La Nueva Europa. Historia de un Milenio I

Escrito por on Nov 25th, 2010 y archivado en Destacado, Galería Fotográfica, La Nueva Europa. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

La Nueva Europa. Historia de un Milenio I

NOTA ACLARATORIA

CrisolPlural anuncia a sus lectores que en lo concerniente a los artículos publicados por Héctor Alejandro Mora Gallardo, se realizarán en las próximas semanas algunas modificaciones, por medio de las cuales los artículos contenidos en la Serie de TERRORISMOS A TERRORISMOS, numerados de 22 al 36, pasarán a las Series de MÉXICO SUBORDINADO y a la de USA IMPERIO, según sea la temática correspondiente; así como a una nueva serie que se abre en CrisolPlural intitulada NUEVA EUROPA, la que comienza con un artículo publicado en Crisol en septiembre de 1997.

Tal reajuste se realiza con el propósito de lograr una mejor articulación de los temas en las respectivas series. Quedando la de Terrorismos a Terrorismos remitida a lo que el autor dará en llamar: ‘La Primera Década del Epígono Capitalista’; referida en específico al Terrorismo de Estado practicado por el Imperio, girando en torno al XI-IX-MMI. Indagatoria que viene a ser un sub apartado del tema primordial que concierne a la época y leitmotiv de estos estudios: La Crisis Contemporánea.

Por su Atención, Gracias.

INTRODUCCION

El Occidente, concepto que el mundo suele identificar con Europa (…) Ninguna de las grandes culturas universales ha desplegado hasta el presente fuerzas de tan enorme proporción como la occidental. El Mundo ha sido transformado por ella…

Prólogo- Editores[1]

Cuando los helenos en el transcurso de los siglos –IX, -VIII y –VII realizan una transformación cualitativa en el orden socio-económico-politico al ir procreando las poleis, al unísono van construyendo una diferenciación cultural para con sus vecinos orientales residentes en el Asia Menor (ubicados en la actual Turquía, en la costa opuesta a la Península Griega). Es en el Mar Egeo, tachonado de islas, en donde proceden a ‘dibujar’ los lindes geográficos entre dos continentes (en realidad subcontinentes), acorde con la distinción sociopolítica y desde la propia perspectiva helénica. Lo que vendría a ser un meridiano que hacia el este de la mitad del Mar Egeo es continente asiático, y por tanto originalmente territorio de pueblos ancestrales, si bien colonizado por griegos desde el siglo –VIII. La Hélade (propiamente la Península) viene a ser la contraparte, la cara de Europa que se confronta al Asia; teniendo hacia el norte-noreste a la Escitia, porción bárbara de Europa que cubría por el norte al Asia Menor, incluyendo al Ponto Euxino (Mar Negro); continente que se prolongaba hacia el Oeste y hacia el Norte.[2]

Así era que desde la perspectiva geográfica helénica, desde su visión cultural helenocéntrica, Asia era el Oriente y Europa el Occidente, un Occidente que se extendía hacia el Mar Adriático y la Bota Itálica (Magna Grecia), así como Sicilia, y a lo más, la desembocadura del Ródano, en donde fundan Marsella. Lo demás, vastos territorios inhabitados y por tanto oscuros. Una Europa indefinida potencialmente más grande que Asia.

Ocurriendo el bautizo del Continente Europeo empleándose el nombre de una fémina (‘oceánida de fino tobillo’) de origen asiático: Europa (ancha faz lunar, divinidad nocturna), quien raptada por un Zeus (considerado el Dios principal de cretenses y griegos), al trasladarla hacia Creta de Asia Menor, lo que hace es dotar al Continente hasta entonces ignoto de un nombre, asignandole un contenido propio del linaje y la estirpe asiática que así le da el ser, como descendencia al territorio que entonces pasa a ser Europa, cual inicio de un nuevo mundo, habitando por unas otras culturas que manifiestan características propias, distintas de las asiáticas ya desde la Creta Minoica. Culturas asiáticas para entonces ya milenarias y por tanto arcaicas; primeros Estados y así civilizaciones (urbanas) que diversas etnias engendraron en la Mesopotamia y en el Nilo, así como en el Indo….

Siendo en las Ciudades Estado helenas en donde se elabora un régimen social cualitativamente distinto del hasta entonces prevaleciente modo de producción tributario regido por un despotismo asiático. Constituyéndose la Hélade con sus poleis como la primera cultura Antigua, contraponiéndose a los Arcaicos del Asia Menor, desde Troya hasta el Imperio Aqueménida; choque de culturas más que de etnias desde que los griegos aqueos van a la conquista de Iliria en dos memorables incursiones; plasmada la segunda poéticamente en la Ilíada Homérica; rivalidad que acrece y se torna en drástica diferencia ya en la Época Helénica, cuando las poleis, lideradas por la Democracia Ateniense se confrontan al Imperio Persa.

Y con tal diferenciación va aparejado el surgimiento de la Primera Europa, acorde con el emplazamiento geográfico de estos contenidos étnico-culturales. Para los helenos los habitantes de Europa ya son europeos, ellos mismos, al habitar en tal continente son por su ubicación geográfica europeos, si bien, considerándose una cultura única, sui generis, distinta cualitativamente a los diversos bárbaros: así los unos asiáticos, contenidos en poderosas monarquías despóticas; como también distinguidos de los otros, los simples y primitivos escitas, o de las  tribus que poblaban a la sazón Italia, o de los habitantes nórdicos de los bosques, congregaciones difusas de etnias ubicadas en una Europa que se extendía por el Mar Interior (Mediterráneo) hacia el Poniente y hacia un Septentrión desconocido.

Trátese de una distinción socio-cultural y étnica, aunada a ubicaciones geográficas; mapas tentativos que se van trazando poco a poco, después de múltiples viajes y descripciones de viajeros, recopiladas y organizadas por cosmólogos como Anaximandro y por geógrafos-historiadores como Hecateo y Heródoto, estableciendo esta primer Geografía Occidental que los griegos le heredarán a las sucesivas culturas europeas. La que como toda designación cultural surgida de una porción territorial, etnia particular, puede ser arbitraria e impositiva para con los otros, pero dada la relevancia histórica que adquiere la cultura griega, en su trascender a través del tiempo hasta el presente, queda constituida como el acervo arquetipal, el modelo clásico de la cultura Occidental, tanto en sus aspectos ideológico-artísticos, como en los arquetipos políticos y en estas primeras referencias geográficas. Y como Europa se convierte en el ‘Centro del Mundo’…, así perduran y se establecen en los futuros dominios occidentales.

La cualidad helénica está contenida en la esencia que hace ser a la Polis el cosmos del ciudadano, el original y así primero en la Historia, agente activo partícipe por iniciativa propia en las actividades económico-políticas fundamentales del quehacer social. Como tal, individuo libre, propietario de su parcela privada en el conglomerado de la Fratría a la que perteneciese; detentador de derechos y obligaciones políticas concertadas de manera conceptual y objetiva por el Nomos (La Ley); bajo cuyo amparo en teoría tenía igualdad jurídica (isonomía), así como equiparación política, derecho a participar en la Asamblea, (isegoría). Ámbito de vida civil en el cual se hace posible la aparición del individuo, libre pensador, hacedor de artes, de ciencia, de indagaciones y  reflexiones desinhibidas; sólo posibles en donde la Asamblea de las fratrías es garante de la libertad política e individual.

Considerando este origen histórico de Europa como elaboración inicial de la Civilización Occidental así patentizado, tenemos que en la diacronía de Europa, con el helenismo promovido por el Imperio de Alejandro Magno y sus generales sucesores, la cultura helena logró conquistar el Oriente (Asia), dominando más allá de la Mesopotamia hasta Persia e incluso alcanzando el Indo; así como fundando un Egipto Tolomeico, simbiosis de culturas euroasiáticas que no ha de perdurar, reabsorbida Asia para los asiáticos con el paso de los siglos, y más aún con la aparición del Islam que recupera hasta el Magreb y penetra por el Sur de Europa.

Mientras que con Roma y su Imperio, la civilización euro-occidental se extiende hacia las regiones sombrías, poco habitadas y no ‘iluminadas’ por los registros gráficos. Regiones de considerable extensión para los medios de exploración y transporte de aquellos tiempos. Ocurriendo que a la vez Roma se constituye en la heredera del Helenismo Alejandrino al ocupar también el Asía Menor, el Levante y el Norte de África. Con lo que Europa, como unidad política adquiere la mayor extensión geográfica que haya tenido en su Historia, demasiado grande para perdurar. Movimientos de extensión imperialistas por los cuales el Continente Europeo va poblándose y como tal constituyéndose, a la vez de que dividiéndose en un Sur Mediterráneo, como área matriz cultural, de características agrícola-marineras, adaptadas a un clima templado y ribereño, direccionándose ya en ese traslado que representa el triunfo Roma hacia el Occidente; línea de desplazamiento que tendrá la orientación predominante, pues Europa se configura civilizando hacia el Poniente, la zona carente de civilidad y así de historia.

Siendo esa Primer Europa grecorromana de la que surge la esencia de la Cultura Occidental, adquiriendo connotaciones propias con las que se cultivan a los ‘bárbaros del norte’.  Así aparece esa otra Europa Septentrional, boscosa y fría, habitada por rudas tribus indoeuropeas; celtas, germanas y eslavas; mientras que los también indoeuropeos, griegos y latinos, al civilizarse han adquirido características singulares, como culturas que detentan un desarrollo sofisticado, creando una agricultura intensiva y un tráfico comercial a gran escala. De manera tal que con la expansión del Imperio Romano además de la división geográfica horizontal de una Europa del Norte diversa a la del Sur; se creará otra división de carácter propiamente étnico-cultural, en sentido vertical: La Europa del Este, de raigambre helénico (la que con Bizancio perdura un Milenio incrustada entre la frontera de Asia y Europa), la que tendrá por descendientes bárbaros culturizados a las tribus eslavas; y la Europa del Oeste, la que se desliza más y más hacia el Poniente, alcanzando la Isla Británica; la Europa de raigambre latina a la que se adosan celtas y germanos, hasta Irlanda y el ‘último norte’ escandinavo.

Europa de Oriente que tras la caída de Constantinopla prosigue su linaje en Kiev y en Moscú. Fusionándose en el Medioevo cual crisálidas por una parte lo greco-eslavo y por otra lo latinogemano y celta; incluso divididas en su integración religiosa por una religión agregada del Levante, la Cristiana, con sus respectivas iglesias: ortodoxa y católica (liturgia griega y latina).

