La Sagrada Cruzada

Escrito por on Dic 12th, 2010 y archivado en La Nueva Europa. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

NUEVA EUROPA 3

LA SAGRADA CRUZADA

La Espada y la Cruz Cerniéndose Sobre el Islam y Bizancio

Esta sociedad liberada de los temores del año mil… es la sociedad de la Cruzada (…) Los príncipes se disputaron las conquistas; los caballeros arrasaron todo lo que podían… La fornicación, la soberbia, el hambre de rapiñas mancillaron, como a todos los demás ejércitos, a aquél que llegó, bañado en sangre, hasta la tumba de Cristo. Sin duda, los mejores cruzados avanzaban extasiados hacia el fin del mundo.

Georges Duby

En el siglo XI Europa crecía y se convulsionaba. El Sacro Imperio Romano perdía fuerza ante la oposición de los señores feudales, de la Iglesia de Roma, y de monarcas de reinos occidentales que cobran vigor. En la España ocupada por los moros la ofensiva del poder castellano, bajo el mando de Alfonso VI (1073-1109), inicia la reconquista contando con el apoyo de caballeros franceses arengados por el Papa, logrando tomar Toledo en 1089. En lo que podría ser considerado el primer impulso de la cruzada efectuada al interior de Europa. Movimiento guerrero religioso con el cual se fortalecía la Iglesia Romana, pues era la institución más sólidamente constituida para ser capaz de superar la dimensión feudal y al propio Sacro Imperio, motivo por el cual se presenta la ‘disputa de las investiduras’. Ocurriendo que en los territorios reconquistados para la Cristiandad, como en Toledo, se introduce al clero regular dependiente de la autoridad del Papa; ocasión propicia para que los nobles hispanos le entreguen territorios recién reconquistados en contribución a la Santa Sede, al igual que le obsequian a Cluny parte del botín para que construyesen los monjes la ‘Jerusalén Celeste’ con oro y plata. Tiempo en que cunde el propósito de emprender una ensoñada peregrinación dual: hacia Jerusalén celeste, que se está configurando en Cluny, y hacia la Jerusalén terrestre, a la que parten los cruzados como en un viaje hacia la consumación de los tiempos.

Bajo la inspiración cluniacense de pureza religiosa en independencia del poder secular se fue gestando la pretendida superioridad de la Iglesia sobre los reinos profanos. Acontecía que el clero, argumentando ser detentador del derecho divino, comenzó a fincar su dominio terrenal, en procura de que Roma volviera a ser el centro de Europa, puesto que el dominio cristiano desde Roma debería incluir a la Iglesia Bizantina Ortodoxa. Para cuando apoyándose en un Colegio cardenalicio la elección del Papa comenzó a ser independiente del designio imperial y de la nobleza romana. “La doble triara expresaba simbólicamente la pretensión a superioridad sobre reyes y emperadores[1]

Un monje de origen cluniacense de nombre Hilebrando se convierte en el papa Gregorio VII (1073), haciéndose cargo del propósito de establecer el reino de Dios en la Tierra bajo el primado romano, sacudiéndose la Iglesia del dominio imperial que hasta ese entonces la mantenía como una dependencia del Emperador, de manera similar a como acontecía en Bizancio.

La dinámica mercantil artesanal que se despliega a partir del siglo XI en Europa Occidental subyace a la Reforma Gregoriana. Las pretensiones de autarquía central de la Iglesia de San Pedro estaban adaptadas a las transformaciones sociales de la época. Así, Gregorio VII en su afán por sacudirse el dominio imperial y feudal que constreñía el desenvolvimiento de la Iglesia, se apoya en los acuñadores de moneda, como quien se apoya en el tipo de agentes modernos de quienes emana el nuevo poder y así la posibilidad de autonomía: “La Reforma gregoriana tuvo que buscar aliados en el mundo del dinero y del comercio, en los mercaderes, potencia nueva”. Lo que de paso inicia el cambio de tratamiento que otorga el alto clero para con este ramo de ‘condenados’. La Iglesia adentrándose en las actividades políticas y mercantiles requeriría de los servicios de los amos del dinero: “la usura al servicio de la Iglesia”, a los mercaderes se les tenía que abrir las puertas del cielo.[2]

En lo que se tiene que tomar en cuenta la trayectoria que como prestamista había cumplido la Iglesia en función de Banca en los monasterios en la Alta Edad Media. Y más aún el papel que como banqueros van a representar la Orden de los Caballeros del Templo del Santo Sepulcro (Templarios); orden que en base a controlar la ruta terrestre hacia Oriente y aprovechando las propiedades que adquiere en ambos Continentes, gracias a su carácter seglar, se convierten en amos y señores de las fianzas; por igual ocurría que la Orden Teutónica se inmiscuye en las factorías de Flandes hacia 1400. Lo que señala la repercusión que tuvieron las Cruzadas en la transformación de Europa Occidental con la apertura del comercio hacia el flujo proveniente del gran mercado a la sazón ubicado en el Cercano Oriente.

