Ferias de México

Escrito por on ene 25th, 2010 y archivado en Galería Fotográfica, Recuperando Aguascalientes. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Ferias de México

México es un país en permanente celebración. Del nacimiento a la muerte; de enero a diciembre, ya sea por motivos cívicos o religiosos, o impulsados por el deseo de agradecer los frutos de la tierra, los mexicanos ocupamos buena parte de nuestro tiempo en celebrar, de tal manera que si pudiéramos recorrer el país durante un año, no faltaría el lugar donde se llevara a cabo una fiesta.

Y de todos los festejos que podríamos enumerar, sin duda los más grandes y representativos de nuestra forma de ser, son las ferias, esa época del año en la que la Reina ordena a todos divertirse; ese tiempo en que algunas reglas que rigen nuestra vida se suspenden, para abrir paso a la gozosa experiencia de la celebración.

Esto es lo que Jesús Antonio Malo Flores desarrolla de manera exitosa en su libro Ferias de México, que hoy se somete a la consideración del público.

Como suele ocurrir, un libro es, entre otras muchas cosas, un diálogo entre el autor y el lector. Así que mientras leía estas Ferias de México, fui asintiendo a lo escrito por el autor, o relacionando sus conceptos y conocimientos con mi propia experiencia de las ferias, aunque ciertamente sólo podría hablar de las de Aguascalientes.

Supongo que fue este diálogo sorprendente y aleccionador, el que me hizo recordar una vivencia de hace muchos años, que ahora quiero compartir con ustedes. Una noche de abril andaba yo en la zona de la feria de la Avenida López Mateos, justo donde se levantaban los locales de pan, queso y vino.

Entonces encontré a una joven que trabajaba en la universidad como secretaria. La verdad es que en su desempeño laboral pasaba desapercibida. Ligeramente robusta y bajita, de lentes de aro negro, uno se fijaba en ella a la hora de tratar algún asunto. Pero, señoras y señores, esa noche…

Esa noche no pude menos que detenerme a verla. Los anteojos habían desaparecido, y su cara estaba delicadamente maquillada. Su atuendo se le pegaba a la piel como si estuviera ante un precipicio y temiera despeñarse. La falda se le había encogido casi hasta la zona de peligro, y su escote la ponía en riesgo de coger un buen resfriado, o alguna otra cosa…

Ahora que lo pienso, me parece que aquella muchacha encarnaba la esencia de las ferias. Decir que se había transformado en una cenicienta en noche de baile me parece que sería restarle méritos. En rigor lo que había hecho era transfigurarse, convertirse en otra, distante de la que era cotidianamente para, así, lanzarse a celebrar como Dios manda.

Recuerdo esto ahora porque me parece que este es sentido de una verbena, y que Jesús retrata en su libro de manera muy puntual. Decir feria es decir transfiguración y licencia.

Una ciudad cuya vida transcurre sumergida en la rutina silenciosa, de la casa al trabajo o a la escuela, y viceversa, de pronto se transfigura, explota en mil colores y músicas, y se va de fiesta a los toros; a los gallos, a los volantines.

Este es el espíritu que se despliega a lo largo de las páginas de estas Ferias de México; es lo que Jesús Malo explica en su trabajo y ejemplifica de todas las maneras posibles, a fin de mostrarnos lo que es una feria mexicana, sus rasgos comunes, y también sus elementos específicos.

La feria, hija de la América nativa y de la España europea, compendio de humanidad. Sobre ella; sobre las verbenas mexicanas, Carlos Monsiváis escribe en el prólogo de la obra, que invariablemente se trata del despliegue de la riqueza cultural, gastronómica, de artes decorativas, de amor a lo que han vivido las generaciones. Por eso las ferias deben cultivarse y preservarse, a fin de que sigan ofreciéndonos la posibilidad de renovar y enriquecer nuestra identidad.

Malo Flores comienza su recorrido ferial por el país con una reflexión sobre la naturaleza de estas actividades, su razón de ser y el secreto de su vigencia, para señalar que existen en el país más de 2,500.

