El pasado jueves 11 de marzo, el Director del Registro Civil del Distrito Federal, un juez con el improbable nombre de Hegel Cortés, celebró lo que, hasta hace unos cuantos años, parecía aún más improbable: declarar en “legítimo matrimonio, con todos los derechos que la ley otorga” a cinco parejas que tienen la peculiaridad de ser del mismo sexo.
El hecho en sí mismo es digno de celebrarse y, nos permite, por una vez, sentirnos orgullosos de ser integrantes de una República donde la libertad, la igualdad y la dignidad pueden avenirse sin conflictos…aunque, ciertamente, no sin perturbar la fragilidad moral de ciertos sectores de la población que no terminan de aprender a vivir en una república democrática y laica.
Estas cinco bodas son tanto una feliz culminación como un nuevo punto de partida. Son, en principio, una feliz culminación de varios años de un persistente y arduo activismo de la comunidad homosexual en el país cuya reivindicación inicial a favor del respeto y reconocimiento fue gravitando gradualmente hacía la justa exigencia de igualdad de derechos, en especial en lo que se refieren a la posibilidad de contraer matrimonio y de formar una familia. Y, al mismo tiempo, es un nuevo punto de partida ya que coloca la continuidad de los derechos de las minorías sexuales en un nuevo escenario que no estará exento del riesgo de la regresión como lo indica la iniciativa autoritaria del Señor Felipe de promover la anticonstitucionalidad del derecho a estas parejas a contraer matrimonio.
Ha sido, justamente, en este último ámbito -el conyugal y familiar – donde la comunidad gay y lésbica ha encontrado las mayores resistencias antiliberales y homofóbicas de parte de las iglesias, de ciertos sectores sociales y de no pocos legisladores y gobernantes que, relegando o contraviniendo el carácter laico del Estado, han procurado condenar ya sea al infierno, a la inexistencia jurídica o a la marginación o insignificancia social – cada cual de acuerdo a su ámbito de especialidad- a los y las homosexuales.
El señor Hugo Valdemar Romero, vocero de la Arquidiócesis de México, ha tenido la bondad de recordarnos los argumentos, si acaso vale darles ese atributo a lo que no son sino prejuicios, de condena y rechazo: las bodas recién celebradas, dijo con su peculiar lenguaje perdonavidas y pendenciero, “un embate contra la familia y los valores cristianos”, a lo que añadió, que “la pretensión legaloide es una burla a la familia y busca destruir los valores y la moral” ya que, no olvidó reiterar, que “la ley es perversa e inmoral…y ofende a los mexicanos”.
A riesgo de negar o perder mi nacionalidad, yo, como mexicano, no me siento en absoluto ofendido por esta ley, ni por las bodas que recién se han celebrado. Tampoco, incrédulo de mí, alcanzo a ver en donde radica la peligrosidad de esta ley – su naturaleza perversa e inmoral- ni puedo comprender como la igualdad de derechos y la libertad con que estas cinco parejas han decidido casarse, se convierte en una acometida contra la familia o se burla de la moral de nadie.
Pero, por fortuna, esta ley y estas bodas pueden verse bajo una óptica diferente. La ley, por ejemplo, permite superar un estado de discriminación institucionalizada que limitaba los derechos de muchos y muchas mexicanas de manera injustificada. En este sentido ésta ley es un avance muy relevante –y esperemos irreversible – sí es que realmente aspiramos a vivir en un Estado de Derecho y sí, de manera inequívoca, tenemos a la libertad como un derecho inalienable de todos. No olvidemos que, vivir en una democracia, exige de sus ciudadanos una disposición moral, una virtud pública que nos permita apreciar la libertad de los demás, no como una amenaza, sino como una ampliación y ratificación de nuestra propia libertad.
Por otro lado, la promoción de la igualdad de la ley y las bodas entre personas del mismo sexo, lejos de introducir elementos de desestabilización o de riesgo en la institución matrimonial o familiar, lo que hace es de hecho fortalecerla. La histeria de quienes se han opuesto a los matrimonios y familias de personas del mismo sexo, no les ha permito comprender que, entre otras cosas, lo que los gay y las lesbianas están buscado no es precisamente destruir la institución matrimonial y familiar, sino ser parte de ella, el poder gozar de sus prerrogativas y protección legal y, por añadidura, que el imaginario colectivo los incluya entre sus figuras asociadas al matrimonio y la familia.
