Lecciones coriolanas

Escrito por on feb 3rd, 2012 y archivado en Agenda Pública, Destacado, Galería Fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Lecciones coriolanas

Comprender la política -los hechos e ideas, esto es la política práctica y la política teórica- es harto complejo. Existe un acervo bibliográfico inmenso que se ha dedicado a esta tarea. Hay obras que tratan del pensamiento político, unas sobre el deber ser de la política (Filosofía política), y otras sobre los hechos políticos (Ciencia política).

Pero además de las especializadas, hay obras literarias que exponen, con o sin intención analítica, la realidad de la política, a través de los personajes y sus historias. En los diversos géneros y subgéneros literarios se han escrito grandes lecciones de entendimiento y crítica de la política.

Sin duda, William Shakespeare es un referente en la literatura que interroga y profundiza en el conocimiento de la política. Muchas de sus obras, las dramáticas en particular, son modelos de análisis para los estudiosos de la Ciencia política.

Coroliano es una de las tragedias que escribió y que hoy sigue plenamente vigente, a pesar de la exposición cruda e incómoda que realiza de la relación entre los gobernados y gobernantes, paupérrimos y rapaces los primeros, altivos y soberbios los segundos (1).

Antes del Coriolano de Shakespeare están los escritos de Plutarco y Tito Livio sobre el general romano. Para documentar el análisis pretendido en estas líneas, primero el resumen de la obra. Gunter Grass, Nobel de Literatura en 1999, ofrece uno:

Ésta es la trama resumida: en Roma los plebeyos quieren sublevarse contra los patricios. El precio del trigo y Gaius Marcius -el posterior Coriolano- los tienen oprimidos. Estalla una guerra con la tribu vecina de los volscos. A fin de ganar a los plebeyos para el servicio militar se les adjudican tribunos populares facultados para representar la causa del pueblo ante el Senado. En el curso de la guerra los plebeyos muestran ser cobardes y ávidos de botín; y el enemigo del pueblo, Gaius Marcius, se revela como el noble héroe que rechaza aceptar cualquier parte de los despojos. Los romanos deben la conquista de la ciudad Corioles al valor temerario de este hombre, quien recibe de esta ciudad su título de honor: Coriolano. De regreso en Roma, lo festejan los plebeyos antes hostiles. Incluso lo quieren elegir para cónsul, aunque él se burla de ellos y los insulta; no obstante, la intriga de los dos tribunos populares y la arrogancia cada vez más marcada de Coriolano impiden su elección: los plebeyos y los patricios vuelven a enfrentarse como enemigos. Debido a las injurias de Coriolano se llega a las manos. Ahora ni los patricios pueden protegerlo: desterrado por el pueblo, deja Roma para pasarse al enemigo. Este acepta al adversario, consentido por el triunfo, como aliado contra la odiada Roma, y termina amenazando a su ciudad natal con un ejército de volscos. Ninguno de sus antiguos amigos entre los patricios puede persuadirlo de retroceder, hasta que su madre deja la ciudad y se dirige al campamento de los volscos. Su discurso lo mueve a dar marcha atrás. Al no traicionar su ciudad natal, por su madre, se convierte en traidor para sus aliados, que le dan muerte, pero sus asesinos, los jefes de los volscos, respetan su grandeza y colman de honores su recuerdo.

En la leyenda de Coriolano se sintetizan algunos acontecimientos de las postrimerías de la monarquía y hasta la época de las guerras galas, como si todo ello ocurriese aproximadamente alrededor del año 500 antes de nuestra era y como si la instalación de los tribunos populares, una evolución que Tito Livio documenta como lenta, hubiese tenido lugar en forma espontánea. De acuerdo con Mommsen, la leyenda deriva del deseo de dos familias plebeyas de demostrar la antigüedad de su abolengo. De estas estirpes, los volumnios y los veturios, procedieron -nuevamente según Tito Livio- la esposa y la madre de Coriolano. Shakespeare no deja entrever nada de ello; en su obra, la rancia aristocracia y los plebeyos sin rostro se enfrentan sin lazos de parentesco. (2)

El centro de la tragedia de Coriolano está en el conflicto y contradicciones entre nobles y plebeyos, lo que lo lleva a despreciarlos y con ello recibir el repudio. Los pasajes que en las siguientes líneas interesa analizar son las acciones de campaña que hace el general romano, después de su triunfo en Corioles, para encumbrarse como cónsul, además de su circunstancia y las posturas de algunos personajes en torno a la lucha por el poder.