En su invitación a abrir el volumen, a degustar el texto, el diseño, las espléndidas fotografías, Jesús escribe que las ferias son, sobre todas las cosas, el gran dique que aún poseemos los mexicanos frente a la transculturización. Por eso deben ser cuidadas y arropadas. Por eso vale la pena conocerlos mejor y aprender un poco más acerca de ellas.

Entonces, para cumplir con esta aspiración, para conocernos y reconocernos como mexicanos en día de fiesta, el autor nos entrega este libro evocador, que atrapa de inmediato; que llena la expectativa de su posible lector, a quien le hace un guiño de atracción con esa magnífica fotografía de la portada, que muestra al Palacio Municipal de Aguascalientes bañado por una lluvia de fuegos de artificio.

El libro atrapa de inmediato porque en última instancia se refiere a algo que nos es familiar, pero que quizá no nos hayamos detenido a reflexionar.

Sus páginas se recorren con deleite, gracias a un bien cuidado diseño y una serie de impecables fotografías que muestran escenas de gente en plena celebración, que tienen como fondo el abundante y diverso paisaje urbano y rural de México, trajes típicos, y platillos regionales, todo ello mezclado con imágenes antiguas; preñadas de nostalgia, que en última instancia dan cuenta de lo que hemos cambiado y lo que hemos conservado.

En términos generales todas las ferias ofrecen los mismos atractivos, una reina, las corridas de toros, las peleas de gallos, la jugada, las exposiciones que muestran lo mejor de la tierra, los volantines, los conciertos, etc.

Pero luego vienen los elementos específicos; aquellos que, sumados a los anteriores, dan cuenta de la enorme riqueza que caracteriza a México: las ballenas que son personaje central de una fiesta en Baja California Sur, los parachicos de Chiapa de Corzo, la feria de los hongos de la Sierra Tarahumara, la del limón en Tecomán, la de la uva en Parras, la de la guayaba en Calvillo, la de la manzana en Zacatlán.

Pero el esfuerzo de Jesús no se agota en la descripción de las principales ferias de México, incluyendo las de las capitales estatales, y algunas otras regionales, sino que va más allá, hasta adquirir un carácter enciclopédico.

Porque en sus páginas se incluyen también datos económicos y geográficos de las entidades, una explicación heráldica y una receta de cocina.

El volumen está acompañado por dos discos compactos, que de Aguascalientes a Zacatecas, nos ofrecen una melodía por estado de la República, precedidas por una Canción de mi corazón, de la inspiración de Jesús, quizá para demostrarnos que antes que escritor, es músico.

Como las ferias; como este libro, la música incluida da testimonio de la extraordinaria vitalidad de los mexicanos, el orgullo que nos causan nuestras ciudades, sus fiestas, sus montañas, sus productos; la nostalgia que nos provoca estar lejos de la tierra natal y la esperanza en el presente y el futuro.

La conclusión general a la que me lleva la lectura de este libro es que México es un gran país.

Lo digo sin afanes chovinistas; sin ese orgullo patriotero que tanto daño nos hace, sino a manera de constatación de un hecho que se pone de manifiesto a lo largo del volumen.

Grande por su geografía, su cultura, su diversidad, por sus artes, sus productos, su cocina, su historia, sus monumentos y, desde luego, por su gente.

A partir de lo anterior, me parece que la lección más evidente que nos ofrece esta obra; lo que palpita en el fondo de este gran trabajo, más allá del cúmulo de conocimientos que Jesús nos obsequia, es la posibilidad de encontrar en esta gran herencia que compartimos todos los mexicanos, la energía y voluntad para resolver nuestros problemas, de tal manera que la grandeza que caracteriza a México alcance a todos los mexicanos, como juegos pirotécnicos en la noche de coronación de la reina de la feria. (Texto leído en la presentación del libro Ferias de México, de Jesús Antonio Malo Flores, el jueves pasado, en el Salón Manantiales del Gran Hotel Alameda)

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