Lo ocurrido en los días posteriores a la nominación del candidato del PRI a la gubernatura del estado, es inédito en la historia reciente del estado, por no decir que nunca había ocurrido (estoy haciendo una distinción entre el PRI y sus ancestros; conste).
Con esto no quiero decir que, salvo este, todos los procesos anteriores hayan sido tersos (una palabra muy gustada por los políticos); carentes de tensiones. De ninguna manera: invariablemente las candidaturas se han peleado de formas que uno ni se imagina. Pero me parece que lo que hace la diferencia entre este y todos los demás, es la disciplina; disciplina partidista, para ser exactos.
Los aspirantes se movían, hablaban, hacían alianzas, iban a México, desayunaban (no en La Mestiza, que todavía no existía), argumentaban, se placeaban aquí, amenazaban, tomaban café, pataleaban, participaban en la sesión de algún club de servicio (léase fuerzas vivas), se organizaban actos de adhesión, repartían cargos, suplicaban, volvían a desayunar, prometían, pedían, etc., hasta el día en que se anunciaba el nombre de El Esperado, y entonces todos los demás se disciplinaban, es decir, guardaban silencio, alzaban la mano del ganador y se sumaban a la campaña o, en caso extremo, hacían discreto mutis durante algunos meses, e incluso años.
La disciplina venía a ser algo así como el purgatorio, el pago de la culpa por haber aspirado a tan alto cargo, pero también un rasgo de fortaleza y garantía de continuidad institucional, y además, lo mejor de todo para quienes no resultaban agraciados, promesa de futuro; certeza de que pese a todo, se estaba en el juego, se permanecía en la Familia Revolucionaria.
Vendrían otras oportunidades; otras posibilidades. Todas menos romper con el partido, quemar las naves; emprender el camino sin retorno, es decir, la muerte (política, claro); el infierno. Y así como dicen que dice la Iglesia Católica, que fuera de ella no hay salvación; así también ocurría en la política: fuera del PRI no hay candidatura.
Así era, del verbo ya no es, porque entonces se inventó la indisciplina; la no aceptación de La Decisión… Y funciona; les ha funcionado a muchos a lo largo y ancho del país, y aquí en algunos municipios y distritos, y no sólo en el PRI. Quizá por eso no faltan los valientes que siguen intentándolo. El berrinche, de ser privado, se convirtió en público.
Y si antes el máximo jerarca de la CTM, Fidel Velázquez Sánchez, decía que el que se mueve no sale en la foto, ahora, para salir, hay que moverse (¡caray, lo que ha cambiado la fotografía! ¿no cree, asombrado lector?)
En fin. Ya veremos en qué termina el proceso de este año. Yo por lo pronto ya metí las palomitas al horno de microondas, y me dispongo a disfrutar de las evoluciones de la condenada serpiente esta; la misma que engatusó a Adán y Eva con promesas que luego no cumplió, y que anda por ahí arrastrándose, tentaleando a dos que tres; ofreciendo manzanitas…
A propósito de Fidel Velázquez, en una ocasión entrevisté a su versión local, el dirigente histórico de la Federación de Trabajadores de Aguascalientes CTM, el Sr. Roberto Díaz Rodríguez. La entrevista tuvo lugar, si la memoria no me engaña, por ahí entre fines de 1990, o a más tardar a principios de 1992.
En 1989 había caído en desgracia, en parte debido a su deteriorada salud (murió en 1993), pero también gracias una serie de movimientos que lo desbancaron del liderazgo que ejercía como dueño y señor desde fines de la década de los años cuarenta.
Como en ese momento era yo un estudioso del movimiento obrero, tenía alguna idea de lo sucedido, gracias a mis elucubraciones de politólogo periodiquero, pero quise probar suerte y preguntárselo a él.
Total que al final de la entrevista, y una vez apagada la grabadora, lo encaré y le pregunté: oiga, don Roberto, ¿qué pasó en 1989? Formulé el cuestionamiento deseando sacarme el gordo de la lotería de la investigación social. Lo hice de la manera más suave que imaginé, etc., a fin de no perturbarlo, y disponerlo a mi favor.
Don Roberto me sostuvo la mirada y guardó silencio. Pudo haber despotricado contra todo y contra todos; decir que la vida había conspirado contra él al permitir que envejeciera, que Don Fidel lo había abandonado, que el gobernador Barberena le había metido zancadilla por no por haberlo apoyado en la elección de 1985 para diputado federal (a Barberena); que sus pupilos lo habían traicionado (esas eran mis elucubraciones), o simplemente pudo haberme dicho la verdad.
En cambio contestó con un lacónico no sé… Y por más que continué viéndolo a los ojos, como urgiéndolo a profundizar, no agregó nada. Pero una cosa sí puedo agregar yo: su respuesta fue acompañada con un suave movimiento de cabeza y una sonrisa amable, sus ojos claros repentinamente iluminados, que yo traduje como una especie de… Conste que son mis elucubraciones: imbécil, ¿y crees que te lo voy a decir?
No volví a verlo, pero cuando murió, recordé ese momento, y saqué mi conclusión: esa sí que era disciplina partidista, disciplina de la buena, y no fregaderas; disciplinado hasta en la desgracia.
Roberto Díaz Rodríguez fue fiel al PRI hasta la muerte; al viejo PRI, claro.
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