La culpa es del otro

Escrito por on Abr 12th, 2011 y archivado en Destacado, Galería Fotográfica, Sobremesa. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

La culpa es del otro

Confieso que ya de por sí la idea de la Iniciativa México me parecía bastante mala para empezar, con el abuso poco imaginativo que hicieron de Javier Aguirre, quemándolo de paso para casi toda su vida y condenándolo poco menos que al exilio después de su doble papelón (en el comercial y en el mundial) y la muy mala idea de convertir al trabajo por la sociedad en un reality show.  Eso ya era malo, pero este año, a falta de mejores ideas, se les ocurrió a los dueños de los medios, pasar de dictar la política social a dictar la política de comunicación en el país.

Con el marco del Museo de Antropología y con toda la parafernalia televisiva detrás, los consorcios y transnacionales de la comunicación se aplicaron triunfalmente una gigantesca automordaza, bajo el rimbombante nombre de Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia,  para evitar que el gobierno de Calderón se siga enojando con ellos por no reportar que va ganando «su» guerra, los grandes medios se pusieron de acuerdo para no herir susceptibilidades y, finalmente, sumarse a la archimentada «unidad nacional» que viene suplicando a gritos el habitante de los Pinos. No es que realmente estuvieran haciendo una crítica feroz a la muy tonta guerra contra el narco, en realidad ni siquiera es que quieran hacerle el juego a Calderón, lo que quieren es imponer su versión de México, su versión de la realidad, una versión que, desde luego deja fuera a todos los que no estén dispuestos a pasar por el aro del «México que mira al futuro».

Y después de todo, no tendría tal vez nada de raro, al final de cuentas, quien tiene un micrófono, va a tratar de contar las cosas desde su visión, desde su cultura y punto de vista. Eso no es lo grave,  lo grave es la intención explícita de que el punto de referencia de los que enarbolan la dichosa Iniciativa México sea el único punto válido. En este sentido, los que firmaron el dichoso acuerdo están cometiendo dos errores garrafales, al menos errores garrafales si seguimos con la loca idea de querer vivir en una democracia.

El primero es la innecesaria y espantosa Mea culpa que se echaron, solitos, encima. Al enunciar que el susodicho acuerdo ya no va a glorificar al narco, están, por default, aceptando que eso es lo que estaban haciendo; al decir que van a tratar con tacto la violencia, están diciendo que la estaban mostrando sin inteligencia alguna; al exigirse a través del papel firmado profesionalismo, están declarando a los cuatro vientos que no lo estaban practicando; al pedir, finalmente, seguridad para los periodistas, nos dan a entender que les estaba valiendo más o menos madre lo que pasara con sus colegas del gremio.  Y lo más triste es que, como confesión ante un inquisidor, ni siquiera es cierta del todo. Varios de los medios representados en este triste espectáculo (los periódicos sobre todo) han intentado buscar la seguridad de sus periodistas y han procurado ser profesionales en el ejercicio de su trabajo. En aras de su dichoso acuerdo, empezaron por inmolarse ellos mismos.

Pero la cosa no acaba ahí, no contentos con autoflagelarse, se empeñan en pasar la factura a los que no firmaron.  Quizás la declaración más alarmante (al menos para mi) de todas las que se hicieron era la de que la violencia es culpa (nada más) de los delincuentes. Las reclamaciones tienen que ir todas a los capos y sicarios y ninguna al gobierno, porque en el gobierno estamos “todos los buenos” y allá están “todos los malos”. Y ahí está, otra vez, el problema de siempre, el mismo del cual ellos se quejan en su eslogan del México «moderno», hay que echarle la culpa al otro.

Esto es problemático no solo porque limpia de hecho al gobierno de todas las tropelías cometidas y por cometer, sino porque vuelve al error original con que se empezaron a disparar todas las muertes, el error de hacer de los delincuentes un otro, de sacarlos de la especie, de volver a declararlos no humanos, de levantar otra vez el muro y esperar que nadie se lo brinque, de declararle la guerra a los mexicanos (porque no por ser delincuentes, asesinos, saqueadores y secuestradores, dejan de ser mexicanos, para nuestro tremendo dolor,  siguen siendo paisanos nuestros los que nos están matando).

La primera y principal condición para ejercer violencia contra un ser humano es el dejar de considerarlo alguien como yo. En el momento en que lo nombramos como un otro (narco, mojado, negro, indio, joto, fresa, emo, vieja), en el momento en que deja de ser alguien igual a nosotros, podemos hacer lo que queramos con él, porque todos partimos de la idea de que “nosotros” (hombres, “buenos”, “machos”, blancos, “americanos”, legítimos) somos superiores a los demás, por el solo hecho de ser nosotros. No en balde las definiciones que se han dado a sí mismos prácticamente todos los grupos humanos son variaciones de: “nosotros somos los hombres verdaderos”.

