Evolución del poderío de la Iglesia durante veinte siglos

Escrito por on Mar 29th, 2013 y archivado en Destacado, Macías opina. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

El Vaticano

 El Papa está  “debajo de Dios, pero arriba de los hombres”.

Inocencio III, papa.

 (Nota.- Este artículo es necesariamente largo. Se recomienda su lectura integral para comprender la exposición histórica de veinte siglos del devenir eclesiástico como acción de dominación política a través del ejercicio del poder espiritual.)

En todas las religiones, el clero es implacable con quienes se le oponen o quienes lo cuestionan y denuncian.

En el caso de la Iglesia católica, la jerarquía ha usado el poder espiritual para castigar, someter o aniquilar a sus oponentes o para sobreponerse a reyes y emperadores. La Iglesia católica pasó de ser una institución apostólica durante los tres primeros siglos del cristianismo, a ser un imperio de la religión durante los siguientes mil setecientos años. Ya en el siglo IV la Iglesia aparecía más preocupada en su ambición de acumulación de riqueza; ya se había extraviado de su verdadera misión. Esto no lo digo yo. Lo dijeron desde entonces San Jerónimo, San Agustín y San Ambrosio.

Y la actitud continúa, reconocida inclusive por algunos miembros de la misma jerarquía, como la declaración del Obispo de Tehuantepec, Arturo Lona, quien hace ya casi diez años, el 7 de Agosto de 2003 declaró que en vista a la elección de la presidencia del Episcopado Mexicano, “lo peor que podría pasar sería que fuera elegido uno de los obispos que nomás se dedican a pastorear para los ricos”.

Durante los primeros tres siglos después de la muerte de Cristo, el cristianismo fue expandiéndose vertiginosamente por el Imperio Romano y para finales del siglo III ya había cinco millones de cristianos entre la población de cincuenta millones del Imperio. Estos siglos se caracterizaron porque la jerarquía estaba imbuida de una misión apostólica; el cristianismo era la doctrina del pacifismo, llegando al grado de no aceptarse como integrantes de las comunidades cristianas a los militares. Los obispos Tertuliano e Hipólito rechazaban el militarismo en los cristianos.

La cristiandad estaba organizada en iglesias locales durante los siglos II y III, pero la iglesia de Roma –en razón de estar ubicada en el centro político del Imperio- empezó a tomar preeminencia y autoridad sobre las demás y sus obispos fueron adquiriendo jerarquía que le era reconocida por otros obispos, entre estos Ignacio de Antioquia, Irineo de Lyon y Cipriano de Cartago.

En esta época surgen diversos planteamientos teológicos sobre la Iglesia misma, su primacía, la naturaleza del episcopado y la infalibilidad eclesiástica. Surge también el monasticismo con los primeros ermitaños –Antonio de Egipto- y con la primera congregación de monjes fundada por San Pacomio. San Basilio escribió las primeras reglas para los monasterios, basadas ante todo en la austeridad y la moderación.

En el siglo IV se empezó a operar un cambio radical en el espíritu de la Iglesia.

A partir del Edicto de Milán del emperador Constantino, que estableció la libertad religiosa en el año 313 y del Edicto de Teodosio en 380, que estableció al cristianismo como religión oficial del Imperio Romano, el espíritu de apostolado enfrentó en la realidad a la necesidad de liderazgo y organización interna. Desde el Concilio de Nicea, promovido por Constantino, la Iglesia se vincula al estado, estableciéndose que ésta responde ante el emperador. Empieza el maridaje; a ambos conviene la relación: la imagen de la Iglesia se vincula a la estabilidad del estado, en tanto que la unidad de la fe da estabilidad al Imperio.

Poco antes, con el Concilio de Arles en 314 la Iglesia da la espalda a tres siglos de pacifismo y sostiene que la oposición a la guerra es la extinción del estado. Inicia la época belicosa y la lucha por el poder. Se identifica lo bueno y lo justo con las causas de Roma y de la Iglesia y lo malo y lo injusto con los opositores al emperador y a la Iglesia. En la lucha por la supremacía temporal se abandona el espíritu evangélico y empieza el descrédito de los líderes espirituales. Durante los cien años siguientes al edicto teodosiano, el cristianismo logró hacerse de todos los cargos políticos del Imperio.