Y el Medievo europeo puede representar  una caída en los índices de civilidad clásicos, pero se efectúa en su seno la cristalización de la Europa definitiva, al tiempo en que se comienza a implementar un desarrollo material con diferencias cualitativas que lo proyectarán más allá del modelo Clásico Imperial. Dando paso a diversos Renacimientos de la cultura grecorromana, viniendo a significar la ‘resurrección’  de la Europa Cristiana, que pasando por etapas de reinos germano-cristianos rústicos y del Imperio Carolingio (Primer Renacimiento), resurrecen tras del Primer Milenio de la Cristiandad con nueva vida, ‘al conceder la Divinidad un nuevo período’. Año cero del Nuevo Milenio. Consideración entre simbólica y verídica, cristalizando en el inicio del desarrollo material que se verifica tanto en la Europa Mediterránea como en la Nórdica Occidental, en un continuo milenario; el que aún y teniendo sus altas y sus bajas –rupturas y discontinuidades-, grosso modo, a través de una historia de muy larga duración se constituye en el milenio progresivo, por el cual Europa Occidental pasa a ser el Centro del Mundo, la matriz del Capital, y por tanto el Área Metrópoli del Orbe. Estableciendo un sistema económico-político que crecerá y se desarrollará colonizando y así globalizando al mundo, realizado por sucesivos imperios europeos, hasta lograr la conquista total del Planeta, sometiendo a la Humanidad a su sistema de producción-comercio y consumo.

Para que la Historia de Occidente aparezca como un Designio, no divino, no predispuesto por los dioses, sino labrado por los hombres de una cultura particularmente activa y emprendedora; los competitivos europeos que desde la Hélade, oponiéndose entre sí, se hacen fuertes e inconquistables, procediendo a lanzarse a las arenas exteriores, a colonizar otras regiones y a competir por el dominio de los mares… Larga Historia reproducida una y dos o tres veces hasta terminar con la destrucción interna que la propia competencia intraeuropea se asesta .

Dominio colonial, ejercicio imperialista que conduce a la competencia intraeuropea en disputa por el dominio de los ‘siete mares’, así como de los territorios tomados a los nativos. En lo que España compitió contra Portugal en el siglo XVI, siglo en el que los ibéricos son los amos del Atlántico y del Índico, siendo los primeros en transitar el Pacífico trasladando a este inmenso Océano su disputa, desde el viaje de circunnavegación efectuado por la expedición de Magallanes. Estableciendo los españoles el primer Imperio-Mundo, empero, sin conseguir la hegemonía en el Centro Metropolitano, en la Europa, lo que alude a una falla crucial en el ejercicio imperial que la Modernidad promueve, la capitalización de beneficios.

Lo que implica dilucidar por qué Europa fue a fin de cuentas la civilización que implementó el desarrollo capitalista, y no China o el Islam. Consiguiendo y verificando la transformación cultural histórico-estructural acaecida en la Europa Mediterránea y Septentrión Occidental, empezando por el Norte de Italia y Flandes. En donde se fueron instaurando los primeros núcleos de producción capitalista mercantil, lo que va aunado a un cambio de costumbres y conductas de carácter secular. ¿Cómo los mercaderes se hacen del mundo, principiando por hacerse del mando en las Ciudades Repúblicas Mercantiles? He aquí un episodio histórico a ser historiado para comprender el cambio cualitativo acaecido; el que transforma las praxis sociales, modifica los hábitos y cambia las mentalidades, posibilitando el desarrollo material propiamente moderno que deja atrás al mundo tradicional, atributo cardinal de la Civilización Occidental que engendra al capitalismo en el seno de la Nueva Europa, incitando las actividades mecánicas, así como a una otra indagación fisiológica desligada de los atavismos religiosos, objetiva y práctica, gracias a la cual se puede ir configurando una ciencia desinhibida que se atreve a buscar explicaciones racional-realistas al unísono de ir mejorando el instrumental para sus praxis, elemento fundamental en el desarrollo de la cultura moderna, hacedora de técnicas preferentemente militares y productivas con las que va estructurando el dominio mundial europeo.

Episodios históricos que desde las Cruzadas detentan el sino de una Europa expansiva y revolucionada en su interioridad por un auténtico desarrollo agro económico, primer impulso verificado como crecimiento material de base, infraestructural, poco aparatoso pero efectivo, rompiendo con los parámetros eslavistas, instaurado en la mecánica feudal que incorpora molinos (de viento y de agua) por doquier.

Impulso creciente que para explotar hacia el exterior primero eclosiona en la propia Europa. Posteriormente patentado y posible en su desarrollo al implementar un sistema de dominio colonial, es decir, imperialista, imponiéndose sobre muy diversas culturas fuera de Europa. Haciéndose capaces de procrear la Era Moderna, inicio de la globalización del mundo bajo la égida de un Sistema de organización mercantil-productiva hasta ser productivo-mercantil- consumista.

Trátese pues del ‘Milenio Progresivo’ que desarrolla la Era Moderna, conforme el capitalismo surge, crece, se desarrolla, alcanza su plenitud, inicia su declive y se interna en su decadencia, ultima etapa posible que se verifica en la actualidad: Modernidad Epigonal, inmersa en una Crisis Histórica, total, definitiva, implicando todas las áreas, rubros, manifestaciones, físicas y humanas en la biosfera y en la tecnósfera. Alterando la condición humana y propiciando un impacto devastador al Planeta. En consideración a que este ‘milenio progresivo’ conoce el inicio de su decadencia definitiva a partir de 1971, dado que desde entonces se viene verificando el declive total del capitalismo, en lo económico y en lo político, así como por el fomento al ecocidio. Sucediendo tres décadas después un shock que simboliza la condición epigonal capitalista, al acontecer los auto-atentados del XI-IX-MMI. Los que revelan el grado de descomposición que acusan los miembros del establishment imperialista, agentes del capital-poder capaces de cometer las peores atrocidades con tal de dirigir la política imperialista por la senda que les conviene en su tarea nefasta de dominar el mundo.

Fecha que en esta diacronía histórica se presenta como el hito que remarca la descomposición definitiva, la caída de sus índices progresivos, verificándose una afectación a Gaia a efectos de una productividad desmesurada con secuelas de un desgaste en los recursos naturales que inciden en condiciones ambientales depauperadas o alteradas de difícil recuperación, lo que va aunado al desquiciamiento crematístico de carácter especulativo. Decadencia cual fin de la Era Moderna, desenvolviéndose en una prolongada sub-etapa que viene a ser el epígono del Largo (o Muy Largo) Siglo XX, por resolverse en unas cuantas décadas más, el 2050, como fecha límite a la Crisis, suprimiendo al Sistema Capitalista, sustituyéndolo por un modus vivendi cualitativamente mejor, con paz, justicia y orden auténticamente económico, produciendo para cubrir las necesidades vitales y no para estragar a humanos y depredando al  Planeta, sino  cuidando los recursos naturales, restañando las heridas a la savia de la Tierra. Finiquito de la compulsión capitalista por la ganancia a corto plazo que destruye a la Naturaleza, cometiendo ecocidio, fomenta el consumo desquiciado y termina por concentrar la riqueza en unos cuantos capitostes hoy en día denominados banksters.

Proyectándose 3 o 4 décadas de intensos conflictos y calamidades, entre la fuerza hegemónica del capital imperialista que intenta a toda costa mantener e ir intensificando el status quo monopolista con estructuras institucionales totalitarias, así status quo favorable a la pluto-oligarquía metropolitana, probablemente incorporando a la oligarquía de las naciones ascendentes: BRICh, necesariamente enfrentada a los movimientos sociales anticapitalistas, prosocialistas…. Tratándose de un socialismo inédito, por construirse desde la emergencia que significa el contraponerse a la Máquina Monstruo que el Sistema Mundo Capitalista Imperialista ha engendrado.

LA RESURRECCIÓN DE EUROPA

-Iniciando el milenio progresivo-

No es, pues, en 1400, fecha de la que parte este libro, cuando nace la (Nueva) Europa, herramienta monstruosa en la historia del mundo, sino al menos dos o tres siglos antes, si no más.

Fernand Braudel.

Siendo la cristalización de lo que la Era Antigua gestó en esta porción del Macro continente -que geográficamente aparece como una ¨península¨ de Asia-, la Europa Medieval a efectos del legado antiguo se ha constituido como un Continente que contiene a una cultura con atributos propios de alta calidad, gracias a lo que el mundo grecorromano le transmite a los europeos occidentales en su calidad de ser latino-germanos y católico-romanos. Para que entonces la Europa del siglo XI se presente como una Europa que renace del fin del primer milenio de la Cristiandad: como  las cenizas del Ave Fénix, simbolizando a la cultura que va conformando a una civilización que a pesar de que sufre diversas recaídas a través de los siglos (de Grecia a Roma al Medievo al Renacimiento al siglo XIV) logra siempre resurgir, hasta llegar a consolidarse y constituirse en la Civilización que impondrá su hegemonía en el Planeta.

Este fin de milenio habría significado una tenebrosa espera, puesto que el mundo podría extinguirse. Tal y como lo sugieren algunas exégesis milenaristas de estirpe judeocristiana. El Apocalipsis como fin de los tiempos y hecatombe bajo el reinado del Anticristo habría de presentarse, pues el fin del Milenium daba término a la reclusión de Satanás encadenado. Dando paso a un breve período de perturbaciones, en el cual las naciones extraviadas se confrontaban en una etapa de intensa descomposición moral, la que va aunada a una serie de cataclismos que perturban a la Tierra.

Los últimos años del novecientos y los primeros del segundo milenio eran la etapa en que se cumplían los mil años del nacimiento y muerte de Cristo propagándose una atmósfera apocalíptica en la imaginería de algunos escritores cristianos. El derrumbe del Imperio y de la dinastía de los Carolingios dejaba puesto el escenario para el fin de ese primer Milenium, que bien podía ser el único y por tanto el último, por lo que el desorden y las tribulaciones habrían de acaecer. Tras el corto apogeo del Imperio de Carlomagno, los últimos azotes de las incursiones bárbaras asolaron Europa por el Norte y el Oriente, vikingos y magiares; así como por el Sur se presentó un rival de religión que acosaba a la Cristiandad, los sarracenos, haciendo intentos por conquistar Narbona, esto es, penetrado hacia el corazón de Europa.

