La sacralización del poder

Escrito por on Mar 1st, 2013 y archivado en Destacado, Galería Fotográfica, Macías opina. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

La sacralización del poder

 

Benedicto XVI

Mientras más grande es el poder, mayor es el miedo a perderlo y tiene en la verdad a su principal enemigo; a esto no escapa el poder eclesiástico. De todas las formas del poder, el sacralizado es uno de los mayores enemigos de la verdad.

La sacralización del poder consiste en atribuir un carácter sagrado a la autoridad; es convertir arbitrariamente en sagrado algo que no lo es. El poder sacralizado es aquél al que se le da un carácter divino o divinizado.

Líderes políticos y gobernantes civiles han pretendido sacralizar su autoridad y les ha funcionado, así como lo han hecho los administradores del culto en las diversas religiones a lo largo de la historia: ministros, sacerdotes y hasta brujos.

Constantino el emperador, hijo de Santa Elena, fue el primero en sacralizar “cristianamente” su poder al usar la cruz como símbolo en su estandarte: “Con este signo vencerás”. Este emperador, ensalzado y adulado por sus amigos y protegidos del clero, no obstante su “cristianismo”, mandó matar a su esposa, a su hijo primogénito, a su suegro, al hermano de su esposa y al esposo de su hermana, para no tener rivales que pretendieran el trono. Así se inició cristianamente la sacralización del poder.

La jerarquía católica no escapó a la tentación y ha construido su imperio sobre la sacralización del poder. Esto es un hecho claramente visible en la historia de la Iglesia, a partir del siglo IV cuando se oficializó el cristianismo como religión del Imperio. La tendencia popular a sacralizar a quienes se dicen oráculos de la divinidad es un fenómeno que la jerarquía católica ha sabido explotar muy bien. La jerarquía ha aprendido bien que a mayor sacralización, mayor poder y menor posibilidad de perderlo, pues para el pueblo, la autoridad sagrada no puede equivocarse.

Sin embargo, cuanto más sacralizado es el poder, mayor es el miedo a equivocarse. En tal virtud, la jerarquía, para hacer valer y preservar su poder y sintiéndose y declarándose poseedora de la verdad, intérprete de Dios y representante de la divinidad, ha acudido a una serie de artificios, entre ellos el dogmatismo, las excomuniones y los interdictos. A través de estas y otras medidas impone creencias y encubre el miedo a discutir –y a perder en la discusión- sobre sus dictados y mandatos.

La jerarquía –dolosamente y para su conveniencia- fue dejando crecer el mito de que toda palabra del clero era infalible. La élite eclesiástica, para preservar su poder, se ha aprovechado siempre del miedo popular para juzgar a los dignatarios –a los personajes sacralizados- que dicen hablar “como parte de un mandato de Dios” y porque “hemos recibido un mandato de Jesús” (palabras del obispo de San Cristóbal Las Casas, Felipe Arizmendi, en Julio de 2003).

La casta divina, la clase sagrada –el clero y los religiosos- surgió en el cristianismo a partir de la libertad religiosa en el Imperio Romano decretada por Constantino. Hasta antes de esto, ser cristiano era un compromiso que implicaba una mística en un mundo pagano, pero al cristianizarse el Imperio por decreto, apareció “la masa” de cristianos. Para distinguirse de ella se fue creando una categoría de personajes sagrados por sus funciones y características y para ello se fue haciendo necesaria también una adaptación del lenguaje eclesiástico, acorde a las nuevas circunstancias.

En efecto, el papel del líder cristiano de los primeros tiempos fue de auténtico servicio a la comunidad; un integrante de la comunidad, sirviendo a su comunidad. No había pues una casta sagrada: los ministros eran los mismos integrantes de la comunidad. “Apóstol” significaba representante y “presbítero” señor de edad madura; “obispo” significaba supervisor, en tanto que “diácono” era ayudante. Estos vocablos para designar en los tres primeros siglos del cristianismo a los encargados del culto eran de una terminología laica.