Para que el Papa estableciera su dominio monárquico en el Vaticano, se requería prohibir que los señores impusieran las investiduras (nombraran a loe eclesiásticos), lo que condujo a la contraposición para con la nobleza; derecho divino (canónico) versus derecho consuetudinario. “La iglesia quería ser libre en el mundo, para lo cual intenta dominar el mundo. La paradoja del poder: Para someter a los poderes contrarios necesitaba la iglesia pontificia también poder. Como garantía de su libertad en el mundo necesitaba dominar sobre el mundo. Esto le hizo rebasar el círculo de las exigencias cluniacenses y entrar en un terreno peligroso: pues ¿no quedaba la Iglesia implicada en aquél tráfico mundano del cual precisamente quería desprenderse para su más pura espiritualidad?”.[3]

Y lo que es más, Gregorio VII pretendía iniciar una cruzada en auxilio del Imperio Bizantino debilitado por las invasiones turcas, para así unificar la Cristiandad desde Roma. ¡El mismo estaba dispuesto a encabezarla! Para cuando en la mismísima Bizancio se vive un cisma similar al de Occidente. Pues el patriarca Miguel Cerulario, aprovechando un interregno como momento de debilidad imperial, ¡pretende la supremacía de la Iglesia sobre el Emperador! Algo increíble para aquella cultura. No estando dispuesto a subordinarse ni ante el Papa ni ante el emperador Isaac I, el primero de la dinastía de los ‘comnenos’. Mas como era de esperarse su intento fracasa. Pronto es desterrado a Imbros y muere permitiendo que sea sucedido por un patriarca fiel al emperador.[4]

La argumentación de predominio pretendido por la Iglesia se basaba en la translación del poder trascendente de Cristo a San Pedro y sus sucesores implicando la superioridad de lo espiritual cobre lo terrenal, de lo que se deriva la primacía del pontificado, como sucesores de San Pedro sobre los monarcas. Así fue que en el papado se configuró un documento intitulado Dictatus Papae (1075) para uso interno; en el cual se estipulaba la dominación autócrata del Papa hacedor de leyes exclusivas, católicas, como signando lo universal y absoluto, dominio que se implanta en este mundo por designio divino: “(apartados) VII. Que sólo al Papa le es lícito, según necesidad del tiempo, dictar nuevas leyes, formar nuevas comunidades… VIII. Que él solo puede llevar las insignias imperiales. IX. Que todos los príncipes hayan de besar los pies solamente del Papa. X. Que sólo del Papa se nombre el nombre de las iglesias. XI Que este nombre es único en el mundo. XII. Que es lícito deponer a los emperadores (…) XXII. Que la Iglesia romana no ha errado nunca y no errará nunca, según testimonio de la Escritura… XXIV. Que por orden y permiso suyo es lícito a los subordinados formular acusaciones. XXV. Que sin intervención de Sínodo alguno puede deponer y reponer obispos. XXVI. Que nadie sea llamado católico si no concuerda con la Iglesia romana. XXVII. Que el Papa puede eximir a los súbditos de la fidelidad hacia príncipes inicuos”.[5] El absolutismo papal como fiel manifestación del catolicismo.

Estas pretensiones representaban una afrenta al poder imperial. La ‘disputa de las investiduras’ condujo al conflicto entre el Papa Gregorio y el Emperador –venido a menos- Enrique IV. La interferencia del Papa en la designación de los altos prelados al interior del dominio imperial le impedía al soberano germano el que nombrase a sus más importantes funcionarios, que eso venían a ser los arzobispos y obispos, el poder concéntrico del Emperador dependía de ellos. Por algo el pecado de la simonía era algo urgente de ser corregido. El conflicto Papa versus Emperador llevó a que se proclamara una anatema contra Enrique, pidiéndose su destitución; se le excomulga y el emperador se humilla en Canossa el 28 de enero de 1077, suplicando la dispensa papal. El Emperador dejaba de tener el poder incontrastable, y el Papa profetiza la caída del Emperador antes del 1 de agosto de 1080. Mas sin embargo la correlación de fuerzas habría de cambiar. Ningún barón en su sano juicio le daría preeminencia al Papa.

