Asustados por el fascismo, nazismo y el estalinismo, los regímenes totalitarios que tanto daño le hicieron a Europa. Ciertamente. Pero sin dar cuenta de que el Sistema capitalista es el causante del Mal Mayor.

Pero claro, en el fondo de su inconsciente emanando a su consciente, a Hayek le preocupa el temor que a todo buen burgués le raja el alma, le teme a las revueltas de los hambrientos, a la insurrección de los pobres, por ello mismo acepta que se les otorgue un ingreso mínimo como seguro -para el buen burgués-, paliativo ante su posible subversión.

Entonces, los ultra liberales llegan en su paroxismo librecambista a sacrificar a la ‘democracia’ con tal de que el capitalista ejerza la catalxia: “Más vale un régimen no democrático que garantice el orden espontaneo del mercado que una democracia planificadora”.[46] Bien puede ser el lema de los neoliberales descubriendo en su intelecto inconsciente la incompatibilidad entre capitalismo y democracia. Al ser el capitalismo desde sus raíces un sistema socio-económico que propende al dominio oligopólico y así a instaurar en realidad, no en los supuestos demagógicos, pseudo democracias representativas que de cierto son oligarquías regidas por funcionarios burgueses al servicio de plutócratas, administrando el dominio capitalista y desviviéndose por reproducir su funcionamiento al gusto del patrón y en procura de ser como él…., al verse por él recompensados. Así, el Estado moderno está regido por buenos burgueses haciendo todo por favorecer al capitalista, pues esto les significa pasar de la clase media a la clase alta, cuando se retiren del ‘servicio público’ bien recompensados. Más llena de falacias no puede estar la política burguesa.

Para Hayek, Keynes es un antiliberal que hizo del Estado un ‘dictador económico’. Pero con sus postulados Hayek pasa –y esto sí en la realidad y no en el supuesto- a justificar algo peor, el capitalismo imperialista, pasando por encima de la ‘democracia burguesa’.

En 1938 el periodista neoyorquino Walter Lippman, reunido con Mises, Hayek, Raymon Arón y otros destacados intelectuales liberales, participan en un coloquio histórico en el que se plantarán las semillas del futuro neoliberalismo, durante el cual se presenta el libro de Lippman, The Good Society, antecedente de La Sociedad Abierta y sus Enemigos (Karl Popper) y del Camino de Servidumbre (Hayek), libros clave en el desenvolvimiento del ultraliberalismo al neoliberalismo. “Según Walter Lippman, el colectivismo es la raíz común de los totalitarismos fascista y comunista (sic)”.[47] Y no el capitalismo, por supuesto.

Desde 1938, los entonces considerados ultraliberales, con Lippman, Hayek y Ropke a la cabeza, se organizan para crear centros intelectuales desde los cuales combaten el keynesianismo y a los liberales socialdemócratas y laboristas, así como en los Estados Unidos a los demócratas partidarios del New Deal. Inaugurando escuelas e institutos tanto en Norteamérica como en Gran Bretaña y en Suiza.

Pasando por un interludio en el que estos ultraliberales se ven marginados de los puestos relevantes en la dirección de la política económica capitalista, lugares ocupados por los liberales centristas y los laboristas, en los Estados Unidos y en Inglaterra, con la preponderancia de la ‘Tercera vía’ social-demócrata, misma que desde el ámbito de la política viene a ser cogestora del auge de los ‘gloriosos treinta años’ de apogeo del capital. Pero lo importante para la causa ultraliberal es que no son abandonados por sus patrocinadores, manteniéndose a la expectativa.

Siendo el caso de que tanto Mises, como Hayek y sus seguidores, siempre se vieron aupados por los capitostes. Así en un principio este economista burgués austriaco (Hayek) impartió cátedra en la London School of Económica, a partir de 1931, y después en Chicago, retornando a Germania hasta 1962. Resultando importante saber que tanto la London…, como la Escuela de Economía de Chicago, son hechuras de la Fundación Rockefeller y como tales bastiones de la ‘economía liberal’.

Constituye así una red política e intelectual internacional en la que ha sabido reunir a liberales, a conservadores británicos y norteamericanos, pero sus teorías han sido difundidas también en toda Europa Occidental”,[48] y más allá, una red extendida hacia el Sur colonizado. Estas escuelas e instituciones representan centrales de elaboración y propagación de la teoría y praxis dominante, asimismo difusoras de la ideología embaucadora que imponen en las sociedades sometidas al poder del capital central. Pasando a incluirse los intelectuales ultra liberales en el Congreso para la Libertad de la Cultura, organización dirigida por la CIA desde 1950 hasta 1967.

Inclúyase en el selecto club de amigos del capital al también austriaco Karl Popper, hacedor de la parte epistemológica que constituye el fundamento teórico que critica al marxismo y a la dialéctica, desde luego que a un marxismo acartonado, dogmatizado, a modo para ser rebatido.  “Hayek, admirador y amigo de Popper, invita al ‘maestro’ a la London School of Economics. Es investido como caballero en 1963. Es el inspirador de George Soros, quien lanza la idea de la ‘Open society’”.[49] Nótese el seguimiento en cadena de la derivación neoliberal que lleva al actual bandidaje de los banksters, del Premio Nobel y el Sir, al nefasto especulador Soros.