Y el designio apocalíptico, la revelación de la destrucción que acaba con la ‘ciudad del hombre’ se torna ‘espejismo histórico’ y encuentra resonancia en el ámbito monacal; una ‘isla’ en un entorno silvestre, salvaje e inhóspito, precario así como ágrafo. Vivificando el fin profetizado entre la superstición y la imagen bíblica manejada por los ilustrados para los iletrados, glosando el Apocalipsis, creando una atmósfera terrorífica en torno al castigo inminente, como fin próximo que se trasladar hacia un futuro que siempre deviene.

Apareciendo con el Milenium los ‘mensajeros celestes’ que anuncian malas nuevas. Se vio una ‘nueva estrella enviada por Dios, o estrella milagrosa intensificada en su brillo’, de cierto que algo asombroso y terrible presagiaba: “En efecto, pronto destruyó un incendio la iglesia de San Miguel Arcángel, que se levanta sobre un peñasco al borde del mar Océano….”. Tratábase de un cometa semejante a una larga y ancha espada que surgido por el septentrión incendiaba la Galia e Italia; ciudades, castillos y monasterios fueron destruidos por el fuego. Los signos en el cielo anunciaban la hecatombe, las estrellas combatían en la noche y una imagen de serpiente conturbó el firmamento. Occidente combatía contra Oriente en la sombra tenebrosa de un eclipse, mientras la luna se entintaba de sangre o se tornaba azul oscuro, o desaparecía: “Se vio también, en la parte austral del cielo, en el signo del León, dos estrellas que luchaban entre sí durante todo el otoño (de 1023); la más grande y luminosa venía del Oriente, la más pequeña del Occidente. La más pequeña corría como furiosa y espantada hasta la más grande, que no le permitía acercarse sino que, golpeándola con su melena de rayos, la rechazaba a lo lejos hacia el Occidente”.[3]La sangre cubrió a la sangre...”, los pecados de la tierra repercutían en el cielo haciendo reverberar el castigo divino. Por lo que es también tiempo para que aparezcan monstruos marinos, cual embajadores que encienden cruentas guerras y una disputa por el trono Imperial acaece.

Aconteciendo que en Francia ocurrieron epidemias -entre el 997 y en 1045- que pueden ser asociadas con la catástrofe revelada; a más de una hambruna acaecida alrededor de 1033. El toque de las trompetas había sonado desplegándose los males que esparcen los Jinetes de Oriente hacia Occidente: Habiendo aparecido una descomunal ballena, presagio marino al que siguió el ‘tumulto de la guerra’”. El Rey del Norte de Francia y los príncipes combaten… La discordia cunde alterando los corazones; la indignación crece por bajezas que propician las disputas, cruentas guerras provocadas por pueblos insignificantes… Acaban finalmente por degollarse indiscriminadamente justos y pecadores.

Cunde la maldad propia de una etapa que presagia el castigo divino, tal y como los Profetas de la Biblia se lo espetaban a los pueblos pecadores, sumidos en la idolatría por las riquezas, desenfreno de codicia desatando la maldad y la injusticia; insaciable avidez: “De ahí nacían los pillajes y los incestos, los conflictos de ciegas codicias, los robos y los infames adulterios. ¡Ay!, a nadie le horrorizaba confesar lo que pensaba de sí mismo. Y, a pesar de esto, nadie se corregía de su funesta costumbre del mal”.[4] Típico de un ‘fin de los tiempos’ (o de una Era). La moral se extravía dando lugar al caos y a la iniquidad.

Y un fuego interno afectó a los desdichados: “el mal des ardents se encendió entre los lemosinos. Un número incalculable de hombres y mujeres vieron consumirse su cuerpo por un fuego invisible y desde todas partes la lamentación cubría la tierra…”. Haciendo que la población de casi todo el mundo (padeciera) graves penurias por la escasez de vino y trigo”.[5] Fueron treinta o cuarenta años de desolación. Y a tales calamidades le sigue el Hambre y Antropofagia:

En la época siguiente (en la Borgoña), el hambre comenzó a extender sus estragos por toda la tierra y se temió que el género humano fuera a desaparecer casi entero. Las condiciones atmosféricas se hicieron tan desfavorables que no se presentaba tiempo propicio para ninguna siembra y, sobre todo a causa de las inundaciones, era imposible levantar las cosechas. En verdad se hubiese dicho que los elementos hostiles combatían entre sí; y no es dudoso que ejercían venganza por la insubordinación de los hombres… En el tiempo de la siega, las malas hierbas y la triste cizaña habrían cubierto toda la superficie de los campos… Esta vengadora esterilidad habría tenido origen en las comarcas del Oriente; devastó Grecia, llegó a Italia y, desde ahí, pasó a Galia, cruzó este país y alcanzó a las tribus de los ingleses. Como la escasez golpeaba a la población entera, los grandes y los de la clase media enflaquecían con los pobres; los pillajes de los poderosos debieron interrumpirse ante la indigencia universal. Si por azar hallaba alguien en venta algún alimento, quedaba al arbitrio del vendedor tomar el precio o exigir más… Finalmente, cundió el horror ante el relato de las perversidades que reinaron entonces sobre el género humano. ¡Ay!, cosa rara vez oída en el curso de los tiempos, un hambre rabiosa empujó a los hombres a devorar carne humana. Muchos atraían a los niños a lugares apartados, mostrándoles una fruta o un huevo, y los masacraban y devoraban. En muchos sitios los cuerpos de los muertos fueron arrancados a la tierra y sirvieron igualmente para aplacar el hambre… Como si ya fuera usual comer carne humana, hubo alguien que la trajo toda cocida para venderla en el mercado de Tournus, como hubiese hecho con la carne de algún animal (En el bosque de Chátenot se ubicó un troglodita que se dedicaba a cazar transeúntes para devorarlos, hasta ser denunciado y capturado por los hombres del Conde Otón, para ser quemado en la hoguera). (La poca harina que tuvieran los muertos de hambre la mezclaban con arena blanca para hacerse las ilusiones de tener mayor pan). Los cadáveres de los muertos, que por su cantidad eran dejados aquí y allá sin sepultura, servían de pitanza a los lobos, los que después siguieron buscando mucho tiempo a sus presas entre los hombres. Y puesto que no se podía, como he dicho, enterrar a cada uno individualmente a causa del gran número de muertos, en ciertos lugares hombres temerosos de Dios cavaron lo que se llama comúnmente fosas comunes, en las que arrojaban los cuerpos de los difuntos de a quinientos a más… Algunos oían decir que se hallarían mejor si se trasladaban a otras comarcas, pero muchos eran los que perecían de inanición en el camino… Creíase que el orden de las estaciones y elementos, que había reinado desde el comienzo sobre los siglos pasados, habría vuelto para siempre al caos, y que esto era el fin del género humano.[6]

 

Otro pecado mortal confirmaba el cuadro de tintes netamente apocalípticos. La simonía de príncipes y prelados se presenta para apuntalar la catástrofe; peste de la Iglesia, perversión de la recta verdad, la compasión caritativa se inhibe cundiendo la codicia por vanas riquezas al interior de la congregación del Señor. El relajamiento de las conductas sacerdotales contagiaba al común de los mortales propiciando el ¨azote de la cólera divina¨, sin que en los corazones pecadores apareciera el arrepentimiento: “Había en los hombres, en efecto, una suerte de dureza del corazón unida a un embotamiento del espíritu”.

Príncipes y Reyes nombra prelados, procurando que éstos les retribuyan el favor con creces: “…, todos los inflados por una vanidad engreída son los primeros en lanzarse a una prelatura cualquiera y no temen después descuidar su oficio pastoral, es por que su convicción se sostiene de los cofrecitos donde amontonan su dinero y no de aquellos dones que lleva consigo la sabiduría; obtenido el poder, se entregan tanto más asiduamente a la codicia cuanto que deben a ese vicio la coronación de sus ambiciones; lo sirven como a un ídolo; lo establecen en el lugar de Dios. (…) De aquí nacen los túmulos perpetuos de las impugnaciones, de aquí salen continuos escándalos y, a fuerza de ser transgredidas, las reglas fundamentales de las diversas órdenes periclitan”.[7]

Y para rematar los tiempos de la hecatombe esperada, justo en el milenario de la pasión, el  29 de junio de 1033 hubo un eclipse de sol calificado de “muy tenebroso”:

El sol tomó el color del zafiro y llevaba en su parte superior la imagen de la luna en su primer cuarto. Los hombres, al mirarse unos a otros se veían pálidos como muertos. Todas las cosas parecían inmersas en un vapor azafranado. Entonces, un estupor y un espanto inmensos se apoderaron del corazón de los hombres. Bien comprendían que este espectáculo presagiaba que alguna lamentable plaga iba a abatirse sobre el género humano.[8]

 

Así ocurrió que ese día el Papa es expulsado de Roma y una ola impetuosa de iniquidades impactó a Europa. La ‘Ciudad de los Hombres’, la ciudad de las bajas pasiones se entrega al pecado. Un ‘enviado de Satanás’ cuyo nombre fue Leotardo comete sacrilegios y predica en el condado de Chalons extraviando a los simples. Y lo que le duele más a la Iglesia es la reaparición de herejes, en este caso maniqueos que son considerados anticristos; la herejía penetra en Orleáns en donde canónigos ejemplares resultan contagiados. Y para mayor calamidad se supo de la destrucción del Santo Sepulcro en Jerusalén (octubre de 1010). Lo que se presenta como producto de una conspiración judía y de los sarracenos de España: “…, el diablo, lleno de odio y por la mediación de su habitual aliado el pueblo judío, volvió a volcar el veneno de la infamia sobre los adeptos de la verdadera fe…”. Pues los judíos de Limoges, presionados por la forzada conversión que se cernía sobre de ellos a petición del obispo Audouin, conspiran con el Príncipe de Babilonia (califa del Cairo), a quienes ellos llaman el Amirat, haciéndole creer que una cruzada anticipada se cernía sobre sus dominios. Y el Sarraceno destruyó el Santo Sepulcro, aunque la piedra de la tumba milagrosamente resistió: “No logrando partir la piedra del monumento, encendieron en ella una gran hoguera, pero la piedra permaneció inmutable y dura como un diamante”.[9] Tal ‘conspiración’ incita en Europa a un pogromo. Parecía que todas las calamidades de la Cristiandad comparecían en la Hora del Fin del Milenio… Pero el fin de los tiempos no llegó….

Jerusalén celeste no aterrizaba ni se verificaba la Parusía…, haciéndose posibles otros ‘renacimientos’ por venir, así como también otros ‘fines milenaristas’, pero entre el término del mundo y la visión tradicional, la realidad mundana verificaría una diacronía de crecimiento y desarrollo material.