Luego vendrán siglos en que a nombre de Dios la jerarquía hace la guerra, persigue, gobierna, promueve conquistas, derroca gobernantes, manda al infierno a pueblos enteros, tortura y aún asesina de la manera más cruel y despiadada. La petición a Dios para que tome las armas a favor del quien lo pide es una actitud recurrente y quien triunfa le da a la victoria un trasfondo divino, dando así una impresión de que Dios está de su lado y de que el triunfo fue por virtud de sus designios. En el cristianismo ha sido muy socorrida esta actitud que presenta a la Divinidad como mercenario, presto a pelear y matar a sus propios hijos con tal de expandir sus dominios. Un ejemplo de esto fue la conversión de los francos a partir de la victoria del rey Clodoveo sobre los germanos. Según San Gregorio de Tours, Clodoveo, antes de la batalla dijo “oh Cristo, si me concedes la victoria, creeré en ti y me haré bautizar; ya he invocado a mis dioses, pero veo que están lejos de ayudarme y por eso creo que tú eres el único capaz de vencer a mis enemigos…” Al parecer Dios lo oyó y se puso a matar germanos… Así, como consecuencia de la victoria clodovea, Francia se cristianizó y el obispo de Roma amplió su esfera de influencia.

Después de Atila, quien fue detenido ante las puertas de Roma por el protagonismo papal antes que por el poder del emperador, el cristianismo avanzó su expansión hacia los pueblos bárbaros, pero por otro lado se fue gestando y desarrollando otra expansión, la del Islam, frente al cual ya para el año 700 el cristianismo había perdido la mitad de su territorio. El papado centró su atención en la preservación del poder, formalizándose la unidad estado-iglesia con la coronación de Carlomagno (año 800) como emperador del Sacro Imperio (emperador de las ocho esposas, cinco concubinas y veinte hijos); mientras tanto la iglesia oriental, encabezada por Constantinopla (Bizancio) fue quedando aislada en medio del mundo islámico.

Hacia finales del siglo X la Iglesia había adoptado una posición autoritaria en la proclamación del evangelio como un mensaje divino al que los hombres “tenían obligadamente que escuchar”. En esta época, el alto clero estaba ya plenamente identificado con los nobles, los poderosos y los terratenientes. La Iglesia se asumió como una teocracia ejerciendo su poder en la elaboración de todo tipo de leyes reguladoras de la política, la economía y la vida común de las personas.

Los siglos XI y XII se caracterizan por la continuación del ascenso del poderío papal -la lucha por el poder terrenal entre el Papa y los reyes se acentuó con Nicolás II y Gregorio VII, quienes rivalizan con el rey Enrique IV- poderío que logra alcanzar su zenith en el papado de Inocencio III en los albores del siglo XIII.

El Papa Gregorio VII expidió a fines del siglo XI la bula “Dictatus Papae” por la cual estableció que sólo él podría usar la insignia imperial, que todos los reyes y príncipes debían besarle los pies a él y sólo a él, además de declarar tener el poder para quitar y poner reyes y emperadores, llegando a los extremos de afirmar que la Iglesia nunca se ha equivocado ni se equivocará jamás hasta el fin de los tiempos y que el Papa, por su sola elección resultaba “indudablemente” hecho un santo “por los méritos de San Pedro”. Así esta bula, en razón del poderío papal, prácticamente constituyó a Europa en una “comunidad de estados” sometidos al Pontífice.

La arrogancia pontificia ya presentaba visos de no tener límite: el mismo Gregorio VII manipuló a los súbditos del emperador Enrique IV –soberano del Sacro Imperio Romano Germánico- que había sido excomulgado a raíz de disputas –entre el emperador y el pontífice- por la detentación y acumulación del poder. En virtud de una revuelta de los nobles germanos, instigada por el Pontífice, el emperador fue obligado a doblegarse ante el Papa. Gregorio VII tuvo a Enrique IV vestido con harapos de penitente, descalzo y arrodillado sobre la nieve y el hielo durante tres días en enero de 1077, afuera de su palacio de Canossa, llorando e implorando perdón y clemencia, lo que finalmente le fue concedido según expresión papal “liberándolo de las cadenas del anatema”.