En Francia el club de amigos del capital recluta a otro grande, Raymond Aron, quien aparece en 1951 dictando cátedra: “prejuicios favorables a la Unión Soviética….

Todos ellos intelectuales laureados y de gran prestigio, con presencia garantizada en foros de gran difusión, puesto que los patrocinan instituciones de derecha cuyos fondos en seguimiento suelen llevar a la CIA -ahora a la USAID (Agencia Internacional para el Desarrollo de Estados Unidos), o al National Endowment Foundation (NED), supuesta fundación para el Desarrollo de la Democracia (en la neo legua del Ingsoc). Agencias que en la actualidad patrocinan a intelectuales reaccionarios latinoamericanos, encabezados por el también Premio Nobel Mario Vargas Llosa y el ex presidente español de tendencia franquista, José María Aznar, en funciones para desestabilizar a los gobiernos progresistas de Latino América….[50]

 Para 1947, en seguimiento de los lineamientos trazados desde 1938 se concerta la fundación de la Sociedad de Monte Peregrino, considerada “‘la casa matriz de los think tanks neoliberales’. Un empresario suizo, Albert Hunold, permite concretar las propuestas de Hayek, que desea implementar un ‘fórum liberal internacional’, y de Wilhem Röpke, que trata de lanzar una revista internacional. Hunold reúne a industriales y banqueros suizos a fin de financiar el think tank liberal. Reúne a intelectuales provenientes de variadas corrientes pero que comparten la misma creencia en el equilibrio espontáneo del mercado; a monetaristas como Milton Friedman, a miembros de la escuela del Public choice (James Buchanan), así como a personalidades asociadas a la corriente neoaustriaca. Las reuniones internacionales son financiadas, en un primer momento, por las fundaciones Relm y Earhart”.[51]

La Societé du Mont Pelier (ubicada en Beauvallon, Francia), concentra a la flor y nata del neoliberalismo dando cuenta de sus patrocinadores, incluyéndose entre los cuales a William Volker y a Charles Trust; gracias a los créditos de Volker fueron posibles los traslados de Mises a New York University Bussiness School; y de Hayek al Committee on Social Thougth de la Universidad de Chicago y de Raymond Aron a la Escuela de Derecho de Chicago[52]

En el caso de Milton Friedman, la joven promesa del neoliberalismo hace sus pinitos siguiendo los pasos de Frank Knight y George Stigler, catedráticos en Chicago, pasando a ser los artífices de la difusión de las tesis de Hayek en los Estados Unidos. En 1944 Caminos de Servidumbre es publicada por la editorial de la Universidad de Chicago, a su vez los trabajos de Milton Friedman son financiados por la Hoover Institution on War, Revolution and Peace, organización fundada desde 1919 que tiene su sede en la universidad derechista de Stanford (California).

Mientras el crecimiento económico fue viento en popa en Occidente los ultraliberales araron en el mar, pero lo importante del caso es que estaban ubicados en los puestos estratégicos de la enseñanza educando a las nuevas generaciones de dirigentes e intelectuales orgánicos, como sabedores de que llegaría su hora.

Y esta hora llegó al agotarse el crecimiento con inflación, cayéndose en la Estangflación. El que  para 1955 se fundarse el Institute of Economics Affairs (IEA) en Inglaterra, concentrado en difundir las tesis monetaristas entre el sector patronal y financiero, nos indica que no araban en el mar, sino que sembraban en tierra fértil, en los jardines floridos de la burguesía de la Anglósfera.

La estangflación permite la revancha de los hayekistas, bien armados al contar con el apoyo financiero en sus escuelas e institutos, desde donde lanzan la ofensiva por la reconquista del paradigma mundo en la sociedad capitalista central.

Ante la afectación seria de las economías, los monetaristas se concentran en el combate a la inflación. Así en “1970 el IEA publica la tesis cuantitativa de la moneda de Milton Friedman que constituye una condena radical de la política monetaria keynesiana. Friedman preconiza la reducción de los déficits del Estado a fin de controlar el aumento de la masa monetaria”.[53] Obsérvese, justo a tiempo, en el momento preciso para impulsar el abandono al sistema cambiario patrón moneda (dólar) oro.

Los postulados y las aplicaciones de la política económica neoliberal se van imponiendo no ya cual mal menor, sino cual mal irremediable. Olvídense de las ‘utopías’ del pleno empleo, de la libertad sindical, hay consecuencias nocivas inevitables en la política económica que resultan ineludibles.

