Gulp

Escrito por on feb 26th, 2010 y archivado en Buhedera. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Islas

Este tremebundo texto llega como carta de respuesta a un boletín financiero internacional que le hizo esta pregunta a una lectora llamada Pamela: ¿Cómo es que alguien como ella, que vive en una isla privada en el medio del Pacífico del Sur, se interesa en el insano mundo de la macroeconomía global?

CARTA
“Es una buena pregunta. Creo que tengo una buena respuesta. Para empezar, vivir en una isla es muy caro. Si vives en una especie de lancha, comprarla es apenas el principio. Segundo, si eres una persona altamente motivada que creció en el mundo occidental, el dinero es para ti como carne para un tigre. Es lo que te gusta, es a lo que estás acostumbrada, es lo que entiendes. Yo no quiero que mi casa esté infestada de ratas y de insectos, como estaría si yo no tuviera dinero. Yo quiero algo fantástico; la isla es fantástica. Yo quiero que mi casa lo sea también.

“Como saben, una de las maneras en que yo he ganado dinero es porque le compro oro a las personas que lo saca de los ríos en palanganas. Y este negocio de oro es la razón por la cual comencé a leer su boletín (The Daily Reckoning). Yo leía enormes cantidades de información acerca del dinero y el oro, hasta que descubrí su boletín. Eso cambió todo para mí, en dos sentidos. Uno, me hizo reír; y dos, me convirtió en la persona mejor informada de mi entorno. En efecto, así fue. Cierto que yo solía estar en sitios en los cuales destacar no era nada difícil, pero incluso los banqueros locales todavía recuerdan que yo les previne de la crisis económica que se avecinaba, y que les dije que estallaría en el flanco financiero. Por supuesto que tú, Bill (Bonner) fuiste quien me alertó, pero siendo humana, como soy, tomo todo el crédito y me callo mi fuente.
“En este momento en que escribo esto, me encuentro exhausta. Hoy hice algo que hasta Indiana Jones estaría impresionado de verme. Acabo de trasladar mi corpulento, consentido, fuera de condición, una copa de vino de más y lamentable trasero, hasta arriba de una montaña para visitar un grupo de hombres, mujeres y niños que viven en las circunstancias más duras que te puedas imaginar. Esas personas eran… absolutamente reales. Te habrían encantado los ojos de esas mujeres con sus pipas de mazorcas. Yo preferiría pasar aunque fuera diez minutos con cualquiera de ellos, que tener un almuerzo opulento con Ben Bernanke (el presidente de la Fed). Me imagino que Ben y Tim (el secretario del Tesoro) y Henry o cualquiera de esos gatos gordos de Wall Street se desmayaría nada más de pensar en vivir de la forma en que yo vi que viven esas personas. Ellos suben ese sendero que le quebraría el lomo a un camello y sobreviven con prácticamente nada. Cuando quieren bajar al pueblo empiezan a caminar a las 2 de la madrugada y caminan 8 horas por una brecha casi imposible, entre lodo que les llega a las rodillas. Trabajan duro en conseguir las pequeñísimas pepitas de oro del río. No tienen para ellos más instrumentos que viejas palanganas de cocina, y su única herramienta para mover las rocas grandes es el oxidado resorte de un camión. Sin duda se lo merecen, pero nadie les da un bono por su trabajo.
“Llevé conmigo un médico, además de un cuantioso equipo material y humano, y a pesar de ellos nos costó mucho trabajo subir la montaña hasta su aldea, y sólo después de recorrer 2 horas en el sendero más difícil del planeta. De hecho, decirle sendero es una graciosa concesión; es más bien un río de lodo el que remontamos.
“Yo soy una benefactora. No me gustan los filántropos y probablemente no me gustarán nunca; pero debo admitir que hoy me sentí bien tras aliviar un poquito de dolor humano. Atendimos las infecciones fungosas que ahí son prácticamente epidémicas. La piel de esas personas está cubierta de costras purulentas y propicias a criar gusanos que les hacen la vida miserable. Uno no puede contemplar esos cuerpecitos infantiles que son mazacotes de llagas de los pies a la cabeza, y no sentir lástima por ellos. Con el equivalente de 20 dólares por cada uno, fuimos capaces de mejorar dramáticamente sus vidas.
“De manera que, de un moldo quizá oblicuo, lo que estoy tratando de decir es que el dinero sí importa, que la macroeconomía sí importa, sin importar en qué lugar del planeta te encuentras. Todos estamos conectados con todos los demás, de una manera o de otra, y cuando un grupo cree que tiene reservado un lugar especial en el mundo, un lugar donde ni siquiera quieren saber cómo vive la mayor parte de la población de este planeta, bueno, entonces no estoy segura de si se trata de un grupo selecto o simplemente ciego. Pienso que esas personas ciegas han reptado rumbo a posiciones de poder o riqueza, desde las cuales toman decisiones que afectan a muchas otras personas. Gentes de las cuales no sólo no sabe nada, sino que ni siquiera quieren saber.
“En uno de tus textos escribiste algo que no he olvidado. Tú decías que no eras realmente un economista, sino más bien una especie de filósofo que utilizaba la economía como una plataforma para pensar. Me encanta esa idea, Bill. Cualquiera de nosotros que es tan afortunado para tener tiempo disponible más allá de la simple y elemental brega para permanecer vivo, tiene una obligación en pensar sobre el entorno completo y no sólo nuestro pequeño mundito donde todas nuestras necesidades se resuelven apretando botones.
“Si te acuestas y te pones a pensar en la dimensión macro de la vida (el sudor goteando desde tu barbilla hasta tu pecho ayuda a aclararte las ideas) vemos que todos somos parte del todo, y cuando perdemos esa perspectiva, perdemos más que dinero. Creo que de alguna manera esa es la causa de esta crisis financiera: una pérdida de perspectiva. ¡Nada más ve quiénes ponen a cargo de las cosas importantes!
“Me despido con una frase que escuché en mi infancia y que hoy se puede aplicar perfectamente al bueno de Ben Bernanke: ‘Los que pueden, actúan. Los que no pueden, dan clases.’”

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