Coriolano se presentará, sin convicción ni interés, como candidatus, el que viste de blanco, derivado del verbo candere: ser blanco. El aspirante al cargo público se presentaba con una túnica blanca, cándida, para representar su integridad y lo que se debía esperar de él en su responsabilidad pública.

Aunque a lo largo de la obra Coriolano se va mostrando como un ser arrogante, merecedor del vilipendio, el protagonista exhibe, al menos en Shakespeare, rasgos encomiables como el amor a Roma y el desinterés por la recompensa y los honores públicos. Incluso, aunque pudiese ser criticable -políticamente incorrecto en el lenguaje de moda-, el reconocimiento de las condiciones y limitaciones de los plebeyos puede interpretarse como una manifestación de honestidad y objetividad, aunque alguna crítica ha tachado de clasista al héroe.

No siendo propósito de estas líneas la crítica literaria, ni el desmenuzamiento de la psicología del actor, revisemos enseguida algunas partes de la tragedia, que sirvan de lecciones coriolanas para tratar de encontrar explicaciones a nuestra realidad actual.

En el Acto Primero, Escena Primera, se describe el malestar de los pobres:

Ciudadano 1°. –Buenos ciudadanos, los patricios son los tenidos por buenos ciudadanos; nosotros somos los pobres ciudadanos. Con lo que sobra a los poderosos bastaría para socorrernos. Si tan solo nos dieran lo que les es superfluo mientras estuviese en buen estado, podríamos creer que nos auxilian por humanidad; pero piensan que somos demasiados caros de sostener. La delgadez que nos devora, el espectáculo de nuestra miseria, son como el inventario encargado de mantener detallada la cuenta de su abundancia.

México tiene una población de 52 millones de personas en condiciones de pobreza, según datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval). Hay una polarización social, económica y territorial que, además de fracturar a la sociedad, divide a las entidades en pobres y ricas.

Hasta el momento, no hay registros significativos de que esa polarización se pueda convertir en un conflicto de clases, pero sí en cambio se manifiesta un malestar respecto a la situación actual y se responsabiliza, mayoritariamente, al gobierno, lo cual es un dato importante en un año de elecciones. La encuestadora Consulta Mitofsky, revela esta percepción en su 11va. Encuesta Nacional ¿Cómo se siente el mexicano? Cambio de Año 2011-2012, de diciembre de 2011:

¿Cómo nos fue en 2011?

-Los que dicen que les fue bien consideran que se debió a sus méritos propios (57%) y sólo 23% al Gobierno; en cambio cuando consideran que fue un mal año, los mexicanos culpamos primero al Gobierno Federal (55%) y después a nosotros mismos.

¿Le fue mejor o le fue peor que el año pasado?

-La responsabilidad que asignan los ciudadanos al gobierno depende de la forma en la que evalúen su año, así los que dicen que les fue bien consideran que se debe a sus méritos propios (57%) y sólo 23% al Gobierno, en cambio cuando consideran que fue un mal año, los mexicanos culpamos primero al Gobierno Federal (55%) y después a nosotros mismos.

¿Quién considera usted que es el responsable que le haya ido…? “Peor”

-54.9 el gobierno federal.

Y para el año 2012

¿A quién se deberá que a usted le vaya peor?

-57.4 al gobierno federal.

En el Acto Primero, Escena Primera, el general Marcio (3) enseña su desprecio a la plebe:

Marcio. –Gracias. ¿Qué hay, tunantes, tunantes facciosos, que a fuerza de rascaros la pobre sarna de vuestra opinión os levantáis costras?

Ciudadano 1°. –Siempre tenemos de vos buenas palabras.

Marcio. –El que te dedicara buenas palabras sería un adulador, digno de la execración… ¿Qué pedís, perros, que no queréis ni la paz ni la guerra? (…) ¿Fiarse de vosotros? ¡Pero si a cada minuto cambiáis de sentimientos, llamando noble al que era poco antes objeto de vuestro odio, y vil al que enguirnaldabais de flores! (…) ¿Qué es lo que buscan?

Menenio. –Trigo al precio que ellos fijen; de que afirman está bien provista la ciudad.