Llegada su hora, hacia 1974 miembros del Partido Conservador, que incluían a Margaret Thatcher y a Keith Joseph, crean el Center for Policy Studies, institución que detenta ese carácter aparentemente contradictorio de configurar una ideología conservadora con el neoliberalismo, en tanto que es la detentadora de la tradición liberal capitalista que arranca desde fines del siglo XVII con John Locke (1632-1704) y Adam Smith (1723-1790)[54], proseguida por John Stuart Mill (1806-1873) y Herbert Spencer (1820-1903), quien con un darwinismo social, este último, cierra el liberalismo en un determinismo clasista eminentemente favorable al capitalista. Tal y como lo recita en su: Individuo versus el Estado, en donde ya planteaba que la libertad del individuo estaba amenazada en el porvenir por la intervención absolutista del Estado.

Y Friedrich von Hayek les vino bien, como anillo al dedo a los políticos reaccionarios, convirtiéndose en el patriarca de la revolución conservadora llevada a cabo por Maggie (TINA) Thatcher. Incluyéndose en 1977 la creación del Adam Smith Institute, otro centro de pensamiento de apoyo a la teoría y praxis reaccionaria que ha establecido la gentil Dama de Hierro, una auténtica fundamentalista del liberalismo a ultranza.

El pensamiento económico único conlleva la cerrazón conservadora neoliberal, desde la óptica de los dominadores, “There is not alternative” (a nuestro dominio, cabría añadir). Frase célebre pronunciada por Maggie Thatcher.

La dominación de la clase burguesa no da marcha atrás, prosigue hasta las últimas consecuencias, y al derrotar las luchas proletarias y el intento de crear un socialismo en la Unión Soviética y el comunismo en China, no encuentra oposición que se lo impida. Reconquista al Estado, lo ocupa con gobiernos en su favor, desplazando a los gobiernos socialdemócratas que venían paliando los excesos irracionales del Capital.

De manera tal que al proclamar la Thatcher su There is not alternative, condena al mundo al callejón cerrado de la dialéctica decadente capitalista, porque desde el ámbito de la dominación clasista, para sus agentes no hay alternativa sino incrementar su dominio, precisamente capitalista, aumentando la intensidad de las explotaciones. Pasando a acelerar la recurrencia de las crisis así como su virulencia, haciendo entrar sin alternativas en la Crisis terminal del Sistema.

La contracción reduce los márgenes de ganancia y sólo a través de una política económica despiadada, impuesta por la burguesía pudiente, el mundo puede marchar reproduciendo al sistema capitalista con el propósito primario que este tiene de concederles amplios beneficios a los propietarios.

Desde una óptica reduccionista y tecnocrática, las fórmulas económicas a imponer son la mejor medicina posible para reproducir el Sistema sin más. Y acátense las consecuencias, las asociaciones obreras y toda asociación contestataria deben ser derrotadas y suprimidas.

Lo que Maggie supo realizar con toda dureza, incondicional ejecutora de las propuestas neoliberales y del gobierno intransigente, actúa de manera despiadada ante la oposición laboral que reacciona herida por las reducciones a su nivel de vida. Calificando a los mineros en huelga como “enemigos internos y un peligro para la libertad” (sic).

 La suya, la de los suyos, el libertinaje capitalista para enriquecerse. Por ello mismo pasa a aseverar que: “No existe la llamada sociedad, sólo los individuos”. Sí, los individuos dominantes, propietarios relevantes y por tanto prominentes dictadores de la política, cumpliendo su papel de sujetos en un sistema imperativo que hace triunfar la desigualdad y la injusticia, a lo que no hay alternativa mientras el capitalismo siga imperando.

Albert O Hirschsman da cuenta de manera precisa de esta ideología impositiva, bien calificada de retórica de la reacción o retórica de la intransigencia, al denunciar el asalto al Estado para destruir el Welfare State. Hirschman sintetiza con elegancia las tres tesis que, a lo largo de los siglos XIX y XX las fuerzas conservadoras y reaccionarias habrían usado para dificultar, impedir o revertir el progreso social: la de la perversidad (cualquier acción positiva corre el riesgo de exacerbar la condición que pretende remediar), la de la futilidad (cualquier intento reformista es inútil porque no puede operar sobre las leyes que rigen la economía) y la del riesgo (el precio de la reforma amenaza logros antiguos ya consolidados). La apelación al miedo, a la alarma social, al riesgo…”,[55] para evitar la insurrección de las masas.  

Con tales postulados la auto justificación de política y economía burguesas está saldada, su conciencia derechista preconizará el mal irremediable porque sencillamente favorece a los mejores, los buenos, la gente bonita, fuerte, poderosa. Darwinismo social que tiene su corolario en la derrota de los trabajadores por la desigualdad: “La igualdad es una ilusión” y “‘las oportunidades no significan nada si no incluyen el derecho a ser desiguales y la libertad a ser diferentes’ [Margaret Thatcher dixit]. Entonces la libertad, que es la libertad de los propietarios, sólo es posible mediante la desigualdad entre ricos y pobres: el núcleo duro, sanguinario en su sinceridad, de las insensibles fórmulas que hoy nos presenta la jerga de la tecnocracia”.[56] Si antes la demagogia burguesa se complacía ocultándolo, la virtud de la Dama de Hierro radica en que al menos no fue hipócrita como tantos otros de su mismo club de gobernantes al servicio del Capital.

