¿Qué nos espera el próximo sexenio en educación?

Escrito por on jul 13th, 2012 y archivado en Cultura, Destacado, Galería Fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

¿Qué nos espera el próximo sexenio en educación?

“En México, se han alcanzado importantes logros en las últimas décadas… Sin embargo, la realidad de fuertes disparidades y exclusión social del país se refleja todavía en niveles desiguales de cobertura en educación primaria, con brechas importantes en el nivel preescolar y fundamentalmente en la secundaria y en la media superior, donde una proporción significativa de los sectores pobres o más vulnerables no accede y muchos de los que ingresan no pueden concluir”.

UNICEF

 

El nuevo libro de Octavio Arellano Reyna, Trayectoria histórica e ideológica del Artículo Tercero Constitucional, editado por la Universidad Cuauhtémoc, invita a discutir los problemas de nuestra educación y a diseñar alternativas que incrementen la cobertura y mejoren su calidad. El libro se presentó en el CRENA frente a maestros y estudiantes, y tuve la distinción de dar mi opinión sobre su contenido. El maestro Arellano es uno de los analistas de la educación que suelen escribir en Hidrocálido y, al hacerlo, expresa su filiación liberal y defiende la educación pública, aunque reconoce al mismo tiempo las aportaciones que están haciendo algunos particulares en el sistema educativo mexicano.

En su nuevo libro, Octavio Arellano se autodefine como un rastreador histórico, porque explora las raíces ideológicas de la legislación mexicana en materia educativa, en el marco de una disputa política por el poder. En este sentido, recupera el debate entre los grupos liberales y conservadores sobre el rumbo que ambos querían darle a la educación en el siglo XIX y, luego lo relaciona con la Constitución Política de 1917 y con el periodo revolucionario. En este recorrido, el autor muestra sus simpatías por las reformas liberales del grupo juarista y, posteriormente, del proyecto vasconcelista.

Una vez que se detiene en el artículo tercero constitucional, el maestro Arellano se ocupa de hacer análisis de su contenido, lo desmenuza, y reflexiona sobre los valores allí contenidos: laicidad, solidaridad, libertad, etc. A partir del Artículo, analiza la legislación educativa y las políticas públicas en educación en el periodo contemporáneo. Estoy de acuerdo con su idea de que el Estado Mexicano tiene una responsabilidad mayúscula en la definición de rumbos, en el entendido de que asume institucionalidad y representa a una sociedad plural y demandante de libertades, pero también de equidad y justicia social.

El libro contiene, además, una serie de ensayos sobre temas particulares, por ejemplo, me llamó la atención su reflexión sobre el Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación Básica. Un documento que reflejó la política salinista en educación y la negociación con un SNTE que reconoció el liderazgo gubernamental. Me hubiera gustado que el autor del libro hiciera un análisis comparativo con la Alianza para la Calidad Educativa, que ha sido cuestionada y que no ha calado como el Acuerdo. La diferencia entre ambas no es menor, pues aquellos cambios que iniciaron en 1992 se convirtieron, quizás, en la última reforma de peso que ha tenido el sistema educativo mexicano, estemos o no de acuerdo con ella.

Recuerdo una entrevista que hice en agosto de 1997 a unos de los impulsores de aquella transformación, Gilberto Guevara Niebla, quien me comentó lo siguiente.

“Salinas quería responder al desafío de la competencia internacional, por lo tanto impulsó la educación, pero ¿cómo podía cambiar la educación con un partido como el PRI que era antineoliberal? ¿cómo hacer cambios con un sindicato como el SNTE? Salinas estratégicamente quitó a Jonguitud y puso a Elba Esther Gordillo. Desde que llegó a la presidencia de la República, Salinas consideró a la educación y a la economía como prioritarias. Tuvo una fuerza discursiva en pro de la educación. Puso a gente importante como González Pedrero, aunque metió a gente como Bartlet en la SEP, más como un compromiso político. En ese periodo hubo ideas confusas y muy teóricas, fue cuando se creó el Programa de Modernización Educativa... Bartlet no entendía de educación, entonces entramos nosotros, encabezados por Ernesto Zedillo… Me dijo: ‘el presidente me encargó la educación’. Nos reunimos, sacamos información… En enero tomó posesión como Secretario de Educación Pública y me habló para trabajar como subsecretario de Educación Básica y llevar a la práctica lo que habíamos hecho. Acepté la invitación”.