Al igual que en Bizancio, a fin de cuentas, la Iglesia estaba sometida al poder de los monarcas. Mas si en la Europa feudal el poder del Emperador disminuye, el papado tendrá la oportunidad de hacerse de su propio reino, la monarquía Vaticana. Pudiendo así comprobar que el ‘reino de este mundo’ no tiene nada de universal ni de espirituoso, puesto que el dominio de este mundo es cosa de la intriga y de la espada en disputas por territorios que por la configuración geográfica del minicontinente que viene a ser Europa es de dimensiones más bien reducidas. Si el Papa no tenía un campeón y un poderoso ejército en quién respaldarse no había dominio católico profano. El fin de Gregorio VII lo patenta. Ante el contraataque del Emperador Gregorio tiene que huir de Roma, auxiliado por el rey normando se exilia en Salerno, en donde muere en 1085. A fin de cuentas su profecía no se cumplió y él fue el humillado.

El catolicismo, como ideología de lo universal absoluto es intransigente e impositivo. La Iglesia de Oriente debía someterse al primado de Roma, lo mismo que los emperadores debían quedar subordinados al Alto Clero, únicos representantes de Dios en la Tierra. La intolerancia católica contrastaba con la tolerancia musulmana y con el intelectualismo bizantino. Una condena que afecta al ‘otro’, los musulmanes son infieles, los bizantinos cismáticos, ambos merecen ser sometidos a la autoridad papal. El cruzado, como prototipo del guerrero latino-germano, sólo puede argumentar detentar ‘superioridad’ -sobre culturas que como civilizaciones de mayor auge lo deslumbran- en la supuesta delegación en San Pedro de la Iglesia Universal con sede en Roma, confiriéndole supremacía sobre las otras religiones e iglesias, tal y como el Papa lo proclama.

Con la indulgencia plenaria que otorga el Papa a quienes hacen voto de participar en la cruzada, penitencia y peregrinación, los pecadores van a exculparse intentando conquistar la Tierra Santa; a falta de cárceles o de redimirse a latigazos, la cruzada es una buena excusa para sacar de Europa a ‘los pecadores’. Cruzada de pecadores y de excomulgados, puesto que ninguno de los caudillos que la encabezan toma la cruz que el Papa otorga como signo de su legitimidad. Permitiéndose que cruzados que no pertenecían a la nobleza puedan llevar armas, lo que se les niega al interior de su propia sociedad: “…, se envió a los causantes de los disturbios –a un exilio apenas disimulado- en busca de aventuras y de salvación a los desiertos de Oriente. A la par de que sirve a (las) conquistas personales (del Papa) -en particular a su guerra contra el emperador, el cual a partir de ahora no puede reivindicar más el monopolio de los ejércitos cristianos-, el papa contrata a gente con la cual no está obligado a unirse por vínculo vasállico –puesto que lo está por los de penitencia- y que, además, le costarán mucho más barato, ya que no están en medida de exigir una retribución caballeresca…”.[6] El poder ideológico de la Iglesia pretendiéndole arrebatarle a los príncipes su dominio en la guerra al proclamar el control de las Cruzadas.

El Papa, al autonombrarse como el director de la cruzada se pretende por encima del Emperador, los reyes y demás nobles, liderando una expedición, la primera de la Cristiandad unificada fuera de Europa. Lográndose a la par la ‘Tregua de Dios’ que permite menguar las continuas guerras internas que aquejaban a diversos feudos y reinos en que estaba dividido el Occidente.

El papa Inocencio III (1198-1216) en el Cuarto Concilio de Letrán proclama: “El Señor confió a Pedro el gobierno no solo de la iglesia, sino de todo el mundo”. Y estaba decidido a realizar tal consigna: “Los príncipes tienen poder sobre la tierra, los sacerdotes sobre las almas, y como el alma vale más que el cuerpo, tanto más valioso es el sacerdocio que la monarquía”.[7] En ello se basaba la ideología del predominio eclesiástico que encauza a los papas a disputarles el poder a los monarcas. Es en ese momento que Inocencio proclama la Cuarta Cruzada, y en sí, la Época de las Cruzadas coincide con la época en que el papado buscó la supremacía en este mundo.