Basta ver lo que solicita Hayek del Estado para enterarse a qué le tira este cínico: “Su programa básico es: desreglamentar, privatizar, disminuir los programas contra el desempleo, eliminar las subvenciones a la vivienda y el control de los alquileres, reducir los gastos de la seguridad social y finalmente limitar el poder sindical”.[57] Simplemente, ‘Estado mínimo’ porque la ausencia de regulación y de control gubernamental permite la vorágine capitalista. Privatización de los bancos centrales; desnacionalización de la moneda, con lo que Hayek se convierte en el redentor de los Cambistas del Templo en vías de alcanzar su máxima apoteosis, al llegar a ser los actuales banksters que corroen las economías en los propios países centrales.

 ¡Qué es eso! Un programa para la beneficencia capitalista descarada, peticionando por un so penco que de manera similar a Popper, asustado igual que él por los regímenes totalitarios, piensan que la ‘sociedad abierta’ funciona bien bajo la égida del Capital, no advirtiendo que el agente imperialista por antonomasia lo es el capitalista cuando alcanza un poder extremo; el amo y señor de la propiedad privada de cuyo dominio arbitrario e irrefrenado es de lo que hay que cuidarse y lo que se debe evitar.

Si se toma en consideración cada uno de los postulados del programa neoliberal propuesto por Hayek y sus seguidores, se advierte que tal programa se ha venido imponiendo en las políticas económicas adoptadas por los gobiernillos neoliberales y por consiguiente vienen a ser los directos responsables de la Depresión en la que ha caído la economía de mercado mundial. La desreglamentación de los controles al capital usurario y a la producción a mansalva han propiciado la sobreproducción que provoca el calentamiento del planeta, y por otra parte la entronización de los banksters y el saqueo que vienen efectuando de las arcas públicas en diversos Estados nación, los que con gobiernos proclives facilitan las operaciones que terminan por concentrar la riqueza en una élite parasitaria. Para cuando el desempleo se incrementa a niveles solo superados por la Depresión de los años treinta, con la mayoría de los trabajadores mal pagados y carentes de seguridad social, puesto que han reventado el Welfare State dejándolos  desprotegidos y con sindicatos que han claudicado en su función protectora del trabajo.

Sí von Friedrich, puede estar satisfecho, la crisis que convulsiona al mundo es en seguimiento de sus postulados. Por algo le dieron el Premio Nobel y es el patriarca del neoliberalismo antecediendo al Mico de Milton Friedman. A quien por su parte se lo otorgaron en dos ocasiones, incluyéndose una mención honorífica concedida por el establishment usamericano y entregada en solemne ceremonia por el mismísimo genocida de George W. C. Bush. Cuya perorata al alabarlo en lugar de decir estupideces sobre sus contribuciones a la libertad de la economía debió decir, en reconocimiento al establecimiento de la política económica que favorece al gran capital a costa de sacrificar a los pueblos, con su participación piloto en el caso del Chile del dictador Pinochet, eminente programa neoliberal que llevó a la baja todos los indicadores de aquella economía aplicando el recetario -‘el ladrillo’- monetarista.

Esto ocurre a sabiendas de que la libertad de la burguesía es la libertad para hacer negocios lo más favorablemente posible orientados a la obtención de ganancias, ocurriendo todo ello en el ámbito de la propiedad privada, significando no libertad sino apremios para las mayorías.

Si el auténtico liberalismo originario del siglo XVII y XVIII pugnaba por la libertad de desenvolvimiento y cuidado de la propiedad moderada, protegiéndola del poder autoritario de monarcas y señores feudales, con los liberales del siglo XIX y los neoliberales del XX-XXI, pasa a ser una aberración ideológica, pues aboga por el dominio del Gran Capital supuestamente ajeno al Estado, lo que es una gran mentira, pues se trata de un Estado capturado, copado, ocupado y moldeado por el Gran Capital; un Estado que opera omnímodo en beneficio de los intereses de esa burguesía de elite que vienen a ser los magnates y los banksters. Detentadores del dominio clasista que lacera a la Sociedad, desconocido por los neoliberales, para quienes toda supuesta intervención del Estado en la economía resulta perjudicial.

El neoliberalismo es una política económica cínica que proclama procurar solventar la economía, cuando que en realidad promueve una praxis eminentemente favorable al capital, y como tal una farsa que debe ser rechazada. Teoría propia de la burguesía ególatra y dominante, una y otra vez refutada por la realidad y desde el siglo XIX puesta en ridículo por la crítica a la economía política marxista.

Desde el siglo XIX en Inglaterra, el Estado está intra-substancializado como Máquina que funciona al servicio del Capital. Y hoy en día este Estado burgués impera mundialmente dictando un dominio incontrastable. La verdadera sumisión es la que determina el poder omnímodo del Capital.

