Por François Zumbiehl
Vivimos hoy en día en un mundo sin fronteras, lo que ofrece altas posibilidades en cuanto a comunicación, pero lo que también supone altos riesgos para la preservación de la diversidad cultural. Cada cultura tiene en efecto su propio contenido ideológico que defiende y, en algunos casos, quiere imponer a todo el universo por una especie de guerra subterránea, utilizando los medios económicos y tecnológicos a su alcance.
Así es como poco a poco los diferentes pueblos quedan sometidos a una cultura globalizada,
heredada en gran parte de la sensibilidad anglosajona o por lo menos nórdica, que define a
escala universal lo políticamente y culturalmente correcto. En base a sus criterios específicos,
esta sensibilidad condena la fiesta de los toros por dos razones de principio: la violencia y la
sangre sacuden diariamente todo el planeta, se exacerban en el cine, pero son consideradas
obscenas en un espectáculo como la corrida. Por otra parte la antropomorfización sistemática
de los animales, otra base de la sensibilidad urbana y “ moderna”, instrumentalizándolos para
el bienestar afectivo del hombre y convirtiéndolos más o menos en sustitutos de niños, está en
franca oposición con la corrida que, por el contrario, está basada en el respeto de la animalidad del toro.
Dicho esto, estoy convencido de que no hay que perder demasiado tiempo en tratar de
convencer a los antitaurinos en esos debates inútiles, en los que la razón y la buena fe escasean, por el mero hecho de que los argumentos son excesivamente pasionales. Mucho más importante es confirmar en la legitimidad de sus gustos a los aficionados, quitándoles
cualquier rastro de mala conciencia que procura infundirles la sensibilidad imperante a través
de los medios de comunicación planetarios. También es importante que los responsables
políticos de las regiones taurinas de España, Francia, Hispanoamérica y Portugal, estén
plenamente convencidos de que nuestra Fiesta, además de su indiscutible aportación
económica, tiene una dimensión cultural específica, por ser el reflejo de una determinada
sensibilidad y por ser la expresión de unos valores estéticos y existenciales genuinos. Habría que recordar siempre este sencillo y magnífico texto, redactado por eminentes escritores y artistas – entre ellos Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Sebastián Miranda -, para la convocatoria de una cena-homenaje a Juán Belmonte, en 1913 : “Capotes, garapullos, muletas y estoques no son instrumentos de más baja jerarquía estética que plumas, pinceles y buriles; antes los aventajan, porque el género de belleza que crean es sublime por momentáneo.”
No sólo llama la atención el hecho de que intelectuales de aquel nivel hayan exaltado la tauromaquia como modelo y fuente de inspiración. Otros artistas de tamaña categoría, en España y en muchos países lo han hecho. Lo verdaderamente significativo en este texto es que, por primera vez, se reconoce y se celebra la estética inherente al toreo y su peculiaridad: esta dialéctica del temple, que aspira a dar en los pases una sensación de tiempo lentificado, casi de eternidad, en el marco de una creación artística fatalmente efímera. Este juego con el tiempo, alargado y sublimado, pero que termina por someterse a la ley universal de la muerte, en este caso la muerte del toro y de la faena, es decir de la propia obra de arte, encierra una filosofía tremendamente humana y emocionante.
Quisiera insistir en este punto: en realidad la Fiesta no necesita de ninguna referencia externa
para justificar su pertenencia al campo de la cultura. Lo afirma un servidor que en estos momentos dedica buena parte de sus esfuerzos en analizar la representación de la tauromaquia
en las palabras de los toreros, de los ganaderos y de los aficionados. Sigo maravillado por la
riqueza de vivencias, de emociones y de matices contenida en todos estos discursos espontáneos que revelan esta singular confluencia entre el arte y la vida cuya expresión
intensísima se da en los toros. Pienso por ejemplo en las declaraciones de este gran maestro
castellano, explicando que el toreo para él ha significado la liberación de todas sus potencias
vitales y la expresión de su máxima autenticidad íntima. Pienso en la manera como varios
toreros describen el éxtasis de los momentos cumbres, cuando el artista siente que un poder
desgarrador, nacido en los más hondo de su ser, sale a la luz en consonancia con la riqueza
secreta del toro que ha sabido entender y exprimir. Pienso también en este ganadero que confiesa su emoción al observar que la forma de comportarse un toro suyo en la plaza es el
reflejo exacto de su sensibilidad y de su manera de interpretar la vida. Y sería un cuento de
nunca acabar transcribir las reflexiones innumerables sobre este diálogo excepcional que el
hombre mantiene en las faenas de campo y en el ruedo con un animal indómito.
