La poderosa ideología de la Revolución Mexicana

Escrito por on nov 23rd, 2010 y archivado en Cultura, Destacado, Galería Fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

La poderosa ideología de la Revolución Mexicana

Si algo caracteriza los últimos cien años de México es el nacimiento, predominio y declive de una ideología, esto es, de una representación de la realidad que le dio cohesión  a la sociedad y legitimidad al Estado, viabilidad a un sistema político y funcionalidad al aparato económico nacional.

Ese conjunto de ideas de los mexicanos sobre sí mismos, sobre su país, acerca de su pasado, su presente y su futuro resultó ser de una sorprendente eficacia. La ideología de la revolución mexicana, que tal era su nombre, fue tan poderosa que incluso superó en duración al marxismo-leninismo soviético y en vida se dio lujos que nunca se permitieron los herederos de Lenin, como admitir la oposición y controlarla, debatir públicamente otras ideas y derrotarlas en los hechos, favorecer la libertad de creación artística y de investigación científica, otorgar autonomía a las universidades y tolerar la crítica dentro de marcos precisos.

Esa ideología se gestó con el Plan de San Luis, que negaba validez al porfiriato, tanto a sus espejismos como a sus logros comprobables, y se tejió intensamente en los debates del Constituyente de Querétaro, en tanto que se buscaba dejar en la letra del documento fundamental no sólo los anhelos colectivos, fines políticos y objetivos de gobierno, sino también ilusiones, sueños y otros productos de la imaginación. Tal ideología se adentró en el imaginario social mediante el muralismo, especialmente con Diego Rivera, quién ofreció al poder y a la sociedad la interpretación simbólica de nuestra historia, especialmente del periodo de la lucha armada. La novela de la revolución reforzó esa interpretación al describir sin concesiones la brutalidad propia de la guerra y proponer que a la barbarie seguí una época en la que en medio de profundas contradicciones se abriría paso la civilidad y nos afirmaríamos como nación.

Muy influidos por el primer José Vasconcelos, el que llevó el alfabeto y el libro a todo el país, y con la poderosa base material que ofrecían los éxitos del cardenismo, un aporte relevante a la ideología provino de los autores de la llamada “filosofía del mexicano” que vieron en la revolución un crisol del que saldría un ser humano distinto que con todo y sus contradicciones viviría un progreso incesante dentro de un proceso de ascenso.

El hecho es que por diversas vías se fue nutriendo esa ideología que en algún sexenio tuvo la Internacional como música de fondo y al siguiente nos situamos en el capitalismo modernizador, que en varios momentos hizo soplar sobre el país aires socializantes y que de manera drástica cancelaba la protesta obrera mediante el brutal expediente de la represión. Lo curioso es que en cada fase, con Cárdenas o con Alemán, con Díaz Ordaz o con López Portillo, se mantuviera enhiesta la ideología de la revolución mexicana, que se vendía como el remedio de todos nuestros males, el boleto de entrada al reino de la felicidad.

Algunos artículos constitucionales reúnen y resumen propósitos encomiables y fueron banderas que funcionarios públicos y movimientos sociales ondearon vitalmente, unos en busca de consenso, otro para dar respuesta a los problemas sociales; unos y otros para encauzar la negociación y evitar el conflicto; ambos, para identificarse como parte de un mismo proyecto.

Los conceptos que le dan hueso y carne al cuerpo ideológico tienen siempre alguna relación con la realidad, de una u otra forma están arraigados en ella. Son construcciones históricas levantadas a partir  de anhelos y afanes colectivos. Tal es el caso de la educación obligatoria, laica y gratuita, la primacía del interés nacional sobre el particular, las disposiciones agrarias y las normas que regulan la relación laboral, entre varias más.