En realidad, su ‘libre juego’ provoca convulsiones extremas por los excesos cometidos. La gran servidumbre es la que el capital impone, llegando a ser una servidumbre totalitaria que obliga al trabajador a venderse para sobrevivir o a quedar marginado aunque busque trabajo, desposeído de la tierra. En lo que el liberalismo burgués es una farsa. No tratándose de una libertad con igualdad, de una libre concurrencia al trabajo en igualdad de condiciones. Los esclavos o los siervos de la gleba al ser liberados quedan desamparados, no se les libera con la tierra u alguna otra propiedad que les garantice la subsistencia; como desposeídos de la tierra su ‘libertad’ pasa a ser un desamparo, el quedar abandonado a su suerte, en condición precaria, prácticamente desnudo, dependiendo de su físico que es lo único que puede vender en un mercado que el capitalista está organizando y en el cual las empresas productivas son de su propiedad. Tal ‘libertad’ es un desamparo que obliga a venderse, haciendo de la persona un instrumento de trabajo, cosificándose en la cosificación del mercado, en donde todo se vende, todo se compra….

El supuesto Estado neutro, no interventor con el que sueñan los liberales es una ilusión para ilusos; desde los Estados Arcaicos el Estado es una organización suprema que funciona operada por la clase dominante, y funciona en su favor, administrando el trabajo, su función prioritaria.

Un Estado de juristas, meros árbitros en los intercambios, proponiendo leyes justas, haciéndolas respetar con la policía, es otro cuento para bobos que los liberales han inventado. El liberalismo termina por abogar a favor de una falsa libertad, libertad lucrativa de unos cuantos propietarios adinerados en prejuicio de la esclavitud disimulada de los no propietarios y sin dinero. El libertinaje en favor de enriquecer a unos cuantos va en detrimento del empobrecimiento y los apuros de los más.

La supuesta libertad política está supeditada a los designios capitalistas; la mentada libertad política está en función del libre flujo de los intereses capitalistas. El dominio de los capitostes industriales que controlan la producción oligopólica de los productos más preciados y así redituables, en alianza con los banksters en los holdings-conglomerados-consorcios-corporativos transnacionales, los hace detentar el Capital-Poder. Poder de determinar que el orden del sistema funcione a favor de la capitalización, quedando establecido como el status quo gobernado por un establishment de funcionarios y administradores ‘públicos’ que velan por sus intereses. En la clasificación política que le corresponde, se trata de una auténtica oligarquía compuesta por una mezcla de políticos y técnicos configurando una Tecnocracia, pero tecnocracia subordinada en funciones a la Plutocracia que domina el mundo. ¡Tengan su democracia intelectuales encubridores del Sistema!

La destrucción creativa (Shumpeter) que acaba con la competencia, reduce el trabajo y los salarios, así como los servicios sociales cada que una crisis de consideración se presenta, no puede seguir efectuándose sin que las consecuencias resulten catastróficas. La privatización de las ganancias y la socialización de las pérdidas efectuada de la manera más cínica y desvergonzada posible por los banksters, ha alcanzado el nivel en que por la misma concentración de las riquezas que se consiguen a costa del empobrecimiento de las mayorías, provoca una catástrofe social, en Grecia como en España y en sí en los llamados -muy despectiva y nort-céntricamente- PIIGS, la periferia del Norte capitalista europeo (aunque Irlanda se ubica en el Norte no deja de ser la periferia de Inglaterra, su colonia). Buen ejemplo de cómo el deterioro capitalista arrasará con todo el mundo, pues ni Francia ni la propia Alemania están exentos de verse afectados por mucho que sean las capitales europeas que succionan la riqueza periférica a través del bandidaje de sus capitostes, empleando la Troika en una Unión Europea configurada para servir a la élite de banksters.

Pronto no habrá más mercados que conquistar, todo estará saturado y saqueado por el Capital y a más tardar la sobreproducción podrá convertirse en carestía por agotamiento de recursos. Las guerras como máximo exponente de la regulación de las crisis quedan como el último recurso, la solución final, y vamos sobre Siria e Irán y si se puede Venezuela, o Bolivia o Ecuador, toda vez que ya se despacharon a Irak, Afganistán y Libia, y realineando a Honduras y al Paraguay, pero cuidado con una Corea del Norte presionada y arrinconada por el Imperio, dado que tiene con qué defenderse. Es muy fácil decir: ‘el régimen autoritario de Corea del Norte está al provocarnos jugando con fuego’; a decir: ‘el régimen imperialista de Truman hostigó a Corea, la destruyó y la dividió y ahora estas son las consecuencias’.

La decadencia de Occidente queda patentada en la actitud del nuevo presidente de Francia, François Hollando, miembro de un supuesto partido socialista que sustituye en el gobierno a un engendro de la derecha internacional como lo es Sarnozy, genocida del pueblo Libio, y que sin embargo resulta un continuador de la política imperialista de la decadente Europa, que en apoyo, cual perros de guerra del Imperio, e incluidos en él como copartícipes a través de la OTAN, desvergonzadamente, de la manera más cínica e insolente, se lanzan sobre Siria apoyando y armando a terroristas de Al Qaeda para que masacren al pueblo sirio. Este hecho calamitoso remarca históricamente la decadencia de una Europa que en el neocoloniaje trata de saldar la debacle de su economía causada por la política económica neoliberal que una Unión Europea banksteril impone.

