¿Dejará de ser la Iglesia la concubina del poder civil?

Escrito por on Mar 16th, 2013 y archivado en Destacado, Macías opina. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Papa Francisco

Aún a sabiendas de que “Don Gus”, mi apreciado amigo y editor de Crisol Plural, anunciará este apunte con algún comentario chocarrero, abuso de su cristiana amabilidad y de su incongruencia manifiesta consistente en ser un ferviente católico y a la vez convencido defensor de la libertad de expresión y por ello le envío estas líneas para su publicación.

Este apunte es una versión ajustada, con leves modificaciones, a la época de la reciente elección del Papa Francisco –Anno Domini 2013-, versión de un capítulo de la serie “La esclavitud de las mentes” ya publicada hace una década –y censurada gracias a la intervención episcopal del señor Godínez, a la sazón obispo de Aguascalientes-, apunte éste que publicamos como antecedente de uno próximo, con algunos comentarios –tal vez irreverentes, tal vez desconsiderados- que sin caer en lo pecaminoso ni mucho menos en herejía por la que me pusieran al borde de fulminante excomunión, expresen nuestro punto de vista sobre el previsible futuro de la catolicismo, del Cristianismo y de la “Ecclessiam Suam”.

La Iglesia ha estado siempre –desde Constantino, el emperador que impuso el cristianismo como religión oficial del Imperio- entrometida en los asuntos del estado, aunque su intervención actual la niegue la jerarquía como, entre otros, lo hacía hace una década el Obispo de Aguascalientes. Últimamente la Iglesia mexicana, para meterse en política utiliza su sacralizada palabra, aprovechando la creencia popular de que es palabra de Dios y dándole un carácter civil que no tiene, la disfraza como ejercicio de libertad de expresión, entre otras cosas para “orientar” a los votantes, realizando una verdadera actuación de adoctrinamiento con fines políticos y para servicio de sus intereses. (Hay que recordar que hablo de Iglesia en su acepción de “jerarquía”, es decir, de los individuos que gobiernan a la “ecclessiam suam” o sea a los que controlan a  los seguidores de la doctrina de Cristo.)

Más que entrometida, la Iglesia ha encarnado el gobierno en múltiples épocas y lugares. Cabe recordar a los cardenales Richelieu, Mazarinos y Cisneros, así como a todos los papas que de 1523 a 1870 fueron al mismo tiempo reyes en Italia. El papa Adriano VI, quien fue el último papa no italiano antes de Juan Pablo II, fue elegido Sumo Pontífice habiendo sido maestro y amigo íntimo de Carlos V, el más poderoso emperador de la época, hecho éste que ameritó el comentario de un historiador, quien dijo que “no cabe duda que el Espíritu Santo sabe bien hacia dónde sopla”.

Gobierno y religión –Estado e Iglesia- han formado a lo largo de la historia un binomio inseparable, un vínculo casi indisoluble en una relación muchas veces truculenta y tenebrosa. La Iglesia, más que la esposa de Cristo, ha sido la concubina del estado.

El sentimiento religioso del hombre y su necesidad de creencia en un ser superior, han sido aprovechados por la jerarquía para efectos de manipulación y con fines de control, acordes a sus intereses políticos. Esto es innegable. La historia lo registra.

El miedo al anatema, a la excomunión, al terror a las llamas del infierno los inculca la jerarquía, los pregona y los aprovecha para sus fines de control. Usurpando la palabra de Dios –las masas creen que todo lo dicho por el clero es verbo divino- utilizan su posición para conservar su poder y privilegios y continuar con el sometimiento de los grupos sociales a la ideología que en gran medida tergiversadamente difunden como si fuera la misma doctrina de Cristo. El error y la mentira aparecen con harta frecuencia, casi hasta configurar una constante en la prédica eclesiástica, y sus efectos son –deliberada o inconscientemente- explotados o aprovechados por la jerarquía para mantener la cohesión del cristianismo y usufructuar la fuerza política –con los intereses, entre ellos los económicos- que conlleva.

