Separación de buenos y malos

Escrito por on Nov 18th, 2012 y archivado en Destacado, Ensayo y Opinión, Galería Fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Separación de buenos y malos

AMLO y el PRD

Independientemente de la posición que se sostenga en la competencia política, la tensión entre los extremos es condición de existencia de todo partido, viejo o nuevo, democrático o totalitario. La tensión, bien entendida y mejor resuelta, garantiza los equilibrios internos y da la posibilidad de que la formación política marche unificada.

Los partidos viven en permanente confrontación interna. La cambiante realidad los obliga a buscar cada día respuestas para los retos del presente. No es sólo un problema teórico. Es, más que nada, una necesidad. Las grandes confrontaciones domésticas no comienzan como un asunto ideológico, aunque así se presenten, sino que surgen precisamente de la praxis política y ahí es donde pueden adquirir perfiles teóricos, pues cada facción tratará siempre de mostrarse más ortodoxa que sus contendientes.

En los partidos totalitarios todas las tendencias pretenden apoyarse en la ortodoxia. Después de la muerte de Lenin, en el Partido Comunista de la Unión Soviética cada grupo hacía su oferta política presentándola como la más apegada al leninismo. A la derrota de la oposición de izquierda, en toda disputa, por pequeña que fuera, las partes se presentaban como sostenedoras de la mejor interpretación del “marxismo-leninismo-estalinismo”, como se le llamó entonces al revoltijo seudoteórico amasado por Stalin. En el Partido Comunista Chino, durante un largo periodo la polémica se dio en torno al “marxismo-leninismo-pensamiento Mao Ze Dong”, pero las llamadas “purgas” fueron siempre consecuencia de esa tensión entre las alas del partido, de su lugar por decidir el camino.

En México, durante décadas, los grupos y grupúsculos de izquierda vivieron en esa tensión que generalmente desembocó en expulsiones, marginación y campañas infamantes. En el extinto Partido Comunista Mexicano, el éxito de la dirección que encabezó Arnoldo Martínez Verdugo se derivó de su capacidad para conducir más o menos unido al conjunto del partido, aunque no faltaron agrias disputas que culminaron en rompimientos individuales, escisiones y diversas penas.

Las divisiones sufridas por el PAN, invariablemente envueltas en argumentos doctrinarios, son igualmente resultado de las tensiones entre sus alas, entre los que proponen una vía para la acción partidaria y los que tienen una oferta diferente o contraria. Ahí también se han producido ruidosas expulsiones, alejamientos y rupturas de grupo. Por supuesto, el PRI no escapa a esa permanente tensión y a las inevitables rupturas, pero durante muchos años su carácter de partido único le permitió imponer una notable disciplina, pues fuera de él no había vida política posible, no si se buscaban cargos públicos, que a fin de cuentas es el móvil de quienes aspiran en serio al poder.

La conclusión obligada es que todo partido afronta divergencias y que la política existe precisamente para canalizarlas y si es posible integrarlas y resolverlas. Cuando eso no ocurre, las formaciones políticas afrontan sangrías. No debe olvidarse que el Partido de la Revolución Democrática, si bien se constituyó con la participación de diversos grupos marxistas, en lo fundamental nació de un conflicto no resuelto dentro del PRI y que a lo largo de casi un cuarto de siglo se ha mantenido el trasiego de cuadros.

Desde luego, no es fácil mantener la cohesión en medio del fuego cruzado, no es fácil que un partido se mantenga unido cuando son tan poderosas las fuerzas centrífugas. El PRD ha vivido en una permanente guerra civil y una constante amenaza de división. Muchos cuadros de la primera hora se han alejado y buena parte de la culpa corresponde a los dirigentes. No es casual que la vieja guardia del PCM y altos dirigentes de otros grupos fueran, salvo pocas excepciones, arrumbados, hostilizados y obligados a abandonar el partido aurinegro.

Las expulsiones, marginaciones y deserciones son generalmente injustas. En el debate interno todos tienen razones y una parte de la Razón. La salida voluntaria u obligada es resultado de la incapacidad dirigente para guiar el debate y mantenerlo dentro de cauces civilizados, es consecuencia de los miedos y la ineptitud egoísta de los líderes que impiden repartir adecuadamente el pastel de los cargos y dar juego a todos; y es, principalmente, el resultado de una lamentable falta de visión para alcanzar o mantener el poder, el que puede, el del Estado.

