El consumo del ser humano por ser humano ha dejado claro su complejidad, su deseo de alcanzar su integridad, atendiendo sus pasiones, filias, fobias, costumbres, educación e ideología, llevándolo a un camino, a veces incierto, otras pobremente dependiente a sus seguridades, al tedio fortificante del status quo donde caemos y nos desenvolvemos hasta la cuenta de su fin, su misma renovación.
Y sí, el festejo y el exceso en estas fechas son deliciosos, eso no se puede pasar por alto, sin embargo, no es lo único, en mi opinión. Sin dejar a un lado la parte tradicional de los deseos, esos meros convencionalismos usados para “quedar bien” y sentirse ad hoc con el resto de las demás personas, no se debe olvidar que, si en un solo deseo la humanidad entera se permitiera y dejara ser al deseo, el mundo podría dar un giro en actitud y en el verdadero amor, a través de la entrega, no material, la entrega de la esencia personal.
El amor no se sustituye con el simple consumismo, no se intercambia por el arrollador compromiso de regalar a todo el que se pare enfrente, el regalar es la representación de aprecio, cariño y estima a la persona, es la oportunidad de refrendar la idea de la unión, la importancia del otro, por el que somos y nos debemos como seres amados.
En este momento de tranquilidad, buscar la entereza del alma, y encontrándola se descubrirá esa prueba de sensibilidad que se lleva en lo más entrañable, en lo hondo de la existencia, en el espíritu hecho en obra y expresado en palabra.
El amor es la confesión invaluable de la adicción, de la gula, de la lujuria, del desenfreno, del error, además es, la prístina manifestación del perdón, de los ideales, de la voluntad, del trabajo, de la paz, de la amistad, es, la sujeción a experimentarlo una y otra vez.
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