La forma democrática actual en nuestro país es casi tan insustancial como la manera en que nos alimentamos. Por lo menos eso podríamos deducir a partir de los datos que surgen desde los partidos políticos y que se filtran en partes (mínimas) a través de los medios de información. Es una democracia sopera o “maruchan”, ya que las elites de los partidos políticos nos observan como consumidores potenciales de productos chatarra que no aportarán nada a la deliberación y construcción del espacio común. Veamos por qué.
El consumo de sopas. Según fuentes diversas (retomadas por la Revista del Consumidor de la PROFECO en abril de 2006 presentadas en el “Estudio de calidad de sopas de vasito”), en 1988 los mexicanos consumían 73 mil 920 sopas instantáneas a la semana. En 2004 la cifra subió a 1,514 millones de vasos de sopa anuales, para una venta de más de cuatro millones de sopas al día, el 15% del consumo mundial. Maruchan abarca generalmente entre el 86 y el 92% del mercado mexicano de sopas instantáneas. El resto lo comparten Knorr, La Moderna, Nissin y marcas libres.
Durante los años de crecimiento exponencial de este tipo de productos alimenticios de consumo, el debate se ha centrado acerca de la calidad de dicha mercancía, ante lo cual, a pesar de numerosas muestras acerca de su escaso valor nutrimental y posibles daños a la salud, los ejecutivos de la principal marca, la empresa Maruchan, responden que “sólo proporciona lo que la gente desea: sabor, precio y algo práctico”.
El consumo de “líderes” y “gobernantes”. Según la Encuesta Nacional sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas 2008, estudio realizado por la Secretaría de Gobernación y presentado en abril del presente año, del total de encuestados solo porcentajes mínimos respondieron tener altos niveles de confianza en instituciones como la cámara de diputados (8%), en la de senadores (7%) y en los partidos políticos la confianza es de tan solo 4 por ciento. No obstante la evidente desilusión respecto a organismos y organizaciones centrales en nuestra vida social, esos mismos partidos son los que constitucionalmente tienen el monopolio de las candidaturas para ocupar los cargos de elección popular. Para el caso de Aguascalientes la situación podría lucir más desalentadora, porque para algunos, tal como en el caso de la hegemonía de las maruchan en el mercado sopero, solo dos partidos serán los que compitan por el mercado de potenciales “clientes”. Además, lo que los partidos consideran más importante, al igual que en el caso de las sopas, no es la calidad de sus contenidos, sino la presentación que le darán a sus “productos”. En petit comité PRI y PAN observan supuestas encuestas, los presuntos precandidatos hacen lo imposible por ser mencionados en ellas, y otros simplemente se inventan sus resultados demoscópicos y generalmente encuentran “informadores” que sacan a la luz resultados dudosos de origen. Maruchan PRI y Maruchan PAN habrá en 2010, nos amenazan en demasía, pero en lugar de sabor a camarón, res o pollo tendremos candidaturas con posible sabor a Cuadra, Camarillo o Coparmex en un frente, mientras que por el otro habrá con sabor a Lozano, Lorena o Arellano.
Consideran los partidos que eso es lo que la gente quiere: poca sustancia y mucha imagen. Desafortunadamente podrían tener razón. David Held (Modelos de democracia, Alianza Ed., Madrid, 2008) plantea que el debate en las democracias contemporáneas suele ser superficial, mal informado e irreflexivo; los votantes, dice, suelen tener una clara desconexión respecto a un proceso político lastrado por la alienación, la falta de compromiso y la complacencia. El énfasis en la personalidad de los políticos impregna una política electoral mediatizada. Las citas sustituyen a los argumentos, la ostentación de los famosos desplaza al debate político sobre los principios y los candidatos se eligen “más o menos como se elige un detergente”, en este caso una sopa. El proceso político en consecuencia ha sido invadido por los sondeos de opinión, grupos de muestra y otras herramientas de mercadeo diseñadas para ajustar la política a las opiniones e intereses existentes en lugar de explorar los principios subyacentes de la política y de deliberar sobre la dirección de la misma. Las élites dirigen la política cuestionando lo que quieren los electores. El ideal de lo público que defiende la razón, la argumentación y la imparcialidad que se encuentran tanto en las tendencias clásicas como en las liberales de la teoría democrática se ven socavados por la confianza de los partidos y las élites en las encuestas de opinión que son libres de interpretar y manipular a su antojo. Citando a James Fishkin (Democracia y deliberación, Yale, 1991) el propio Held resume que en lugar de opiniones públicas dignas de ese nombre, a menudo las opiniones conformadas por los líderes y los medios de comunicación se reflejan en votaciones sin suficiente escrutinio público y sin la información ni el análisis que representen un control popular significativo. La política está mediatizada, es cada vez más superficial, mezquina y carece de ideas y de un liderazgo de calidad.
La situación se complica aún más porque los ciudadanos son reducidos a meros espectadores. Ni siquiera al interior de las organizaciones partidistas los militantes decidirán en procesos democráticos, puesto que carecen del insumo principal de los electores en las democracias, el cual se presenta en forma de una comprensión bien informada, ya que no tendrán oportunidad de descubrir y afirmar lo que prefieren en relación con un asunto de su interés, como lo es la postulación de pre-candidatos presentados en igualdad de condiciones, mucho menos de postular propuestas que no sean las que las presuntas encuestas señalan, quedando fuera perfiles idóneos porque no son lo suficientemente famosos gracias a la manipulación mediática que se ha realizado violando cualquier cantidad de ordenamientos jurídico electorales.
Lo dramático lo presentan el resto de los partidos. Sin tomar en cuenta a los infaustos verdes y gordillistas del PANAL, jugando el rol de actores marginales el PRD, PT y Convergencia, nuestra “izquierda electoral” se convierten en Knorr, La Moderna o Nissin, entregando el “mercado electoral” con total anticipación a Maruchan PRI y Maruchan PAN. Para ellos existe un pequeño “nicho de mercado” que se cubrirá por mera formalidad. De la deliberación amplia no se habla nunca.
Tal vez eso merecemos. No queremos razones en forma de planes de gobierno construidos en conjunto. Queremos acaso partidos y candidatos chatarra con algo de sabor artificial para alimentar nuestro consumo democrático per cápita.
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Cada quien tiene el gobierno que se merece?
Nuestros gobiernos son el claro reflejo de nuestra alimentación?
Caray, esta para tesis de maestría social… Me gusta esta comparativa “warholiana-campbell’s”
Pero, la cuestión es que nuestros gobiernos “maruchán” o Chatarra tienen mucho tiempo actuando de esa manera (de manera ciclica), porque es de todos sabidos que los gobiernos enseñaban a leer a la gente en la medida que nada más supieran leer el show electoral.
No será que ahora pasa lo mismo? El homo videns solo educado para consumir todas las cuestiones electorales o de campañas publicitarias “teletonezcas” y esto seguirá así en la medida que lo permitamos…
¿No nos mereceremos este tipo de gobierno maruchán?
Pero bueno, soy una mujer con esperanza (lease aunque sea wikipedia para entender el término) y creo que hay buenas propuestas en nuestra clase política local, porque la nacional…. pufff! ahí tenemos a (aunque no en alimento) Corin Tellado Peña Nieto.
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