Para el caso, poco importa que la educación tardará en abarcar a toda la población escolar o que ahora mismo casi seis millones de mexicanos sean analfabetas o que no haya terminado la primaria uno de cada diez mayores de 15 años. El enunciado  constitucional sobre educación ha sido propósito deseable, no imperativo de gobierno. Tan es así, que durante sexenios, ante el temor de que la bandera de la educación popular movilizara a los profesores, desde el gobierno se estimuló la corrupción laboral, se fortalecieron cacicazgos sindicales y poco importó el destino de los niños y jóvenes, al extremo de convertir la enseñanza escolar en zona de desastre e impedir que siguiera siendo medio de movilidad social, pues hoy estudiar no abre la posibilidad de mejorar el nivel de vida  y el porvenir de los egresados de la educación superior es, en el mejor de los casos, convertirse en empleados mal pagados, ya sin el prestigio social que implicaba poseer un título. Millones de muchachos están en las filas de los llamados ninis, seres que no estudian ni trabajan porque para ellos no hay escuelas ni empleos. Antes que ir a la universidad, a muchos jóvenes les resulta más atractivo el ejemplo de un comerciante de éxito, un político ladrón  o un narco ostentoso.

La vieja ideología generó un marcado orgullo nacional que tuvo su expresión más alta con Lázaro Cárdenas, especialmente con la expropiación petrolera de 1938. Tan trascendental fue aquel acto, que todavía hoy el país se beneficia del monopolio sobre la extracción del crudo, pese a los progresivos avances de la casta neoliberal, que lo ha intentado todo en su afán de privatizar por completo ese recurso, pues intereses privados han controlado siempre la comercialización y el transporte, ya tienen las manos metidas en la refinación –incluso en plantas extranjeras- y cada día es mayor la presencia de particulares en la exploración.

El término “expropiación” ofende a los castos oídos de las élites agringadas, de ahí que esa palabrota se haya desterrado del lenguaje oficial y se prefiera “nacionalización”, termino más suave que fue el empleado por Adolfo López Mateos cuando la industria eléctrica pasó a manos del Estado. Pese a todo, en la memoria colectiva quedó la expropiación petrolera como una de las más relevantes afirmaciones de soberanía y durante décadas fue común que se dijera “el petróleo es nuestro”, pues la comunidad consideraba suyo el logro y se sabía o se creía su beneficiaria.

Muy eficaz fue la referencia agraria como canalizadora de la esperanza. Hace un siglo México era un país eminentemente campesino y no sería sino hasta los años setenta cuando los habitantes de las ciudades sumaran un  número mayor que los pobladores de las áreas rurales, que en la actualidad todavía representan una cuarta parte del total de personas que viven en la República. En esas condiciones, el agrarismo fue una bandera generosa para los gobernantes y sus partidos. El natural interés campesino por poseer tierra recibía el estímulo del Estados, que de esa manera controlaba organizaciones enteras cuyos integrantes fueron primero carne de cañón y luego hueste dispuesta al acarreo, tropa civil al servicio de la politiquería. Pero lo que estaba en juego era un bien finito y llegó el momento en que ya no hubo más tierra que repartir y la esperanza se trocó en desilusión. Millones de campesinos emigraron a las ciudades en busca de empleo o pusieron proa al norte, donde se convirtieron en piscadores estacionales y más frecuentemente en habitantes definitivos e indocumentados en el país vecino. Si algo faltara, al permitirse la venta de parcelas ejidales se acabó por desarraigar a los campesinos y en el agro se dio el golpe de muerte a la vieja ideología.

La política laboral del viejo régimen, con su Ley Federal del Trabajo, el Instituto Mexicano del Seguro Social, el ISSSTE, el Infonavit, el Fonacot, los tribunales especializados y una onerosa burocracia, fue un entramado jurídico-político-asistencial muy apto para mediar entre los factores de la producción, siempre y cuando las peticiones y los conflictos se limitaran a asuntos individualistas o a temas de segundo orden.