Con ese mismo ánimo, en 1300 Bonifacio VIII proclama la bula UNAM Sanctam, en la que descarga toda la pretensión absolutista de la Iglesia Católica: “Ambas, la espada espiritual y la espada material, están en poder de la Iglesia. Pero la segunda es usada para la Iglesia, la primera por ella; la primera por el sacerdote. La última por los reyes y los capitanes, pero según la voluntad y con el permiso del sacerdote. Por consiguiente, una espada debe estar sometida a la otra, y la autoridad temporal sujeta a la espiritual… Si, por consiguiente, el poder terrenal yerra, será juzgado por el poder espiritual… Pero si el poder espiritual yerra, puede ser juzgado sólo por Dios, no por el hombre… Pues esta autoridad, aunque concedida a un hombre y ejercida por un hombre, no es humana, sino más bien divina… Además, declaramos, afirmamos, definimos y pronunciamos que es absolutamente necesario para la salvación que toda criatura humana esté sujeta al Pontífice romano”.[8] Las pretensiones de dominio absoluto sobre las almas y los cuerpos estipulados; a través de las cruzadas se intentaría implantar este predominio ‘divino’, al menos estas consignas impregnaban la mentalidad de los cruzados. El cruzado, cual engendro ideológico del papado estará imbuido y signado por las consignas católicas absolutistas, dotándolos de omnipotencia. Con ellas marcharán a Tierra Santa como soldados de Dios, dispuestos a masacrar infieles y cismáticos.

Cuando que la clave del dominio ideológico de la Iglesia como religión institucionalizada que impone una cosmovisión profundamente escatológica le permite el control por el temor en las mentalidades concedidas. En ello superaba al paganismo grecorromano, siendo una de las razones fundamentales por lo que había podido destronar a Zeus y a los dioses del Olimpo y demás religiones politeístas. El ser humano en el Medievo buscaba en la Iglesia la esperanza de salvación: Esta era la razón abrumadora por la que la cristiandad remplazó al paganismo: el cristianismo tenía una teoría muy bien definida acerca de lo que sucedía después de la muerte, y del modo de alcanzar la felicidad (salvación) eterna. Esta cuestión atraía a todas las clases: era el factor que permitía que la Iglesia mantuviese la unión social.[9] Hasta el grado de convertirlo en una superstición y en un temor conjugado en la interrelación mundo-transmudo. El concepto de pecado apuntalado en la fuerza de un Dios omnipotente. Señor supremo de la naturaleza y de lo sobrenatural, juez supremo de los humanos, dador de la gloria o de la condena eterna. El temor era grande y permitía –permite- manipular al creyente. El temor a lo que ocurre en el ‘más allá’ le da el poder a la Iglesia en el ‘más acá’. Los cristianos desde San Pablo, y pasando por el Emperador que les otorga el ‘reino en la tierra’, Constantino, fueron dados a tener visiones en el cielo que resultan trascendentes para el establecimiento de la Cristiandad; y estas visiones, y esta predisposición a ver aconteceres sobrenaturales hace que los cristianos crean en íconos y en reliquias, así como en apariciones fantásticas, ya presentes en la Biblia; acaeciendo lo mismo con los cruzados, su fe puesta en íconos o en auxilios supremos los conduce a la victoria sobre musulmanes y bizantinos, quienes a la sazón tienen una actitud iconoclasta[10] y consideran a estas creencias como superstición pura.

Como salvaguarda de la propia Constantinopla, el Mediterráneo Oriental no llega a ser dominado por los árabes. El rechazo a la toma de Constantinopla en el 719 marca el freno a la expansión mahometana en esas aguas, impidiéndose la interrupción de la ruta de Constantinopla al sur de Italia, aunque los árabes sí logran apoderarse de Sicilia (Siracusa) en 878. Así, el Sur de Italia es una zona resguardada y controlada por Bizancio, y no por el imperio carolingio o el germano, quienes carecen de flota. Mientras que Venecia, al norte del Mar Adriático, permanece fuera de la amenaza islámica.

El embate europeo en contra de los dominios islámicos tiene otro episodio importante previo a las Cruzadas en la reconquista que llevan a cabo los pisanos y los genoveses del Mar Tirreno a partir del siglo XI, e incluyendo a los normandos en la recuperación del Sur de Italia y Sicilia. Incursionando incluso en la Costa del Norte de África hacia el 1087. Un episodio de esta reconquista resulta significativo para revelar el espíritu de las cruzadas. La expedición que atacó Mehdia… incluía la presencia del obispo de Módena. Se dice que vieron en el cielo al Arcángel Gabriel y a San Pedro que los conducían al combate; se apoderaron de la ciudad, “mataron a los sacerdotes de Mahoma”, saquearon la mezquita y no se volvieron a embarcar hasta después de haber impuesto a los vencidos un tratado de comercio ventajoso”.[11] He aquí ya conjugados las dos motivaciones que inspiran el ánimo de las cruzadas: reconquista o conquista en el nombre del Dios único y verdadero, muerte a los infieles, contándose con el aval de San Pedro, fundador de la Auténtica Iglesia Católica, La Romana; lo que va aunado, por supuesto, a la expansión comercial y a los beneficios que se obtienen con el saqueo. Entre paduanos y genoveses el odio a los infieles se mezclaba con el espíritu de empresa. Pero con los venecianos predominaba el aspecto pecuniario; su independencia de Roma y del Imperio Germano les daba mayor libertad de desenvolvimiento mercantil.

