Una medalla de Oro

Escrito por on Ago 20th, 2012 y archivado en Destacado, Galería Fotográfica, Sobremesa. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Una medalla de Oro

Al final del día, me temo que la participación de la delegación mexicana en Londres 2012 se resumirá a esto, una medalla de oro, para mala o buena fortuna, según se mire, del resto de deportistas y de disciplinas en donde se compitió en los pasados juegos olímpicos, Londres quedó ya irremediablemente fijado como el momento en que México ganó la medalla de oro en futbol y fin de la historia. Como pocas veces me ha tocado ver en un evento de este tipo, tenemos una situación ejemplar de antiguo dilema aquel del vaso medio lleno y el vaso medio vacío, o al menos así parecería. Déjenme primero sacar a pasear mi reconocida negatividad y soltar primero el veneno que a diario emponzoña a este corazón y luego, cosa rara en mi, hablaré de lo que me parece positivo en este resumen de las andanzas mexicanas en la tierra del té a las five o’clock.

Primero, México ganó una medalla de oro, repito y enfatizo, una sola mugre y triste medalla de oro, y una casi casi de chiripa. En serio, fuera de los comentaristas televisivos que “jamás dudaron” y son más fieles al tri que México al Papa, la verdad es que era muy difícil dar un centavo por los muchachos de la sub 23 y menos por su entrenador, el permanentemente compungido Luis Fernando Tena. La única y miserable medalla de oro que se pudo conseguir en todos los juegos olímpicos, no se sacó en ningún deporte que dependiera de la CONADE o del COM, los opulentos e ineficientes feudos del deporte en México. Ni el núbil e ignorante (en cuestiones de deporte) Bernardo de la Garza, ni el arqueológico y también ignorante (en cuestiones de deporte) Vázquez Raña fueron capaces de lograr que las cantidades importantes de lana que se hunden en las abismales profundidades de sus bolsillos sin fondo generaran un atleta capaz de colgarse la presea dorada por méritos individuales. De todos los deportistas mexicanos que asistieron, los únicos que alcanzaron el lugar número uno y los únicos que pudieron hacer que se escuchara el himno mexicano fueron los que no pertenecen al sistema de “alto rendimiento” de las federaciones mexicanas, fueron los que no fueron capacitados por los entrenadores del sistema deportivo mexicano. Viéndolo así, las cosas no están para festejar, el deporte olímpico en México no pudo conseguir una sola medalla de oro, la que hay se la deben -para Ripley – a la Federación Mexicana de Futbol. Diría el siempre citable Peje, “Ej el mundo al revej”.

Claro, dirá alguno por ahí, que se lograron medallas de plata, que no pudieron llegar más alto por culpa de la horrorosa eficiencia comunista de las Chinas en clavados y alguna otra explicación confusa para el caso del tiro con arco y el tae kwan do, pero no creo que se valga, peor tantito si tomamos en cuenta que en futbol se le ganó la final a Brasil, que con todo y el atenuante de que los cariocas (y paulistas) no hallan ganado nunca la de oro en fut, no los hace un rival más sencillo. No, no fueron unos buenos juegos olímpicos para México, y la cosa se pone más grave cuando vemos el medallero y encontramos el lugar en donde nos colocamos frente a países que no pueden presumir de la infraestructura deportiva ni la gigantesca burocracia deportiva que tenemos acá. Los ejemplos abundan, pero pongamos solamente a Jamaica, una minúscula isla que no tiene ni una décima parte de la población de México, ni de relajo tiene la economía que tenemos y sin embargo acabó con cuatro medallas de oro, muy, pero muy arriba del gigante de la CONCACAF. Por supuesto, las cuatro se las deben a Bolt, que es un prodigio, un loco desquiciado, un fuera de serie histórico, pero creo que ese no el punto. El punto es que el sistema deportivo de Jamaica, chiquito como debe ser, pudo encontrar a Bolt, se pudo dar cuenta de lo que el tipo era capaz y supo hacer lo necesario para que pudiera desarrollarse a sus anchas y aún más atrás, se pudo dar cuenta de que lo verdaderamente les podía generar un nivel competitivo en los juegos olímpicos era el atletismo y a eso se han dedicado. Bolt es la cúspide de su búsqueda, pero llevan más de cuatro citas olímpicas intentando estar ahí. México no tiene a un Bolt, pero Jamaica no tiene un Vázquez Raña (o si lo tiene, no se nota), ahí puede estar la diferencia.

Me queda claro que una medalla de oro es una victoria pírrica para el movimiento olímpico mexicano, es un fracaso y una vergüenza, los años pasan, las generaciones se van, y seguimos siendo incapaces como nación, de construir un sistema deportivo que sea capaz de ganar, no solamente de competir. Los países pasan al lado nuestro avanzando y sacando constantemente más medallas que nosotros y todo sigue igual (y así seguirá los próximos seis años, ahora que regresen los mejores socios del señor de la OEM), pasa el tiempo, pasan los atletas y Cuba sigue superándonos por mucho, pero bueno, al menos nosotros si tenemos democracia, ¿o no?