Pero otra cosa eran las demandas colectivas. Ahí lo que reinaba  era la voluntad del Estado, que podía reconocer o ignorar en la práctica a un sindicato o la elección de una mesa directiva. En el colmo del surrealismo, podía declarar que una huelga era inexistente  si no convenía al Estado o a los gobernantes en turno, que han solido actuar en connivencia con los grandes capitales. Por cierto, todo este aparato se mantiene en pie y todavía se emplea para aplastar a los trabajadores, aunque las instituciones asistenciales caminen hacia la quiebra, entre otras razones porque no aumentan la planta laboral con derechos, por el deterioro constante de los salarios reales y la baja relativa y hasta absoluta de la cotización.

En el sexenio de Lázaro Cárdenas se constituyeron las más importantes organizaciones sindicales, pero su condición de existencia era la subordinación al Estado asistencial que encarnaba la ideología de la revolución. Durante los años cuarenta y cincuenta los sindicatos que pretendieron manejarse con independencia fueron golpeados sin contemplaciones y acabaron cayendo uno a uno durante un ciclo que se cerró con la gran represión ferrocarrilera. El Estado actuaba como padre benevolente con los sindicatos sumisos o charros, pero aplastaba brutalmente todo asomo de rebeldía.

Pese a todo, sería inexacto atribuir la permanencia del charrismo a la amenaza de represión. Es la conciencia de que bien o mal, la organización ofrece beneficios que no se tendrían si cada obrero o empleado actuara por su cuenta. Además, por ley y por conveniencia política del régimen, los trabajadores organizados tenían y tienen prestaciones superiores a las de quienes laboran por su cuenta, y en este hecho se basaba la convicción de que un trabajador de base tenía el futuro asegurado y de que todos los beneficios alcanzables se debían al régimen, lo que reforzaba el predominio de la ideología priísta.

Fue en los años setenta cuando grandes contingentes sindicales se sacudieron el dominio charro. En esos años los telefonistas se dieron a sí mismos los dirigentes que han considerado más convenientes, surgieron el sindicalismo universitario y el bancario y se liberaron diversos sectores de los asalariados. Hoy, la CTM y el Congreso del Trabajo representan algo menos que cascarones vacíos y si no han desaparecido del todo es porque se mantienen en pie la estructura charra del Sindicato Único de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana y la poderosa mafia que domina el sindicato petrolero, pero el control ideológico es cosa del pasado. Si antes los sindicatos corporativos representaban una inmensa reserva de votos priístas, hoy el destino del sufragio es incierto.

Un factor de realidad que incidía en el reforzamiento de la ideología oficial era la existencia de un amplio y poderoso sector público de la economía, fuente infinita de corruptelas para los funcionarios, inacabable río de subsidios al capital privado, impulsor de carreras políticas, generoso creador de empleos y fuente de favores y dineros para apaciguar inconformidades. Éramos, decían algunos teóricos de banqueta, un país que combinaba sabiamente la propiedad estatal y la privada, el socialismo y el capitalismo. El fundador de la CTM y del supuestamente marxista PPS, Vicente Lombardo Toledano, hizo un aporte considerable a la ideología dominante, pues para él las empresas paraestatales eran avances del socialismo al que inexorablemente nos llevaría la Revolución Mexicana, con mayúsculas, como feliz, inevitable y forzosa concreción de la idea absoluta de Hegel.

Pero llegó Carlos Salinas de Gortari y entre aplausos de los empresarios y sus paniagudos acabó por decreto con el sueño lombardista. Decenas, centenares y miles de empresas públicas fueron transferidas a manos privadas, con frecuencia a precios de regalo. De este modo la ideología perdió otra pata que la sostenía e incluso se dejó de hablar de la Revolución Mexicana como origen legitimador del Estado, del régimen y de los sucesivos gobiernos.