Por su parte, los normandos que periclitaban las costas de Europa septentrional penetran en el Mediterráneo reconquistando para la Cristiandad las islas que habían caído en poder de los musulmanes. Pero también los bizantinos seguían teniendo pretensiones de dominio en el Sur de Italia, y contra ellos chocan los vikingos cristianizados. Córcega, Cerdeña y Sicilia son tomadas con un impulso que los conduce hasta Grecia. Para cuando el Imperio Bizantino se encogía ante el embate de los turcos selyúcidas. En 1095 los enviados del emperador Alejo I piden ayuda en el Concilio de Plasencia al Papa Urbano II. Si bien, lo que quería el Emperador era que se le enviaran contingentes de mercenarios occidentales y no una Cruzada nominada y dominada virtualmente por el Papa, en realidad dirigida de manera independiente por los barones europeos.

El que los turcos controlasen Jerusalén afectaba las peregrinaciones cristianas al Santo Sepulcro. Pues los belicosos y fanáticos selyúcidas, como nuevos conversos, resultaban intransigentes para con los cristianos, cuando que antaño, la tolerancia de los fatimíes permitía el tránsito de los peregrinos, todo era cosa de que pagaran los derechos de aduana prescritos. Y en la misma Jerusalén, cristianos orientales convivían con judíos y musulmanes bajo la tolerancia que se tenía para con los creyentes del Libro, por lo que estos cristianos independientes de las dos grandes Iglesias no estaban predispuestos a apoyar a los cruzados.

El 27 de noviembre de 1095 el Papa proclamaba a los caballeros europeos el ir al recate de la Tierra Santa…, porque Dios lo quiere. La Paz de Dios les sería conferida junto con la dispensa de sus pecados, mientras sus bienes quedarían bajo custodia episcopal. Era buen momento para que Urbano II al proclamar la Cruzada se encaramase en el poder de Europa, el predominio de Roma respaldado por la fe ardiente de la Cristiandad, de esa manera unificada por su liderazgo. Así se concretaban las pulsiones político-económicas de una Europa que iniciaba su crecimiento y expansión.

La mentalidad preferentemente religiosa del europeo medieval se veía incitada, despertando el potencial militar de por sí poderoso de la caballería europea, capaz de conquistar al Levante entero e incluso a Bizancio. Por supuesto que junto con el ideal religioso venían además las motivaciones profanas, los agentes móviles que dinamizan a la sociedad europea son los ‘benjamines’, los sin tierra, que se ven obligados a salir del feudo o del reino en que nacieron para encontrar los satisfactores materiales, eso los orienta hacia el Oriente con singular codicia. Pero también el fervor los acompaña unido a la sed de aventuras, envueltos en fantásticos ensueños de tintes apocalípticos, (siempre presentes en el inconsciente de la Cristiandad), viajan hacia el reino de la consumación final.

La primera Cruzada fue emprendida por dos contingentes, el propiamente militar y la ‘cruzada de los pobres’, tratándose de una multitud exaltada por Pedro el Ermitaño, un fogoso predicador que inflama a la muchedumbre del Rin y de la Alemania meridional, iniciándose una peregrinación tumultuaria que va saqueando y cometiendo los primeros progoms contra los judíos estigmatizados por ser los ‘asesinos de Cristo’.[12] Esta marabunta fue capaz de cruzar Hungría y Bulgaria, a duras penas alcanzando los sobrevivientes Constantinopla. Y sin esperar la llegada de los caballeros cruzados se lanzaron a través de Anatolia para ser masacrados por los sarracenos. He aquí representado el auténtico fervor que producía el fanatismo religioso católico; los pobres se entregan al suplicio. Con la ‘cruzada de los nobles’ vendrían las ambiciones político-económicas, cierto que no del todo ajena al espíritu religioso que las proclama. Así como algunos nobles empeñaban sus dominios para marchar al Levante, otros, los sin tierra, parten en busca de instaurar su propio feudo. Vigorosos caballeros, audaces para combatir y soportar obstáculos, impulsados por el deseo de obtener en Oriente lo que se les niega en Europa. Ese era el perfil del adalid cruzado.

Así era que la ‘Nueva Europa’, la Europa de los mercaderes, también tenía su participación en las Cruzadas, como negociantes extendiéndose hacia el Oriente. Coincidiendo el dominio de las rutas principales del comercio hacia Egipto y Bizancio, no siendo en ello despreciables las islas y las costas del Levante…, y un poco más allá estaba Jerusalén.