A partir de estos tiempos la jerarquía empieza a utilizar indiscriminadamente las principales armas del poder eclesiástico, que han sido la excomunión y los interdictos. Los maestros de la verdad abusan de su posición eclesiástica y de su sacralizada imagen religiosa para lanzar a diestra y siniestra la más poderosa de sus armas: la intimidación espiritual, la amenaza de condenación eterna.

Cabe señalar que los diez primeros siglos de la Iglesia, fueron conformando la existencia –legítima y válida- de dos expresiones del cristianismo: el de la Iglesia de occidente bajo el patriarcado de Roma y el de oriente integrado por cuatro patriarcados: Constantinopla, Alejandría, Antioquia y Jerusalén. Coincidiendo en lo fundamental, el occidente y el oriente cristiano se diferenciaban en algunas creencias –la invención del purgatorio- y en algunos ritos –lunes o miércoles para el inicio de la cuaresma o el uso o no de levadura en la elaboración del pan para la eucaristía-. Los desacuerdos y pugnas doctrinales entre Roma y la Iglesia bizantina –y las rivalidades políticas generadas a partir de la coronación de Carlomagno en 800, rechazada por la Iglesia oriental y continuadas por las pugnas políticas entre oriente y occidente, suscitadas a partir de la elección del Patriarca ortodoxo en 896- originaron las mutuas declaraciones de herejías: oriente consideró herejía el ayuno en sábado impuesto por Roma así como el celibato sacerdotal y occidente contestó con su respectivo catálogo de herejías orientales, hasta que las pugnas llevaron en 1054 a la excomunión del Patriarca de Constantinopla y de todos los cristianos ortodoxos –lo que constituyó un acto más en el proceso del primer gran cisma de la Iglesia cristiana-. Esta excomunión, como un acto de poderío papal se mantuvo durante casi mil años hasta que en 1965 la levantó Paulo VI. Pobres ortodoxos los que tuvieron que vivir mil años en el infierno. Ganarse el cielo o el infierno, para los mortales, depende en muchos casos, de los intereses de la geopolítica vaticana. Y se dicen maestros de la verdad.

Las cruzadas, iniciándose bajo el romántico y heroico propósito de rescatar los lugares santos de las manos musulmanas, no lograron su objetivo y se convirtieron en un movimiento destructivo; iniciaron con optimismo y terminaron en desastre y desunión para los cristianos. Bajo la organización papal, las cruzadas fueron la guerra –concebida como un castigo por el bien espiritual- contra los herejes a fin de lograr la imposición –por la fuerza- del cristianismo latino; los cruzados además de combatir a los musulmanes, pretendieron la conversión forzada de los ortodoxos y para ello confiscaban sus templos y aprisionaban a sus clérigos. Contrariamente al objetivo, los cruzados no liberaron a los cristianos ortodoxos del yugo del Islam sino lo empeoraron. El error de las cruzadas fue creer en la agresión militar para expandir el cristianismo; se creía, a partir de los postulados de San Agustín, que el robo, la tortura y el asesinato de los no creyentes o herejes estaba no sólo permitido sino aprobado por el cristianismo. Para reclutar soldados a manera de cruzados, la Iglesia les prometía santidad instantánea, perdón absoluto de todos sus pecados y garantía de vida eterna. Con estas promesas la jerarquía instrumentó el movimiento religioso-militar más espectacular de la historia, conformando un ejército de mercenarios de la religión; a cambio de matar, la jerarquía les prometió la salvación. Las cruzadas debilitaron a la iglesia oriental y los desmanes de los cruzados incrementaron las tensiones entre el cristianismo romano y el bizantino. Salónica –segunda ciudad bizantina- fue saqueada por los cruzados en 1185, quienes en una orgía de sangre, muerte y sacrilegio bailaron borrachos sobre los altares, profanaron vasos y símbolos sagrados y violaron y asesinaron a hombres, mujeres y niños, pero todavía faltaba el saqueo de Constantinopla en 1204 por estos mercenarios de la fe, quienes además de masacrar a los cristianos ortodoxos, causaron una destrucción sin límite de tesoros culturales, reliquias y de obras de arte secular y religioso –Bizancio era la capital cultural del mundo de entonces y la riqueza atesorada en sus templos no tenía comparación en el mundo- llegándose hasta la destrucción de la catedral de Santa Sofía, cuyo altar fue profanado, destruido y vendido a pedazos por los fanáticos de la religión, saqueo que fue declarado como sacrílego por el mismo Papa Inocencio III. Con este acontecimiento en Constantinopla –hoy Estambul- el 13 de Abril de 1204 culminó el cisma que dividió a la cristiandad cuyos motivos finales en realidad no fueron de índole teológica sino los horrores de la guerra de los cruzados. El cisma se generó por la ambición de la jerarquía occidental que agredió a los cristianos de oriente y así, durante los últimos ochocientos años, el rencor ortodoxo y la arrogancia romana han mantenido la desunión en la cristiandad, paradójicamente contraviniendo el mandato de su Fundador, de “amaos los unos a los otros”.

