En vísperas del 5 de febrero de 1917.

Escrito por on feb 8th, 2012 y archivado en Destacado, Galería Fotográfica, Itinerancia. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

En vísperas del 5 de febrero de 1917.

Para Héctor Treviño, a ver si le gusta.

“Si vas a Tlaxcalantongo

tienes que ponerte chango,

porque allí a Barbastenango

le sacaron el mondongo”

Epigrama de “Nicandro”.

Por fin el viejo revolucionario podía dormir tranquilo. Por fin en la intimidad de su habitación podía quitarse las gafas oscuras que tan bien le servían para evitar que los espejos del alma revelaran sus verdaderos sentimientos y para mostrar una imagen severa, adusta y ecuánime. Si supieran los hervores que por dentro le bullían mientras aparentemente impasible escuchaba sin inmutarse los partes de guerra de la lucha armada; las noticias de los acuerdos y los desacuerdos de las diversas facciones que luchaban por el poder, luego de que el último caudillo, el paladín de la paz había renunciado a dar su última batalla; las propuestas de negociaciones y componendas; las ofertas al mejor postor de honras y lealtades; las amenazas de las potencias extranjeras y cuando éstas no tenían eco las ladinas y seductoras promesas de alianzas para el bienestar y para la democracia. No se ocultaban al viejo revolucionario las insidias de los vecinos norteamericanos que mientras buscaban negociar con el ejército constitucionalista apoyaban a las tropas de la División del Norte de Pancho Villa, maldito cuatrero metido a guerrillero, megalómano con aires de perdonavidas y esperaban la complacencia de Emiliano Zapata, peón alzado, soliviantado por una pasión mesiánica; menos mal que el buen juicio había imperado y los enviados del presidente Taft, el mismo que había determinado la caída de Don Porfirio luego de aquella entrevista en que saltaron chispas, comprendieron que la mejor opción para una relación estable con México era él. Él, que había logrado en unos pocos años lo que parecía imposible, la terminación de las revueltas suscitadas por la inopinada renuncia de Don Porfirio. La noche del 4 de febrero de 1917 Venustiano Carranza, primer jefe del Ejército Constitucionalista, encargado del poder ejecutivo, podía dormir tranquilo.

Madero, Pancho Madero, Francisco Indalecio Madero, pobre iluso, había pagado con su sangre la ingenuidad e inocencia por no llamarle de otro modo, sus entrevistas con los seres del mas allá habían sido insuficientes para revelarle los recovecos de las pasiones humanas. Quizás no, quizás los espíritus habían sido claros, pero el chaparrito no había querido escucharlos. Madero era un buen hombre y como suele decirse en el norte: “Caballo grande tira a matalote, hombre bueno tira a pendejo”. Lamentaba sin embargo haber sido causa indirecta de su muerte. Él se lo dijo, “Señor presidente Madero, licencie al ejército porfirista, renueve los mandos, traiga a sus leales”, “Señor gobernador Carranza, la fuerza de la democracia ha de transformar a los servidores de la dictadura en servidores de la república” contestó el presidente. Era por demás, desde que el general Porfirio Díaz se había embarcado en el “Ipiranga” que lo conduciría al destierro, el chaparrito, es decir el Presidente Madero había entrado en una especie de ensoñación opiácea, una embriaguez “republicana” que ya había apuntado en su libro “La sucesión presidencial en 1910” y que le hacía pensar en una democracia utópica en que se remediaban todos los males por obra y gracia de la caída del dictador. Cuando Huerta, ¡qué podía esperarse de un indio ladino!, seducido por las potencias extranjeras que vieron en la debilidad de Madero un obstáculo para sus intereses, traicionó su uniforme y su formación en aras de encumbrarse como jefe de estado y quizás por qué no, de reivindicar su etnia, él se mantuvo firme, no reconociendo más presidente que Francisco Madero. A veces, como esa  noche, eso que llamaban remordimiento de conciencia le mordisqueaba la tranquilidad. Pudo haber sido más diplomático, pudo haber buscado alianzas, pudo, pudo…pero también era su oportunidad y la aprovechó. Además, el causante indirecto de la muerte de Madero y Pino Suárez había sido el general Velasco, aquel aguascalentense jefe de la guarnición de Veracruz que se negó a reconocer a Huerta, cerrando de paso las posibilidades del exilio.

