Los aciertos del PRI y los resultados del 1° de julio

Escrito por on ago 1st, 2012 y archivado en Agenda Pública, Destacado, Galería Fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Los aciertos del PRI y los resultados del 1° de julio

Toca ahora revisar los meritos de quienes se alzaron con la victoria el pasado 1° de julio. El desempeño y las decisiones de Enrique Peña Nieto, su equipo y el PRI fueron fundamentales en el resultado electoral. No solamente falló el PAN y el PRD, sino que también el priísmo hizo su tarea.

Sin embargo, el reconocimiento de la recuperación priísta se pierde ante los embates y cuestionamientos que viene realizando López Obrador justamente a la forma cómo se consiguió la victoria.

La estrategia de AMLO camina por la ruta jurídica y política. Por la primera, pese a la denuncia del derroche de recursos de dudosa procedencia, la manipulación de encuestas y el interés de algunos medios a favor de EPN, se quedará corto en el cometido de invalidar la elección porque los datos no se configuran como pruebas del proceso ante el Tribunal, sino que conforman una explicación de hechos que, si bien resultan indignantes para la democracia mexicana, no son probatorios del fraude que se alega. Sí sirven como el resorte para la vía política de su accionar, con la movilización que ha venido armando con viejos y nuevos actores.

Por otra parte, datos como el voto diferenciado, la imposibilidad de constatar la compra del voto en la dimensión que presumen López Obrador y su equipo con boletas innominadas, las dudas en torno al financiamiento del candidato de las izquierdas, y la fragmentación de los grupos ante el acceso al poder o la resistencia, debilitan la causa del tabasqueño.

La confrontación ha desdibujado a EPN y el PRI en su estrategia, que se han visto contradictorios y lento en sus posiciones. El espacio que llena AMLO y su batería de ataques si surtirán efectos negativos a la imagen y legitimidad de Peña, que está dejando que se gesten problemas que le minan la capacidad de control político.

Dejando a un lado la coyuntura y sin entrar a los detalles de la campaña priísta, hay que ubicar los componentes sustanciales que explican el regreso del PRI al poder.

1. La negativa a la concesión.

La imagen de Zedillo reconociendo el triunfo de Vicente Fox en 2000 y el respaldo de las bancadas priístas a Calderón para que tomara protesta en 2006, supondrían un priísmo democrático e institucional. En los hechos, el PRI como oposición no concedió espacios para que se lograran las mentadas reformas estructurales y la reforma del Estado. Aunque hay una coincidencia programática muy amplia entra PRI y PAN, el primero no permitió oportunidades para que se avanzara en la agenda reformista por el cálculo de que los méritos significaran reconocimiento y avance electoral del segundo.

No resultaba comprensible como la vía del acuerdo que había dado resultados durante el salinismo, no se reproducía como modelo a replicar en los sexenios panistas. La explicación es que podrá haber empate en la visión de políticas públicas, pero diferencias en la forma de entender el rol opositor.

El PRI se instaló en su papel de oposición como un duro crítico de las administraciones panistas, documentando fallas, pero principalmente montando el discurso de la impericia política de los blanquiazules.

Esto se dio también porque al PAN le faltó para contener ese juego la capacidad de negociación con incentivos que fueran efectivos o, en su caso, haber doblegado la negativa del priísmo en el avance de las reformas con la alianza con otros actores.

2. La perennidad de la cultura política priísta.

Lo primero que hay que asentar es que sí hay una cultura política priísta que ha formado por décadas a los mexicanos en el clientelismo, la subordinación, la pertenencia a una entidad orgánica que decide por todos -el corporativismo-, la disciplina, la aceptación del autoritarismo si hay paz y resultados, así como la tolerancia a una corrupción redistributiva de beneficios.

Esto no desaparece con la simple alternancia, sino a través un largo proceso de apertura y participación que debe ser alentado desde la autoridad, lo que evidentemente no sucedió en los últimos doce años con los gobiernos que enarbolaron la bandera democrática, pero que no trabajaron a su favor en los espacios ciudadanos.

Pero no solamente hubo omisión, sino que esa forma de comportamiento político priísta terminó colonizando a todos los partidos políticos, entendible en algunos que tienen su origen en el PRI, pero inexplicable en quienes postulan la formación de los ciudadanos, que terminaron como ridículas copias del tricolor.