Inocencio III

Inocencio III ha sido el Papa (1198-1216) más poderoso de la historia. Elegido pontífice a la edad de 37, fue discípulo de los canonistas llamados “decretistas” por ser partidarios del Decreto de Graciano (1140), el cual postulaba que además del reino celestial, hay un reino terrenal sometido en lo absoluto a la autoridad del Papa. Privaba también entonces el pensamiento de Alano de Inglaterra, quien sostenía la teoría de la monarquía mundial del Papa. Así, Inocencio III pretendió convertirse en el líder espiritual y político de todo el mundo. Sostenía que de su mano tenían que aceptar el poder emperadores y reyes, convertidos en sus vasallos, pues en el mundo “todo debe obedecer al vicario de Cristo” postulando además que la elección de todo príncipe, rey o emperador quedaba sujeta a la aprobación papal, pues a él correspondía asegurarse que los elegidos fueran los “espiritualmente valiosos para ser coronados”, ya que argumentaba que a San Pedro se le había dado no sólo la Iglesia sino todo el mundo para gobernarlo. En el clímax de su egolatría declaró que así como la luna refleja la luz del sol, los reyes reflejan la autoridad del Papa y definió su ubicación considerándose “debajo de Dios, pero arriba de los hombres”. Así hablaba el líder de los católicos, un gran exponente de los “maestros de la verdad”.

Este Pontífice intervino –argumentando su supremacía- en múltiples disputas entre reyes y emperadores y partidario de la violencia, reprimió brutalmente la herejía, haciendo caso omiso de la opinión de Francisco de Asis, quien profesaba la difusión de la fe a través de la convicción y de la instrucción basada en la prédica del amor, hombre de Asis en quien ochocientos años después se inspirara paradójicamente para escoger su nombre, un sucesor de Inocencio III, el Papa Francisco, elegido en 2013.

Los interdictos y la excomunión fueron sus armas recurrentes. Cabe aquí señalar que los interdictos –vigentes aún en el nuevo Derecho Canónico, cánones 1331 y 1332 y 1364 a 1399, promulgado por Juan Pablo II- son determinaciones por las cuales –con efectos similares a la excomunión- se priva a un individuo o colectividad, de la posibilidad de practicar actos de culto y de recibir los auxilios religiosos. Aplicable a colectividades enteras –naciones inclusive- y por ende a inocentes y culpables, el interdicto constituye una prohibición de las prácticas religiosas, incluyendo los sacramentos del matrimonio, la confesión y la eucaristía; el bautismo sólo puede realizarse a puerta cerrada y la comunión sólo puede impartirse en algunos casos, dependiendo de las modalidades que se determinen en un interdicto, a los moribundos. El interdicto prohíbe el culto público, cierra las iglesias, suspende símbolos, vasos, ornamentos e instrumentos del culto; puede imponer el rezo obligatorio a determinada hora, el uso imperativo del luto, el ayuno permanente durante un determinado período, así como la práctica de penitencia humillante y aún la flagelación. La medida abarca hasta la prohibición de la celebración religiosa de funerales y de cristiana sepultura, creándose en los “camposantos” secciones reservadas para quienes mueren sujetos a interdicto.

