¡Qué llueva, qué llueva…!

Escrito por on Ene 2nd, 2013 y archivado en Aguascalientes, Destacado, Itinerancia. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Tarde lluviosa

“La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado” Jorge Luis Borges.

(Pues no se acabó el mundo.- Pero sí, cada día se acaba y se renueva, las células que integran nuestro organismo ya no son las mismas que lo integraban al nacer, no somos los mismos pero si lo somos, el yo es una ilusión que integra experiencias, recuerdos, alegrías, amarguras, proyectos fallidos, esperanzas, propósitos y despropósitos. El inicio de la cuenta anual es un buen momento para realizar un examen de conciencia, de replantearse metas y revivir la vida. ¡Qué sea para bien!)

El chipi chipi de la lluvia pertinaz suena en la banqueta y resuena en el patio, destacándose entre el murmullo de la que cae en las plantas de las macetas, en la buganvilia del arriate y en el viejo parrón que ocupa medio patio y que inexplicablemente conserva algunas hojas, que no se sabe bien si son de las viejas que no tardarán en desprenderse o renuevos avivados por los días cálidos que el invierno ha intercalado con estos fríos y lluviosos. El chipo chipi alterna con el clunc clunc acompasado de las goteras que humedecen el cielo de la alcoba y que en lugares estratégicos gotean lágrimas suicidas que caen en las bacinicas improvisadas como palanganas, todo por no salir al corral para traer lebrillos o cubetas.

Imposibilitados de salir a jugar los varones sucumben a la necesidad y en rueda con las niñas se disponen a jugar: “El florón anda en las manos y en las manos el florón, y el que no lo adivinare será un burro cabezón”, mientras de mano en mano se desliza el pedernal, o la canica, o el caico, (cualquier objeto que quepa en el puño y no se desbarate sirve para florón), terminado el coreo de la estrofilla se suspende el movimiento de las manos y el jugador previamente designado intenta adivinar en las manos de quien quedó el florón. Apenas abre la boca cuando el estampido de un trueno los estremece y en vez del canto viene a la boca el “Jesús mil veces” mientras la voz ronca de la abuelita se impone sobre el estruendo alejándose y los gritos de la chiquillada: “Santa Bárbara doncella, líbranos de una centella”. El menor pretexto es ocasión para desplegar un nutrido ramo de jaculatorias que, sin embargo anuncian las historias.

La tropilla todavía estremecida por el “trueno” se transforma en auditorio silente y atento. En el Llano en el tiempo de aguas “Agapo” que era mayordomo del hacendado tenía que visitar una estancia en donde el establo se anegaba y era menester mover las vacas y echar tepetate para que no menguara mucho la producción de leche. Ensilló el macho prieto que aunque medio pajarero era de buen trote y paso seguro en las veredas que estarían casi perdidas por los aguaceros recientes. Se previno con su manga que el prefería llamar capote y emprendió camino. El cielo estaba encapotado y a poco andar se entabló soltándose una tormenta que dificultaba seguir en el camino. Había algunos mezquites y pirules que lo bordeaban y por ellos se iba guiando el mayordomo. Hombre de campo, sabía que en una tormenta es más peligroso guarecerse bajo un árbol porque atraen los rayos, así es que siguió andando cuando un resplandor lo cegó y el trueno casi inmediato lo ensordeció. Cuando lo encontraron ya había escampado y casi lo daban por muerto achicharrado como estaba el macho prieto y quemado el capote y la camisa de manta. La medalla de Santa Bárbara que llevaba siempre al cuello estaba retorcida y humeada. Agapo tardó en recuperarse pero lo hizo y fue una prueba viviente de la milagrienta Santa Bárbara si de rayos y centellas se trata.

(Las Cabañuelas.- Decían los de endenantes que el mes de enero prefiguraba como sería el tiempo en el resto del año, el primer día correspondía a enero, el 2 a febrero y así hasta el 12 que era diciembre, en el 13 se repetía diciembre y la cuenta era para atrás. Del 25 al 30 era por medios días y el 31 por horas. Este año parece que se adelantaron las cabañuelas que llegaron con la luna llena y entonces el conteo será al revés. ¿Lo entendió? Yo no.)

Amainaba la lluvia y ya se oían voces de niños en la calle y los coros que alegres formaban: “¿Qué llueva, qué llueva, la virgen de la cueva!, las nubes se levantan los pajarillos cantan, ¡Qué si! ¡Qué no! ¡Qué caiga un chaparrón!”. Todavía en el arroyo de la calle había suficiente agua para echar a navegar barquitos de papel que rápidamente se fabricaban en el astillero de la sala con las estampas repetidas de los álbumes de luchadores, toreros o boxeadores. No faltaba el diligente que aprovechaba la lluvia para hacerse de unos centavos poniendo un tablón para cruzar la calle sin meter los zapatos en el agua. Algunas gotas perezosas caían indolentemente y formaban soldaditos y borrachitas, ellos al estrellarse en el concreto, ellas, las burbujitas que se formaban cuando la gota caía en la corriente. Y ¿quién sabe por qué? Al poco rato el pregón que anunciaba las gorditas de cuajada, indisolublemente unidas al tiempo de aguas.

Y… me doy cuenta que los recuerdos, amable y paciente lector, avivados por la lluvia hicieron de estas apresuradas letras una evocación nostálgica que, la generosidad y hospitalidad de estas páginas me permite.

(Hasta pronto.- La necesidad de dedicarle tiempo a una nueva encomienda y la recomendación de un facultativo me hacen decir hasta pronto, abriendo un paréntesis en mis colaboraciones semanales. Hasta pronto.)

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2 comentarios en “¡Qué llueva, qué llueva…!”

  1. Rubén Díaz dice:

    Maestro, vamos a extrañar sus letras, saludos.

  2. jimmy dice:

    Que sea para bien Jesus Eduardo,

    JE

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