Los bizantinos fueron precursores en la instalación de enclaves comerciales en la Península Itálica, pues desde el siglo IX, Nápoles, Amalfi, Bari, y principalmente Venecia, están activos en el tráfico, motivo por el cual se van relacionando en el comercio que se efectúa con los árabes, a diferencia de los reinos propiamente germano-latinos que sienten animadversión para con los musulmanes y los miran como a los ‘otros’, demonizándolos…

Este comercio incluía preferentemente maderas para la construcción de barcos, y hierro para armas, así como esclavos y esclavas para los harenes de los califas y sultanes. (Muchos de ellos de procedencia eslava, de allí la correspondencia entre eslavos y esclavos). Los venecianos eran la oveja negra de la Cristiandad, la vergüenza de los papas que habrían de condenarlos porque estas prácticas desalmadas iban en contra del espíritu cruzado…, ¡ah!, pero eran muy lucrativas. Siendo el caso de que el veneciano era el prototipo del europeo que advendría con la modernidad. Venecia era a la sazón el adelantado del capitalismo mercantil que representará el futuro desarrollo europeo.

Los venecianos jugaron caprichosamente con las cruzadas, como buenos negociantes, razonando un provecho a su favor y en contra de sus competidores europeos, que no musulmanes, y sí también bizantinos. Fueron reticentes a la empresa de las primeras cruzadas; puesto que la legislación que estipulaba el desenvolvimiento de la Guerra Santa prohibía el comercio con el enemigo, sobre todo en productos estratégicos ya mencionados.

Así, de manera convenenciera se menciona que los venecianos participaron a disgusto en la Primera Cruzada, y muy al último, solo para tomar parte en el botín, y parece que siempre fueron partidarios de desviarla hacia Bizancio, lo que logran en la Cuarta Cruzada. En efecto, la legislación de las cruzadas estipulaba la prohibición del comercio con el enemigo y decreta el embargo de los productos estratégicos, especialmente maderas, hierro, armas y naves. Pero es el caso que los intercambios con los infieles no cesaron ni siquiera en tiempos de las Cruzadas.[13]

Los Bizantinos contemplan con honda preocupación el arribo de los cruzados a Constantinopla: “Saber que se aproximaban innumerables ejércitos francos causó al emperador Alejo gran ansiedad. Estaba demasiado familiarizado ya con la impetuosidad sin medida de los francos, con su veleidad e inconsistencia y con otras características, primarias y secundarias de los bárbaros occidentales (??????). Le era así mismo familiar la codicia insaciable que había convertido el nombre de estos bárbaros en sinónimo de la ligereza con que tomaban cualquier excusa para romper tratados. Tal era la reputación general de los francos, que sus hechos iban a confirmar por completo… Los acontecimientos demostraron que eran hombres más terribles y extravagantes de lo que se esperaba”. Se hizo proverbial el tiempo que tuvo que dispensarles Alejo I para apaciguarlos y controlarlos políticamente. Innumerables sesiones tuvo que dispensarles a los atropellados y groseros francos, intentando complacerlos para que no estallara su furia. ¡La bestia nórdica en todo su esplendor!

El normando Boemundo sirve para describir a la bestia rubia tal y como lo retrata Ana Comnena, hija historiadora del Emperador Alejo: “En toda la Romania no era posible encontrar otro igual a él. No había ni bárbaro ni heleno que pudiera comparársele. Era una maravilla digna de contemplarse y una figura legendaria cuya mera descripción basta para cortar el aliento… La naturaleza le había dado en sus heroicas fosas nasales un gran orificio de salida para el hirviente y poderoso espíritu que fluía de su corazón, pues, fuerza es confesar que había algo atractivo en el continente del hombre, por más que este efecto quedara mitigado por la impresión intimadora que causaba todo su aspecto general. El carácter despiadado de un animal de rapiña trascendía de todo su ser…. Lo revelaba algo su mirada.., y también su risa, que sonaba a los oídos de los demás como el rugido de un león. Su estructura espiritual y física era de tal condición que la ferocidad y la vehemencia eran en él siempre desmesuradas; y estas dos pasiones buscaban permanentemente escapar en la guerra”.[14]

Godofredo de Bouillón, Duque de la Baja Lorena, era la contraparte de Boemundo: “Guerrero de ancho pecho, pelo rubio, ojos azules y dulce palabra, de terrible fuerza: Decíase que había matado con propia mano al usurpador Rodolfo, y clavado el primero la bandera imperial en las murallas de Roma. Tenía tanta fuerza que de un tajo cortaba con su espada la cabeza a un buey o hendía un turco hasta la cintura”.[15] Para los meridionales un auténtico anglo, el cruzado bueno.