El PRD acaba de ofrecer una nueva muestra de su incapacidad para mantenerse cohesionado. La salida de Andrés Manuel López Obrador es consecuencia de la congénita tendencia de ese partido a la bipartición, de su proverbial disposición al conflicto. En este caso había motivos para el divorcio, pero lo cierto es que siempre los hay y de los dirigentes depende que las disputas se resuelvan civilizadamente.

En el partido del sol, como en todos, hay problemas de origen y otros que se fueron presentando como resultado de la vida política. Los roces cotidianos, las antipatías naturales, los rencores y las envidias forman parte de la existencia de toda organización. Pero quienes dirigen un ente colectivo están obligados a mantener la marcha conjunta, a evitar los comportamientos caciquiles y combatir las tendencias exclusivistas y exclusionistas.

Nada de eso se observa en el partido amarillo. Lo que hay, lo que se ha visto, son desplazamientos autoritarios, una competencia feroz por imponer en los cargos no a los más capaces, sino a los más dóciles a uno u otro caudillo, a una u otra tribu. Las cada vez más agrias discrepancias entre la corte de López Obrador y Los Chuchos no empezaron en la campaña.

Es cierto que la fracción conocida como Los Chuchos, evidentemente minoritaria, controla los dineros del partido, los empleos en la burocracia interna y buena parte de los cargos públicos. Pero López Obrador no ha sido ajeno a esa acumulación de poder, pues en su afán de encumbrarse y desplazar a sus competidores, otorgó a Los Chuchos y tendencias afines las posiciones desde las cuales acabaron por controlar cabalmente el aparato del partido y la distribución de puestos internos y externos.

Hacer concesiones a los unos adversarios para vencer o desplazar a otros no es monopolio del PRD. Es un fenómeno universal, pero la condición para que esa política resulte exitosa consiste en no perder de vista los equilibrios: las concesiones excesivas a unos generalmente son en detrimento de otros, el ascenso de los beneficiarios suele ocurrir en perjuicio de quienes podrían hacer un conveniente contrapeso.

López Obrador, un líder ciertamente carismático, apostó a que llegaría a la Presidencia de la República, pero por las causas que quiera cada quien, eso no ocurrió en 2006 ni ahora, en 2012. Hace seis años, la cerrada diferencia entre Felipe Calderón y AMLO daba pie para suponer que el triunfo del primero podía deberse a la comisión de un fraude y una amplia porción del electorado, que alguna encuesta cifró en 52 por ciento de los eventuales votantes, así lo consideró. Esta vez, aunque hubo un cúmulo de escandalosas irregularidades ante las cuales cerró los ojos el Tribunal Electoral, lo que se observa es cierto hartazgo de un amplio sector social que ya no simpatizaría con una protesta como la de hace seis años. Lo han entendido bien tanto los que se quedan en el PRD como los que han decidido irse: las protestas tienen su oportunidad y no pueden forzarse so riesgo de acabar perdiendo más.

López Obrador, el principal activo del PRD en los últimos 12 años, deja el partido, pero no se lleva a la mayoría. Es más, ni siquiera lo acompañan todos sus simpatizantes, pues muchos de ellos han decidido quedarse, sobre todo los que al irse sí tendrían mucho qué perder. Es el caso de los gobernadores electos o en funciones, el de los senadores y diputados, que de irse quedarían marginados del reparto de los dineros en cada cámara; es, también, la situación de quienes tienen un empleo remunerado en la estructura partidaria o en los gobiernos del PRD, que de abandonar su partido podrían ser despedidos sin miramientos.

López Obrador olvida el planteamiento weberiano de que los partidos existen para dar empleo a sus integrantes. Mientras en la izquierda el debate fue doctrinario, importaba poco que se fueran unos u otros. En el mejor de los casos, lo que se disputaba era el membrete y el muy relativo prestigio que otorgaba. Hoy, lo que se disputa es mucho más tangible: un cúmulo de puestos públicos y cargos partidarios que implican en primerísimo lugar dinero, lujillos y lujotes como disponer de automóvil, chofer, ayudantes, secretarias, oficinas, mensajeros, celular, buenos trajes, gastos de representación y todos los elementos que simbolizan el poder, el de abajo, el de en medio o el de arriba. El poder tiene que mostrar que puede. Así de simple.

