Nueve Pes II/II

Escrito por on feb 11th, 2010 y archivado en Agenda Pública, Destacado, Galería Fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Nueve Pes II/II

Después de haber distinguido algunos de los principales rasgos que veremos en la densa agenda electoral de 2010, se empezó la revisión de las nueve pes que resultan determinantes en el desarrollo y resultado de una contienda electoral, analizando las preferencias del electorado, las personas que buscan postularse o ya lo están, los partidos y sus propuestas. Ahora veremos las cinco restantes: la política, el poder, el plan de campaña, la penetración que logre y la participación de los ciudadanos.

5P: Política

La política entendida como la forma de arreglos referentes a la organización del poder, esto es el conjunto de mecanismos y prácticas adoptadas para la definición de decisiones que incumben a la colectividad. En esta perspectiva, hablamos de la cultura política característica de una comunidad. Según Almond y Verba pueden clasificarse tres tipos de cultura política: parroquial, subordinada o participativa, que corresponden a grados de apertura e integración del ciudadano a la participación política.

La cultura política ejerce una influencia determinante en un proceso electoral. La práctica de las campañas muestra la tensión entre el parroquialismo y la participación, que para el caso mexicano es la reproducción de los polos opuestos y en lucha de nuestro proceso de transición: la coexistencia de lo viejo que resiste con lo nuevo que no despunta.

Hemos pasado de una larga etapa de autoritarismo y clausura de la democracia a una apertura que ha conquistado credibilidad y efectividad del voto; sin embargo, hay una suerte de regresión por la desafección y cuestionamiento a la democracia que ya se ha comentado en otras ocasiones, así como por el traslado de poder a otros centros (elites partidistas, camarales y gobernadores), que ahora se constituyen en los obstáculos para la democracia.

Esto significa que las fórmulas de decisión al interior de los partidos dependerán de los cálculos y fuerzas de los actores involucrados, no de la institucionalización de ejercicios democráticos. Los dedazos y cargadas se reeditan ahora en todos los partidos, lo que no impide, si las condiciones lo permiten, llevar a cabo el juego democrático. Pero ese es un riesgo que sobre su vida interna corren los partidos y que lo más probable es que tenga un costo. Lo grave es la tentación de atropello hacia los procesos electorales, donde se están reproduciendo los viejos vicios clientelares. La lección de contiendas recientes es que los partidos que operan una regresión antidemocrática en sus mecanismos para lograr acuerdos, no han encontrado los resultados que esperaban en las urnas; en tanto que aquellos que visten de “democráticas” sus viejas fórmulas, se han visto favorecidos con la respuesta del electorado.

6P: Poder

Tomado para el análisis como el poder del gobierno sujeto a la decisión de una contienda, su relevancia en un proceso puede ser definitiva. De hecho, toda elección se convierte en una evaluación al gobierno y lo lógico es pensar que una buena gestión constituye un refrendo para el partido gobernante, aunque no necesariamente sucede siempre así.

Se ha visto que la decisión del poder para empujar a favor de su propio partido no pasa, en estas épocas de democracia, por la disciplina partidista, sino por la conveniencia a sus intereses de los abanderados que se postulan. Pero no hay nada definitivo en las composiciones y resultados, las variables de respaldo y no respaldo de la autoridad a una campaña se pueden combinar con las de afinidad o distanciamiento de los candidatos, y en todos los casos se pueden dar triunfos o derrotas.

Las referencias últimas para estas correlaciones son las pasadas elecciones para gobernador en los estados de Querétaro y San Luis Potosí, en donde la lectura generalizada es que en Querétaro el gobernador impulsó a su candidato, que era de su partido, y fracasó; en tanto que en San Luis Potosí el gobernador se opuso al candidato de su partido, apoyó al opositor y logró que éste triunfara. Con la salvedad de que tal interpretación es simple y omite muchos elementos de cada realidad, estas son las enseñanzas que se han tomado.

