Delicados

Escrito por on dic 28th, 2009 y archivado en Aguascalientes, Destacado, Galería de vídeo. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Por lo general, todos los días en la mañana cuando me levanto, lo primero que hago es encender un cigarro, uno de mis fieles Delicados. A excepción de los sábados y domingos que pospongo el ritual hasta haberme preparado una rica taza de café. Con un cigarro y un café a mi alcance, me dispongo a revisar la prensa del día, el consabido estado de la cuestión. Obvio, no puede ser de otra manera, comienzo por el imprescindible La Jornada Aguascalientes.

Ayer por la mañana, cuando con un cigarro entre los labios leía la nota de Reyna Mora, “Aguascalientes entre los 10 estados con mayor tasa de cáncer pulmonar”, cabeza de nota acompañada de un balazo fulminante: “La población masculina es la más afectada por esta enfermedad”, como si hubiera sido un tiro de precisión contra mi persona, mi primer impulso fue dejar de fumar. Afortunadamente mi segundo impulso fue darle un trago a mi café, y el sabor del café en mis papilas propició un tercer impulso que fue darle una gran fumada al cigarro que acababa de encender. El complot quedó bajo control y el recuento de los daños no pasó a mayores, salvo un pequeño susto provocado por la incertidumbre de imaginarme qué iba a ser de mi vida sin mis leales Delicados. Si así, fumador empedernido, son pocas las personas que me aguantan, imaginaos siendo yo un abstinente.

Comencé a fumar siendo un mozalbete, cuando estaba en tercero de secundaria. Hace mucho tiempo de eso. Hace como diez y ocho pesos y treinta centavos. Es decir, cuando los Delicados costaban en la tienda de la esquina setenta centavos –y aún así, varias veces me quedaba sin dinero pare el pasaje del camión urbano-, antes de que llegaran, para quedarse hasta la eternidad, las crisis recurrentes del país. Hace un buen puño de sexenios y un chingo de cajetillas. Después de cuatro décadas y toda una mini-vida ¿claudicar ahora? No, ni madres. Yo aguanté al mundo, entonces que el mundo me aguante a mí. El día que la gente deje de usar automóvil, ese día yo dejo de fumar. Así de fácil.

Tengo frente a mí un estupendo libro, un libro de gran formato. Se titula Jaime Sabines (algo sobre su vida), de Carla Zarebska. En la portada una fotografía rebasada, el rostro del amoroso poeta, con un cigarro Delicados entre sus labios y los flacos dedos de su mano izquierda ayudándole a sostenerlo, las amarillentas uñas de los dedos, manchadas por el divino tabaco; tras los anteojos, su mirada inquisitiva. Como esta, en el interior hay más fotografías del poeta fumador, orgulloso de sus Delicados. Fotos gracias a la lente de Eliane Cassorla. Entonces, viendo al creador de Los amorosos ¿cómo traicionar al poeta, al gran Sabines? ¿Cómo traicionar al más amoroso de los poetas mexicanos? Un poeta colimense dice: ¿Cómo traicionar el canto de las sirenas? “Canjear el humo por salud/¿habrase visto?  Es comparativo el humo/ a la niebla./es semejante la niebla/con la lluvia. La lluvia es madre permanente  de la humedad. La humedad/es padre y madre de todos los placeres.” Entonces, impensable.

“Dejar de fumar, es traición”, dice Víctor Manuel Cárdenas, historiador y poeta colimense de la generación de los Cincuenta. En su poemario en defensa del arte de fumar, expresa:

Dejar de fumar es traicionar a Dios

es no cumplir con el designio. Si comenzaste

fue por el proyecto que había de ti. De lo contrario

nadie habría puesto un cigarro en tus manos.

¿O acaso existe ese dios cabrón que bendijo solemne

la preciosa hoja del tabaco para maldecirnos?

Fumar es propuesta celestial. Yo sólo cumplo

con el divino proyecto. Dejar de fumar, es traición.