Por eso, muchos que hasta hace unos días eran convencidos lopezobradoristas, hoy, instados por la dura y cruda realidad, optan por quedarse calladitos, quietos, sentaditos en sus curules, en sus escaños, en sus cargos de gobernadores, decididos a defender con uñas y dientes lo que tienen. Son, y eso parece haberlo olvidado el tabasqueño, políticos profesionales, hombres y mujeres que han luchado con todas sus energías físicas e intelectuales por un cargo.

Se van los que NO tienen nada que perder. Lo entiende muy bien Miguel Barbosa, líder de la bancada senatorial del PRD y destacado miembro de Los Chuchos, quien declaró ser respetuoso de la decisión de López Obrador, pero aclaró: “Nosotros haremos lo propio para anclar a las mujeres y hombres de México en el partido. Será labor de la dirección nacional, (de) personajes, de sus bancadas, de todo activo, transformar al sol azteca en un partido abierto donde los ciudadanos puedan acceder a los cargos de dirección, a sus candidaturas”. Para que todos entendieran de qué se trata, Barbosa estuvo acompañado de Dolores Padierna y Armando Ríos Piter, destacadas figuras de las corrientes encabezadas respectivamente por René Bejarano y Marcelo Ebrard.

López Obrador confía en el amplio movimiento que levantó a lo largo y ancho del país entre 2006 y 2012. Para su desagracia, olvida que movimiento y partido no son lo mismo, y para ir a unas elecciones se necesita partido, no sólo por el membrete, sino por los recursos materiales, la calificación de los cuadros, la organización, el programa y otros elementos que dan rumbo y cohesión, además, por supuesto, del consabido registro electoral.

Un movimiento, diría Perogrullo, se mueve mientras no está quieto. Si se detiene deja de ser movimiento, y es lo que sucede con una fuerza creada para fines electorales. Por supuesto, AMLO puede asignarle otros fines a esa fuerza, como la defensa de la soberanía nacional, la lucha contra la corrupción, el mejoramiento de las condiciones de vida de la población y todo lo que se quiera, pero si dice y repite que su propósito es competir en el ámbito electoral y dentro de la legalidad, entonces resulta indispensable contar con recursos legales de todo tipo para tener presencia permanente y cargos públicos. Lo demás son buenos deseos.

Por supuesto, la decisión de López Obrador y su grupo expresa diferencias políticas evidentes y entraña una gran responsabilidad para quienes lo combatieron activamente dentro del partido o le negaron los recursos que se requieren en toda campaña. Algunos de ellos –Graco Ramírez o Jesús Ortega, por citar sólo dos casos– han celebrado en público la defección del hombre de Macuspana. Pronto lo van a llorar.

El destino del PRD no puede ser promisorio si quienes se quedan sólo están interesados en los cargos de dirección, los puestos públicos y las chambas que de ahí se derivan. En 2015, la votación del partido sufrirá una caída vertical y el número de empleos se irá irremediablemente para abajo. AMLO, con partido propio o membrete prestado, va ir a las elecciones y le quitará votos, millones de votos al PRD, pero a su vez este partido le quitará votos a López Obrador. Es más: la suma de ambas fuerzas también perderá los votos de quienes se desalientan ante la rijosidad de una izquierda incapaz de mantenerse unida.

Ante una perspectiva tan poco luminosa, López Obrador olvida también que si forma un nuevo partido nada le garantizará que no se surjan en él tendencias de izquierda, de derecha y de centro, de arriba y de abajo. El tabasqueño olvida que los partidos los forman seres de carne y hueso, personas con altos ideales y las más bajas debilidades. De ahí que nada le garantice que dentro de un partido, por muy suyo que sea, no vuelva a presenciar la división, la disputa feroz por los cargos y las inevitables corruptelas que surgen donde hay dinero. No hay una línea que separe a los buenos de los malos. Vivimos revueltos. La mezcla está en cada uno de nosotros.

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