Marcio. ¡Que los ahorquen! ¡Afirman! Desde el rincón de donde están sentados a la lumbre, tienen la presunción de saber lo que pasa en el Capitolio; quiénes son aquellos cuyas elevación es probable, cuáles triunfan, cuáles declinan, forman bandos, conjeturan matrimonios hipotéticos, reforzando tal partido, debilitando tal otro que no quieren, y le ponen bajo sus chanclas remendadas.

No hay político que hable con estas incorrecciones. Por el contrario, la seducción y el engaño son sus herramientas para ir al encuentro del pueblo. Pero eso es hipócrita cuando se exhibe en su actuar el desprecio a la ciudadanía, ya sea discriminándola, minusvalorándola o comprándola. Es decir, los ciudadanos como “la bola de pendejos, que forman parte de la prole”, como dijo el yerno de Peña.

Nuestros candidatos no son como el general en las formas, pero son coriolanos por coincidir con esa distancia que tienen con la gente y que parece insalvable. Sin duda, sus encuentros cotidianos son con miles de individuos, con abrazos, besos y apretones de mano, a las prisas; pero están lejos de un auténtico acercamiento para entender a las personas.

Por esos tratos y esa relación fingida, así como por las condiciones de pobreza antes mencionadas, las decisiones del pueblo como elector suelen descansar en la ignorancia y especulación. Pero la vileza, lisonja y doblez que se reprocha en la tragedia al pueblo, es quizá la moneda con que paga la ciudadanía el trato recibido de la clase política.

En el Acto Segundo, Escena II, Coriolano se molesta por lo que debe hacer para convertirse en cónsul:

Menenio. –El Senado, Coriolano, se siente dichoso con hacerte cónsul.

Coriolano. –Le debo también mi vida y mis servicios.

Menenio. –No os queda, pues, más que hablar al pueblo.

Coriolano. –Os suplico que me permitáis saltar de esa costumbre, pues no puedo resolverme a quitarme las vestiduras, mostrarme desnudo y rogarle en nombre de mis heridas que me dé sus sufragios; hacedme el favor de dispensarme de este uso.

Sicinio. –Señor, el pueblo debe dar sus votos, y nos suprimirá ni un detalle de la ceremonia.

Menenio. –No lo desafiéis. Os ruego que os conforméis con el uso y recibirás, como han hecho vuestros predecesores, vuestra dignidad según las formas aceptadas.

Coriolano. –Es un papel que no puedo representar sin sonrojarme, y de cuyo placer debiera eximirse al pueblo.

(…)

Coriolano. -¡Venir a elogiarme delante de ellos, diciendo: “Yo he hecho esto y aquello”; mostrarles las cicatrices cerradas, que quisiera ocultar, como si las hubiera recibido por el salario de sus votos solamente.

Gustosos son coriolanos muchos candidatos que quisieran ser ungidos en el cargo al que se postulan, evitando los riesgos de la exposición de la campaña, la crítica y los debates. Sin embargo, son opuestos al general cuando se trata de exhibir trayectorias o logros. Sus hojas de servicios ensalzan formación, familia, trabajos, calificaciones, cargos, pensamiento, ahora también libros, obras, gestiones, estilo, sensibilidad, gustos, rectitud, ideologías, credo, relaciones, pragmatismo, capacidades, recursos, patrimonio, partido, padrinos, seguidores, lenguaje, etc.

Las heridas que Coriolano escondía, son ahora todo lo anterior, que se constituyen en promesas y soportes que gritan y proyectan los candidatos y sus campañas, conforme a la ritualidad de la norma electoral, que para nuestro proceso de 2012, lamentablemente, es una calamidad.

En el Acto Segundo, Escena III, se describen las tribulaciones de la campaña de Coriolano para ganar el voto de los ciudadanos:

Menenio. –¡Oh señor! Hacéis mal. ¿No sabes que los hombres más nobles se han sometido a esas condiciones?

Coriolano. –¿Cómo he de decir? “Os ruego señor…” ¡Mala peste! No puedo exponer mi lengua a un paso semejante. “Mirad mis heridas, señor; las he ganado en servicio de mi país; cuando algunos de vuestros hermanos, enrojecían de temor y huían ante el ruido de nuestros propios tambores.”

Menenio. –¡Oh grandes dioses! No debéis hablarles de eso. Debéis rogarles que se acuerden de vos.