Ya se dijo, cuando se revisó el tema de los perfiles de los candidatos, la conveniencia de buenas cartas de presentación. Esto es algo que también incluye a los gobiernos y sus titulares, lo que constituye otro ingrediente importante, aunque tampoco absoluto, pues lo lógico es esperar que los buenos gobiernos repitan y los malos sean castigados, sin que ello sea regla. A propósito de esto, las buenas cuentas y calificaciones para gobiernos como el de Orozco en el municipio de Aguascalientes, Granados en el estado del mismo nombre, Zedillo en México y Clinton en los Estados Unidos, hubieran implicado que no entregaran el poder a fuerzas políticas diferentes a las suyas.

La normalidad deseable y aún lejana en la realidad mexicana es que los gobiernos cumplan su tarea, que no se inmiscuyan en el quehacer partidista desviando los recursos que el poder les otorga y que la sola fuerza de su gestión estableciera el aporte para orientar la decisión del electorado.

7P: Plan de campaña

Una campaña es el proceso previo a la toma de decisiones del electorado, en el cual las diferentes opciones políticas presentan su oferta para intentar persuadirlo, es la forma institucionalizada de decisiones colectivas para la integración del poder y es, en el terreno de las trincheras de la batalla, un caos que debe ser ordenado en pos de un fin.

El arte de la campaña es la ordenación de recursos para integrar una propuesta competitiva que logre el triunfo. Una campaña, aunque suene a verdad de Perogrullo, puede definir los resultados electorales si cuenta con un buen plan. El planteamiento no es tan obvio como aparenta, pues se refiere a que el estado de cosas antes del inicio de la contienda se puede transformar radicalmente por el trabajo o las omisiones que resulten de la ejecución de un plan. Por ejemplo, la exposición que le proporcionó la campaña al actual gobernador de Nuevo León, le permitió remontar la desventaja con la que empezó respecto al adversario que tenía las preferencias a su favor. Y, por otro lado, la ventaja partidista con la que arrancó la pasada contienda por la alcaldía de Aguascalientes, se desvaneció cuando el abanderado que llevaba las de ganar no supo efectuar una campaña atractiva. Finalmente, los casos más notorios de lo que se analiza fueron las acciones efectivas en las dos últimas disputas presidenciales, en donde los candidatos panistas remontaron las distancias que tenían sobre sus contrapartes priísta en 2000 y perredista en 2006.

Una campaña no es entonces un simple cita con el electorado, sino el espacio crucial para confirmar o reorientar las preferencias que no se puede soslayar, por eso su planeación es fundamental. Sobre la metodología para el diseño, planeación y dirección de campaña hay una amplia cantidad de manuales y experiencias registradas, baste mencionar tres componentes básicos: el análisis del entorno, en al menos tres ámbitos: político, sociodemográfico y electoral; el diseño de un modelo estratégico de campaña que sirva de rector en la propuesta básica, líneas de acción, soportes y objetivos, y la organización eficaz para llevarlo a cabo, que comprende la capacidad de integrar estructuras y recursos, así como la ejecución y adaptación de acciones en el día a día de la contienda.

8P: Penetración

Lo importante de la campaña es que logre persuadir al votante, lo que tradicionalmente implica el hacerse de las herramientas que den visibilidad y vigencia al candidato y al partido. Sin embargo, si el cometido queda simplemente en eso, el peligro es que los estrategas de campaña pretendan la solución con publicidad en medios tradicionales y alternos, en ocupar el espacio público y en organizar los demandados encuentros con la sociedad, que pueden resultar cortos por las limitaciones de movilización de un candidato. Con esta óptica obtusa, la solución se reduce a contar con el dinero suficiente para las mayores inversiones y la lógica es que gana quien más gasta. Por supuesto, la capacidad financiera de una campaña es toral y no se puede menospreciar.

La clave de la penetración de una campaña actual, que aspire a ser innovadora, apareja la movilización de todo lo anterior, pero esencialmente la construcción de un concepto y una promesa que le digan algo al ciudadano y que sean lo suficientemente sólidos y adecuadamente lanzados para lograr el predominio sobre la agenda pública de la campaña.