La obra que Fausto le encarga a Mefistófeles de cavar el foso –Mefistófeles dice que es una fosa (¿común?)- continúa. (Goethe. Fausto, ‘Acto V’ -a la media noche, la noche profunda-)

Un Estado entregado a los capitalistas es la peor aberración posible en la Historia de la Humanidad, al haberse convertido en un portentoso agente de la destrucción.

Está claro que la dialéctica capitalista conduce al desastre mundial; por principio de cuentas por ser las fuerzas desatadas de un portentoso modo de producción que tiene en el filo reverso la condición de ser destructivas por relación incluida, cual consecuencias no previstas, se produce mucho pero se destruye más. Fuerzas desatadas que se le escapan al hombrecillo codicioso y pérfido que viene a ser el capitalista, y a sus aprendices de brujos que son científicos y técnicos al servicio de esta Máquina que por destructiva e injusta, resulta monstruosa. Empeñados en ciega carrera desenfrenada, en que para mantener el motor funcionando se acaban los recursos naturales de las áreas circundantes.

Sobreproducción-subconsumo, mientras el capitalismo esté vigente este será el defecto permanente en su desenvolvimiento, ni las mercancías se pueden vender, ni el capital seguirse invirtiendo, lo que conduce a la salida fácil y placentera de  procurar la especulación monetaria, la multiplicación del dinero sin invertir ni financiar la producción, el comercio o el transporte, mero agio de la usura monetarista (bancaria-bolsera- y de paraísos fiscales) que funciona preferentemente apostándole a enajenar la deuda pública y a socializar las pérdidas y privatizar las ganancias. En un marco ‘financiero’ por completo desregulado convertido en verdadero paraíso de los especuladores, al crearse una serie de artificios bursátiles y de procedimientos y facilidades para guardar y ganar en intereses fuera de la jurisdicción del fisco, tales como compra ventas de divisas, especular con las monedas, ganar porcentajes con la moneda imperialista, apuestas a futuro con prácticamente todos los bienes y valores que el mercado mundo controla, mecanismos compensatorios de pérdidas, fondos buitres… y demás aberraciones crematistas. Pero recuérdese, el Estado liberal debe tan solo establecer leyes justas para que el cabal desenvolvimiento del capital llevado de la mano invisible…, bla-bla-bla.

Capitalismo decadente que a la vez de preferir el dinero fácil se complace (deleita) con la producción excesiva de productos superfluos que empresarios oportunistas hacen fabricar y ponen de moda para que los mercachifles merquen en todas las urbes posibles provistas de supermercados.

El capitalismo se convierte en el peor de los mundos posibles, aquel que destruye la naturaleza, esclaviza a los pueblos o los condena a la miseria y el hambre, cuando menos a la pobreza. Aquel en el que impera la kremata, la desquiciada prosecución sin límites en procura de obtener para sí los valores materiales y en específico el oro (dinero), el equivalente general que garantiza la posesión de estos bienes, codicia perpetuamente insatisfecha.

Las etapas marcadas por el capitalismo industrial son: Primera. La del capitalismo de la ‘libre competencia’ → Segunda: capitalismo de los monopolios → Tercera: capitalismo correctivo con la participación del Estado, economía mixta → Cuarta: retorno y apogeo de los Monopolios Transnacionales ejerciendo el pleno dominio del Capitalismo Imperialista, tal y como Lenin lo plantea, pasando a ser capitalismo decadente en cuanto a que representa la última fase posible de tal modo de producción y Sistema social holista. Radicando el problema en que por su potencialidad productiva-destructiva pone en peligro la supervivencia de la Especie y de las especies, así sea en un escenario Y o Z.[58]

Y en eso estamos, pasándose a efectuar la Crisis definitiva, ante el éxito de la desregulación neoliberal y la fusión monopólica, haciendo del mundo un dominio global a favor de la élite capitalista, consiguiendo que el Sistema vaya marginando cada vez más a grandes porciones de la población mundial en razón inversamente proporcional a la concentración capitalista, no llegando a ser el 30 por ciento de la población mundial los beneficiados bajo el paraguas que cubre el mundo de vida burguesa, contra el 70% que se ve desfavorecido y en niveles de la pobreza para abajo, trabajadores y marginados. Dominio global aún no del todo totalitario pero en vías de serlo.

El éxito de la dominación de Estado por el que una minoría domina a la mayoría en un sistema social determinado, alcanza su apoteosis con el capitalismo imperialista, eso que solía ocurrir en zonas y regiones particulares del mundo desde los Estados Arcaicos, ahora se ejerce en el mundo entero cual dominio del uno por ciento simbólico, los beneficiarios, y sus servidores, el 10 por ciento restantes, mas otro 10 por ciento de clase media que conectados o no logran obtener un nivel de ingresos satisfactorio, el resto es clase baja sometida y desfavorecida por la concentración capitalista y su hegemonía mundial.