Alejo I, hospitalario y solícito apoya el paso de los Cruzados al Asia, empero no podía haber acuerdo duradero entre cruzados y bizantinos. Los latinos logran derrotar al primer ejército turco que se les enfrenta y sitian a Nicea: “Pero los griegos trataron en secreto con los sitiados, penetraron en la ciudad y cerraron de nuevo las puertas para que no entraran los cruzados”. Por consiguiente, los jefes cruzados no obedecerán ni respetarán más al emperador Bizantino. Fue toda una proeza cruzar Anatolia sin víveres ni agua y bajo un sol abrasador, poniéndose a prueba el temple de los cruzados, su valor indómito como esforzados guerreros, lo que sin lugar a dudas era su principal cualidad. Arriban a Antioquia y la sitian. Gran ciudad construida en una pendiente escarpada y resguardada por enormes muros. Así que pasaron meses frente a las murallas hasta que un ejército turco vino en auxilio de los sitiados. Era hora de que Boemundo se pusiera en acción: “Los otros (jefes), asustados, se resignaron y le prometieron que sería dueño de Antioquia, si lograba hacer entrar en ella a los cruzados. Boemundo se había puesto de acuerdo con un armenio renegado (es decir, cristiano convertido al islamismo), que estaba encargado de la defensa de una de las torres del recinto de la ciudad. Una noche (2 de junio de 1098), un poco antes del amanecer, Boemundo y sesenta caballeros fueron al pie de la torre. Encontraron una escala fuertemente sujeta, subieron a la torre y descendieron al interior del recinto. Pero la escala se había roto. A tientas en la oscuridad encontraron una poterna y la rompieron. Los cruzados entraron por allí. Los sitiados, sorprendidos, se defendieron apenas y la guarnición se retiró a la ciudadela. Los cruzados saquearon las casas y pasaron a cuchillo a los musulmanes”.[16]

Para cuando arriba el ejército turco los cruzados quedan prensados entre la guarnición de la ciudadela y las cimitarras de los recién llegados, los sitiadores sitiados. La situación era desesperada, comían cueros y hierbas, cuando un sacerdote provenzal “fue a decir a los señores que San Andrés se le había aparecido y le había mostrado el lugar donde estaba enterrada la Santa Lanza, aquella con que se atravesó el costado de Cristo. Se estuvo excavando en el dicho lugar un día entero. Los trabajadores, cansados ya, se habían parado, y el que había tenido la visión bajó al hoyo, diciendo a los asistentes que rogasen a Dios. Tras de lo cual volvió a subir mostrando una punta de lanza. El conde de Tolosa y los provenzales creyeron que se trataba efectivamente de la Santa Lanza y el milagro reanimó el valor de los cruzados. Los normandos no quisieron creer en él. Tres meses más tarde se censuró al provenzal por haber engañado a los cruzados… <Muere al pasar por una hoguera con la santa lanza tratando de probar el milagro> .., pero sus partidarios siguieron venerando la reliquia”. Acto seguido, los cruzados son capaces de arremeter contra el ejército turco, aun careciendo de caballos infunden pánico en las filas musulmanas, tendiendo a su favor el factor de la división existente entre los turcomanos. Apoderándose del campamento “le saquearon y pasaron a cuchillo la infantería, los palafreneros y las mujeres. El capellán del conde de Tolosa dice: ‘A las mujeres que encontraron en las tiendas, los francos no hicieron otro daño que hundirles las lanzas en el vientre’”.[17]

El legado papal muere en Antioquia y cunde la división entre los líderes de la cruzada. Raimundo de Tolosa se confronta con Boemundo y se disputan para sí las ciudades sirias, consiguiendo de esa manera el objetivo que los llevó al Oriente. Boemundo será príncipe de Antioquia. Raimundo será conde de Trípoli. Los caballeros que sí estaban dispuestos a cumplir con el voto que habían realizado prendieron fuego al campamento obligando a marchar rumbo a Jerusalén bajo el mando de Raimundo de Saint Pilles y de Godofredo de Bouillón. Al llegar a Tierra Santa “Allí se postraron con los brazos extendidos llorando de alegría”, pero Jerusalén era una ciudad muy bien resguardada. Cinco semanas dura el asedio, los caballeros por sí solos no hubieran podido conquistarla pues carecían de los recursos para asaltar sus muros, es entonces que la comparsa europea juega su participación. Los genoveses que habían arribado a las costas de Siria en pos de la rapiña auxilian a los cruzados revitalizándolos con víveres y proporcionándoles el material para que construyeran las máquinas de asalto, dos torres de madera con ruedas; con una de ellas logran penetrar en la ciudad… Y la masacre es la conclusión del peregrinaje guerrero: “Montones de cabezas, de manos y de pies se veían por las calles… Déjame decir que en los alrededores del templo de Salomón, la sangre llegaba hasta las rodillas. Fue justo y especial castigo de Dios que aquel lugar fuese cubierto con la sangre de los infieles que por tanto tiempo habían acudido allí a blasfemar”. (Crónica de Raimundo de Puy)”.[18]