Dice Marie Ann Collins –estudiosa y crítica de estas instituciones canónicas, a partir de que ingresó como monja católica- con cuyo permiso traducimos y transcribimos lo siguiente, que “si el Papa entra en conflicto con un gobernante civil, puede entonces poner bajo interdicto a los respectivos gobernados (quienes son inocentes) con el fin de aplicar presión en el gobernante. Esto funciona. Los súbditos católicos a su vez presionan al gobernante para que se someta al Papa y éste levante el interdicto”.

Los interdictos –que no son facultad exclusiva del Papa, sino pueden ser emitidos también por los obispos- iniciaron su aplicación en la Edad Media como medidas para forzar a la obediencia, inspirándose en la costumbre de los bárbaros de culpar a una familia o a toda la tribu, por las faltas individuales de sus integrantes. En 586 el obispo de Bayeux aplicó el interdicto a toda la región de Rouen (Francia) para lograr que sus habitantes delataran a un mercenario de la reina Fredegunda. El Papa Gregorio VII puso a la provincia de Gnesen (Polonia) bajo interdicto, porque el rey Boleslao II había asesinado al Obispo de Cracovia. El Papa Alejandro II lo aplicó sobre toda Escocia en 1180 porque el rey se rehusó a aceptar al nuncio papal. El Papa Inocencio III lanzó ochenta y cinco interdictos, entre ellos a toda Francia en 1200, para obligar al rey Felipe Augusto a dejar a su concubina y regresar con la mujer que había repudiado, y lo aplicó también a toda Inglaterra el 23 de Marzo de 1208, para doblegar el Rey a aceptar al arzobispo de Canterbury, logrando después de seis años de interdicto convertirlo en su vasallo y obtener el pago de un tributo.

Si bien estos casos son antiguos, los hay en los tiempos modernos, como es el caso del interdicto de Malta, isla mediterránea sobre la que recayó el poderío eclesiástico, tan sólo hace cincuenta años, en 1962, por razones electorales, de lo cual da testimonio el sacerdote católico Mark F. Montebello. El interdicto consistió en declarar oficialmente la comisión de pecado mortal por los electores que votaran por Mintoff, el candidato del Partido Laborista, que no era bien visto por el Arzobispo local que decretó la medida. Para evitar el voto por tal candidato el jerarca instruyó a los sacerdotes para que en la confesión negaran a los fieles la absolución de sus pecados si se manifestaban partidarios de tal preferencia electoral y además –en aplicación del interdicto- los amenazaran con la negativa de absolución por su “pecado mortal electoral” si llegaban a emitir su voto por el referido candidato. Los sacerdotes que se negaron a acatar la medida fueron enviados fuera de Malta como misioneros a lugares lejanos y los católicos que murieron bajo interdicto, fueron sepultados, sin funeral religioso, en una sección especial del cementerio que fue denominada como “el depósito de basura”.

¿Cómo puede una persona sujeta a interdicto no morir en pecado mortal? Confesándose. Pero para esto se requiere la satisfacción de los siguientes requisitos: que se esté en peligro de muerte y que se esté conciente de estar en peligro de muerte; que estando en peligro de muerte, se esté en aptitud física y mental de pedir un sacerdote; que se encuentre un sacerdote que acepte oír la confesión y que desde luego la absolución se otorgue antes de la muerte. Como dijo un amigo mío: “es más fácil sacarse la lotería”!

Así manipula la jerarquía su poderío, abusando del espíritu religioso de los creyentes, amenazándolos con las llamas del infierno si no responden a sus intereses. Así lo hace ahora y lo hizo antes.