En una especie de marometa ahistórica, Salinas intentó suplir la ideología desechada creando un fantasmón sustituto: Solidaridad, el programa que ofrecía dádivas pero exigía colaboración, que mediante la dotación de obras públicas buscaba controlar a los grupos sociales real y presuntamente beneficiados. Como la retórica priísta era para entonces un cacharro inservible, Salinas echó mano de numerosos militantes de izquierda, veteranos del 68, ex presos políticos, guerrilleros del día anterior y los traidores que nunca faltan. Era gente que hablaba otro lenguaje, tenía experiencia organizativa  y un aceptable nivel intelectual. El salinismo le dio cauce y medios a su mesianismo y todos o al menos muchos de los nuevos conversos se sintieron realizados en aquella cruzada burocrática de la que con los años sólo quedaría el populismo regalador, pero cada vez más mezquino y menos imaginativo, al extremo que Andrés Manuel López Obrador acabaría rebasando a los priístas por la izquierda y hasta el PAN, con Josefina Vázquez Mota en la Secretaría de Desarrollo Social, haría de los subsidios directos una eficaz fórmula de reclutamiento y pesca de votos.

Vistas las cosas en perspectiva, sorprende la ligereza con que Salinas pretendió desprenderse de la vieja ideología oficial para sustituirla por una campaña filantrópica de corte de populista. La ideología, al menos en la imaginación, nos iguala en tanto individuos y nos cohesiona socialmente. Es una construcción histórica que surge de la realidad y, para ser socialmente eficaz, debe ser asumida por sectores mayoritarios de la comunidad, y éstos han de verse reflejados en ella para que ese tejido de creencias, representaciones, medias verdades y mentiras completas se acomode con el discurso en el poder.

Las ideologías no son algo que se pueda sacar de un sombrero, como lo intentó Salinas con aparente buena fortuna en los primeros cinco años de su gobierno. Pero tan estaba equivocado, que en el último tramo de su sexenio le estallaron en la cara todos los problemas. Precisamente cuando brindaba por el éxito con que nos endilgó el TLC le informaron que en Chiapas había estallado la rebelión zapatista, luego fue asesinado el candidato a sucederlo en la Presidencia de la República, después tuvo que ceder el control del aparto electoral y para colmo le mataron a quién iba a ser el líder de los diputados mientras que, para hacer más evidente su fracaso, los cuadro reclutados por Solidaridad acabaron por incorporarse a las peregrinaciones que iban a postrarse ante el santo encapuchado.

Carlos Salinas fue el gran enterrador de la ideología de la revolución mexicana o de lo que restaba de ella. Fue un buen servicio al país, pero dejó descobijado a su partido, que ya sin aquel cemento cohesionador, sin la ilusión del progreso necesario ni la fe de las mayorías, aceleró su caída, al extremo de perder el poder presidencial y la mitad de las gubernaturas.

Hoy, cuando los priístas se frotan las manos por considerar próximo su regreso a Los Pinos, les convendría considerar algunos factores que no operan a su favor. Si regresan, lo que está por verse, ya no habrá un sector público de la economía que permita el populismo dadivoso, tendrán que lidiar con una economía que no crece, con un sistema fiscal ineficiente e insuficiente y con un país más informado, más maduro y exigente en lo político. Afrontarán los inconvenientes de una oposición fuerte y machacona y, sobre todo, se hallarán desnudos ideológicamente, proclamando con más o menos brillantez lo mismo que sus adversarios de izquierda y derecha, pues resulta difícil saber qué hace  distintos hoy a los priístas de los panistas y de no pocos perredistas.

Las ideologías pueden ser representaciones falsas de la realidad, lastres para el progreso, coartada para los abusos y todo lo que se quiera, pero siguen siendo indispensables. Muerta la ideología de la revolución mexicana, el PRI no ha sido capaz de hacerse de una nueva. Como lo debe de haber aprendido el PAN en los últimos diez años, sin una ideología que prenda en las masas se pueden ganar elecciones, pero no se puede hacer historia.

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