La Primera Cruzada logra su fin a la manera como lo podía hacer el exaltado fanatismo de sus participantes; la espada y la cruz se conjugaron para masacrar sin piedad a los infieles. A fin de cuentas en eso radicaba la superioridad de los occidentales, en su brutalidad militar ejercida en el paroxismo como violencia terrorista. La Jerusalén Celeste que algunos piadosos podían imaginar era una ilusión que se desvanecía en un torrente de sangre.

Godofredo toma la dirigencia de la ciudad con actitud piadosa: Se dijo más tarde que no había aceptado el título de rey, no queriéndolo, decía, llevar corona de oro en la ciudad donde Nuestro Señor había sido coronado de espinas.[19] Podría pensarse que un rey así intentaría realizar la utopía de la Jerusalén Celeste. Pero Godofredo muere al poco tiempo y sus sucesores están más por el reino de este mundo.

La conjunción de la espada y la cruz caracterizará la fórmula del imperialismo occidental saliendo de Europa a la conquista del mundo. Fuerza militar propia de su herencia grecorromana revitalizada con el vigor de los bárbaros del norte, propiciando el impulso de terribles huestes capaces de ir conquistando al mundo por etapas de una u otra manera. Encontrando en el significado de la cruz, como signo de la verdadera religión patentada por su poderosa Iglesia Católica, el respaldo ideológico como razón de ser de su ‘superioridad moral’ sobre el resto de culturas, justificando así sus excesos. La matanza de Jerusalén preludia las subsiguientes intervenciones mortíferas de ‘cruzados’ (y sus aliados) en contra del Islam.

fecha


[1] Carlos Hempe. “La Alta Edad Media Occidental. La Edad Media; hasta el final de los Staufen”. Historia Universal Espasa Calpe. T. III : 432.

[2] Jacques Le Goff. Mercaderes y Banqueros en la Edad Media. Edaf. 1975 : 117 y 118.

[3] Carlos Hampe. Op.Cit. : 446.

[4] Franz Georg Maier. Bizancio. “Historia Universal Siglo XXI Vol. 13”. 1974 : 225.

[5] Principios del Papa Gregorio VII. Dictatus Papae. Del año 1075. Del Registrum Gregorii (Roma, Archivo Vaticano). Carlos Hempe. Op.Cit.

[6] Odilón Cabat. “Las Cruzadas: La Guerra y la Paz”, en: Historia de las Ideologías T II. De la Iglesia al Estado, (del siglo IX al XVIII). Premia. 1981 : 71.

[7] Historia Universal en sus momentos cruciales. Vol III. Aguilar : 18.

[8] Tomado de Paul Johnson. Historia del Cristianismo. Vergara. 1989 : 221.

[9] Ibid. : 264.

[10] En Bizancio apareció un movimiento iconoclasta en los siglos VII y VIII, llegando algunos emperadores a promulgar edictos prohibiendo el uso de las ‘sagradas imágenes’.

[11] Henri Pirenne. Historia Economía y Social de la Edad Media. FCE. 1987 : 28.

[12] En la Alta Edad Media los judíos son los mercaderes exclusivos (judaeus es sinónimo de mercader, mercator). Estos judíos provenían del Mediterráneo musulmán y penetran en Europa por Sicilia o España, traficando con especias, paños, incienso; así como pimienta, esmaltes, marfil, para ser los artículos de lujo de la nobleza feudal. Pero como la ideología trifuncional que predomina en la Europa auténticamente medieval considera al comercio como algo innoble, el judío tendría ese doble estigma negativo.

[13] LeGoff. Op.Cit. : 93.

[14] Tomado de Arnold Toynbee. Estudio de la Historia T. III. Obras maestras del Pensamiento contemporáneo. Origen/Planeta. 1985 : 56 y 57.

[15] Charles Seignobos. Historia Universal T. 6. La Edad Media. Nacional 1956. : 263.

[16] Charles Seignobos. Op.Cit. : 266. Las matanzas en este tipo de guerras son recíprocas, pero la furia de los cruzados sobresale por su doble pulsión transmundana y mundana.

[17] Ibid. : 266-67.

[18] Historia del Mundo Salvat. T. 5 : 366.

[19] Seignobos. Op.Cit. : 270.

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