La violencia no crece de la nada, no son champiñones después de la lluvia (ya sé, ni los champiñones crecen de la nada, pero perdóneseme la metáfora), la violencia se cultiva y se escala y el primer paso es precisamente el que ahora refrendan algunos medios de comunicación. La culpa es de los de allá, de los malos, de los feos, de los gordos, de las caricaturas que se exhiben en El Infierno y Salvando al Soldado Pérez, de los otros. Y al marcar la línea, se salvan- por supuesto- ellos de toda responsabilidad, de toda maldad y la dejan caer cómodamente a los de enfrente, posibilitando y legitimando de paso la visión que se dejó ver en la entrevista que le hicieron al militar Bibiano Villa,  que estaba encargado de la seguridad en Torreón, hay que matarlos y punto, que al cabo son delincuentes (y aquí entran todas las variaciones de «al cabo que son»: terroristas, judíos, comunistas, ilegales, tutsis, musulmanes y los que ustedes quieran y manden). El que combate dragones, dragón se vuelve y todas esas cosas.

Imagino que a estas alturas no faltará el alma desencaminada que estará pensando que pretendo exonerar a los criminales de sus faltas con el consabido «es culpa de la sociedad» y que no vacilará en lanzar el clásico pero no por ello menos imprudente exabrupto de «si a usted le matarán a tal…. no estaría defendiendo a esos tipos». Pongámonos de acuerdo, no se trata de lavarle la cara a nadie, ni al gobierno, ni a los medios, mucho menos a los delincuentes. Ya se ha dicho en otras ocasiones, pero no estará de más repetirlo, a los narcos y demás personal del crimen organizado (policías y soldados incluidos) hay que detenerlos, que juzgarlos y, una vez probada su culpabilidad, encarcelarlos (luego intentar que no sigan delinquiendo desde ahí). No creo que quepa duda alguna en eso, se tiene que detener al crimen organizado (y desorganizado), se tiene que proteger a los ciudadanos, la duda está en la forma de hacerlo, si para evitar la violencia hay que ponerse más violentos que los demás, estamos perdiendo desde el arranque.

Veamos un ejemplo en el microcosmos social del futbol mexicano. Darwin Quintero, delantero del Santos Laguna es castigado seis juegos por agresión a otro jugador, un castigo verdaderamente ejemplar y duro para la usualmente blandengue comisión disciplinaria de la Femexfut. El asunto es que Quintero argumenta, sospecho que con veracidad, que los jugadores del Cruz Azul, uno de los cuales fue el objeto de la agresión, lo insultaron de forma racista, a lo cual el sudamericano perdió la cabeza y agredió. El mecanismo de la violencia del que estamos hablando está aquí bien resumido; la violencia no la empezó el del Santos, sino el de Cruz Azul, y la empezó convirtiendo al delantero en ese otro del que escribimos líneas arriba. El racismo es una forma más de negarle a las personas la condición de igual a nosotros, y, de esa manera, se vale lastimarlo y maltratarlo. El problema aquí estriba en que la cosa trabaja de ida y de vuelta, al ser convertido, rebajado de la condición de igual,  el otro reacciona aplicando la misma medicina. Y como no suele tener los mismos medios o posibilidades de pagar con la misma moneda, suelen contestar con violencia física. Como resultado, el que agredió físicamente está fuera seis juegos, lo cual es correcto y bueno para sentar un ejemplo disciplinario, pero los que comenzaron la violencia están a cubierto de represalias de la justicia. Y no solo están a salvo, sino que incluso he leído comentaristas (como Carlos Albert) que encima de todo acusan a Quintero de “llorón” por haberse quejado por los insultos.  Además de insultado, se le acusa de cobarde, de no saber aguantarse y quejarse de cosas que “pasan todos los días” y que, se supone, no deben de salir de la cancha.

Antes de que empiecen a temer por el sano desarrollo de este artículo, déjenme garantizarles que hay elementos muy importantes que unen los casos, aparentemente dispares de un jugador expulsado, unos matones con impunidad total y unos medios de comunicación con ganas de imponer su verdad como la única. La violencia, esa primerísima y justificada consternación de los mexicanos no es un asunto de bandos, no es cuestión de buenos contra malos, no es culpa exclusivamente de los sicarios, como tampoco es culpa exclusivamente del papanatas de Calderón. La violencia es un problema en donde estamos metidos todos, porque lo que estamos viviendo no es problema que acabe de nacer, es la expresión descontrolada de un sistema social que viene haciendo agua desde hace décadas.

La idea que están empujando con su automordaza los grandes consorcios de noticias, que la culpa es del otro, no nos permite avanzar para comprender la gran pregunta ¿por qué la culpa es del otro? ¿qué hicimos o dejamos de hacer para que aquel pudiera, primero hacer lo que hizo y después, salirse con la suya? Lo que vemos y sentimos es algo que se viene escalando desde muy abajo, desde la profunda división que cada día se profundiza más entre los diversos Méxicos, el de los ricos, el de las clases medias, el de los indígenas, el de los campesinos, el de las mujeres, el de los jóvenes, hace un buen rato que nos hemos convertido en “otros” para nuestros vecinos, para nuestra familia, para nuestro país.