Coriolano. –¡Acordarse de mí! ¡Que los ahorquen! Preferiría que me olvidaran, como las virtudes que nuestros sacerdotes pierden el tiempo en inculcarles.

Menenio. –Lo echaréis todo a perder. Voy a dejaros. Os lo ruego, os lo ruego: habladles de manera que los ganéis.

Coriolano. –Recomendadles que se laven la cara y que tengan los dientes limpios. (Sale Menenio.) ¡Oh! He aquí una pareja.

Vuelven a entrar dos Ciudadanos

Coriolano. –¿Sabéis, señor, por qué me encuentro aquí?

Ciudadano1°. –Lo sabemos, señor; decidnos lo que os ha dado derecho a venir aquí.

Coriolano. –Mi propio mérito.

Ciudadano 2°. –¿Vuestro propio mérito?

Coriolano. –Sí, y no mi propio deseo.

Ciudadano 1°. –¡Cómo! ¿No vuestro propio deseo?

Coriolano. –No, señor; no fue jamás mi deseo molestar a los pobres viniendo a mendigarles.

Ciudadano 1°. –Podéis creer de veras que si os damos algo es porque esperamos ganar con vos.

Coriolano. –Muy bien, entonces, ¿cuál es el precio que ponéis al consulado?

Ciudadano 1°. El precio es pedirlo afablemente.

Coriolano. –¡Afablemente! Señor, por favor, permitidme que lo obtenga. Tengo heridas que enseñaros; os la haré ver en particular. Vuestro buen voto, señor. ¿Qué respondéis?

Ciudadano2°. –Lo tendréis, noble señor.

Coriolano. –Trato hecho, señor. He aquí dos dignos votos mendigados. Tengo vuestras limosnas, adiós.

Ciudadano 1°. –Pero esto es algo extraño.

Ciudadano 2°. –Si lo tuviera que dar todavía…; pero no importa. (Salen los dos Ciudadanos.)

Vuelven a entrar otros tres Ciudadanos

Coriolano. –Os lo suplico; si vuestros votos pueden entonar en mi favor la música de la palabra cónsul, ved que me he revestido con el traje habitual.

Ciudadano 3°. –Habéis merecido noblemente de vuestra patria, y no habéis merecido noblemente.

Coriolano. ¿La explicación de vuestro enigma, señor?

Ciudadano 3°. Habéis sido una plaga para sus enemigos, habéis sido una vara para sus amigos; verdaderamente, no habéis amado al pueblo común.

Coriolano. –Debierais tenerme, por tanto, más virtuoso, puesto que no he sido común en mi amor. Quiero de veras, señor, a mi hermano jurado el pueblo, a fin de ganarme su más afectuosa estima, ya que hace de la adulación una condición de nobleza. Ahora, puesto que la sabiduría de su elección consiste en desear más bien mi sombrero que mi corazón, les ofrendaré mi saludo más insinuante y me quitaré el sombrero ante ellos con la más exacta imitación; es decir, señor, que imitaré el sortilegio empleado por ciertos hombres populares y se lo daré al pueblo con prodigalidad, como desea. Por consiguiente, os lo suplico; nombradme cónsul.

Ciudadano 3°. Esperamos encontrar en vos un amigo; por eso os damos nuestros votos de todo corazón.

(…)

Coriolano. –¡Muy amables votos! Más vale morir; más vale reventar de hambre que solicitar el salario que hemos comenzado por merecer. ¿Por qué estoy aquí bajo esta vestidura de lana, mendigando a todos los rústicos y a todos los charlatanes que vienen a dar su sufragio sin valor? La costumbre me fuerza a hacerlo.

Contrario al renegar del personaje, nuestros candidatos buscan condescender con la ciudadanía, que tiene, no obstante sus limitaciones, la capacidad de doblegar al político que busca el voto. Por eso, también en oposición a Coriolano, el candidato ensaya su impostura para presentarse en público, en medios o en la confrontación con sus pares. Si el romano tenía a su leal amigo Menenio y a su ambiciosa madre Volumnia, los postulantes de hoy cuentan con asesores y especialistas para su conducción e imagen pública.

En efecto, la falta de afabilidad o algún movimiento que escandalice puede costar caro. Por ejemplo, en México el famoso “cállate chachalaca” de López Obrador en 2006 le resultó fatal, y los traspiés de Enrique Peña Nieto, a fines del año pasado, le costaron puntos que se traducen en dos millones de votos, según dijo Roy Campos en entrevista con Denise Maerker (4). Como en la tragedia, quizá el que termina engañando es el ciudadano, más que el candidato.