Durante los siglos XIII, XIV, XV y XVI, a consecuencia del cisma, la cristiandad sufrió las consecuencias: surgieron dudas y confusiones sobre la legitimidad de la guía espiritual y sobre la esencia misma de los postulados doctrinarios. Vinieron más excesos en la vida eclesiástica, por el afán de riqueza, opulencia y frivolidad del alto clero, contra lo que muchos cristianos se oponían, aún clérigos mismos que reclamaban las reformas necesarias para reencauzar la labor apostólica de la Iglesia. Surge en esta virtud el modelo alternativo de Iglesia por el que pugnaba Francisco de Asís, al reclamar la reorientación eclesiástica hacia una Iglesia de servicio, de pobreza, de humildad y una simplicidad de la fe inspirada en la sencillez –contemplativa de la naturaleza- que se revela en su cántico de “Hermano Sol, Hermana Luna”, modelo que aún es reclamado ochocientos años después, ya en pleno Siglo XXI, en 2013, por los católicos del mundo y al que aparentemente aspira el Papa Francisco. En aquél entonces surgieron también los Dominicos, la Orden de los Predicadores, para la difusión del evangelio bajo la prédica y convicción, como una opción a su imposición por el uso de la fuerza practicada entonces.

En este período destaca comentar el papado de tres pontífices: Bonifacio VIII, Clemente VII y Bonifacio IX.

(Nota: En días recientes -en los meses de Febrero y Marzo de 2013-, a raíz de la dimisión del Papa Benedicto XVI, el tema de la renuncia papal sorprendió al mundo, pues la renuncia de papas era un tema olvidado y empolvado por el transcurso de los siglos; se comentó pues en días recientes que no se daba una renuncia, en circunstancias no cismáticas, desde hacía más de setecientos años, pero no se dijeron cuáles fueron las circunstancias de esa renuncia precedente de hace siete siglos, renuncia a la que siguió el asesinato del renunciante y a la que tiempo después siguió también la violenta defenestración y muerte del propio papa asesino que había mandado matar a su antecesor. He aquí la historia.)

A la muerte de Nicolás II –Papa proveniente de la familia Orsini- en 1292, se reunió el cónclave integrado por nueve cardenales, de los cuales eran tres Orsini, otros tres de la familia Colonna y tres independientes. Rivalizando dichas familias por el control del papado, el cónclave se prolongó durante veintisiete meses, teniendo inclusive que mudarse a Perugia a causa de la epidemia de peste en Roma. Los tres cardenales independientes, entre ellos Gaetani y el Cardenal de Ostia, Malabranca, no daban su voto a ninguno de los Orsini ni Colonna por temor a enemistarse con alguna de las familias cuya fama en Italia era de criminales y asesinos. Gaetani, frío y calculador, instrumentó un engaño diciéndole a Malabranca –que presidía los trabajos del cónclave y era muy supersticioso- que había recibido una carta de un ermitaño, Pedro de Morone, en la que éste le decía haber recibido una advertencia de castigo divino si no elegían Papa prontamente. Tal fue el miedo que esto infundió en Malabranca, que convenció a los demás de designar como Papa –a sugerencia de Gaetani- al propio ermitaño y así lo acordó el cónclave. Gaetani se trasladó a las montañas de los Abruzzi a comunicar al extrañado ermitaño su designación, quien aceptó el nombramiento ante la amenaza de condenación de su alma si rechazaba lo que había inspirado el Espíritu Santo y, estableciendo su sede papal en Nápoles, asumió el papado con el nombre –sugerido por Gaetani- de Celestino V. El Cardenal fue evidentemente el poder tras el trono y mandó construir en el palacio papal una réplica de la ermita donde antes vivió el ermitaño-papa, quien pronto fue objeto de las intrigas de Gaetani, al grado de que lo convenció de que por voluntad divina y para salvar su alma, lo mejor era que renunciara al papado. Renunciando Celestino, a los diez días fue elegido el nuevo Papa, Bonifacio VIII, que era nada menos que el Cardenal Gaetani, cuyo primer acto papal fue el aprisonamiento y muerte del Papa ermitaño. Gaetani, ambicioso y ostentoso, había amasado una gran riqueza como Cardenal y así continuó como Papa, entrando luego en conflicto con la familia Colonna, la que interceptó y robó el oro que transportaba un convoy enviado por el Papa para la compra de una ciudad, quien como represalia encarceló a dos cardenales de la familia Colonna. Ante esto, la familia ofreció la devolución del oro, pero el Papa no conforme, exigió además, para demostrar su dominación, la instalación de cuarteles suyos en las ciudades dominadas por los Colonna, los que por su parte no aceptaron y contestaron cuestionando la elección de Gaetani en vista a la forzada renuncia del ermitaño. Vino entonces del lado papal la respuesta fulminante con la bula “In Excelso Throno” que declaró herejes a los Colonna y los excomulgó, además de que, usando dinero recaudado para el financiamiento de las cruzadas, el Papa compró los servicios de los Templarios –orden sacerdotal militar- para perseguir a los Colonna, ordenando que todas las mujeres y niños fueran muertos o vendidos como esclavos, por lo que la familia se vio obligada a huir y exiliarse en Francia, acogidos por la nobleza y el Rey. Pero el conflicto no habría de terminar ahí. El Papa prohibió al Rey de Francia el cobro de tributos al clero y el Rey contestó con la prohibición de envío de dinero de Francia a Roma. El Rey de Francia convocó entonces a una guerra total contra el Papa acusándolo de infidelidad, asesinato, herejía, fornicación, simonía, hechicería e idolatría –cargos apropiados para la destitución de un Papa- a lo que el Pontífice respondió con la excomunión del Rey francés y otorgando a los franceses la liberación de su promesa de fidelidad al monarca, el cual por su parte, envió un ejército de dos mil hombres comandado por un Colonna hasta el palacio de Agnani, donde encontraron a Bonifacio, en su trono y con su vestimenta papal. Colonna, destrozando la tiara papal, golpeó y derribó al Pontífice, ordenando a sus soldados que lo desnudaran y arrastraran jalado de los pies, por las escalinatas hasta una mazmorra del palacio papal; ahí en la celda, Colonna dio la orden a sus soldados de golpear y orinarse sobre el Papa. Dos días después el Pontífice fue rescatado por sus seguidores y huyó a Roma, donde murió a los pocos días. Esto acontecía en los meses de septiembre y octubre de 1303.