Se trata de generar un estado de ánimo entre la población que despierte el interés y entusiasmo. No es la elaboración tan sólo de una imagen y su frase -aunque lo puede implicar-, sino la integración de un cuerpo de ideas que tengan significado para la ciudadanía. Conlleva también el reto de que sirva como detonador de la articulación de redes sociales afines que desarrollen la comunicación horizontal del mensaje con un efecto expansivo, cuyo éxito se mide por la multiplicación, espontaneidad y descentralización de las emisiones.

La campaña de Obama a la presidencia de los Estados Unidos contó con todos estos elementos. Siendo la que más recursos logró recaudar e invertir, destaca por la formación de una idea esperanzadora que logró empatía con el estado de ánimo del electorado (Change we can believe y Yes we can), la inteligencia para comunicarla, el control del la agenda temática y el surgimiento de vigorosas redes sociales que se sumaron activamente a la promoción de un cambio.

9P: Participación

Una planificación de campaña aspira a conseguir el trabajo de la militancia y estructuras partidistas en primera instancia, luego la reafirmación de sus simpatizantes o voto duro, y después la conquista de los segmentos susceptibles de influencia y de indecisos; más allá, incluso, hasta la defección de militantes de otras siglas, generalmente a cambio de incentivos no transparentes. En ese sentido, la participación esperada es contar con grupos de activistas comprometidos, votantes fieles y nuevos votantes que se adhieran a la oferta política propia.

Los partidos y candidaturas en esta labor deben aplicar una tipología del voto para analizar la composición del electorado y atenderlo. Sin embargo, esto no resulta sencillo y los contenidos que se envían resultan abiertos, dispersos, carentes de sentido y sin destinatarios concretos, todo ello producto de la carencia de análisis, de lo caótico que resulta encauzar los activos de una campaña y de las habituales carencias de los equipos de comunicación y mercadotecnia.

La campaña, ya en marcha, adquiere una dinámica que puede resultar peligrosamente engañosa porque los campañistas sienten que hay bastante quehacer, que la agenda anda llena y apretada, que no se para de trabajar y que la moral esta por los cielos, pues al candidato no le dejan de sonreír, abrazar y estrechar la mano.

En realidad, si se lleva una dirección de campaña inteligente que atienda al diagnóstico del entorno y al diseño que se debió haber hecho de la misma, los desbordes de la línea marcada se pueden capitalizar en pro de lograr la respuesta ciudadana que se busca.

El problema de fondo en nuestro país es la ofuscación que produce el fragor de la campaña, en el que la pretensión de ganar a como de lugar, impide ver que, finalmente, la contienda es un proceso de la normalidad democrática, que no sirve para sepultar opciones ni para encumbramientos eternos. Esto es importante, puesto que el interés por la participación por parte de los protagonistas de una disputa debe ser, además de convencer de sus ofertas, que la ciudadanía decida civilizadamente por quien quiere ser gobernada. Al respecto, un ejemplo envidiable para nuestra democracia son las actitudes y palabras de Eduardo Frei, el candidato perdedor en las pasadas elecciones presidenciales de Chile: “Quiero felicitar a Sebastián Piñera; la mayoría de los chilenos le han dado su confianza para que conduzca los destinos del país por los próximos cuatro años y le deseo éxito en su gestión”.

Ejemplo del déficit que tenemos son los datos de la última elección en el municipio de Aguascalientes. De una lista nominal de 505,054 ciudadanos con derecho al voto, sufragaron 209,283, el 41.44% del total; en tanto que se abstuvieron 295,771, el 58.56%. De los ciudadanos que decidieron votar, 69,266 lo hicieron por la opción ganadora, que logró una ventaja frente al adversario, que siguió con 63,535 votos. Sin embargo, el problema del ganador es que, respecto a la Lista Nominal de Electores, cuenta apenas con un 13.71% de respaldo.

El asunto es grave porque las autoridades arrancan con magros respaldos. El ejercicio del poder no debe consistir en una preocupación por la medición de preferencias, pero, obviamente, las debe ir ganando con sus resultados. Se requiere que lleguemos a un sistema electoral y de partidos que hagan ver que las convocatorias a sufragar se consideren como un compromiso que merece cumplirse.

El autor es socio consultor de Azpol comunicación + estrategia política

www.azpol.com

gustavomtz@azpol.com

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