A los poderes civiles que se le oponen, la jerarquía responde con la fuerza de los poderes celestiales. Inocencio III excomulgó y condenó, “en nombre de Dios” a Markward de Anweiler, caso en el cual, con la misma representación divina y con la autoridad de Pedro y Pablo, decretó la orden de sufrir el mismo castigo “a quien le facilite ayuda o favor, o le suministre a él y a sus tropas alimento, vestido, naves, armas u otra cosa cualquiera que pueda aprovecharle”, sentencia que también alcanzaría a cualquier ministro “que se atreva a rezar el servicio divino para él”. Hoy la jerarquía no es tan burda, ha cambiado sus formas y sus métodos; hoy tiene maneras distintas de moverles el tapete. Pero los fines siguen siendo los mismos.

La Iglesia ha sido copartícipe del poder terrenal y es un hecho que manipula las creencias con fines de control político. Ejemplo de ello son los obispos mexicanos, quienes metidazos en la política, hasta han inventado pecados mortales, como el votar por partidos que no coincidan con sus postulados doctrinales. Otro ejemplo es el de la jerarquía nicaragüense, la que en época de los sandinistas, manipuló unas supuestas apariciones de la Virgen, difundiendo que la Madre de Dios quería “la conversión” de Nicaragua, siendo que tales jerarcas eran ya para entonces opositores al régimen sandinista. Como en el caso de Fátima, cuyas virginales apariciones han sido severamente cuestionadas por los mismos teólogos católicos, también se dijo que la Virgen pedía “la conversión de Rusia”. Curiosamente, la Virgen se aparece en los dominios de los regímenes adversos a la jerarquía, pero nunca se ha aparecido en Estados Unidos –para pedir la conversión de los gringos, siendo que el país es mayoritariamente protestante-. El Vaticano hace tiempo que anda en buenos términos con los gobiernos estadounidenses y hasta promovió la participación de sus obispos en temas de la política americana, al mismo tiempo que condenaba la participación de dos sacerdotes en el gobierno de Nicaragua, amenazándolos con excomunión, según aquella severa reprimenda cuya gesticulación hizo ante los ojos del mundo el mismísimo Juan Pablo II al arribar al aeropuerto de Managua.

Lo de Nicaragua es todo un caso. La Iglesia apoyaba la dictadura somocista, pero cuando estuvo a la vista la caída del último de los “Tachos”, un mes antes la Conferencia Episcopal justificó el “derecho a la insurrección” y pronto se alineó con el nuevo régimen, pero al tambalearse éste, el péndulo eclesiástico se movió, como siempre convenencieramente, ahora hacia “los contras”, los nuevos detentadores del poder. Igual aconteció en España cuando se veía venir la muerte de Franco; el clero se apresuró a criticar al dictador y se identificó con las nuevas corrientes ideológicamente contrarias al franquismo, cuando antes lo alababa rastreramente, como en 1939 cuando Pío XII expresó su “paternal congratulación” por “la victoria” del franquismo e impartió su bendición apostólica sobre “la católica España, su Jefe de Estado y su ilustre gobierno”.

La alianza eclesiástica con las dictaduras es representativa de lo acomodaticio de los jerarcas. En Chile realizaba “tedeums” –ceremonias de acción de gracias- por el régimen de Pinochet. Bueno, en México, hasta el Negro Durazo –el policía de más negro historial- recibió un “reconocimiento papal” por su labor policiaca. En plena crisis económica mexicana de principios de los ochentas, el Obispo Auxiliar de México, Genaro Alamilla pregonaba que “hoy más que nunca, los mexicanos tenemos que estar unidos en torno al presidente Miguel de la Madrid Hurtado”, mientras la Conferencia Episcopal pedía “a todos los sectores” “unirse para secundar las iniciativas de nuestro gobierno” y el –enriquecido- abad de la Basílica de Guadalupe, Schulemburg, pedía a los trabajadores “entender las circunstancias” y “esperar mejores tiempos para recibir mejores salarios”. Era un auténtico maridaje con el sistema político priísta. Pero vienen los tiempos de cambio y tal parece que el Espíritu Santo cambia de soplo. Cuando en 1998 era ya previsible la derrota priísta en Aguascalientes, en los templos hidrocálidos se oía a los clérigos en las misas dominicales elevar sus plegarias “por Felipe González” quien entonces era el candidato del PAN a gobernador del Estado.