El transcurrir del tiempo sin que la debacle se generalizara y cortara de  tajo a las atomizadas e incipientes unidades sociales europeas permitió que la población creciera viviendo un futuro posmilenario, pero aun así el milenarismo no desaparecería de la mentalidad cristiana. El fin del milenio podía pasar a ser un ¨fin¨ que podría acontecer en distintas etapas, puesto que las condiciones ¨apocalípticas¨ se presentaban una y otra vez; la secuencia del síndrome de las profecías de los últimos tiempos se epi-revela o subyace sobre un patrón recurrente de catástrofes: deterioros ambientales, malas cosechas, hambre, guerra, epidemias….. “El pueblo se encontraba siempre a la espera de las ¨señales¨ que, según la tradición profética, debería predecir y acompañar el ¨tiempo último de tribulaciones¨; y dado que las ¨señales¨ incluían malos gobernantes, discordia civil, guerra, sequías, hambres, pestes, cometas, muertes repentinas de personajes importantes y un aumento creciente del pecado, no había nunca dificultad en identificarlas”.[10] Así que a lo largo del segundo milenio de la Cristiandad los milenaristas podrían brotar de entre las catástrofes una y otra vez, acompañando al segundo milenio hasta el final.

Pero si el primer milenio ya había terminado y a pesar de las calamidades la vida seguía latiendo; esta vida renovada les da oportunidad a las agrupaciones cristianas de emanciparse y crecer, iniciando un desarrollo a muy largo plazo. Pues efectivamente, con el correr de las décadas y de los siglos se advierte un desarrollo material que algunos historiadores consideran se inicia, justamente, a comienzos del segundo milenio; como si realmente tuviera que haber pasado el miedo apocalíptico para que el crecimiento europeo se activara: Aun y cuando los propios actores del inicio de este segundo milenio, por supuesto, no se percataran de ello; y esto, porque no pensaban anclados en lo terrenal proyectando desarrollo mundano alguno hacia el futuro. Empero: “Es legítimo preguntarse si el movimiento de la evolución política, económica y social no era, en verdad, en estos decenios, menos perceptible y por consiguiente menos vivo que lo que nosotros, historiadores, estamos tentados de imaginarlo, al considerar fenómenos que no aparecen de manera verdaderamente clara en los documentos anteriores al final del siglo XI… Pero también hay derecho a creer que nuestros testigos no eran fieles observadores de lo cotidiano y de lo carnal. No miraban las cosas terrenas. Dirigían su mirada más arriba… Para ellos, no lo olvidemos, las verdaderas estructuras de la historia eran espirituales. Sin embargo, las innovaciones que toman en cuenta -y que se establecen todas desde las perspectivas de la escatología- bastan para alimentar su esperanza, un sentimiento de confianza en el irresistible progreso del mundo. Estos hombres de Dios creían en el mundo. (O sería más preciso decir: empezaban a creer en él)”.[11]

El mismísimo Fernand Braudel lo asevera, el despegue de Europa, ‘las primicias urbanas’, se dan ‘entre los siglos XI y XIII’.[12]

Por entonces, están ya trazadas las grandes líneas y articulaciones de la historia de Europa, y el vasto problema de la modernización -palabra vaga donde las haya- del pequeño continente se reubica en una perspectiva más larga y más justa. Con las zonas centrales que emergen, un protocapitalismo se esboza casi obligatoriamente, y la modernización se presenta allí, no como el paso simple de un estado de cosas a otro, sino como una serie de etapas y de pasos, los primeros de los cuales son muy anteriores al clásico Renacimiento de fines del siglo XV.[13]

Esta es la Europa que se expande más allá de su herencia greco-romana. Es la Europa que inicia la ¨reconquista¨ del sur y el oriente contra el Islam y Bizancio, empezando por España, pues gracias a este impulso acaecido en el siglo XI es que se van a propiciar las Cruzadas. Y sobre todo, es la Europa que ¨conquista¨ su propio territorio al incrementar sus actividades agrícolas, al unísono de que la presencia de las ruedas y de las aspas de molino son el primer indicio de una dinámica que osará superar los límites técnicos prevalecientes en todo Mundo Antiguo, (los que en buena medida fueron causa del derrumbe de las más logradas sociedades grecorromanas). Aunque bien es cierto que las mismas Cruzadas desde un punto de vista demográfico vendrían siendo una forma de escape al exceso de población que se había generado en condiciones en las que la pobreza se fomentó porque los recursos agrícolas eran escasos y resultaban insuficientes para proporcionar un nivel de vida solvente a los pobladores urbanos. Ocurriendo que las calamidades seguían aconteciendo periódicamente y los fines del siglo XI conocieron otra manifestación de los ciclos apocalípticos: “inundaciones, sequías y hambres[14], que catapultaron a los pobres hacia las Cruzadas y cuyos dirigentes bien podían ser jóvenes nobles sin heredad. Aun y con estas calamidades recurrentes, la misma empresa de las Cruzadas está confirmando que el impulso europeo va montado sobre Pegaso, y lo importante es que ya no conocerá un colapso que interrumpiera su desarrollo. (Ni a costa de la Peste Negra en el siglo XIV).

La aparición de un gran número de ciudades va ligada al fomento del comercio. Pequeñas ciudades en las que brota la semilla de una conformación económica inédita. Ciudades en las que las actividades económicas se verán fomentadas; ciudades destinadas a someter al campo, en las que un proletariado urbano se va gestando al lado de los artesanos de tiempo completo que fungen como los agentes productores del constructivismo capitalino -citadino-, el que es promovido y capitalizado por los poderosos mercaderes que van apareciendo y convirtiéndose en los amos de este nuevo universo mundano.

Una dinámica ascendente gestada por el mercado y los transportes, el dinero y los talleres, se irá consolidando; los campesinos son captados por la ciudad, están condenados a venderle sus excedentes, cuando el atractivo de la economía monetaria -crematística- y el poder de mercaderes y de milicianos citadinos funge como imán que atrae y que obliga. Marcando el ritmo en que se desplazan los contingentes de refugiados del campo que se van transformando en proletariado urbano por debajo de la nobleza citadina compuesta por señores feudales arrendadores de tierras y de la alta burguesía:

En resumen, ¨la vida económica (…) predomina (…), especialmente a partir del siglo XIII, sobre el aspecto agrario -antiguo- de las ciudades¨. Y en vastos espacios se realiza el paso, decisivo, de la economía doméstica a una economía de mercado. En otros términos, las ciudades despegan de su entorno rural, desde entonces miran más allá de su propio horizonte. Es una ¨enorme ruptura¨, la primera que creará la sociedad europea y la lanzará a sus éxitos futuros.[15]

Los mercaderes al frente de la ciudad significan la diferencia cualitativa para con el mundo citadino de antaño. En la Ciudad Antigua nunca se permitió que esta clase de ‘ciudadanos’ tuvieran el comando de la política; ni en Atenas, ni en Roma lograron predominar sobre los nobles y/o militares, ni sobre los sacerdotes o los políticos profesionales. Lo que es más, para todo mundo precapitalista el desenvolvimiento de las actividades mercantiles aunadas a las técnicas productivas eran consideradas como aspectos nefastos del quehacer social, a los cuales habría que marcarles un coto rígido.

Las condiciones sincrónicas de los mundos precapitalistas se realizaron teniendo preponderancia otra serie de parámetros sociales. Habiendo de los Estados Arcaicos a los Grecorromanos un continuo relevo de una cultura sobre otra posibilitando la perpetuación de la línea de Civilización. Si bien el crecimiento y/o desarrollo material eran precarios, con el correr de los siglos el mundo llegó a un nivel de instrumentalidad productiva suficiente para habitar en distintos ecosistemas, preferentemente lacustres o ribereños por todo el Planeta. Esta continuidad, esa acumulación, propició la evolución hacia estados más avanzados de desarrollo material. Pero este proceso siempre contó con limitantes, con restricciones impuestas conscientemente que abogaban por impedir se sobrepasara y exagerase en las actividades de construcción material, de índole estrictamente productivista. Este tipo de intenciones desaforadas hacia la elaboración en grandes cantidades de bienes y riquezas siempre fue refrenada. Todo mundo arcaico, antiguo, medieval, precapitalista pues, vivió entre la devoción a la(s) divinidad(es), en consonancia con el orden cósmico, y con reverencia hacia la Madre Tierra y a la perpetuación de su armonía natural.[16]

Las reluctancias a procurar actividades de cualquier índole que rebasaran el orden tradicional apegado a la naturaleza, o la imposibilidad fáctica-técnica de crear una infraestructura productiva avanzada, siempre fueron impedimentos que estuvieron en la mente de los pueblos primitivos y arcaicos, cual consignas que encontramos en el mundo tribal, cuando en algunas comunidades es una regla inflexible, no infringida, que se opone a la instauración de actividades de índole político-económico que atenten contra la igualdad, la indivisibilidad de la comuna. Es decir, esto es igual a una oposición a que las tribus crezcan demasiado e implementen organismos de imposición de trabajo, de control e intensificación de la producción, de división del trabajo jerarquizada en estatutos y en castas; de administración de las riquezas capitalizadas por una élite estrecha… En sí, se oponen a que la sociedad tribal se divida y permita que aparezcan un grupo gubernamental que imponga y reglamente su dominio a través de un sistema ideológico-jurídico-administrativo con capacidad de perpetuarse. Porque de ser así, la vida tribal, con su manera de trabajo y de apropiación de recursos naturales en pequeña o mediana escala, habrá desaparecido para siempre. Así es que algunos grupos tribales que perseveraron en su condición primitiva hasta los tiempos modernos nos enseñan que su leitmotiv existencial consistió en oponerse a la gestación del Estado. No siendo simplemente sociedades primitivas, débiles, atrasadas, sin Estado, sino que son esencialmente sociedades anti-Estado. (La reluctancia de este tipo de tribales a modificar su asociación primitiva significa oponerse a que se implemente un desarrollo que ose modificar el medio ambiente natural en el que se encuentran habitando los aborígenes). (Vid. Pierre Clastres. Investigaciones en Antropología Política).

 

Tiempo después, toda vez que el desarrollo de la agricultura, con su concerniente consecuencia, el desarrollo de las sociedades urbanas, se hubiera consolidado (siendo que este proceso representó uno de los hitos históricos de mayor importancia en la transformación hacia la Civilización: la revolución urbana…), una nueva reluctancia al desarrollo material aparece en las mentalidades arcaicas y antiguas; ahora el paradigma naturalista dice que la condición idílica del hombre, que viva protegido en el seno de la madre tierra, consiste en ejercer el trabajo agrícola menospreciando al trabajo artesanal y al comercio. Paradigma en el que vemos cómo se ha dado un paso adelante en la aquiescencia para con el trabajo productivo, el cual aún se liga de preferencia a las actividades que se dan en armonía con la naturaleza.