El dominio del capital se ejerce a través de acciones concretas en las que la voluntad de poder de la élite capitalista suele determinar a su favor el desenvolvimiento de las relaciones sociales preponderantes, ahí y en donde sus intereses orientados a la multiplicación del capital se precisan, no requiriendo de gobernar o controlar todas las instancias del Estado, sino solo las prioritarias; no requiriendo en sí de gobernar o administrar el sector público, sino de imponer el status quo; los regímenes políticos que favorecen su desenvolvimiento, y a los que controla a través de facciones políticas –partidos y ONGs- que le estén subordinadas

El liberalismo recargado como neoliberalismo cumple la tarea de concentrar tanto la riqueza como el poder en la élite capitalista, acompañándose y tornándose a la vez en conservadurismo del establishment capitalista occidental, pero también israelí, japonés, ahora chino y ruso. Aspira al control total del mundo por intermedio de tres o cuatro Estados preponderantes administrando vastas regiones continentales que pueden incluir o eliminar a los estados nación; a contrapelo de la lucha de los pueblos por recuperar para sí la economía de su entorno tradicional.

El capitalismo imperialista y su dominio incontrastable ofrecen un futuro desolador; el triunfo del ‘libre mercado’; de la ‘libre competencia’ (monopólica), explotando lo que resta de los recursos naturales. La impunidad de los banksters saqueando y concentrando las riquezas de los trabajadores convertidas en papel dinero o dinero ficticio en las pantallas. La hegemonía del capitalismo tardío garantiza su supremacía, pero a la vez signa su decadencia hasta la implosión. Singularidad histórica: una decadencia progresiva, de un progreso material entrópico.

 “Todo niño sabe que la humanidad desaparecería si se abandonara a la ‘libre empresa’ la fabricación, la circulación y la venta libre de armas atómicas o químicas. Cada hombre y cada mujer están aprendiendo, de la misma forma, que la humanidad desaparecería igualmente si se dejara a la ‘libre empresa’ envenenar el aire, los océanos, los ríos, los mares y el subsuelo como le obligaría su tendencia de la búsqueda de la máxima ganancia privada”.[59] El problema es que no lo paramos y esta negatividad creciente que el Capital engendra con su Maquina monstruosa imperando no encuentra detención, la gente sin poder no puede detener al Capital-Poder.

Es al Poder del gran capital al que se debe combatir y eliminar antes de que nos elimine a nosotros. El Poder monopólico de los capitostes de las armas, los hidrocarburos, la industria pesada, la bio-industria fármaco-alimentaria; además de a los parásitos por excelencia que viene a ser la plaga de banksters que se hacen multimillonarios endeudando, especulando, inflando el dinero, depreciándolo, aprovechando las facilidades que se auto brindan con los ‘paraísos fiscales’ y la red de bolsas mundiales. Así como también hay que combatir al Pentágono, la OTAN, la CIA, los de Washington, la Comunidad Europea, el FMI y el BM, los grandes corporativos multimedia… Un poder inmenso que sólo desquebrajándose internamente, debilitado por una implosión, podrá ser destruido.

Está claro que la Dialéctica del Capital conduce al desastre mundial, al ser un modo de producción cuyas fuerzas desatadas se le escapan al hombrecillo codicioso y pérfido que no deja de ser el capitalista, así y sea un capitoste. El problema para la Humanidad es que la fuerza nuclear almacenada en armas alcanza para destruir el Planeta miles de cientos de veces o de causar portentosos desastres con las centrales de energía; y sin llegar al punto Z de la destrucción total en una guerra nuclear, al modo W-X-Y, la destrucción de la Biósfera que se viene dando de manera procesual conforme el crecimiento productivo capitalista sigue incrementándose bajo el imperativo de seguir desarrollándose para concentrar la riqueza, llega a ser un impulso progresista de la civilización material que arrastra todo contenido social y natural, comprometiendo a la Humanidad a una ciega carrera depredante, ceñida por intensas negatividades demenciales y en curso de irse agravando; dejando de ser las crisis recurrentes con ciclos más o menos amplios de auge, pasando a ser una Crisis Global y permanente que compromete el futuro de la Humanidad al destruir la Naturaleza.

                17-04-2013



[1] Karl Marx. Elementos Fundamentales Para la Crítica de la Economía Política (Grundrisse) 1857-1858. Vol. 1, Siglo XXI, 1987: 6 y 7.

[2] Arnold J. Toynbee. Estudio de la Historia III. Origen/Planeta, 1985: 163.

[3] Ibid: 203.

[4] Ernest Mandel. Tratado de Economía Marxista, T. 3 Era, 1980: 245 y 246.

[5] Ibid: 246.

[6] Ibid: 247.

[7] Noción ya aludida en un párrafo de ‘Modernidades’. Crisol  No. 69, mayo de 1996.

[8] Ernest Mandel. Op.Cit. T 3: 257.

[9] Ibid: 258.

[10] Ibid: 262.

[11] Ibid: 263.

[12] Ernest Mandel. Tratado de Economía Marxista T. 1. Era, 1986: 16.

[13] T. W. Mason. “La economía nazi”. Historia Mundial del Siglo XX, vol. 3, Vergara, 1972: 238.