En el Acto Tercero, Escena II, Volumnia aconseja a su hijo Coriolano cómo presentarse ante el pueblo y los nobles.

Volumnia. –Si es honorable en la guerra parecéis otro de que sois, política que adoptáis para llegar a vuestros fines, ¿cómo es menos honrado o más deshonroso obligar a la política a hacer compañía al honor en la paz como en la guerra, puesto que esa alianza es igualmente útil en los dos casos?

Coriolano. –¿Por qué me apremiáis así?

Volumnia. –Porque ahora es preciso hablar al pueblo, no según vuestras luces, no según las inspiraciones y los impulsos de vuestro corazón, sino con palabras aprendidas por rutina, aunque sean palabras falsas y sílabas sin valor con relación a vuestro verdadero criterio.

La campaña y el discurso como una estrategia, un montaje de perfecta articulación. Volumnia como la entrenadora de los modernos candidatos.

En el Acto Cuarto, Escena VII, se anuncia la desgracia que caerá sobre Coriolano.

Lugarteniente. –Pero, decid, hacedme el favor, señor: ¿creéis que se apodere de Roma?

Aufidio. –Todas las plazas se le rinden antes de que las haya asediado; la nobleza de Roma está con él; los senadores y los patricios le aman igualmente. Los tribunos no son soldados, y su pueblo mostrará tanto apresuramiento en recordarle como mostró precipitación en desterrarle. (…) Al principio fue de ellos un noble servidor; pero no pudo llevar sus triunfos con igualdad. Fuera probablemente efecto del orgullo, que echa a perder siempre al hombre feliz favorecido por el éxito constante; fuera quizá por falta de juicio, que le incapacitó para disponer de esas circunstancias de que era dueño; fuera, es posible, el efecto de su carácter, incapaz de transformar y de cambiar el caso por la vestidura, y que hacía mandar las cosas de la paz con la misma rudeza y la misma manera de ser que mandaba las cosas de la guerra; en todo caso, ha bastado uno de esos defectos, pues tiene átomos de todos, no todos y por entero, le absuelvo a ese respecto, para hacerle temer, odiar y desterrar. (…) Un fuego extingue otro fuego. Un clavo saca otro calvo. El derecho se desploma bajo otros derechos. La fuerza sucumbe bajo la fuerza. Vamos, marchemos Cayo, cuando Roma sea tuya, serás el más pobre de los hombres; entonces bastará poco tiempo para que me pertenezcas.

La obra de Shakespeare termina con la muerte al general romano a manos de sus enemigos y los honores que los mismos le tributan. Ese final no podemos esperarlo ni desearlo para México, pues sería tremendamente grave para el país, como ya se vivió en 1994.

Pero sin considerar esa desgracia, sí tenemos candidatos coriolanos porque tienen un destino determinado, sujeto a la voluntad de otros actores o las disposiciones del teatro y las escenas. Mercado, poderes fácticos, compromisos, vecindad, presiones, chantajes, equilibrios, prácticas, leyes y cultura política, son algunas de las muchas cosas que sujetan a nuestra clase política.

Coriolanos en campaña y coriolanos observándolos. Si el candidato es espejo del ciudadano, quizá tendremos lo que merecemos.

(1) Tan actual que se acaba de estrenar una versión cinematográfica. Véase http://coriolanus-movie-trailer.blogspot.com/.

(2) Gunter Grass, Antecedentes y consecuencias de la tragedia de Coriolano desde Tito Livio y Plutarco, pasando por Shakespeare, hasta Brecht y yo, en Ensayos sobre Literatura 1957-1979, 1980.

(3) Cayo Marcio, antes de ser nombrado Coriolano.

(4) EPN perdió los mismos puntos que AMLO en 3 meses: Mitofsky. Con Denise Maerker

11 de Enero, 2012,

El autor es socio consultor de Azpol comunicación + estrategia política (www.azpol.com).

gustavomtz@azpol.com

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1 comentario en “Lecciones coriolanas”

  1. Enrique Luján dice:

    Excelente ensayo. Siempre he pensado que la literatura nos muestra más nítidamente los nudos del poder. Gracias por estas referencias.

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