Estos patrones de comportamiento permanecen hasta que las formas incipientes del capitalismo van incrementando el desarrollo productivo. Toda una transformación de las mentalidades y de las normas sociales se ha llevado a cabo para permitirlo…

Este tema ya había sido comprendido por Max Weber: “La exclusión de la actividad empresaria por los linajes se comprende sin más en la Antigüedad”. El capital usurero en manos de ¨capitalistas¨, prestamistas, fue practicado con profusión durante la Antigüedad; es el caso de algunos senadores romanos que prestan a los campesinos y a los súbditos políticos. Pero la real reluctancia se da en contra del empresario: “Una etiqueta estamental fijada jurídicamente prohibía tan sólo la ‘posición del empresario’, acaso en grados de elasticidad diferentes, a los linajes verdaderamente aristocráticos, lo mismo en las ciudades de la Antigüedad que en la Edad Media”. Habiendo un límite no rebasable: “Quien traspasaba la línea entre las dos formas de actividad económica: inversión de patrimonio y lucro capitalista, de manera demasiado sensible, convirtiéndose en empresario, en la Antigüedad era conocido como un don nadie (un pérfido) y en la Edad Media se le negaba la consideración de caballero”. Siendo que para Weber: “No es que se condenara el ¨afán de lucro¨, como motivo psicológico, pues la nobleza funcionaria romana y los linajes medievales de las grandes ciudades marítimas estaban poseídos por término medio por la ari sacra fames tan intensamente como cualquier otra clase en la historia. No, lo que se condenaba era la forma racional, de explotación ¨burguesa¨, en este sentido especial, de la actividad lucrativa: la actividad lucrativa sistemática.[17]

Lo que implicaba la actividad productiva sistemática, racionalmente efectuada de acuerdo a cálculos lucrativos que conduce a la explotación de grandes recursos naturales así como de la mano de obra de los desposeídos de la comuna… Praxis descomunal así como antinatural, posesiva e individualista, evitada en las eras precapitalistas hasta el Medioevo. Que hubiera ‘ricos hombres’ dominando el quehacer social con criterios de lucro adueñados de los medios de producción, obligando a trabajar por un salario a multitudes desposeídas; haciéndolos trabajar más allá del ¨goce privado¨ que satisfacía a esa pequeña élite expoliadora. Aumentándose la intensidad de las formas de explotación que posibilitaba producir para comerciar a gran escala se propiciaba rebasar los límites hasta entonces vigentes; sucediendo que cuando las trabas o los lindes se rebasaron y hubo un incremento en la mecánica productiva acicateada por la procura de ganancias, entonces todo Mundo Antiguo-precapitalista  irá quedando atrás.

Por su parte Marx ya había señalado que la riqueza entre los antiguos no aparece como objetivo de la producción: “Nunca encontramos entre los antiguos una investigación acerca de cuál forma de propiedad de la tierra, etc., es la más productiva, crea la mayor riqueza. La riqueza no aparece como objetivo de la producción”. Puede haber interés por el tipo de cultivo más lucrativo o por préstamos usurarios, pero: “La investigación versa siempre acerca de cuál modo de propiedad crea los mejores ciudadanos. La riqueza sólo aparece como fin en sí mismo entre los pocos pueblos comerciantes -monopolistas del comercio itinerante, que implica transporte de bienes- que viven en los poros del mundo antiguo, tal y como los judíos en la sociedad medieval”.

 

La riqueza realizada, materializada en cosas, teniendo por destinatario al hombre que como sujeto las objetiva, pues se objetivan a través de él, produciéndose para su bienestar material conocía límites: “Por eso, la concepción antigua según la cual el hombre, cualquiera sea la limitada determinación nacional, religiosa o política en que se presente, aparece siempre, igualmente, como objetivo de la producción, parece muy excelsa frente al mundo moderno donde la producción aparece como objetivo del hombre y la riqueza como el objetivo de la producción”.[18] Denota una transformación en el uso de los medios para alcanzar fines insaciables.

En el cambio que se da con la aparición del capital: dinero que aparece “como producto de la circulación. La formación del capital no proviene de la propiedad de la tierra…, sino del patrimonio mercantil y usurario. Pero sólo encuentra las condiciones para comprar trabajo libre una vez que éste es separado de sus condiciones objetivas de existencia por el proceso histórico”. Comprar trabajo, desposeer de los medios y de las herramientas, incrementar las actividades productivas, rebasar las cantidades de lo producido, acumular instrumentos, invertir el dinero en la producción… “Sólo entonces encuentra también la posibilidad de comprar estas condiciones mismas. Bajo las condiciones de organización corporativa, p. ej., el mero dinero, que no es él mismo corporativo, que es de los maestros, no puede comprar telares para hacerlos trabajar, está prescrito cuántos puede trabajar un maestro, etc. En suma, el instrumento mismo está aún tan adherido al trabajo vivo mismo, aparece como su dominio hasta tal punto, que verdaderamente no circula. Lo que capacita al patrimonio-dinero para devenir capital es la presencia, por un lado de los trabajadores libres; segundo, la presencia como igualmente libres y vendibles de los medios de subsistencia y materiales, etc., que antes eran de una u otra manera propiedad de masas (agrupaciones de comunes), que ahora han quedado desprovistas (desposeídas) de lo objetivo”.[19]

Sólo entonces es cuando la égida del mercader se impone sobre los excluidos de la tierra, especializándolos en un tipo de trabajo, convirtiéndolos en productores exclusivos de algún tipo de mercancía específica: “el mercader hace trabajar para sí más tejedores e hiladores los cuales hasta ese momento trabajaban en el tejido y el hilado como actividad accesoria de la agricultura, de tal modo que convierte su actividad accesoria en profesión central; pero de ahí en adelante está más seguro de ellos y los ha convertido en trabajadores asalariados bajo su imperio. Mudarlos luego de sus lugares de origen y reunirlos en una casa de trabajo es un paso posterior… Todo lo que  él ha hecho es limitarlos cada vez más a un tipo de trabajo, en el cual se vuelven dependientes de la venta, del comprador, del comerciante y finalmente sólo produce para y por intermedio de él. Originalmente éste sólo compraba trabajo a través de la compra del producto: no bien los trabajadores se han limitado a la producción de este valor de cambio y, por consiguiente, deben producir valor de cambio inmediato, deben intercambiar todo su trabajo por dinero para poder seguir existiendo, caen bajo el imperio del comerciante y finalmente desaparece también la apariencia de que ellos le vendan a él sus productos. Él compra su trabajo y les quita primero la propiedad del producto, enseguida también la del instrumento o se la deja como propiedad aparente, para disminuir sus propios costos de producción”.[20]

Con estos móviles se van dejando atrás las condiciones de trabajo antiguo, la productividad aumentará. De ahí en adelante el crecimiento no solo será incremento demográfico precariamente sostenido, sino que será sustentado por el desarrollo productivo. Es este el camino que va hacia la Era Industrial. Siendo en la región más joven y extrema del Viejo Mundo: Europa, el lugar en el que se vio revolucionado el desarrollo antiguo de la civilización.

Las sociedades con Estado que habían alcanzado dimensiones imperiales anteriores a las europeas nunca pudieron instaurar el régimen económico en el que prevalecieran los intereses mercantiles de comerciantes-productores. Las noblezas -linajes reales-, élites encaramadas en la cúpula de aquellos Estados, recelosas de sus prerrogativas, siempre impidieron que los comerciantes -ubicados en una función privilegiada para enriquecerse- instauraran su dominio económico con un tipo de gobierno proclive a sus intereses, en el que la productividad mecánica se implementara junto con el desposeimiento de los comunes arropados en la gleba o vinculados a ciudades que nunca dejaban de depender en manera extrema del trabajo agrícola. Al mismo arconte Solón se le atribuye una sentencia que previene al mundo contra la hegemonía de la plutocracia y las consecuencias que el dominio de ésta puede acarrear: El comerciante reina soberano, y el mal señor(ea) sobre los mejores. Esta es la lección que todo el mundo debería recordar siempre; cómo en todas partes la riqueza consigue reino, fuerza y poderío.

 

Pero la Historia es Historia de tiempos disímiles en los que diversas sociedades presentan una forma de ser o estar propia. Y en la Edad Media el feudalismo era un tipo de socioeconomía que presentaba cualidades de autosuficiencia agrícola para que con una administración sencilla y barata lograran el bienestar en las unidades domésticas, algo propio de las agrupaciones pequeñas que se desenvolvían laborando para una producción simple apegada al campo y a las aldeas, sin producir mucho y consumiendo poco; y en una situación de relaciones sociales en la que predominaba la convivencia estrecha entre los aldeanos, así como el trato con el señor feudal tendía a ser directo y no forzosamente opresivo; sobre todo cuando la regencia era justa y la desigualdad de nivel social se aceptaba como una forma del orden natural e incluso divino; orden bien ejercido cuando el señor feudal cumplía con su función protectora y no abusaba en la explotación del trabajo, no implicando una forma de dominación cruenta ni arbitraria, pudiendo ser visto como un patriarca benefactor de los siervos, dándose entre todos ellos cierta afinidad propia de quienes comparten las vicisitudes existenciarias en un ámbito estrecho y sin grandes desigualdades.

El señor feudal tenía el dominio y el trabajo de los siervos asegurado, permitiéndoles un tiempo para que laboraran en sus propias parcelas, manteniendo a las aldeas y a la tierra de cultivo y al bosque común, así como a su propio castillo, protegidos de cualquier injerencia externa que osara conmover estos tres círculos concéntricos. Condición de cohesión y de apego a la tierra que aún confería las cualidades comunales a los siervos de la gleba, que si bien estaban cautivos en ella, éste cautiverio era algo naturalmente aceptado, puesto que en términos generales, para el hombre común precapitalista no podía haber mejor condición que tener pertenencia en la tierra, es decir, pertenecer venía a ser estar arraigado a una parcela de tierra que se pudiera trabajar y de la cual extraer el sustento año con año: “Como consecuencia de esto, el régimen feudal no fue un sistema de explotación incontrolada del trabajo. Si la costumbre obligaba a los campesinos a suministrar bienes y servicios, también fijaba las cantidades en que debían hacerlo. Y a la mayoría de los campesinos les daba la seguridad básica de tener garantizada la tenencia hereditaria de un pedazo de tierra. Así pues, la Edad Media se presenta como una etapa en la que las condiciones económico-sociales aún permitían el establecimiento de comunas rurales y de prácticas gentilicias: “En gran medida, la vida campesina era definida y sustentada por la costumbre y la rutina comunitaria”.[21] Aunque las comunidades no pudieran tener la filiación parental de las comunas primitivas por la serie de vicisitudes históricas que las habían fragmentado -sobre todo en la batahola que levantó el Imperio Romano y su caída.