El Acuerdo Nacional se estructuró en tres grandes apartados: 1. La reorganización del sistema educativo; 2. la reformulación de los contenidos y materiales educativos; y 3 la revaloración de la función magisterial. El proceso de federalización inició zigzagueante, pero moviendo una vieja estructura que se hallaba anquilosada en muchas de sus partes. Para dar una idea de la magnitud del proceso, hay que señalar que se transfirieron a los gobiernos estatales la administración de 100 mil escuelas y 13.6 millones de estudiantes. Por todo esto se dijo que, sin exageración, este conjunto de medidas permitían hablar del proceso de federalización más grande y más complejo realizado en la historia de México y uno de los mayores del mundo occidental. El gasto nacional en este rubro pasó de ser el 3.6% del Producto Interno Bruto en 1988 al 5.5% en 1993. En aquellos años, aún los críticos del sistema educativo mexicano reconocieron la relevancia de la medida, aunque ahora, desde luego, podemos hacer muchas críticas de lo que realmente ocurrió.

Por la cercanía que los mexicanos tenemos con un cambio de gobierno, habrá que preguntarnos si tendremos una reforma educativa que cale como la del grupo modernizador, independientemente de nuestra opinión. Tenemos frente a nosotros muchos retos en materia educativa y requerimos de nuevos bríos, mejores formas de trabajar, muchos recursos económicos y estrategias más equitativas para distribuirlos.

Del libro del Octavio Arellano también me llamó la atención el apartado sobre los perfiles de quienes han sido responsables de conducir y coordinar la política educativa en México y en los estados de la República. Él llega a una conclusión que bien merece una discusión: la mayoría de los responsables de encabezar la política educativa no se han formado profesionalmente en pedagogía o áreas afines a la educación. En contraparte, habrá quienes dirán que la educación es tan importante que no necesariamente habrá que dejársela a los educadores. Esperamos conocer el nombre del nuevo titular de la Secretaría de Educación Pública, su designación será una señal de posibles cambios o de inercias y continuidad. La presencia de José Vasconcelos en nuestra historia sigue siendo un referente obligado.

El libro, en suma, es muy sugerente para profundizar sobre el futuro de la educación con un nuevo gobierno. De igual manera, hay información para discutir sobre la influencia de los actores que definen y dan rumbo a la política educativa, por ejemplo, qué podemos decir ahora de la participación que tendrán la Iglesia Católica, el SNTE, los empresarios, los legisladores y los medios de comunicación, en especial empresas como Televisa.

Por último, habrá que señalar que fue un gran acierto que este libro se presentara en una escuela formadora de profesores, pues es aquí donde se prepara a quienes tendrán la oportunidad de sembrar entre las nuevas generaciones aquellos valores y formas de pensar que hagan que México y Aguascalientes sean lugares de tranquilidad y con mejores niveles de vida. Pero, al mismo tiempo, me pregunto ¿el normalismo mexicano está preparado para ello?

Por mucho tiempo creímos que cambiando de partido político en el gobierno, la situación económica y social de México iba a mejorar. No fue así. El gobierno de Vicente Fox es sólo un ejemplo de ello. La alternancia política en sí misma no trae consigo grandes beneficios. Más aún, como lo ha dicho Norberto Bobbio, la democracia no ha cumplido con lo que prometía, pues continúa la supremacía de los grupos sobre la voluntad de los individuos, existe una consolidación “institucional” de las prácticas oligárquicas sobre los intereses de la nación, falta transparencia en el ejercicio del poder y carecemos de una cultura democrática extendida entre la población.

Desde luego, también entiendo que no obstante esta cruda realidad, hay que apostarle a la democracia. No niego el impacto que puede tener la participación de la gente, incluso desde las elecciones, en la construcción de una mejor sociedad. Pero, junto a una buena política que surja desde abajo y a la aplicación de medidas económicas acertadas, urge una política educativa de Estado que trascienda sexenios, se apegue más a la legislación educativa, se deslinde de todo grupo ajeno a la educación y dé solidez a sus instituciones que impulsan mejores formas de convivencia. Lo demás, corre el riego de ser sólo demagogia.

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