Mi abuela materna fumaba Carmencitas. Mi madre, cuando fumaba, fumaba los insaboros Fiesta. Mi padre gustaba de un golpe seco en el pecho, fumaba Del Prado; lo aligeraba con café negro. Se fueron cuando tenían que partir, cuando les tocaba decir adiós. Ninguno de ellos falleció de cáncer. Mis hijos no fuman. ¡Qué bueno! Hasta el final de mis días, me acompañará, fielmente, la bella dama de perfil, la emblemática figura de los Delicados. Su sabor no es tan dulce, pero es más sincero. Han dicho varios que infancia es destino. Como certeramente dijera el poeta colimense:

Yo nací para fumar

para estar sentado y contemplar

para ver los trenes llegar y salir

para ver los aviones bajar y subir.

Yo nací para contemplar.

Nací para ver los autos enloquecidos.

Nací para hacer (tres) hijos hermosos:

Nací para registrar que los asuntos

no están muy bien. La clave

de las cosas no está de nuestro lado.

Yo nací para darme cuenta que es mejor

fumar a comprender el acertijo.

El acertijo es grave: O fumas,

o tomas, o capitalizas. Tú dirás.

Pilón. Quedamos pocos héroes anónimos, de los que soportamos con un resignado estoicismo los discriminatorios letreros de No fumar, Espacio libre de humo. ¿Qué sigue? No comer, No beber, No amar, No coger, No estornudar, No pensar, No leer, No hablar, No escribir, No sentir, No vivir. ¿Qué más nos van a prohibir? Para el 2010, por todos ustedes, que me han hecho ser lo que soy, a su salud, un leal y sincero Delicados. Y un tequila. “El tequila es una bebida que se fuma” (Gonzalo Celorio).

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4 comentarios en “Delicados”

  1. Carlos dice:

    Más que fumar, el placer es leer, constatar, que todavía hay hombres en este mundo del Nunca Jamás, el reino de Peter Pan, donde nadie se atreve a crecer y reproducirse porque tampoco nadie quiere… morir, ¡hágame usted el refavrón cabor! Y, mientras tanto, ahí van los subrpoductos de esta generacion botánica, ellas y ellos, sin fumar, sin tomar, sin beber café, ni comer carne ni carbohidratos ni dulce ni nada. ¡Pura agua, sol y oxígeno, como las plantas! Y ya de viejos, ahí están: aburridos e inútiles como árboles.

    Tiene razón en preocuparse, don Enrique, ¿qué sigue? Si permitimos que el fascismo sanitario avance, no lo dude: llegará el día que estos puritanos le hagan creer a las mujeres que los orgasmos arrugan la piel y, entonces sí, ¡se acabó el mundo!

  2. Raúl Miranda López dice:

    Humo en tus ojos

    La forma más burda de “echar el buen humo” es hacerlo por nerviosismo, pues la fumada se impregna por doquier de manera fastidiosa. Al fumar se provoca, digámoslo por enésima vez, una densa atmósfera; pero fumar también linda con lo intangible y colinda con lo etéreo; es o debiera ser entre las costumbres humanas, una de peculiar actitud metafísica, tanto como comer chocolates, según se deriva del poema “Tabaquería” del tenaz fumador Fernando Pessoa: “Y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos. / Sigo el humo como mi camino, / Y gozo, en un momento sensitivo y adecuado, / La liberación de todas las especulaciones.”

    En películas de diversos registros hemos sorprendido a Marlene Dietrich sosteniendo la boquilla en actitud elegante y desafiando a los seres ordinarios; el humo del cigarrillo de Humphrey Bogart creando el universo de la reflexión detectivesca del género de la pesadumbre, el cine negro; la inquietud anárquica de Groucho Marx que, con su puro-icono, hizo a la comedia lo que el otro Marx hizo a la economía (nos explica el infame Guillermo Cabrera Infante en su divertido y disipado libro Puro Humo); y Orson Welles-Ciudadano Kane, que encendiendo su pipa nos muestra un rasgo de la retórica visual del poder.