Pero vino el cambio que hemos comentado muchas veces, esa transformación que en muchas direcciones se gestó y se fue concretando en la Iglesia a partir del siglo IV. Con ella los ministros del culto cristiano empezaron a dejar el servicio a la comunidad, para ponerse al servicio del altar; esta es una diferencia sutil, pero importante y trascendente. Se dio el surgimiento de la clase “consagrada” y con ella el surgimiento de los términos de “padre”, “sacerdote”, “pontífice” y hasta “madre”, entre otros, a la vez que se propició, fomentó y desarrolló el culto a la personalidad, todo en vista a la conveniencia de la sacralización de la autoridad eclesiástica y por ende a la conformación y conservación del poder. El vocablo “padre”, según mandato de Jesucristo ha de estar reservado para designar al “Padre” (Evangelio de San Mateo, 23, 9) y “sacerdote” fue reservado por San Pablo para designar a Jesucristo (Epístola a los Hebreos, cap. 7). El Hombre de Nazareth ni sus discípulos se atribuyeron a sí mismos estas denominaciones pero hoy la jerarquía las utiliza y explota.

Los ministros cristianos, al ponerse al servicio del altar, fueron creando una conciencia de clase –una élite- y alimentando una idea de superioridad sobre los miembros de la comunidad.

Además de la terminología, otros factores fueron configurando y reforzando la sacralización de la casta divina. Entre ellos el celibato, como común denominador de la élite -clero, monjes y monjas- fue un factor importante también en la sacralización del poder pues, concebido como una muestra de renuncia a lo mundano, ayudó a la configuración de esa casta divina al establecer una división social esencial. San Pedro fue casado y, contra las prácticas de la época, fue monógamo por circunstancia, pero ello no fue obstáculo para que Jesucristo lo escogiera como “piedra” para fundar su Iglesia, ni ello le impidió el ejercicio de su ministerio. Pero contrariamente a este ejemplo, la jerarquía optó por el celibato pues la consagración, fomentando la sacralización de los personajes, conviene también a la estructuración del poder de la jerarquía.

La humildad cristiana y ministerial es al parecer también ajena a la jerarquía. Otros vocablos, además de contribuir a sacralizar su figura, contribuyen para ensalzar su vanidad, pompa y boato: Monseñor (de “mon signeur”, mi señor, mi amo), Reverendo y más aún Reverendísimo, Ilustrísimo, Excelentísimo y Eminentísimo son títulos que ellos se han inventado para sí mismos, a fin de vivir elevados y inconfundidos respecto de la masa de los cristianos, para seguir imperando en su ostentación de oráculos de Dios.

La pobreza ni el desapego a los placeres mundanos son sus características. El sacrificio y la entrega a los demás, implícitos en el celibato son al parecer inentendibles e inatendibles para la jerarquía; basta ver cómo viven los “altos dignatarios”. Con razón, para designar un manjar o una buena comida se acuñó desde el Renacimiento la expresión de “boccatto di cardinale”, bocado de cardenal. Como personajes sacralizados, reciben bienes y dinero en nombre de Dios y de los santos; baste ver las cajitas en los templos: “para el Señor de los milagros”, “para la Virgen sutana”, “para san perengano”. Así se allegan de recursos que luego se traducen hasta en fuente de financiamiento del turismo eclesiástico: viajes a Roma y a Tierra Santa. La sacralización contribuye a la buena vida de los dignatarios y es un factor de dominación; es en suma una fuente de poder y privilegios.

Criticar a la jerarquía o más aún oponerse a ella, dada la sacralización de sus figurines, es rebelarse contra Dios, por ser ellos los poseedores de la verdad.

El arrodillarse ante ellos o besarles la mano son modos impuestos por egolatría pura y en señal de sumisión, pues quien ante ellos dobla su cuerpo, tiene doblado su espíritu. A la jerarquía, mañosa, le conviene la continuación del error de concepto en la referencia común al Papa como “vicario de Cristo”; vicario significa “el que está en vez de”, siendo que lo correcto es “vicario de San Pedro”, tal como se decía en la antigüedad.

Las teocracias –incluyendo a los sistemas políticos en los que influye fuertemente el poder religioso- son los más grandes enemigos de la libertad de pensamiento; la intolerancia y la represión son sus características pues son los regímenes de la obediencia ciega. La sacralización del poder ha resultado un excelente instrumento para imponer y explotar la esclavitud de las mentes.

 

Be Sociable, Share!

1 comentario en “La sacralización del poder”

Los comentarios estan cerrados