Después de Bonificio VIII, viene el breve papado de Benedicto X, quien fue sucedido por Clemente V, Arzobispo de Burdeos, quien estableció la sede papal en Avignon, Francia, sede que se mantuvo durante sesenta y ocho años y seis Papas más, hasta que Gregorio VI regresó la sede a Roma, donde murió aparentemente envenenado. Los italianos, que habían sido severamente afectados en su economía por la ausencia de la sede papal –Roma perdió en esos años la derrama de más de dos millones de visitantes- se manifestaron afuera del cónclave cardenalicio, el cual eligió como pontífice al Arzobispo Prigamo, italiano, que tomó el nombre de Urbano VI. Este pontífice se ganó la animadversión cardenalicia por sus abusos y prepotencia y fue luego destituido alegándose nulidad de la elección por la presión de las manifestaciones italianas afuera del cónclave. Pero sorpresivamente este cónclave eligió como nuevo Papa al Cardenal de Ginebra, conocido como “el carnicero de Cessena” por haber mandado matar a tres mil mujeres y niños en virtud de haberse manifestado en contra de la violación de sesenta mujeres cometida por los soldados del propio Cardenal. Tomando el nombre de Clemente VII volvió la sede papal a Avignon ante la resistencia del destituido Urbano VI que permaneció en la sede de Roma. Ambos papas se excomulgaron mutuamente.