    Por su parte, el cine mexicano no habría mostrado la singularidad de sus imágenes si Andrea Palma no hubiera esperado a sus clientes entre las brumas naturales y las de sus cigarrillos en La Mujer del Puerto (Arcady Boytler, 1933); o los buenos cómicos mexicanos no habrían evidenciado su necesidad de diluir sus penas, si no hubieran mendigado un cigarro a un “roto” o “fufurufo”, o recogiendo una “bacha” de “carita” arrojada por un “catrín”.

    Si bien el camino del tabaco cinematográfico ayudó a garantizar la autenticidad y verosimilitud fílmica en la época clásica, proporcionándole virtudes estéticas a la imagen con sus nubes de humo provocados por los fumadores, ya fuera en poderosos hombres fumando puro, o en miserables personajes fumando para espantar el hambre, pero ambos con la misma intención, espantar la perdición espiritual bordeando con humo los diálogos incendiarios de sus almas.

    En las cintas del cine contemporáneo, el fumar ya no correspondió a ningún elemento angustiante del drama; las marcas de los cigarrillos pasaron a ocupar primeros planos de la puesta en escena y hasta los actores, cínicamente piden sus Marlboro, no importa que se tratase de admirados Paul Newman, Clint Eastwood, Sean Connery, Winona Ryder, Nicholas Cage o Silvester Stallone, todos le rindieron pleitesía a Phillips Morris.

    Ahora que se ha legislado imponiendo una especie de ley seca del fumar, el crimen aumentará y los suicidios se incrementarán. Y los seguidores de combinar la fórmula explosivamente tóxica de cigarros y café mirarán con nostalgia el filme Café y cigarrillos, del maestro del cine independiente, Jim Jarmush.

    También, quizás la Revolución Cubana no habría tenido lugar sin el pertrecho del tabaco como elemento fundamental descrito en el manual de guerrilla de El Che. Y otra sería la historia de la isla si a sus prohibiciones se hubiera sumado la de los habanos.

    Pero en la historia del cine también ha habido las películas “aguafiesta” sobre la condición humana del fumar: La insoportable (Die Unberührbare, de Oskar Rohler, Alemania, 2001), sobre una fumadora empedernida, El informante (The Insider, 1999, de Michael Mann), sobre la malevolencia dañina de los fabricantes de cigarros. Además de títulos engañosos como Smoking/NoSmoking, 1993, del director francés Alain Resnais que no aportaba nada a la polémica mundial del tabaquismo, aunque su protagonista se preguntaba al principio de las cintas (pues son dos en realidad), sobre seguir fumando o dejar de fumar.

    Sin embargo, para Paul Auster, Wayne Wang, Harvey Keitel y los productores ex independientes de Miramax, el estanquillo de cigarros de Brooklyn de las películas Cigarros (Smoke, 1995) y El humo del vecino (Blue in the Face, 1995), es lugar para contar historias humanas de personajes diversos mientras se fuma y la vida se esfuma.
    Raúl Miranda

  3. M. Elsa Esparza dice:

    Falta de información, señor Rodríguez. A pesar de ser una ley federal lo de los espacios libres de humo, nomás asómese a un antro que se llama 400. De él se dice que es hijo de Luisarmando junior y, ¿sabe usted por donde se pasan la famosa ley de protección a los no fumadores?
    Asómese nomás. Y ahí le encargo: abiseme de lugares como ese. Yo ya le pase un chisme, usted también hagalo diciendome, si se puede, de quien es ese lugar, por el que ni Reglamentos, ni el ISEA, ni Salubridad federal pasan…como en el 400…
    Gracias, camarada.

  4. Patricia Lopez dice:

    mi cigarro, mi baston de funerales, mi atraccion para el cafe, mi compañia para la lluvia

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