El viejo revolucionario podía dormir tranquilo pero no lo hacía. Esta noche en vísperas de la consolidación de su obra: la institucionalización de la revolución, una nueva constitución mexicana, la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, los recuerdos, las emociones, las incertidumbres, las certezas, las traiciones, las lealtades, los sueños, los ensueños, se agolpaban en su mente. Frente a las discusiones en el congreso constituyente, la etapa armada parecía algo menor, ¡no!, menor no era la palabra. Quizás algo más básico, más elemental. ¡No!, tampoco. No encontraba el calificativo, pero tenía claro lo que le significaba, él, no era un general, no era un guerrero, ¡era un hombre de estado!, el había llegado a los enfrentamientos en el campo de batalla cuando ya los tenía ganados en las negociaciones. Ni Villa, ni Napoleón, ni Atila podrían ganar una batalla sin parque y sin avituallamiento. Tampoco era cosa de restarle mérito a sus generales, especialmente a Obregón que de por sí era alzadito, pero al pan, pan y al vino, vino. Sin las negociaciones con los norteamericanos que finalmente suspendieron los suministros al cuatrero, derrotarlo habría llevado más tiempo. Obregón…Obregón era otro motivo para reflexionar, era brillante, era simpático, era ágil, era ambicioso, y…no tenía escrúpulos. Era otro motivo de preocupación, pero no para esa noche. El día siguiente sería el gran día.

Nada ni nadie le podrían regatear el mérito. Ahora tendría que descansar, al día siguiente tendría que lucir descansado, relajado, después de tanta mala noche como le habían dado los diputaditos, especialmente los que se alineaban en lo que llamaban la doctrina marxista que tendía a ponerse de moda en Europa. Su bandera, la de la Constitución de 1857, la que dio nombre a su ejército y a su movimiento, la que dio contenido a su plan de Guadalupe, tuvo que sufrir ajustes pero finalmente era su triunfo, único responsable, inobjetable vencedor, estadista visionario. Luego del fallido intento de la convención de Aguascalientes, hubieron de pasar casi tres años, pero agua pasada no mueve molino. La convocatoria nacional para reformar la constitución del 57 había sido un gran acierto, los pensadores, esos ociosos que pueden causar tanto daño con la divulgación de sus ensoñaciones utópicas, se habían mantenido ocupados. Le costaba aceptar y nunca lo haría públicamente, que había tenido que resignarse a que se incorporaran en la constitución algunas “novedades” exóticas, pero era el precio de reunir tantas cabezas en un concilio y de conjuntar como nunca antes un congreso verdaderamente representativo. Finalmente, le habían dicho sus asesores que los artículos 27 y 123 que incorporaban derechos para los sojuzgados, para los desposeídos, para los pobres de solemnidad, les reivindicarían y que México sería con su nueva Constitución ejemplo para el mundo.

Con esa idea, el viejo revolucionario pudo conciliar el sueño la víspera de la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. En sus sueños de grandeza, qué lejos estaba de imaginar lo que el futuro traería, a él y a su patria, y qué lejos de pensar que años después sería objeto de las burlas infantiles:

“Carranza no tiene panza

porque yo se la corté,

con un cuchillo filoso

que ni tripas le dejé.”

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2 comentarios en “En vísperas del 5 de febrero de 1917.”

  1. FELICITACIONES LIC. MARTIN JAUREGI ME PARECE MUY BUENO E INTERESANTE TU ARTICULO.

  2. Radamanto dice:

    Maestro:
    Tengo una duda, a Carranza se le conoce como:
    ¿el Varón de 4 Ciénegas? o
    ¿el Barón de 4 Ciénegas?

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