A Urbano VI lo sucedió Bonifacio IX, quien necesitado de recursos, puso en venta indulgencias, declaró años jubilares que le redituaron enormes riquezas, impuso doble tributación y hasta el cobro de cuotas a todos los que asumían cargos políticos o eclesiásticos. Se desató entonces una era de corrupción, frivolidad y ambiente mundano en la corte papal, originándose por ello la animadversión de muchos clérigos, lo que continuó con la inconformidad que luego desembocaría en la era de libertinaje y desenfreno bajo Alejandro VI, el Papa Borgia, padre de Lucrecia y llevaría a la reforma luterana, causando el segundo gran cisma de la Iglesia. Es la época también de Julio II, el Papa guerrero y de los feroces papas de la contrarreforma, Paulo IV, Pío IV y Pío V, una época en la que el dinero italiano mandaba en el mundo y mandaba en lo secular y en lo eclesiástico. También se dan en estos tiempos los conflictos –por motivos personales- entre el papado y Enrique VIII y Elizabeth I, al tiempo que los reyes europeos Felipe II, Fernando I y Christian III se aliaban con el Papa contra la reforma. Europa entró así en una era de guerras religiosas que costaron la vida a cientos de miles y que acabaron con la unidad religiosa del viejo mundo.

Los siglos XVIII a XX se caracterizan por el conflicto entre religión y ciencia. Hasta el siglo XV la Iglesia cristiana basó sus planteamientos en concepciones doctrinarias, haciendo casi de lado a los aspectos científicos que se involucraban en los temas religiosos. Los pocos conceptos científicos usados eran los de antigüedad en materia filosófica, física y cosmológica. Dominaban los conceptos de Platón, Aristóteles y Ptolomeo. San Basilio llegó a expresar que “no es materia que nos interese si la tierra es una esfera, un cilindro o un disco, o si es cóncava o como sea”!

El estudio había sido, previamente a estos siglos, monopolio de los monasterios y fuera de ellos, casi nadie sabía leer, hasta que apareció la imprenta. Los conocimientos científicos eran más motivo de prestigio y de orgullo pero en modo alguno se consideraban como útiles para encaminar al hombre hacia Dios.

Así los tiempos, llega la era de los descubrimientos y avances científicos. Y entra en conflicto la teología y la doctrina de los maestros de la verdad, con el desarrollo y postulados demostrados por la ciencia.

Vienen los planteamientos de Copérnico, Galileo y Bruno y luego Newton y Descartes, quedando demostrado que el universo es regido por leyes físicas y luego, con Locke y Adams se liberará a la política y a la economía de la idea de ser objeto de manipulación divinas. El siglo XVIII, con la Ilustración, completó la demostración de que la humanidad, en su libertad, no estaba sujeta a la pregonada y asfixiante intervención divina. No es de sorprender por tanto que la Iglesia, con su poder acumulado durante siglos, viéndolo afectado, se mostrara y se muestre reacia a los avances científicos y que aún más, sea hostil al avance y aún condenatoria de los científicos y sus descubrimientos.

Es en esta era que la política, influida por los librepensadores europeos, también se afecta profundamente tendiendo a la separación iglesia-estado. Es la época de las revoluciones en Europa y en América. Los pueblos y los líderes políticos reclaman para sí el ejercicio del gobierno como un derecho propio y no sometido a los dictados de la jerarquía eclesiástica. Terminada la visión del mundo bajo concepciones medievales y bajo el influjo de la revolución industrial, la Iglesia es, contra su voluntad, empujada a entrar en la era moderna. La maquinaria eclesiástica empezó a rechinar; las revoluciones y los movimientos de independencia pugnan no sólo por una libertad política sino también por un laicicismo en la política. El siglo XIX presenta una gran disminución del poder eclesiástico, al mismo tiempo que se da un fuerte rechazo a las costumbres religiosas y morales, surgiendo fuertes presiones sociales tendientes al cambio en los valores tradicionales pregonados por la jerarquía de la cristiandad, lo que se acentúa ya entrado el Siglo XXI, no obstante que el anterior, el siglo XX es incomparable con el resto de la historia de la humanidad, siglo en el que los avances científicos y tecnológicos no tienen precedente y los movimientos sociales, políticos y económicos le dan a este siglo sin paralelo, una fuerte característica de secularización, ante lo cual la jerarquía más se muestra inadaptada que involucrada y responde, en la mayoría de las veces, con las mismas medidas de su intolerancia en la antigüedad.

Para sostén de la jerarquía, entrado el siglo XXI, el miedo, la culpa, la ignorancia y la indiferencia siguen siendo sus principales aliados para seguir usufructuando esa fuente de privilegios que es la esclavitud de las mentes.

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