La memoria; los recuerdos… No hay que dejar de lado su contrapartida: el olvido, que quizá sea como esa niebla que va envolviéndolo todo, lenta y silenciosamente… Es como un vapor húmedo y frío, primero ligero, y luego va espesándose; cubriendo todo, casi hasta producir un paisaje blanquecino y estéril, tan distante de la realidad como la Luna de nosotros… Entonces, cuando esto ocurre, nos reinventamos; suplimos esos vacíos que producen en nuestras frágiles vidas la sucesión de soles y lunas; la acumulación de experiencias y, sobre todo, el silencio a que va sometiéndonos a todos la muerte; primero la de los otros, nuestros ancestros o iguales, hasta que nos llegue el turno…
Mientras esto sucede nos recreamos en un ejercicio que mezcla lo que fue con lo que quisimos que fuera; lo que imaginamos para nuestra conveniencia y salud mental, y lo hacemos con una fuerza tal, que en ocasiones pareciera que asumimos que sólo existió aquello que recordemos…
En fin. La última vez que hice memoria estaba hablando de cafeterías, que por cierto en días pasados, revisando ediciones de este diario correspondientes a septiembre de 1961, me encontré con un anuncio de la inauguración de una exposición del artista plástico Miguel Romo González, en la Cafetería Jav; esa que le conté que estuvo en Morelos. No sé si fuera frecuente que se realizaran este tipo de actividades -en la acera norte de la Plaza de Armas, casi para llegar a Juárez, existió la Cafetería Plaza, que de cada y cuando organizaba exposiciones pictóricas o reuniones con pretensiones académicas- o más bien se tratara de que el negocio estaba recién fundado y llevara a cabo eventos así para posicionarse…
Otra cafetería de época fue La Ideal, que hasta donde me alcanza la memoria, estaba originalmente en la esquina de Hidalgo y Madero. Luego se cambió a un local frente al edificio de la Comisión Federal de Electricidad, ese que en una época fue conocido como el Edificio Olivo, también en la avenida Madero.
Me refiero al local al lado de donde antes estuvo una gasolinera. En La Ideal tuve el privilegio de jugar ocasionalmente pendejómetros con los amigos/compañeros del bachillerato que vivíamos en el mismo rumbo.
Salíamos del Colegio Portugal a las 22 hrs., y en ocasiones nos veníamos en grupo por Nieto, la Plaza y Madero, hasta La Ideal, a tomar un refresco y jugar un rato.
Era este un juego tan inocente como ingenioso, que consistía en decir palabras. Se comenzaba, por ejemplo, con la a, y había que ir agregando una letra, sin desviación válida. Por ejemplo, se iniciaba con avión, para continuar con avicultura, y luego con avispa –seguramente no faltaría el gracioso que saliera con, por ejemplo, avismo, o Avisinia-, y así, siempre respetando la letra que había agregado el jugador anterior, hasta que, cronómetro en mano, se agotaban el tiempo y las opciones. Entonces, en un papel en el que se habían anotado los nombres de los participantes, se le ponía al perdedor la letra “P”. El que perdía la partida era quien completaba la dichosa palabra.
Pero en mi mente hay una inconsistencia; algo que no concuerda. Digo, algo en relación a esto de las cafeterías, porque de otras cosas mejor ni hablar. Me refiero a que también tengo memoria de otro establecimiento de este tipo, ubicado en el sótano del edificio que se construyó cuando fue erradicada la gasolinera y que en una época sirvió para oficina de Teléfonos de México. Por cierto que cuando fue cambiada de lugar, el comercio de las inmediaciones recibió un buen golpe.
Esta cafetería que le digo, era un local amplio, oscuro, el aire lleno del humo de cigarro, y se llamaba El Monasterio… ¿O sería El Convento, y El Monasterio fue la cafetería que a mediados de los setenta estuvo en la acera oriente de 5 de mayo, al otro lado del banco que hace esquina con Allende?
No sé, ya no me acuerdo, pero al revés o al derecho, las cafeterías se llamaban así. Total, ¿qué tanta diferencia habrá entre un convento y un monasterio? Yo fui parroquiano de la de 5 de mayo, en donde planché en varias ocasiones, el café acompañado con una rebanada de pastel, y me acuerdo –el tipo de cosas que uno querría olvidar, pero ahí siguen, muy quitadas de la pena- que una noche, saliendo de ahí, en alguno de los locales comerciales de esa avenida; quizá El hogar moderno, estaba encendida una televisión que transmitía una cadena nacional, en la que se anunciaba que el peso abandonaba su antigua paridad de $12.50 por dólar, y comenzaba a flotar. Me refiero a la noche del 31 de agosto de 1976, fecha aciaga del patriótico hundimiento del país.
Por cierto que un día, tal vez a principios de los ochenta, la cafetería La Ideal dejó de serlo, y se convirtió en un pequeño supermercado en los bajos del mismo edificio, y después nada; desapareció, tal y como nos ocurrirá a usted y a mí el día menos pensado y más cercano de lo que quisiéramos.


Estimado Cronista:
El nombre del café al que se refiere en un Sótano de lo que hace años era Teléfonos de México, era en efecto el Monasterio, al menos ese nombre tenía en los 80´s, esto lo puedo afirmar debido a que la fiesta -creo que le llaman Recepción- de Boda de mis padres se llevó a cabo en dicho lugar, alguna vez vi el formato de las invitaciones, espero que aún exista.
Dicho lugar dio paso -mucho tiempo después- a un Café que se llamó “El Sótano” (bastante originalidad) cuya principal atracción era un Karaoke, actualmente no tengo idea de como se llame o si acaso existe cafetería en dicho sitio.
Saludos, siempre es un gusto leer por este medio sus remembranzas.
Estimado Carlos.
Otro café que hizo cierta época fue el Molino Rojo ( no recuerdo si el letrero dedia Mouline Rouge ) que estaba en la acera sur de Juan de Montoro entre Colón y Díaz de León, y de hecho una temporada estuvo cantando ahí Napoleón, que apenas se iniciaba en el mundo artístico, y una de las canciones que ahí le escuché fue El Grillo, pues al igual que muchos de nuestros contemporáneos ibamos ahí a planchar con la novia.
Extraordinarias sus crónicas Carlos, no me las pierdo.