El Aguascalientes que yo no conocí

Escrito por on Abr 7th, 2011 y archivado en Aguascalientes Alicaído, Destacado, Galería Fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

El Aguascalientes que yo no conocí

Heliodoro Martínez López inicia su libro El Aguascalientes que yo conocí con la siguiente frase: “los viejos vivimos de los recuerdos”; su libro es una recapitulación de recuerdos, pero es también el melancólico obituario de una ciudad que ya no existe, un recuento de lugares, nombres, personas e incluso tradiciones que se desvanecieron, perecieron o fueron derribados en aras de abrigar el progreso.

Recientemente, la otrora emblemática cadena de Farmacias Sánchez pasó a nutrir aquel obituario de la nostalgia, se sumó a los cantos fúnebres de las tradiciones aguascalentenses que han cedido ante la voracidad de los tiempos postmodernos, ya no forman parte de nuestro presente sino que se alojarán de ahora en adelante en el archivero de la memoria y de la historia.

Desconozco en carne propia la historia de las Farmacias Sánchez, para mí siempre estuvieron allí, desde que tengo uso de razón eran una cadena consolidada. Su evolución sin embargo la recapituló Carlos Reyes Sahagún en un artículo publicado en Crisol Plural: la empresa, un negocio familiar que inició como una botica, que creció y en su momento llegó a absorber a la competencia, terminó por ser absorbida.

La tradicional Farmacia Sánchez de Madero, en Aguascalientes, ha cerrado sus puertas

La evolución de aquella botica familiar que prosperó, más tarde se estancó y finalmente desapareció, es un reflejo de la crisis por la cual atraviesa Aguascalientes, una entidad que coquetea pero a su vez es temerosa del progreso. Los reclamos citadinos que se hacen de nuestro precario presente son el mayor ejemplo de ello, nuestros deseos se bifurcan: hay quienes, ansiando que nos transformemos con prontitud en una metrópoli, buscan construir puentes hacia el futuro sin importar las tradiciones que se derriben a su paso; del otro lado, están los que añoran la tranquila villa que (dicen) alguna vez fuimos, pasando por alto el hecho de que de aquel pasado, hoy solo quedan recuerdos, la ciudad se ha ido extendiendo a tal grado que resulta imposible desentenderse de su crecimiento.

La autopista hacia el progreso es seductora, hacer el menor tiempo posible entre un punto y otro resulta una proeza confortable. Las frenéticas miradas juveniles bostezan en consecuencia ante las tradiciones, anclas que impiden la ruta hacia el progreso y debieran ser cortadas de tajo: el deshilado es ente anticuado, el beisbol llanero una piltrafa y la Romería una tradición de mochos que sólo entorpece el tráfico vehicular. Pero la velocidad languidece la mirada crítica sobre aquello que ocurre en nuestro entorno.

La vereda sinuosa por la cual desfilan las nostalgias de los viejos, la tranquilidad de contemplar el recuerdo albergado en la memoria, el panorama imborrable del pasado, la añoranza de pausar el correr del tiempo para impedir la llegada del futuro y desconocer a su vez la realidad presente. El ninguneo del internet como medio de divulgación, juzgar la música rock como avatares del diablo y desoír las expresiones de los jóvenes. Quienes nadan a contracorriente de los tiempos modernos, terminarán ahogándose en el océano de la modernidad.

Las Farmacias Sánchez no pudieron sortear con fortuna este dilema, malentendiendo el progreso, buscaron expandirse al interior de sus entrañas y no hacia afuera, hicieron de sus farmacias falsos minisúpers pero no apostaron por el crecimiento territorial –que no expendieran condones es sólo una jocosa anécdota de cómo solemos confundir conservadurismo con tradicionalismo–. Las Farmacias Sánchez sucumbieron por su falta de expansión, situación que provocó un incremento en el costo de sus suministros, lo cual repercutía directamente en el bolsillo de sus clientes; las familias aguascalentenses fueron descubriendo la merma económica que les representaba el surtir en ellas sus recetas y optaron por migrar hacia otras farmacias.

Quizás el episodio más nostálgico del libro de Heliodoro Martínez sea aquel en el que habla de Los Arquitos, con una prosa entrecortada, el autor recuerda: “La última vez que vi la antigua alberca Puga, casi me dieron ganas de llorar, las límpidas y tibias aguas que tanto placer nos causaron, brillaban por su ausencia; en su lugar montones de basura llenaban el antiguo depósito, que casi había desaparecido. Pensé con profunda tristeza ‘así pasan las glorias del mundo’”. Hoy, los montones de basura han sido retirados, en el lugar se erigió un centro cultural que, si bien perfectible, no deja de ser un lugar donde convergen la juventud y el ímpetu, una clara muestra de que el progreso y la tradición pueden ir de la mano.

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