Con estos referentes, la comodidad del ciudadano es no preocuparse por sus responsabilidades y el ensanchamiento de sus libertades, sino conceder o delegar el voto a quienes prometen resolver las cosas sin complicaciones. Este es el caldo de cultivo que permite la compra venta de voluntades en campaña y fuera de ella.

3. La simplificación de la oferta política.

Con la correcta lectura de la realidad descrita en el numeral anterior, el PRI construyó la candidatura de Enrique Peña Nieto con una ecuación muy simple: ofrecer un liderazgo mediático atractivo que se pudiera proyectar con un poderoso aparato de publicidad y un soporte de resultados.

De ese modo, desde la gubernatura del Estado de México se vino vendiendo la figura de EPN, y con la gestión de gobierno se conformó la tesis de mayor descarga de responsabilidad al ciudadano-elector: el gobierno cumple y resuelve. En la parte final de campaña, el reduccionismo de la propuesta, pero a la vez el tino en llegarle al elector, se observó en la oferta de que la gente ganara más.

El éxito de la campaña del candidato priísta fue la consistencia con la venta del producto que se había diseñado, a través de un despliegue impresionante que, al menos durante la primera mitad de la contienda, aplastó a sus adversarios.

Esta maquinaria comprendió dos dispositivos esenciales. En primer lugar una eficaz capacidad de responder y rectificar a las contingencias, hasta que se les atravesaron los estudiantes después del mal manejo de los eventos de la Ibero. Después de esto se mostró vulnerabilidad, pero ya de mucho había servido el manejo previo de algunas crisis.

En segundo lugar, lo más relevante fue la fabricación del mensaje de la inevitabilidad del triunfo de Enrique Peña Nieto, soportada con los números de las encuestas y, en el desarrollo de la campaña constitucional, con el manejo de medios, encuestadoras y periodistas.

4. La maquinaria electoral priísta.

Sí hay un partido que sabe operar electoralmente ese es el PRI. Antes de la alternancia con las viejas prácticas fraudulentas y en democracia con nuevas evoluciones. La caída de 2000 llevó al aprendizaje de que las victorias estatales eran la plataforma de recuperación. Así lo hicieron y lograron muy buenas cuentas con la dirigencia de Madrazo, pero llegaron fracturados a 2006 y perdieron la elección presidencial, cayendo al tercer lugar como fuerza política, la peor derrota en la historia del PRI.

No obstante, no se perdió la fórmula de ir por las entidades, además de trabajar por la unidad hacia la contienda presidencial. El balance de Paredes y Moreira fue favorable, aunque con boquetes por las alianzas de panistas y perredistas en 2010 (Oaxaca, Puebla y Sinaloa), mientras que el PAN seguía en picada y el PRD no lograba crecer.

El PRI llegó a la disputa de 2012 con el mejor record, con efectivos mecanismos de intervención en los procesos, y con el aprovechamiento de una nueva figura que se forjó en estos años de alternancia, ante la pérdida del poder presidencial: el encumbramiento de los gobernadores como poderosos políticos que contralan sus estados, disponen de recursos y pueden influir en los resultados electorales.

5. La permanencia del PRI como mito.

La construcción del mito, que tiene algo de cierto y mucho de imaginación, enfrenta el reto de que se puede destruir, la desmitificación. El PRI, que se pensó muerto en 2000 y 2006, no ha dejado de tener una imagen mítica como el partido poderoso, el forjador de la historia de México, el dueño y detentador del poder.

Ese imaginario que logró permanecer es el motivo de que la cultura política no se haya transformado y constituye la gran envoltura de todo el accionar priísta para regresar a Los Pinos.

Los doce años de pesadilla panista a los que se refirió Coldwell al arranque de la campaña son, en la perspectiva del mito priísta, un accidente que es hora de rectificar. De hecho, el ejercicio de la militancia se inspira en las viejas imágenes de operación partidista, en los años de gloria y poderío. El dinosaurio nunca se fue y logró mantenerse ahí, a disposición de los electores que buscan resultados y tranquilidad.

En resumen, el PRI hizo su labor para regresar a la presidencia. Los aciertos descritos pesan mucho, para que no se distraigan con las apologías discursivas que van a querer hablar de las cualidades y dotes del partido y su líder. Ha llegado la hora de que la renovación de la que se viene hablando se acredite con hechos.

 

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