Por lo demás, no existe ninguna evidencia de que el matrimonio gay o lésbico implique riesgo alguno contra la institución matrimonial. Hay, en cambio, evidencia de lo contrario. La economista de la Universidad de Massachusetts, M.V. Lee Baddgett se molestó hace poco en buscar y analizar esta evidencia dando por resultado un magnífico libro – When Gay People Get Married: What Happens When Societies Legalize Same-Sex Marriage” (New York University Press, 2009)- que de traducirse y difundirse entre nosotros enriquecería notablemente nuestro entendimiento de este tema.
Partiendo de una premisa tan elemental como lógica –“basemos nuestros opiniones y argumentos en hechos, no en creencias”, de lo que se deduce que, si queremos de conocer las consecuencias reales del matrimonio de las parejas del mismo sexo, entonces convendría examinar la experiencia también real en aquellos países en donde dichos matrimonios cuentan desde hace varios años de ciertos grados de protección legal o, como en el caso de Holanda desde 2001, de total protección legal-. Así, Baddgett pasó más de un año en Holanda realizando un exhaustivo análisis de la situación matrimonial de varias parejas del mismo sexo (lesbianas y gay), además de que se dio tiempo de hacer un muy amplio análisis comparativo con la situación de estos matrimonios o uniones en algunos países de Europa y algunas ciudades de Estados Unidos.
Parte sus resultados nos dicen que las parejas del mismo sexo se han casado por las mismas razones (o sin razones) que las parejas heterosexuales, que la fortaleza o debilidad de las parejas gay o lésbicas está sujeta a los mismos factores que las parejas heterosexuales y, que no hay ninguna señal, ningún dato, ningún hecho de que la institución matrimonial o familias se vea afectada, deteriorada, menoscabada, maltratada, pervertida o lo que sea porque la ley permita que se casen parejas del mismo sexo.
Todos, entonces, podemos estar tranquilos, pero sobre todo los que se oponen al matrimonio de parejas del mismo sexo. Las cinco bodas que unió en matrimonio a Janice Alva Vázquez y Emma Laura Villanueva, a Daniel Ramos Gómez y Marco A. Temístocles Villanueva, Jaime López Vela y David González Garduño, Liliana Felipe y Jesusa Rodríguez y Judith Vázquez Arreola y Lo Kim Castañeda y las que, venturosamente, se den más adelante, no va a pervertir ni destruir a la institución matrimonial ni a la familia. Hagamos, pues, votos por la felicidad de los recién casados y dejémosles vivir en paz.
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Si mis recuerdos de historia y de clases de catecismo no me traicionan, el homosexualismo y lesvianismo, desde que el hombre es hombre siempre ha existido, por lo tanto, en los tiempos en los que existió Jesús también existían y no recuerdo que Él se haya dirijido en forma TAN DESPECTIVA ni homofóbica hacia ese tipo de preferencias sexuales, como que Él estaba más interesado en asuntos más importantes que estos. Por otro lado tampoco recuerdo de ningún caso en que en alguna ceremonia religiosa, se haya despreciado el dinero (que en forma de limosna) un homosexual o lesviana haya ofrecido, así como tampoco se les haya dispensado el dinero (que en forma de impuestos), el gobierno nos cobra; en todos estos casos solo estiran las manotas para recibirlo sin chistar, no impotandoles las preferencias sexuales del que lo ofrece, no me sorprende.
Si esta misma indignación la canalizaran hacia los abominables hechos de pedofília que existen hacia el interior de las iglesias o de los casos de abuso sexual que existen en los gobiernos, sus opinones serían escuchadas un poco más serio, por venir de organizaciones moralmente calificadas para cuestionar.
En fin como esto no va a suceder, lo único que queda es hacer oidos sordos a todas las opinones homofóbicas.
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