El caso mexicano es patético. Durante el virreinato, muchos virreyes fueron los obispos o arzobispos, cuyos cargos eran vitalicios; al menos diez virreyes fueron altos dignatarios del clero. Por ello era entendible que Pío VII, en la encíclica “Etsi longissimo” de 1810 condenara los movimientos insurgentes de América –utilizando el poder sacralizado de su voz y su palabra- pidiendo a los obispos que “demostraran a sus ovejas los terribles y gravísimos perjuicios de la rebelión”, petición a fin de lograr “tan santo objeto” como lo es la sumisión a “nuestro rey católico” “a nuestro hijo en Jesucristo” el rey de España. A nivel de la metrópoli –España- se mantenía el concubinato Iglesia-Estado, con la figura de Felipe II, el rey en cuyos dominios “nunca se ponía el sol”. Como consecuencia de los intereses eclesiásticos, cayeron fulminantes excomuniones sobre Hidalgo y Morelos, quienes además, por ser clérigos, fueron humillantemente degradados. Sin embargo, triunfante la independencia, la Iglesia se ha llenado la boca hablando del “padre” Hidalgo y del “cura” Morelos, queriendo hacerse partícipe del movimiento de emancipación. Sin memoria histórica, olvidando las palabras papales de aquél documento doctrinario, la Iglesia –la jerarquía mexicana-, en 1985 autocalificándose de “factor de paz, unidad y progreso” difundió un mensaje en el que “se alegra” con motivo del 175º aniversario de la independencia nacional.

Dando auténticos bandazos, la jerarquía manipula las conciencias. Hoy se alegra de aquello que antes condenó; lo que antes era “santo objeto” hoy ya no lo es y lo que antes vituperaba, hoy es motivo de “su alegría”. Por ello es dable entender que en los últimos años invente pecados mortales por motivos electorales; después seguramente ya no lo serán. Esta es y ha sido la actitud de la jerarquía en su actitud usurpadora de la palabra de Dios, todo ello para seguir en usufructo de la esclavitud de las mentes.

Sin temor a equivocarme, la incongruencia de la jerarquía convenenciera ha sido uno de los factores que han influido en que millones de –otrora- católicos dejen las filas de la Iglesia, haciéndose partícipes de otros credos o de que simplemente se aparten de las actividades de culto, de los ritos y de seguir en general los dictados de la jerarquía.

Por ello, la llegada del Papa Francisco ha sido vista por muchos con ánimo esperanzado; inclusive los grandes teólogos Hans Küng y Leonardo Boff, que en mucho y entre otros inspiraron o guiaron el apunte de “La esclavitud de las mentes” han manifestado ya su confianza y satisfacción por lo que puede provenir con Francisco para una Iglesia necesitada de urgentes reformas, no sólo en lo estructural sino en lo ritual y en lo dogmático. Agregaríamos, como anhelo de nuestras esperanzas, el rompimiento del concubinato de la jerarquía con los detentadores del poder civil, sea cual sea la orientación ideológica de éstos.

Sin embargo, para mí no es tiempo aún de poder afirmar con certeza que bajo el Papa Francisco vendrá a conformarse una Iglesia que promueva la liberación del espíritu a través del respeto a la dignidad humana. Para ello, falta que aún mucho sople el Espíritu Santo.

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