El día de la ira

Escrito por on Dic 10th, 2012 y archivado en Destacado, Recuperando Aguascalientes. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Examenes escolares

Para las once fantásticas

y sus tres acompañantes

En la UAA ha terminado el semestre, y poco a poco los campus van quedándose solos. Durante los últimos días de clase, la proximidad del fin generó una atmósfera festiva. Además, en algunas carreras los estudiantes ocuparon los espacios públicos de los campus para mostrar el trabajo realizado durante el periodo, y lo hicieron con esa energía que caracteriza a los jóvenes; con música, alegría, risas, baile, creatividad, como aquella muestra de Mercadotecnia que tuvo lugar a fines de noviembre… También ocurrió que algunos maestros sumamente aventajados terminaron sus programas unos días antes del final. Entonces los universitarios pasaron cierto tiempo hábil fuera de las aulas, empeñados en la contemplación del tiempo ganado, o perdido, según el caso, o retozando en los prados, tejiendo ilusiones con miradas y manos y brazos, o echándose maromas en los prados –lo juro; lo vi con estos ojos que se llenan de luz cada mañana.

Pero ya llega el silencio; ya se apagan las risas. Después de la euforia de las últimas semanas; del gusto por haber llegado al final, viene ahora el periodo de la reflexión, y en algunos casos, de estudio compulsivo, estimulado por la peregrina idea de asimilar en unos cuantos días lo que no se consiguió durante el lapso. Ahora comienza el tiempo de las evaluaciones, exámenes y trabajos. Es, si me permite las comparaciones, como el carnaval y la cuaresma; o como estar frente al pelotón de fusilamiento y esperar la clemencia del último segundo…

Para más de alguno las dos semanas de exámenes son como aquel fragmento que incluye toda composición musical de misa de muerto que se respete: el dies irae -el de Verdi es estremecedor-. Según el Diccionario Enciclopédico de la Música del F.C.E., se trata de una secuencia del siglo XIII que el Concilio Vaticano II suprimió, quizá por no asustarnos más de lo que estamos, digo yo, y que dice, entre otras lindezas: “Día de ira aquel en que el mundo será reducido a cenizas, como profetizó David con la Sibila. Cuánto terror habrá en el futuro, cuando venga el Juez a exigirnos rigurosas cuentas”…

La noche anterior a un examen difícil, según constancia que obra en mi poder, el sustentante va de la vigilia al sueño y viceversa, en un vértigo de amargo sabor. Es una dinámica caótica y angustiosa, y en el remedo de sueño, que en este caso roza los bordes de la pesadilla, ve las hojas de papel en las que constan los reactivos –ahora les dicen así, que porque uno reacciona ante las preguntas que se le hacen-, pero a final de cuentas todo es borroso; confuso, y no se alcanza a vislumbrar de manera clara alguna pregunta específica. Cuando amanece tiene el sentimiento vago; brumoso, de que el examen es, simplemente, inabordable; complicadísimo. Ha llegado el día de la ira, y entonces se presenta en el salón, devenido en sala de tormento, sintiéndose casi desahuciado, con la conciencia de que no hay estudio que alcance para aprender todo lo que el prof –así les dicen algunos, nomás de puro cariño abreviado- considera que debe saber para aprobar el curso, de tal manera que cuando el juez supremo de la materia llega al salón, alza el brazo derecho como si fuera a jurar un cargo de elección popular, y exclama: ¡Ave, César! ¡Los que van a morir te saludan!…

¡Qué fin del mundo maya ni qué ocho cuartos! ¡El examen de Metodología cuanti! ¡El trabajo de Humanismos Complicados! Y es que ahora es el profesor quien guarda silencio para que el alumno hable y demuestre lo que aprendió. Los estudiantes trabajan solos o en equipo; repasan; repiten con la mirada perdida en el infinito, como si rezaran, y a lo mejor hasta lo hacen; redactan documentos; intercambian información, rápido; todo rápido, porque ya se acerca el día de la ira. Mientras agotan los plazos que les imponen, sueñan con el día después de la ira; esa jornada en que se abrirá la gloria de las vacaciones. La saborean como el ciego la luz; como Noé la ansiada tierra firme.

Como el peregrino del desierto espera el oasis, así esperan los estudiantes que acabe todo, y se animan en la misma proporción en que van resolviendo pendientes, cerrando ciclos, sintiéndose eufóricos por el conocimiento que han adquirido. ¡Animo, compañeros de salón y de  maestría, ya falta menos! ¡Vacaciones o muerte!: ¡Venceremos!

Pero quizá esto del dies irae, el Ave César, y el parafraseo del lema de la revolución cubana sean sólo bromas de quienes saben que aprovecharon el tiempo y obtendrán buenos resultados; los otros callan, abrumados por la conciencia de haber perdido el tiempo miserablemente. La mayoría irá al cielo de las vacaciones libres de preocupaciones, aunque no faltarán quienes deban pasar por el purgatorio de los exámenes extraordinarios, y a lo peor habrá alguno que se verá en la penosísima necesidad de atravesar el infierno de la baja definitiva.

Ha terminado el semestre en la universidad. Pasados los exámenes, por unos días las instalaciones quedarán a merced de la flora y fauna universitaria –no los estudiantes y sus maestros, sino las ardillas y las aves; los árboles, arbustos y jardines-. No más salones vacíos con las luces encendidas al final de la jornada; no más carreras por los andadores, no más muchachos metidos en los libros. Desplazados los gritos de los jóvenes; sus risas y conversaciones, el aire se aderezará con el canto de los pájaros y, de vez en cuando, del viento que estremecerá las ramas de los árboles; sus hojas descoloridas y débiles.

Triste y sola se queda la escuela, triste y llorosa… Ahora, y por unos días, ocurrirá en los campus lo que señala la oración que el escritor checo Milan Kundera eligió para titular una de sus novelas: la vida está en otra parte

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