[14] Ibid: 240.

[15] Charles P. Kindleberer. La Crisis Económica, 1929-1939. Historia Económica Mundial del Siglo XX. Crítica, 1985: 310.

[16] Ibid: 318.

[17] Ibid: 319, n 11.

[18] Ibid: 322.

[19] Ibid: 328.

[20] Ibidem.

[21] Dudley E. Baines. “Los Estados Unidos entre las dos guerras”, capit. 6 de, Willi Paul Adams et al. Los Estados Unidos de América. Historia Universal Siglo XXI Vol. 30, 1986: 303.

[22] Ibid: 314.

[23] Ibid: 322. Subrayado añadido.

[24] Ibid: 318. La WPA Works Progress Administration, dependencia del gobierno federal implementada para incentivar el trabajo-empleo, que en realidad “no constituían verdaderos programas de obras públicas; ofrecían trabajo únicamente porque la ética protestante así lo exigía” (sic). Ibid: 308.

[25] Ibid: 320 y 321. Subrayado añadido.

[26] Tomado de Ernest Mandel. El Capitalismo Tardío. Era, 1980: 405.

[27] Karl Marx. Elementos Fundamentales Para la Crítica de la Economía Política… Vol. 2. Op.Cit.: 279. Subrayado añadido.

[28] E. Mandel. Tratado… T. 3: 264-265.

[29] Ernest Mandel. El Dólar y la Crisis del Imperialismo. Era, 1976: 20.

[30] Ibid: 20-21.

[31] Ibid: 21. Subrayado añadido.

[32] Ibid: 22. Subrayado añadido.

[33] Ibid: 28.

[34] Ibid: 28-29. Subrayado añadido.

[35] Ibid: 30. Negritas añadidas.

[36] Ibid: 31. Subrayado añadido.

[37] Ibid: 22. Subrayado añadido.

[38] Ernest Mandel. Ensayos Sobre el Neocapitalismo. Era, 1981: 87, n 1. Subrayado añadido.

[39] E. Mandel. Tratado… T. 1: 238.

[40] Ibid: 237. Subrayado añadido.

[41] E. Mandel. Tratado de Economía Marxista T. 2, 1986: 248. Subrayado añadido

[42] E. Mandel. El Dólar y la Crisis del Imperialismo: 14.

[43] E. Mandel. Tratado… T. 2: 378.

[44] Vid Augusto Lapp Murga. “El péndulo Keynes-Hayek en la gestión capitalista de las crisis”. Rebelión.org.  9-06-2012.

[45] Denis Boneau. “Friedrich von Hayek, el padre del neoliberalismo -‘democracia de mercado’-”. Red Voltair net.org. 30-01-2005.

[46] Ibid.

[47] Ibid.

[48] Ibid.

[49] Ibid: n. 3.

[50] Dos pesos pesados de la derecha con un historial que refleja la putridez de los esbirros del capital, de una canalla inaudita, de quienes ya nos hemos ocupado en esta serie de escritos; del gachupín dándole el lugar que le corresponde en la Historia al lado de Geogie Bush y de Anthony Blair, como el trío de genocidas de las Azores…. Del peruano exiliado en España anticipándole su premio nobel por sus excelsas contribuciones a lavarle la imagen al Imperio, tales como las gacetillas que escribió con posterioridad a la invasión a Irak, justificantes del accionar imperialista….

[51] Denis Boneau. Op.Cit. Incluye cita de Keith Dixon. “Les Évangélistes du Marché”.

[52] Ibid, n. 14 Referencia tonada de Dorval Brunelle. “Hayek y Pinochet, ultraliberalismo y terror político”, conferencia impertida el 11 de septiembre de 2003.

[53] Ibid.

[54] Adam Smith, por igual que Marx, era un filósofo de vocación y estudios, dedicado al análisis de la economía dada la relevancia que esta va cobrando. Y si bien Adam Smith en mucho es el padre del liberalismo económico en su petición de la no intervención del Estado para que la vida económica fluyese con libertad, a la vez es un moralista para quien el sentimiento moral que nos hace aprobar ciertas acciones no es un reflejo instintivo dominado por la utilidad y el egoísmo, sino por un sentimiento de empatía con el prójimo, una acción imparcial y desinteresada.

[55] Charles A. Foguet. “El peor legado de Margaret Thatcher”. Eldiario.es. Rebelión.org. 14-04-2013.

[56] Francesco Raparelli. “No existe el llamado individuo –revertir un aforismo de la Dama de Hierro y declarar la guerra a los propietarios-“. Dinamopress.it. Rebelión.org. 13-04-2013. Traducción de nemoniente.

[57] Denis Boneau. Op.Cit. Y ya sabemos que con tales consignas “se justifica la presencia de los Chicago boys en Chile”… Y en México, Argentina, Brasil…. Haciendo de la economía liberal una economía en pro del Gran Capital.

[58] Vid en Crisol.Plural. De Terrorismos a Terrorismos, “El Infierno Nuclear”.

[59] E. Mandel. El Dólar y la Crisis…: 33.

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