Por el otro lado, se ganó una medalla de oro, y repito una vez, dios mío de mi vida, !se ganó una medalla de oro! !y qué medalla de oro! La medalla que, honestamente, yo imaginaba como la más lejana de todas por las que se iba a competir. México ganó el torneo de futbol, no nada más eso, le ganó la final a Brasil, sin perder un solo partido. No solo es el mayor logro en estos juegos olímpicos, es además el mayor logro en la historia del futbol mexicano, un deporte que jamás había correspondido al amor que se le profesa en este país con un triunfo de este tamaño. Y si, estoy consciente de que se ganó una copa Confederaciones, pero esto sobrepasa en mucho ese triunfo. Es que realmente es algo que solamente en las fantasías de niño hubiera imaginado “y luego, México llega a la final contra Brasil, !y le gana!, – no, todavía mejor, imagínate que le gana en un lugar emblemático, !como Wembley! ¿qué tal?” un auténtico sueño guajiro, una fantasía realizada, casi demasiado bueno para ser verdad. Pero se hizo, los chavos ganaron a fuerza de coraje y destellos de grandeza, pero sobre todo con coraje, con los dientes apretados y los músculos a punto de estallar por la tensión, no dejando que nadie en la cancha fuera más que ellos, superando a todos, incluso a su propio entrenador que hizo todo lo que pudo para echar a perder la fiesta y no pudo.

Es cierto que se dieron varios factores que ayudaron en el camino, no podremos dejarle de agradecer a los coreanos que lograron echar a los británicos, quién sabe que hubiera pasado de haberlos encontrado en la final. Pero eso no viene a cuento en realidad, se ganaron los partidos necesarios, se pasaron todas las aduanas, y, desde el partido contra Senegal realmente México no estuvo nunca en riesgo de perder en un partido, ni siquiera con el gol tempranero en contra de Japón. A contrapelo de las historias recientes, ahora no fue México el de los errores y las faltas de concentración que costaron goles, como pasó en la final de la Copa América contra Argentina y como ocurrió en el mundial pasado, en esta ocasión, los errores los provocó México, presionó desde arriba y generó pifias que además supo aprovechar. Después de tanto tropiezo, después de tanto querer importar estilos y de pretender que nuestro fuerte es algo que no tenemos, la selección mexicana encontró un sello, una forma de ser y la encontró en la estampa poco comercializable de Oribe Peralta, intensidad y valor, por el golpe correcto en el momento preciso. Puedo vivir con eso. Puedo prescindir del virtuosismo, de las chilenas y las “cuauhtemiñas”, siempre y cuando los adversarios sepan que van a tener siempre encima a los mexicanos y que en cualquier momento alguien les robará la pelota y la pondrá al fondo de la red.

Y quizás lo más notable de este gran triunfo es que ocurre justo ahí cuando los “neomexicanistas” decían que no se podía. Justo cuando ya se tenían afilados los lápices y prontas las computadoras para volver a estampar sesudos análisis de cómo el carácter atávico y aldeano del mexicano nos impide ganar en deportes de conjunto, justo cuando Castañeda, Aguilar Camín y similares, señalan que el mexicano no sabe trabajar en equipo. En el momento preciso del regreso del individualismo cínico e ilimitado del priísmo neoliberal,  cuando los neomexicanistas nos preparan para demoler lo que nos queda de cohesión social y para abandonarnos en los troglodíticos brazos de la competencia no deportiva, esa en donde todo se vale, siempre y cuando ganes, esto es una maravillosa bocanada de aire fresco, si se pudo, si podemos, contra nosotros mismos, contra nuestra historia incluso, pero si podemos. Organizados podemos, juntos podemos, colectivamente, podemos.

Sé también que esto servirá como parapeto, como distracción y justificación de muchas otras cosas, estoy seguro que ya Televisa y TV Azteca están hablando de los verdaderos mexicanos que siguen trabajando y viendo sus canales, en contra de esos revoltosos de siempre que no pueden ni disfrutar el glorioso triunfo de “su” Tri. No le hace, por esta vez, no le hace. En esta ocasión al menos, este triunfo es demasiado grande para sus diminutos zapatos, ese orgullo de ver a la selección en el lugar de hasta arriba no nos lo pueden quitar ni a punta de comerciales de Banamex. Es nuestro, como nuestro país, que tampoco lograrán quitarnos al final del día. La realidad es que, por algo pequeño en el gran esquema de las cosas, pero enorme dentro de su propia dimensión, es finalmente algo que tenemos que festejar.

Y es que, como creo que ya dije una vez al menos, se ganó una medalla de oro.

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