El hecho de que hoy en día, en un mundo tan preocupado por la preservación del medio ambiente, críticas severas contra la corrida cundan de varios grupos ecológicos europeos, incluyendo los españoles, me parece el colmo del malentendido, por no decir del contrasentido. Cuando se afirma que la supresión de los espectáculos taurinos supondría a breve plazo la eliminación de todos los encastes de la vacada brava, esto no basta para acallar aquellas protestas. Conviene por lo tanto utilizar un argumento más positivo, al alcance de los propios ganaderos. Hay que enseñar, sobre todo a los jóvenes, especialmente preocupados por el tema, que cada ganadería es de hecho una reserva ecológica insustituible, pues en ella conviven con el ganado bravo innumerables especies de animales en libertad, amén de la flor y de todos los oficios del campo que se han mantenido ahí a lo largo de los siglos. ¿Quién tomará la responsabilidad de hechar por los suelos este sutil equilibrio entre la naturaleza y la cultura, que se ha ido forjando poco a poco en las fincas donde pastan los toros?
En cuanto a los oficios y a las técnicas, no contaminantes, de las dehesas, éstos forman, junto con aquellos que se desarrollan en la plaza, un conjunto de sabidurías y de tradiciones multiseculares que caben perfectamente en los criterios definidos por la Unesco para proteger y promover el patrimonio inmaterial, tal como lo hace ya para un sinfín de fiestas populares, carnavales y ceremonias repartidos en todo el planeta. No andemos con rodeos: el único obstáculo para que lo haga con los toros es de carácter político; la Organización tiene miedo a las protestas que desencadenaría el reconocimiento de una fiesta que implica la muerte de una res a la vista de un público. ¡Como si no existiesen en la vida cotidiana, y en los pasatiempos de tantas sociedades que pretenden ser desarrolladas, formas considerablemente más indignas y crueles de sacrificar un animal o de utilizarlo para el regocijo de la gente!
En resumidas cuentas, lo primero es que la gente del toro y los aficionados estén convencidos de la validez cultural de su afición y no caigan en la trampa de la mala conciencia en la cual los antitaurinos quieren atraerles. En este tema delicado, pues abarca lo más hondo de nuestras sensibilidades, no soy partidario de ningún proselitismo, pero tampoco del silencio avergonzado frente a tantos gritos desquiciados. Cada vez que sea necesario tenemos que hacer oír nuestra voz, de la forma más serena, en primer lugar ante los políticos de las regiones taurinas que hemos elegido y a los que corresponde la defensa de nuestros intereses; en segundo lugar ante los medios de comunicación con la palabra y, si es el caso, con manifestaciones públicas ordenadas y bien organizadas. Lo más importante de todo, a mi
entender, son las acciones de información y de sensibilización dirigidas a los jóvenes,
particularmente a los escolares. Obviamente, en este aspecto, los ganaderos tienen un papel
preferente, porque la visita comentada de una ganadería es el mejor argumento práctico para
explicar, y tal vez despertar, la afición a los toros.
Al terminar quisiera hacer hincapié en la pertenencia de la fiesta de los toros al patrimonio latino, no sólo porque la comparten España, Portugal, el sur de Francia, cuatro países andinos y México, cada uno de estos pueblos con su interpretación peculiar, sino también porque emana de una herencia común, vinculada en particular con el legado grecolatino. En esta cultura del sur no se considera la muerte como una realidad obscena que debe ser escondida y encerrada en lugares apropiados. Forma parte del ciclo normal de la vida, y por lo tanto conviene tener cierta familiaridad con ella, amansarla de alguna manera, poniéndola en escena. La corrida procede del mismo rito catártico que aquel de la tragedia griega, de la ópera italiana y de las procesiones de Semana Santa. Por eso merece ser defendida una de las ceremonias más auténticas que nos quedan de nuestra cultura milenaria, todavía vigente.
François Zumbiehl
Escritor
Director de cultura y comunicacion de Unión Latina
(Nota del editor por considerarla de interés general con motivo de la prohibición en Cataluña he publicado esta conferencia, que el autor presento en el VII Congreso Mundial de Ganaderos de Toros de Lidia)
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No se la compro al autor. Se queja amargamente de que el embate contra las corridas es una imposición cultural anglosajona, y no repara en que la existencia misma de las corridas en América es resultado de una de las más brutales imposiciones culturales en la historia. ¿o las imposiciones pasadas ya no cuentan?
No me convence tampoco la defensa de las corridas por ser artísticas o estéticas. El ser humano tiene la notable capacidad de encontrar goce artístico en las cuestiones más desagradables y/o dañinas, baste leer a Thomas de Quincey y su alegoría del asesinato como una de las bellas artes. Siguiendo esa posición, todavía tendríamos los sacrificios humanos de los aztecas, que eran culturalmente valiosos, que produjeron fabulosas obras de arte y que, según relatos y códices, eran vividos como algo realmente estético y ritual tanto por los ejecutantes, como por los ejecutados.
Finalmente, me convence todavía menos lo del “respeto a su animalidad” ¿qué es eso? ¿respetar es matar? Critica una construcción cultural (la antropomorfización del animal) con otra construcción cultural, que, debemos suponer, es la correcta porque es la suya. ¿por qué debemos aceptar que su forma de concebir a los animales (como algo a lo que hay que domar, controlar o dominar, supongo) como la buena y a la antropomorfización como la mala?
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