Época en la que aún el trabajo agrícola no prescindía de la cooperación comunitaria, tanto para cumplir con la porción correspondiente al señor feudal como para hacerse del propio sustento. Las normas rurales-rupestres de vieja raigambre perduraban: unidades familiares ligadas a la tierra, compartición de la vida cultural en común… Para que entonces el equilibrio entre los derechos y las obligaciones impuestas no significaran un gran desajuste, sobre todo cuando la carga de trabajo no era onerosa y se podía cubrir con solvencia allí en donde la comunidad aldeana era fuerte y las condiciones del hábitat lo permitían. Así la autarquía del feudo se  mantenía como una fortaleza inconmovible en la que el tiempo no lograba irrumpir para modificarla. El sueño de los justos se podía realizar sobre telas de araña que permanecían sobre un sencillo bagaje por tiempo indefinido: “En una economía uniformemente primitiva, en la que nadie era muy rico, nada había que pudiera despertar deseos nuevos; verdaderamente no había nada que pudiera incitar en los hombres fantasías de riqueza y poder”.[22] Y sin embargo se movía, las unidades feudales resultaron más activas de lo que a primera vista parecieran pues el sistema feudal en sus intersticios permite períodos de prácticas de libre quehacer que van generando un desarrollo económico; si bien lento e imperceptible mientras se produce dentro de los parámetros normales de la vida aldeana, con el correr del tiempo va a ir gestando el crecimiento demográfico apoyado en un desarrollo económico infraestructural. Puesto que el sistema feudal con sus maneras concretas de llevarse a cabo permite cierta libertad y responsabilidad propia del siervo a la hora de efectuar su labor agrícola o las faenas instrumentales de la industria aldeana y del castillo.

Después del siglo XI una paz no conocida antes generó las condiciones propicias en el noreste de Europa para que aparecieran ciudades productivas con un proletariado urbano a la par de que en el campo también aparecía un proletariado sin tierra, siendo la materia prima para la explotación capitalista. En lo que vendría siendo el primer orden urbano que se conforma en los burgos, habría algunas condiciones que validaban la consideración positiva que se tenía de las ciudades pensadas como lugares de libertad; pero de una manera contradictoria los aspectos positivos que podría tener tal orden primerizo radicaban en asociaciones gremiales que protegían a los trabajadores, hasta cierto punto de manera similar, porque procuraban lo mismo, a como acaecía en el arropamiento comunal. Transformación socioeconómica que supone el logro de la libertad conseguida al desprenderse de las cadenas que ataban a la gleba para ir al oasis urbano que aparecía como un paraíso de “oportunidades y satisfacciones que jamás habían conocido en el campo”. Pero las apariencias engañan, la urbe, el oasis, en realidad resultó ser una trampa, el espejismo paradisíaco en realidad pasó a ser un  muladar estrecho al que fueron a hacinarse los pobres del campo para ser ahí mendigos y proletarios. Esto debido a que la incipiente industria productora de mercancías simples era insuficiente para proporcionar un trabajo digno a los recién arribados: “En las regiones superpobladas, relativamente urbanizadas e industrializadas, había mucha gente marginada de la sociedad, en una situación de inseguridad crónica. La industria no pudo, ni tan siquiera en sus mejores tiempos, absorber todo el excedente de población. Los mendigos se apiñaban en todas las plazas, recorrían en bandas las calles de las ciudades y peregrinaban en los caminos de ciudad en ciudad”. En el ¨trueque¨, estos desposeídos  perdieron el consuelo de todos los campiranos: el manto protector de la comuna arraigada a la Madre Tierra:

Además de pobreza tan grande como la de cualquier campesino, los jornaleros y obreros eventuales se encontraban en una situación de explotación que difícilmente hubiera podido darse en el régimen feudal. No había ningún código inmemorial de costumbres que pudieran invocar en su defensa, ni escasez de mano de obra con la que dar peso a sus reclamaciones. Sobre todo, no contaban con la ayuda de una red de relaciones sociales que pudieran asemejarse a la que defendía a los campesinos.[23]

De la servidumbre del campo a la ‘libertad’ citadina; de ser siervo del ‘ogro feudal’ a ser un dependiente del gran mercader, o del feudal rentista aburguesado. En el espejismo citadino la trampa funcionó con la carnada de una falsa libertad que en realidad conducía hacia una nueva forma de esclavitud, o peor aun, de marginación y desposeimiento. La indigencia amurallada, la miseria urbana con todas sus patologías psicosomáticas. Un letrero en la puerta de los burgos los saludaba: Bienvenidos sean al reino de la filantropía y de la justicia, quien traspase este umbral hacia dentro será libre y obtendrá el bienestar asegurado. (A costa del campo y de las explotaciones elevadas al cuadrado). Lo que en realidad significaba un: bienvenidos a la ratonera, el queso lo otorga el dueño, la libertad consiste en su desposeimiento y desamparo, la no propietariedad obligándolos a trabajar en lo que puedan a cambio de unas cuantas monedas o de los víveres estrictamente suficientes para su sobrevivencia y reproducción en la miseria.

Así las cosas, ese es el Reino motor de la Modernidad, allí se cocina el progreso material. La autarquía ahora procurada por las ciudades mercantiles, aunada a la autonomía municipal establecida por el conjunto de ciudadanos libres, muestra el camino del desarrollo citadino que se cierra al campo en una estrategia de dominio, generando una dinámica mucho más activa que las impulsa a ir más allá de las realizaciones efectuadas por las poleis. Lo que es igual a decir que la concentración económica citadina se constituye en el motor de actividades productivas urbanas que propician un crecimiento demográfico con residentes exclusivamente citadinos, mayor de lo que en la Antigüedad había sido posible. La ciudad del medioevo tardío está regida por una libre asociación de ciudadanos vinculados más a las actividades urbano-mercantiles que a las labores del campo. Siendo de capital importancia el que esto se pudiera realizar sin la presencia apabullante de un poder central demasiado poderoso y capaz de obstruccionar el desarrollo económico. En los intersticios del entramado feudal, allí donde el rey no era poderoso y los señores feudales están remitidos al castillo, surge la coyuntura que posibilita el desenvolvimiento de estas ciudades liberales antes de que la capa y la espada de la monarquía las cubra. Como bien lo hace ver Braudel: “En esta ocasión la liebre vence fácil y lógicamente a la tortuga. El Estado es lento para (re)constituirse”.

Si observamos en donde se consolidaron los dos polos del desarrollo europeo medieval, advertimos que están ubicados en regiones en las que el poder monárquico-feudal no impone su ley, como son el caso del Norte de Italia y la región de Flandes. Por una tendencia lógica-histórica, los excedentes generados en los dominios feudales van a parar a las tumultuarias agrupaciones citadinas. En lo que va de por medio un paso trascendente en la evolución de la Civilización. Estas ciudades europeas dejan de autoconsumir el producto agrícola cercano, directo, para alimentarse de los excedentes rurales circunvecinos que son atraídos por el mercado citadino, como un poderoso imán metálico, el dinero compra estos excedentes: “Las ciudades son la moneda, en suma, lo esencial de la revolución llamada comercial”. Desde mediados del siglo XV -si no antes- así acontece. La ciudad se vuelve un poderoso núcleo de fuerza centrípeta -también centrífuga- hasta constituirse en el “monopolio de la fabricación” y en la zona de ventas concentradas, porque los productos de dentro y de fuera están en su centro de gravedad, el campo, las aldeas, otras pequeñas ciudades orbitan en torno a la gran capital y hacia ella tienden sus productos, en ella se hacen mercancías. En un primer período de auge citadino, en el que el despegue de la producción a mayor escala se hace posible en la concentración urbana. “Solo más tarde, la preindustria afluirá de nuevo a los campos”.[24]

En esta fenomenología de la urbe medieval se debe explicar el crecimiento del conjunto íntegro de la sociedad europea en el Bajo Medioevo. Pero en su incipiencia éste requirió de una base agrícola que resulta indispensable. Así se reconocen las mejoras en las técnicas agrícolas firmes desde el siglo XI: ‘perfeccionamiento del arado, rotación trienal de cultivos combinados con el sistema de campo abierto para la cría de ganado, etc.’ Merced a lo cual la población aumentó; este es un hecho históricamente comprobado, pero este incremento socioeconómico no es de índole exclusivamente agrícola,  es decir, no radica en un solo factor, sino que se acompaña y a la vez se propicia yuxtapuesto al desarrollo del comercio -en esta dialéctica del desenvolvimiento civilizatorio, o crecimiento material-. Sin que se trate de que una de estas tendencias priven de manera exclusiva sobre la otra, sino que se complementan y se van estimulando de forma recíproca. Así acontece que la ‘revolución agrícola’ es patrocinada por empresarios que invierten sus capitales en la mejora de las tierras que circundan las ciudades, lo que resulta importante para la transformación social que van realizando estos nuevos agentes que con el poder del dinero van dinamizando al continente europeo, antes plenamente agrario y rústico.

Si bien es cierto que este primer capitalismo, capitalismo mercantil, se establece sobre la infraestructura de un mundo feudal a manera de una excrescencia, lo cierto es que la importancia que van tomando estas actividades, y el poder concebido por el tipo de prácticas que trae aparejado el ejercicio de los negocios internacionales, irá ubicando a estos llamados mercaderes-banqueros en el gobierno de las ciudades, toda vez que éstas sigan creciendo e intensificando las prácticas de producción e intercambio, para que así, las actividades comercial-financieras se vayan convirtiendo en indispensables y por ende consolidando a sus agentes dirigentes. Y es entonces cuando la alta burguesía dedicada a los negocios, y no a la guerra u a los oficios religiosos, ni a la administración exclusivamente agrícola, se convierte en el sector hegemónico;  el que desde luego que tiende a ser reducido, pero por lo mismo está destinado a tomar en sus manos el manejo de las actividades que a partir de entonces son las de mayor relevancia e irán concediendo el dominio social, el poder. Aunque es de recalcarse que a la par de este ascenso de la alta burguesía también se produce el resurgimiento de las monarquías ahora nacionales. Para que de esa manera la Europa del fin del Medioevo conociera un doble sistema socioeconómico, los que con sus propios atributos y condiciones, ritmos y diferencias, entrecruzamientos y contraposiciones, no dejarán de ir propiciando el desarrollo de la Civilización Europea. El que habrá de reajustarse toda vez que las monarquías se restablezcan y aparezcan poderosas Naciones que a más de reimplantar el segundo tipo de feudalismo: feudalismo de Estado, poco a poco irán abordando el dominio de las formas de economía comercial-financiera.

