Triste y sola, sola se queda la escuela…

Escrito por on Dic 3rd, 2012 y archivado en Destacado, Recuperando Aguascalientes. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

UAA

Como los amantes que se disponen para el abrazo íntimo y luminoso, en el campus principal de la UAA los árboles comienzan a despojarse de su vestimenta, y los jardineros no se dan abasto para recoger tantas hojas como tapizan los prados.

Hace unos cuantos soles, transitaba yo por el pasillo que limita al norte la Plaza de las Generaciones, y vi a un trabajador que se afanaba con una escoba metálica, ideal para hacerle cosquillas a un elefante, o rascarle la espalda a un rinoceronte. El hombre ejercitaba el músculo juntando las hojas que estos monarcas del reino vegetal habían dejado caer por todas partes. Los apéndices ya no eran verdes, sino amarillos, quizá por la vergüenza que les causaba a sus dueños la imposibilidad de mantenerlos en su lugar, y causar tantas molestias con semejante tiradero. O tal vez ocurre que se abochornan al descubrirse desnudos; las ramas al aire intentando atrapar alguna estrella, o ya de perdida a uno de los cientos de zanates que en las tardes sobrevuelan la universidad de regreso del campo a la urbe, ¿o son tordos? Vaya usted a saber. El hecho es que pasé al día siguiente por el mismo lugar, y el sitio estaba igual, o peor.

Aunque decir peor es sólo eso; una manera de decir, porque en rigor, y al menos para mi gusto, el paisaje había mejorado con tanta hoja tirada, y es que esos colores ocres, que van del amarillo claro al café oscuro, además de ser gratos a la vista, contrastan de manera casi artística con los verdes del pasto y de otros árboles, que a su vez recorren tonalidades que van del verde pálido al “verde selección nacional”.

Además, estas tonalidades amarillentas me provocan un sentimiento de nostalgia -¿nostalgia de qué?-, como si se tratara de los colores típicos del añejamiento; de aquello que en un triunfo llega hasta nosotros proveniente de un tiempo ya desaparecido y añorado. Finalmente debo decir que resulta un ejercicio tranquilizador pisar las hojas, escuchar su suave crujido; tranquilizador y entretenido. Total, si se fragmentan ya habrá quien las recoja. Veo semejante espectáculo y mi cuerpo –no mi mente, sino mi cuerpo- comprende la motivación que impulsó a los franceses Jacques Prévert y Joseph Kosma para componer su Les feuilles mortes, Las hojas muertas… Por supuesto que si fuera yo compositor compondría Las hojas muertas del campus universitario. Pero no hay tal…

Y sin embargo no era eso lo que quería contarle sino el hecho de que la caída de las hojas de los árboles es el signo evidente de que el otoño toca a su fin, y con él llega también la culminación del semestre académico, que precede a las ya próximas, urgentes, necesarias, soñadas, celestiales, y a lo mejor hasta merecidas, vacaciones…

¿Pero qué nostalgia es esta? Supongo que se trata de aquella que nos invade ante la inminencia del final de algo. Para la mayoría de los estudiantes será sólo la pausa invernal, un signo del avance en su recorrido universitario, pero no más. En cambio para otros significa el fin de su trayectoria académica; el egreso, la angustia por alcanzar la esperada integración a un trabajo, esa emoción que nos embarga cuando enfrentamos lo desconocido.

En conjunto estas situaciones propician la agudización de la sensibilidad, que se manifiesta en una serie de emociones, y que provoca que el respetable se vea inmerso en una especie de eufórica melancolía, que permite ver las mismas cosas con ojos diferentes; más amables. De pronto resulta que el compañero aquel que pareció tan sangrón a lo largo del semestre, no lo es tanto. ¿Y qué me dice de aquella estudiante que al principio era insufrible, con esa afectación de gran señora? ¿A poco no tiene ojos bonitos? ¿Y qué tal su talle?… Un pastelito, diría alguien que conozco.

Supongo que no falta el estudiante terminal que ve a su alrededor, el salón, los profes, las mañanas y las tardes, los árboles, las placitas entre edificios atiborradas de muchachos que intercambian trascendentales puntos de vista sobre lo que están aprendiendo, o hacen aquello que se les da tan bien a algunos, que es perder el tiempo –desde luego los menos, faltaba más-; probablemente ve todo esto y termina por adquirir la conciencia del final; de que esto que está viviendo está a punto de concluir. Ya comienzan a cerrarse unas puertas, a la espera de que se abran otras, por obra y gracia de los conocimientos adquiridos. Tal vez más delante regrese a la universidad, a un diplomado, o incluso a un posgrado, o tan solo por darse el gusto de dar una vuelta y ver la posibilidad de convocar a los viejos fantasmas; cada vez más viejos, pero algo en la piel le dice que ya no será lo mismo; que este tiempo universitario de feliz responsabilidad ha pasado de manera definitiva…

Termina el semestre y poco a poco la universidad va quedándose sola. “Triste y sola, sola se queda la escuela; triste y llorosa”, como reza aquella vieja canción española de estudiantina.

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2 comentarios en “Triste y sola, sola se queda la escuela…”

  1. GUSTAVO dice:

    Estimado Licenciado, en verdad da nostalgia, felicidades y gracias por llevarme en un viaje a los bellos recuerdos de la epoca de estudiante, saludos.

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