Encerrarnos en el discurso de bandidos contra sheriffs nos asegura – decía Chava Flores – muchas horas de balazos, pero pocos desenlaces reales. No deja de ser notable que a cinco años del bestial error de empezar una guerra, no ha existido (y si existió no se hizo el menor ruido al respecto) una reforma profunda al Poder Judicial y cualquiera que haya visto (u oído de) Presunto Culpable sabe que no sirve de nada agarrar a los “malos” si los jueces están demasiado ocupados inventando culpables porque les “parecen sospechosos”. Los famosos juicios orales (que quien sabe si sean realmente una solución eficaz) nomás no se implementan, los Ministerios siguen haciendo sus expedientes con las patas y el sistema penal, en general, es una garantía de injusticia, inequidad, ineficacia e ineptitud. Pero lo importante son los balazos y matar hartos narcos, porque ellos son los culpables de la violencia.

La estrategia del gobierno, lo dijo hasta el exembajador Pascual, está mal pensada, mal hecha y peor ejecutada. Pretender, como pretende Calderón y el PAN que  la suya es la única ruta posible es ser, además de bruto, criminal. Pretender, como pretenden los grandes medios informativos, que la cobertura a la violencia se reduzca a una especie de marcador para ver quién batea más hits o quien hace más strikes, el gobierno o los narcos (les apuesto que sé quien comete más errores) es entre ridículo y peligroso. Ridículo porque no querer entender a estas alturas, que lo que pasa en México no es producto de la casualidad o del mal humor de un hato de bandidos carniceros, sino el efecto cuidadosamente cosechado de décadas de destruir los cimientos de una sociedad y de marginar cada vez más ciudadanos, implica o un grado de ignorancia extraordinario, o un grado de cinismo todavía mayor, ambos escenarios son ridículos para gente que se supone son periodistas con años de experiencia.

Peligroso porque están abonando a las condiciones de destrucción generalizada que señala Charles Tilly en su libro Violencia Colectiva: a saber, gran desigualdad social,  acaparamiento de oportunidades por unos pocos, la presencia de líneas de división social muy fuertes y la acción de los emprendedores políticos. Los presentes en la iniciativa México no han sido lentos en condenar a los que no firman como una parte más del problema, “resentidos y lacras” los llamó Gómez Leyva, “mezquinos» dijo Carlos Marín y en general se asegura que entran dentro de la parte de mexicanos “premodernos”, “aldeanos” o, cuando de verdad se ponen floridos “cavernarios”.  A la línea que llevan años dibujando entre los “modernos” (que son obviamente ellos) y los otros (recuérdese el desplegado de la Generación del “no”) le añaden ahora un ingrediente más riesgoso, ya no se trata nada más de que los que no se alinean a su modernidad estén pasados de moda o sean un lastre para el desarrollo, ahora los que no se alineen están en contra de México, ni más ni menos. Los otros, hordas irracionales al servicio de López Obrador, estarían haciéndole el juego a los únicos que dañan al país (los narcos/delincuentes) y por lo tanto, pueden llegar en un futuro no tan lejano a necesitar algunos garrotazos para entrar en la razón y en el progreso.

Ojalá fuera una hipótesis aventurada, el país está caminado, paso a pasito las rutas que han sido recorridas históricamente en cualquier lugar en donde la violencia entre connacionales se ha disparado. La construcción de líneas divisorias sigue adelante y los castigos y reproches para los que no se pasan del lado “correcto” (de izquierda o de derecha) van subiendo de tono. La destrucción generalizada es la que se dio en Bosnia y en Ruanda. En todos los casos, los elementos divisorios fueron categorías que se dejaron crecer hasta volverse irreconciliables, hasta que fuera impensable que un hutu dejara vivir a un tutsi, un cristiano a un musulmán. Tenemos que tener mucho cuidado cuando empezamos a tolerar los asesinatos de los delincuentes por parte de las autoridades, porque no sabemos cuando la línea va a recorrerse y quedemos fuera de ella. Pedir que la lucha contra el crimen vuelva al cauce legal y policial (que eso es lo que se pide al solicitar la retirada del ejército) es abandonar esta lógica del enemigo al que hay que matar y luego preguntar. No es para proteger a los delincuentes, es para protegernos a nosotros mismos. Dejar que el ejército tenga poder en la vida de un país es fácil, lo difícil siempre ha sido sacarlos. La lógica militar no es una lógica democrática, ni una lógica liberal, ni una lógica humanitaria, no es culpa suya, están entrenados desde el principio para aceptar que se vale matar a alguien siempre y cuando sea “el enemigo”, la bronca es quién y bajo qué criterios les dice como se llaman sus enemigos. El ejército tiene enemigos y los mata, una democracia tiene ciudadanos y trata de convencerlos.

Hasta hoy, la guerra civil desatada por Calderón se ha cobrado más de 35 mil muertos. Y es una guerra que se pudo haber evitado, no dejando al crimen campear a sus anchas, sino reformando el sistema político y social de México, que es el ha creado y sigue creando a los mismos que ahora ya no sabe cómo frenar.

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