Tras una larga y poco imaginativa campaña electoral y luego de tres días de veda de propaganda que ni a melón supieron, vino la ahora sí excitante jornada electoral. Si alguien esperaba sorpresas o milagros, resultó defraudado. En términos generales el resultado en las urnas fue más o menos el previsto por las casas encuestadoras, lo que indudablemente debe destacarse es el civismo con que se condujeron los cientos de miles ciudadanos que participaron en el proceso como funcionarios electorales, como observadores o como representantes de partidos. Las fallas que afortunadamente fueron pocas, son más atribuibles a un celo excesivo que llevaron a establecer mecanismos y candados complejos para garantizar el ejercicio del voto y su resultado, que finalmente se revirtieron volviendo un poco más lento el recuento de los votos y que incrementaron notablemente el porcentaje de votos nulos.
Las casi 150,000 casillas electorales repartidas en el país se instalaron prácticamente sin contratiempos. Aparentemente sólo cinco casillas no fueron instaladas lo que significa un porcentaje impresionante que habla muy bien de la logística y capacitación del personal del IFE, personal de carrera que han ido corrigiendo las fallas, enmendando los yerros y cerrando las fisuras que antaño daban espacios para las múltiples formas de defraudación del voto, que en lenguaje coloquial se conocía como el mapachismo. Seguramente muchos de los mapaches no querrian quedarse sin trabajo y habrán desarrollado nuevos métodos y técnicas que, sin embargo y dados los resultados, podemos afirmar con certeza que se ha reducido a un porcentaje mínimo y desde luego insuficiente para poder inclinar el resultado en algún sentido.
Se ha dicho, seguramente con razón, que el ejercicio del poder desgasta, y desgasta más cuando su ejercicio se vuelve una actividad caprichosa y autoritaria. El presidente Felipe Calderón obsesionado por legitimarse se inventó una “guerra” primero contra los narcotraficantes, ampliada después contra la delincuencia organizada, que tuvo un costo enorme en vidas, en dinero, en desgaste político, y que sin duda, lo distrajo de otros problemas relevantes que quizás hubieran tenido mejor resultado en la reducción de las adicciones que la violencia desatada que propició una estrategia muy mal pensada y muy mal ejecutada.
Enrique Peña Nieto fue para decirlo en términos de la Postdemocracia un buen producto, muy vendible y aceptable para una buena parte de la población, que a fin de cuentas fue suficiente para darle el triunfo en la elección presidencial. Luego de dos o tres traspiés iniciales, unos días de reflexión y de preparación, reapareció cauto, sobrio, medido, explotando el lado explotable de su personalidad, buena presencia, una esposa popular, un currículum exitoso, y limitó las intervenciones en las que no tuviera el apoyo de un audífono, un telepronter, o al menos unas tarjetas de notas. Su propaganda explotando su imagen y las imágenes ricas de la provincia mexicana, plagada de lugares comunes, de promesas factibles y compromisos mensurables fue suficiente para derrotar a dos muy malos candidatos y a un patiño que saltó a la palestra buscando conservar el registro del partido de la Maestra y buscando también una chamba burocrática, al parecer conseguirá ambos propósitos. El momento más riesgoso, que parecía ser el del debate con los otros candidatos, fue sorteado sin problemas, en gran parte gracias a un formato diseñado para no poner en aprietos a nadie, para no profundizar en su pensamiento y para no tener tiempo de desarrollar un discurso programático. Su campaña finalmente fue nadar de muertito, conservar la inercia del impulso inicial, no arriesgar absolutamente nada y, como dice el proverbio chino, sentarse a ver pasar el cadáver de su enemigo. Su mayor acierto no entrar al cambio de golpes, no responder los ataques y solventar con elegancia los señalamientos personales que sólo tendrían que responderse en un plano particular.
Indudablemente la gran decepción después de Gustavo Madero, presidente nacional del PAN, fue la de su candidata Josefina Eugenia Vázquez Mota, quien evidenció como dicen por ahí, que no es lo mismo comer que aventarse con los platos, con otras palabras, ser una empresaria más o menos exitosa, con una carrera burocrática muy corta e impulsada desde la presidencia, es demasiado poco para aspirar a la presidencia de la República, menos aún de una república tan compleja como México. Ella como empresaria, como vendedora, debía haberse dado cuenta a tiempo que no era un buen producto, ello, aunado a los traspiés de su dirigencia nacional, al si es no es, apoyo del presidente de la República, y a los violentos golpes de timón de su campaña, le costaron a su partido no sólo la presidencia sino seguramente una merma importante de votos en las demás candidaturas.
Andrés Manuel López Obrador es todo un artista, un histrión de altos vuelos que ha logrado conjuntar con su nombre varios personajes que aparecen o desaparecen según las circunstancias. Con una simpatía natural que acentúa con su dejo tabasqueño, con salidas lentas pero chispeantes, con una capacidad de trabajo y de lucha envidiables, pero también con un ego monstruoso, no quiso reconocer que su momento pasó hace seis años y que no obstante su trabajo político, su campaña por todo el país, su presencia mediática, sería insuficiente para llevarlo al nivel en que estuvo hace un sexenio. Con otro candidato otro gallo hubiera cantado a las izquierdas.
El reto para el futuro Presidente de México no será facil, empezando con el hecho de que solamente uno de cada cuatro electores votó por él, pero, así es la democracia y es el camino que los mexicanos hemos elegido. El reto inmediato habría de ser concitar para que esos tres de cada cuatro electores que no votaron por él, se unan en la búsqueda de un gran proyecto de nación. A casi 100 años del último gran proyecto plasmado en la constitución de 1917, ante un mundo nuevo con nuevos y mayores retos, la opción tiene que ser la búsqueda consensuada de un rumbo para este país, desangrado, expoliado, dividido, pero con muchos millones de ciudadanos conscientes que este domingo pasado dieron una muestra de madurez, de civismo, de vocación democrática, y que estarán dispuestos sin duda a seguir trabajando por su patria.

Estimado Martín Jauregui:
En el último párrafo de su texto dice: …es el camino que los mexicanos hemos elegido. Yo no soy abogado, pero por qué puede afirmar eso? Yo no encuentro una prueba a esa proposición. Al menos yo no eleguí la democracia mexicana, que yo sepa. Pero a lo mejor usted puede darme una prueba formal a esa afirmación.