Memoria y olvido son armas de doble filo; quizá las dos caras de la misma novela… Perdón, más bien es moneda. Como quiera que sea, novela o moneda, hay cosas que necesitamos recordar, particularmente en momentos de desgracia y oscuridad, a fin de recuperar el paso, pero también cosas que por los mismos motivos es mejor olvidar.
Recordar, por ejemplo, lo que nuestros ancestros han hecho para construirnos; todo lo que hemos recibido de otras personas, parientes o no –si es que, como a mí, a usted le ha ido bien-. Pero de igual manera, por elemental salud mental, es preciso darles la espalda a personas y/o circunstancias, que de un modo u otro se han convertido en un lastre para nuestro bienestar, una pesada losa. Nos hacen daño, pues; cada quien sabe lo que anda cargando en la espalda, entre muertos y vivos.
Por ejemplo, yo podría referirme ahora a… Pero, ¿para qué acordarse de cosas tristes, de personas despreciables? Aunque con esta dimensión del olvido sucede lo que sabiamente escribió Carolina Castro Padilla en alguna de sus historias; sobre unos fulanos que andaban “cuidando no perder lo que quieren olvidar” –deténgase un momento en la frase y saboréela-…
Es decir que andan por la vida rasgándose las vestiduras, denunciando ante quien quiera escucharlos, la injusticia de que han sido víctimas. Gritan a los cuatro vientos por aquello que les duele tanto como para que el olvido sea condición de vida, en tanto hurgan en la herida con el puñal de los recuerdos, hasta hacerla sangrar una y otra vez. ¿Qué clase de mexicanos seríamos si no hiciéramos esto de cuando en cuando?
Nadie lo expresa de mejor manera que Cuco Sánchez, cuando proclama aquello de “Háblenme montes y valles, grítenme piedras del campo; ¿cuándo habían visto en la vida, querer como estoy queriendo, llorar como estoy llorando, morir como estoy muriendo?”.
Lo dicho: nadie más sufridor que nosotros, los mexicanos, y desde luego yo más que usted; faltaba más, y en esta tarea recuerdo y olvido juegan un papel de gran relevancia.
En fin. Gracias a Radamanto y a Jimmy por sus comentarios. Este último agrega a mis remembranzas cafeteras el negocio conocido con el nombre de Molino Rojo, en donde el cantautor José María Napoleón hizo temporada, cuando apenas comenzaba su andadura artística. Y a propósito de esta vocación artística de los cafés, en julio de 1961 se representó en la Cafetería El Fausto, del Hotel Francia, la comedia Las cosas simples, del dramaturgo Héctor Mendoza.
Aquello debió ser particularmente interesante porque, para el efecto, no se montó un escenario propiamente dicho, sino que los actores desarrollaron la obra entre las mesas, alternando con los asistentes al café…
Y ya entrado en gastos, ¿se acordará su merced del Café de los artesanos, muy cerca de este diario, en donde se presentó el Profeta del nopal, Rockdrigo González, trágicamente fallecido en el terremoto de 1985? Por cierto que de este concierto existe una grabación, realizada por don José Dávila Rodríguez.
Cambio de tema para recordar que hasta fines de los años noventa del siglo pasado, uno de los atractivos de ir a la capital del país era disfrutar del café que sirven en los establecimientos del tecolote, búho u lo que sea, hasta que se abrió el primero, ahí en donde sigue.
Entonces Aguascalientes se volvió una ciudad moderna, y quizá por esto último, o por el proceso de diversificación cultural que vive la ciudad desde fines del siglo anterior, pero el hecho es que luego surgieron también cafeterías de brebajes tan buenos, que las preparaciones de las lechuzas del Sr. Slim perdieron su carácter excepcional; se tornaron del montón…
De la Cafetería la Ideal tengo muy presente a un parroquiano, un hombre mayor. Ahora me basta con cerrar los ojos para observarlo, sentado en una de las mesas que lo hacían claramente visible desde la acera. Es un hombre impecablemente vestido, invariablemente de traje oscuro; un personaje de porte señorial, el café frente a él, un cigarro en una mano, y en la otra un ejemplar del diario Excélsior, convertido en materia prima para una profunda reflexión. Ahí está, siempre solo y serio, sumergido en la lectura del periódico de la vida nacional.
¿Cómo no iba a llamar la atención, si era una de esas pocas personas que leían un diario de circulación nacional, y además lucía una elegancia que tal vez sólo se veía en las inmediaciones de los edificios de la acera general José María Arteaga de la Plaza de Armas, y no en una cafetería de la avenida Madero?
A propósito de los diarios nacionales, a la Cafetería Excélsior, del Parián, llegaban los periódicos de México, Excélsior, Novedades, El Heraldo de México, El Sol de México, para de ahí distribuirse. Cada tarde, casi noche, llegaba hasta las puertas del local una camioneta de tres toneladas, de la que bajaban varios paquetes de periódicos amordazados con una reata. Perdón: no es amordazados, sino amarrados…