Siendo importante dejar en claro que la transición hacia la economía capitalista llevó siglos en los cuales el modo de producción feudal resultó propicio para incrementar la productividad, acicateado por la economía mercantilista que practicaban las Ciudades-Repúblicas del Norte de Italia y de los Países Bajos; para que con el concurso de estas dos estructuras socioeconómicas Europa conociera un desarrollo interno que la proyectó hacia fuera en lo que viene siendo las primeras etapas de la Modernidad. Entonces, internamente el trabajo de siervos y de semiesclavos se intensificó para dotar de excedentes al mercado, creando una ‘segunda servidumbre’ que fue más intensa en sus formas de explotación que la primera, toda vez que los incentivos lucrativos del mercado hacían más atractivos la generación de excedentes que podían ser vendidos obteniendo remuneraciones en metálico, y si la reacción de los trabajadores citadinos en algunos casos logró frenar la voracidad de los capitalistas, éstos volvieron los ojos hacia el campo para conseguir la mano de obra barata que requerían.

Pero la transformación hacia la implantación del modo de producción capitalista implicaba un proceso de intensificación productiva que paulatinamente se fue realizando aún dentro del sistema feudal, resultando la ‘segunda servidumbre ‘ un tipo de organización eficaz para efectuar este crecimiento interno hasta principios del siglo XVIII. Aconteciendo que  este desarrollo socioeconómico significó la consolidación de la burguesía que irrumpía y trastornaba el orden trifuncional estrictamente feudal, en lo que venía siendo la complementación urbana del desarrollo económico basado en el incremento rural, estando claro que para que la burguesía pudiera instaurar su dominio en un sistema económico preferentemente citadino requirió de los incrementos productivos del sector primario, gracias a los cuales pudo levantar el segundo y tercer piso de la superestructura europea.

Los habitantes de los burgos, la burguesía, estaría constituida por diversas agrupaciones, diversas clases. Lo que es igual a decir que el universo citadino presentaba su propio ordenamiento, en el cual los antiguos estamentos feudales han de reacomodarse: nobles y clérigos. Mientras que la división fundamental de la ciudad se iba estructurando en dos clases antagónicas y complementarias, derivadas del tipo de actividades productivas y comerciales que se van implementando en ellas. La dicotomía dominantes-dominados se va realizando de una nueva manera, configurada de acuerdo a las prácticas de índole económico-productivo que se van imponiendo, y acorde con ellas la diferencia entre clases se comienza a marcar en base preponderantemente a la propiedad y al dinero, de los que se obtendrá el poder político. En las ciudades no serán ya los caballeros o los eclesiásticos quienes comanden desde el vértice de la pirámide del poder, la relevancia de las emergentes actividades mercantiles y manufactureras le otorgan tal sitio a los mercaderes-banqueros, los miembros del patriciado, la alta burguesía, la nueva nobleza; fomentándose la coexistencia conflictiva en las urbes entre las clases específicamente citadinas.

Bajo una presentación escénica en la que supuestamente hay una unidad en la composición del contingente urbano, de manera tal que la alta burguesía se presenta también a la manera de ser pueblo, condición que hábilmente ha manejado a través de los siglos modernos, siendo ‘pueblo’ domina al pueblo y se proclama su libertador. Aparentando ser unidad homogénea usan al pueblo como parapeto o punta de lanza o carne de cañón, según sea el caso, a menudo como masas manipuladas para conseguir sus propios fines, los que los benefician a ellos en lo particular como clase propietaria. Cierto que en el ascenso de las prácticas capitalistas y en el desplazamiento de los nobles y de los eclesiásticos en ocasiones suelen formar parte del mismo equipo, pero en la realidad histórica tras la versión escénica unos son los que se benefician y otros los que pagan la cuenta y lo demás es mera representación teatral, pues en la cruda realidad que está más allá del carnaval implementado como puro circo para el pueblo, la alta burguesía se quita la máscara y el disfraz de nuevo noble suele ser su porte preferido, se trata de aliados convenencieros. La ubicación estructural de la clase baja urbana hará de sus miembros componentes la clase expoliada de manera permanente, a la cual se suele dotar de un halo de simpatía muy ambiguo de origen burgués: el débil, el pobre,  el liberado, el indispensable,  el que debe estar ahí y ser reconfortado. Para que entonces el pueblo quede en calidad de ser una vaga generalidad proclive a ser utilizada de múltiples maneras; así como ocurre con el trabajo social efectuado por sus miembros igual ocurre en la connotación ideológica con que se le presenta y se le maneja, pueblo desunido y dominado. Puesto que el pueblo también puede convertirse en la gran bestia manipulada por demagogos. Para ser pueblo debe tener conciencia de la injusticia que padece, mantener su dignidad y combatir para cambiar tal estado…, o Estado.

El ‘primer capitalismo’ sin lugar a dudas fue realizado por pequeñas Ciudades-Estado como era el caso de Venecia, la República de Patricios por antonomasia. Siendo que los nexos de Venecia con Bizancio y el comercio islámico explican mucho de este primer renacimiento europeo del Bajo Medioevo; es un recomienzo de su economía que se vivifica al contacto con el amplio conglomerado del Levante Mediterráneo  -una vez más-, el que a la sazón y de manera secular seguía siendo la región concentradora de los recursos de todo el Viejo Mundo. Tipo de Estados-Repúblicas que prevalecen, a decir de Braudel, hasta comienzos del XVIII -esto es, hasta que el capitalismo se afianza y se proyecta hacia la Revolución Industrial-, siendo hasta entonces “enteramente herramientas en manos de sus comerciantes”. Mas los comerciants-prestamistas no dejan de ser preponderantes en las Naciones-Estado. Puesto que la evolución de los Estados-nación monárquicos, con su trayectoria de siglos, no escapa al poder de los mercaderes capitalistas; conforme avanza el capital en el establecimiento de las estructuras institucionales que le son propias, el Estado va sufriendo la intromisión de tales agentes que se hacen sentir a la hora de concretizar la política-económica, fenómeno que se ha venido acrecentando hasta nuestros días en el que el capital-poder impera mundialmente especulando y acaparando. Por ello resulta lógico que el primer gran Estado-territorio que creó “una economía nacional, Inglaterra, cayó pronto bajo la dominación de los comerciantes”, para fines del siglo XVII. Estando allí la transformación del mundo ya configurada. Tanto los capitalistas, en su calidad de agentes individuales, como los monarcas, en su condición de mandatarios públicos, van a ir adentrándose de manera obligada en las áreas de la economía de mercado. El poder del dinero va a ir perfilando su dominancia conforme se expanden los horizontes mercantiles. Eso precisa que ya desde fines del siglo XV Colón  manifieste que ‘el oro es el señor del mundo que todo lo puede’,  una consigna objetiva válida como el leitmotiv de la conquista y de la colonia, empresas de las cuales el genovés resulta ser el patriarca guiando a todo un tropel de europeos que en América se conducirán afectados por la fiebre dorada con la que van conturbando a la Tierra. Momento en el que ese capital preferentemente comercial va adquiriendo mayor volumen conforme aumenta su red de telarañas y se afianza al extenderse por el mundo confirmando el predominio de las actividades -y con ello aparejado de las mentalidades-  mercantiles-financieras-monetarias que se tornan la praxis predominante entre los mercaderes-banqueros y entre los gobiernos monárquicos que administran los grandes Estados. La Cristiandad (Occidente) se judaizó, asevera Marx, entendiéndose por ello que aquellas prácticas crematísticas, las que antaño sólo se podían desarrollar en los ‘poros de la sociedad’, ahora están en proceso de volverse preponderantes.[25]

Es el ‘primer capitalismo’ que tiene por factor predominante al comercio, al dominio monopólico del mercado por casas oligopólicas que se disputan las rutas y la comparecencia en los mercados del Levante, puesto que es a través de ellos el que tienen acceso a los productos preciados del Oriente. Motivo por el cual Génova y Venecia están en guerra permanente para detentar el monopolio de tal mercado. Puesto que hay que entender que aquella economía, que aquél auge mercantil llegado a cierta magnitud citadina estaba montado sobre un zócalo de barro, esto es, sobre de un tipo de productividad aún muy reducida. Ese auge seguía siendo producto de una forma de tráfico de productos preciados que se mueven a grandes distancias en poca o regular cantidad; artículos cuya fabricación se hace en pequeñas cantidades, tipo de producciones reducidas, porque en ningún lugar del mundo hay fábricas, sino tan solo, a lo más, talleres que empleaban contingentes medios de trabajadores que en su gran mayoría no eran asalariados. A más de que muchos de aquellos codiciados artículos eran de naturaleza agrícola y de importación, como las especias, o eran metales preciosos, o esclavos, materias primas para la construcción, productos alimenticios…, es decir, productos no manufacturados u otros como las joyas, la sedas y perfumería, orfebrerías al alcance de un reducido número de pudientes. La auto reproducción de las urbes europeas requerirá de una Revolución Agrícola previa a la Revolución Industrial, ya en el siglo XVIII.

Por lo que el ‘primer capitalismo’ con sus incipientes transformaciones implicaría a sus agentes en estrepitosos fracasos; no pocos miembros de esa primera generación de grandes comerciantes o familias convertidas en casas mercantiles conocen la quiebra estrepitosa en los siglos XIII y XIV. El poder vigente de las monarquías a la sazón suele hacer de las suyas y puede llevarlas a la ruina al escamotearles el pago de los empréstitos. Un sagaz monarca como Felipe IV de Francia sabe maniobrar a su favor provocando una devaluación con la cual alivia su deuda, (ahora bien, si su carácter era el de acreedor podía revaluar la moneda). Así era que en la Edad Media tardía todavía se dan casos en que el poder monárquico aniquila a los mercaderes que se están volviendo demasiado poderosos. Lo que significa que el predominio de la política monárquica-religioso-feudal sigue imperando y puede continuar oponiéndose al ascenso de la alta burguesía, tal y como había venido aconteciendo en todo reino precapitalista. Y mientras esta resistencia no se venciera: “Ningún comerciante, ningún capitalista, tendrá nunca en ella campo libre. Miguel Cantacuzeno, una especie de Fugger del Imperio Otomano, fue colgado sin otra forma de proceso a las puertas mismas de su suntuoso palacio de Anchioli, en Estambul, el 13 de marzo de 1578, por orden del sultán. En China, el riquísimo Heshen, ministro favorito del emperador Qianglong, es ejecutado a la muerte de éste y su fortuna confiscada por el nuevo emperador. En Rusia, el príncipe Gagarín, gobernador de Siberia y prevaricador si los hubo, es decapitado en 1720…”.[26] Grandes magnates como Jacques Coeur en Francia caen en desgracia, y lo que es más, el siglo XIV conoce las bancarrotas masivas de las principales casas comerciales: “la de los Frescobaldi en 1312, de Scali en 1327, de Banacorsi, de Usoni y de Corsini en 1341 y aún más importantes fueron las de Acciaivoli y de Peruzzi en 1343 y de Bardi en 1346”.[27]

Para que así el ‘primer capitalismo’ se venga abajo; siendo el caso que a vuelta de siglo será relevado por otro más potente, toda vez que la economía-mundo europea para entonces era ya una realidad gracias a la expansión y a la dominancia colonial que comienza a ejercer en el ‘Nuevo Continente’, así como a la hegemonía comercial que va estableciendo en Insulindia. De esa absorción de riquezas se infla el gigante europeo. Porque la expansión colonial lo que propicia es la extensión del ‘mercado’ gracias al cual la transferencia desigual del valor se amplifica. Bien es cierto que la absorción de riquezas (plusvalía) “obtenida por el capital comercial (colonial) precapitalista (es) idéntica al de la plusvalía acumulada por el capital usurario y el capital mercantil”.[28] Para los europeos todo es cosa de amplificar las áreas de extracción de recursos y de acrecentar el intercambio desigual, absorbiéndolos y efectuando ganancias en la reventa, en las que el precio final es agrandado en más de un 100 o 200%. Siendo esta la mejor manera de multiplicar las riquezas que entonces se conocía, en lo que venía a ser la multiplicación de las ganancias debidas a la desigualdad habida entre los europeos versados en las prácticas mercantiles y los habitantes de otras zonas atrasadas, lo que iba aunado al papel jugado por los comerciantes que en calidad de intermediarios entre los productos adquiridos en su lugar de origen y los vendidos en Europa, o viceversa, entre las mercancías de facturación europea y su realización en las zonas atrasadas, se propiciaban las pingues ganancias. Venecianos, genoveses, y las ya más sofisticadas Compañías de las Indias fueron los agentes y las empresas que supieron capitalizar tal forma de comercio.

El capital mercantil podrá ser industrial gracias a las acumulaciones originarias de capitales extraídos de las colonias e invertidos en Europa incentivando la producción; las guerras intraeuropeas son disputas por el mundo convertido en una mina de la que hay que extraer las diversas riquezas, lo que incluye la explotación de los aborígenes situados en una condición desventajosa por su atraso material. Guerras que tendrán un carácter definitorio en la conformación del orden  hegemónico internacional, guerras que no son tan solo de carácter militar, sino que van implantando formas complejas de involucramiento que estipulan una manera de dominación soterrada y perdurable, la dominación crematística intra e internaciones que es posible gracias a la preponderancia que van adquiriendo los metales preciosos y las monedas, en calidad de ser “instrumentos de dominación, armas de guerra” de gran calibre financiero. (En la conjunción de esos cañonazos, militares y bancocráticos, es como van dominando el orbe los europeos).

Dentro del proceso en que la disputa entre naciones se regirá con la vara de hierro del progreso material, lo que posibilita que los más potentes Estados-nación vayan superando a las más pequeñas Ciudades-repúblicas puesto que su fuerza imperialista resulta mayor; de allí también proviene la estrecha liga y similitud entre colonialismo e imperialismo. Es el capitalismo de dientes y garras largas el que guía tal expansión y tal explotación, son sus agentes quienes patrocinan así como administran las ganancias por medio de Compañías dedicadas al comercio internacional contando siempre con la venia de los regímenes monárquicos. Para que así se implante la compartimentación del poder (dicotomía gubernamental), la que en estricto sentido nunca ha sido un contubernio entre el Estado moderno y el capital. “El poder se reparte entre ellos y él. En este juego, sin sumergirse, el Estado penetra en el movimiento propio de la economía-mundo. Sirviendo a otros, sirviendo al dinero, se sirve también a sí mismo”.[29] Y así acontece hasta la fecha, los ejemplos que clarifiquen esta condición económico-política abundan de manera escandalosa, puesto que el mundo contemporáneo no ha hecho otra cosa que proseguir el rumbo para entonces ya marcado, complicándolo con artilugios cada vez  más artificiales y arbitrarios.

Artículo originalmente aparecido en Crisol. # 101, septiembre de 1997. Versión corregida y aumentada a 20 noviembre del 2010.


[1] Historia de la Cultura Occidental. Labor. Barcelona 1966.

[2] La tesis de que la Hélade representa los orígenes de Europa y Occidente se sustenta en un trabajo inédito intitulado precisamente: Grecia: los Orígenes de Europa y de Occidente. De mi autoría.

1 Georges Duby. El Año Mil. Gedisa. 1988: 77-78 y 79. Referencias de Raoul Glaber y de Ademar de Chabannes.

[4] Ibid.: 78. Raoul Grabel, monje cluniacense escribiendo poco después del Milenium.

[5] Ibid.: 81 y 80.

[6] Ibid. Raoul Grabel: 81-82-83.

[7] Ibid.: 84 y 85.

[8] Ibid.: 78.

[9] Ibid.: 90 y 92. Raoul Grabel y Ademar de Chabannes. Monje nacido hacia el año 988, vivió en Limoges, en el Monasterio de San Marcial. Quien  percibió en una visión las calamidades que se avecinaban:  En la parte austral del cielo un Gran Crucifijo con Cristo derramando lágrimas se le apareció: “Vio esa cruz y la imagen del Crucificado, color de fuego y de sangre, durante toda la mitad de una noche y luego el cielo se cerró. Y lo que había visto lo conservó siempre oculto en el fondo de su corazón, hasta el día en que escribió esas líneas y el Señor es testigo de que vio efectivamente eso”. Ibid.: 91.

[10] Norman Cohn. En Pos del Milenio. Alianza. 1983: 34.

[11] Duby. Op.Cit.: 141.

[12] Fernand Braudel. Civilización Material, Economía y Capitalismo. T. 3. El tiempo del mundo. Alianza. 1984: 68. En lo que este autor da en llamar: “la primer economía mundo que se esboza en Europa” o “una economía mundo de las dimensiones de Europa”. : 68 y 72. Siendo que más bien todavía se trata de una economía regional aislada de otras de similar o de mayor jerarquía; lo que sí, ciertamente, en franco crecimiento autógeno. Pues como el mismo Braudel lo acepta: “esta es una expresión poco oportuna y sin demasiada lógica”, (Ibid.: 6.) una trascripción de un término alemán al francés. Sería más preciso hablar de un crecimiento intrauterino antes de que los europeos triunfaran en sus viajes de exploración y conquista. Y de esa manera se clarifica el nivel en tiempo y en espacio de las economías precapitalistas. Haciendo ver también, cómo Europa durante la mayor parte del Medievo fue una región periférica, al margen del conglomerado de mayor importancia que para ese entonces era el musulmán, el que cubría de Insulindia hasta Marruecos o España. Y sin embargo, ni este conglomerado estaba sólidamente constituido como para considerarlo ya una economía-mundo, aunque estará más cerca de serlo, y sin embargo, Europa impidió su consolidación….

[13] Braudel. Op.Cit.: 68. Incluye cita de Yves Renovas y de Karl Bosl. En lo que respecta a la palabra-concepto ‘Modernidad’. Vid. ‘Modernidades’. Crisol # 69, mayo de 1996, para que ya no resulte tan vaga.

[14] Cohn. Op.Cit.: 67.

[15] Braudel. Op.Cit.: 71. Subrayado añadido.

[16] Empero, en las sociedades con Estado Arcaicas se alcanza un grado de afectación a la naturaleza considerable, hay ejemplos en todo el mundo de cómo agotaron las tierras y exterminaron recursos forestales. Teotihuacan y varias ciudades mayas durante el clásico mesoamericano pueden ser muy buenos ejemplos. Siendo lo relevante de estos casos precapitalistas, que tal desarrollo y tal afectación a la naturaleza se detenía con el colapso y la sociedad entera se derrumba sin poder continuar reproduciéndose al nivel de máxima capacidad alcanzado. Simplemente no podían desarrollarse más, por lo que se contraían, y de ser imperios centralizados terminaban por desintegrarse; las aldeas permanecían mientras se derrumban los centros urbanos.

[17] Max Weber. Economía y Sociedad. FCE. 1984: 996-997. Negritas añadidas.

[18] Karl Marx. Formaciones Económicas Precapitalistas. Siglo XXI. 1978: 65. Negritas añadidas.

[19] Ibid.: 85. Negritas añadidas.

[20] Ibid.: 91. Negritas añadidas.

[21] Cohn. Op.Cit.: 55 y 54. Negritas añadidas.

[22] Ibid.: 56. Negritas añadidas.

[23] Ibid.: 57 y 58. Subrayados añadidos.

[24] Braudel. Op.Cit.: 71.

[25] Karl Marx. “Sobre la Cuestión Judía”. La Sagrada Familia –y otros escritos filosóficos de la primera época-. Grijalbo: 40-44. En lo que hay que tener cuidado de no caer en una posición antisemita, como ha sido tan frecuente en la Historia de Occidente. No se debe entender por ‘judíos’ exclusivamente a los judíos, sino sólo a unos de ellos (simbólicamente ‘judíos de Babilonia’), y a otros muchos de diversas naciones y credos que en realidad son adoradores de Mammon. Este judaísmo es un estereotipo al que se hicieron acreedores los judíos durante la Edad Media como un estigma por el tipo de actividades que estaban obligados a realizar… Ah, pero sin duda que los sionistas si son de esa estirpe.

[26] Braudel. Op.Cit.: 36.

[27] Manuel Cazadero. Desarrollo, Crisis e Ideología en la Formación del Capitalismo Moderno. FCE. 1986: 78-79.

[28] Ernest Mandel. Tratado de Economía Marxista. T. 1. Era. 1985: 147.

[29] Braudel. Op.Cit.: 55 y 33.

Be Sociable, Share!

Los comentarios estan cerrados