AYER COMO HOY. UN VISTAZO AL MÉXICO SUBORDINADO 1
ENTRE LA HERENCIA COLONIAL Y LA REINSERCIÓN NEOCOLONIAL EN EL PRIMER MEDIO SIGLO DE (IN)DEPENDENCIA, 1808-10-21—1871-76-80
(Primera Parte)
Un proceso de dependencia, iniciado desde los años de la colonia desembocaba, cualesquiera que hayan sido los altibajos de ciertos grupos nacionalistas, en la integración de la estructura del imperialismo. Este, “su presencia… en la atrasada economía latinoamericana produjo un impacto desgarrador comparable al de la conquista europea”.
…., el subdesarrollo es, lisa y llanamente, fruto consanguíneo del propio sistema mundial del capitalismo.
Jorge Carrión y Alonso Aguilar M.
Del optimismo que causó la independencia; de la ilusión de impulsar a México a ser una potencia mundial, amparados en la extensión de su territorio y en las riquezas contenidas, teniéndose en cuenta la noción paradigmática que el Barón Alexander von Humboldt había propagado de México, presentándolo como un cuerno de la abundancia, creíble dentro y fuera del país. Del jolgorio de un efímero ‘Imperio de Opereta’ que no pudo consolidar al Plan de Iguala, al regocijo republicano que resultó ingenuo al no advertir la realidad geopolítica sin lograr implementar la administración económica requerida para protegerse y recuperarse; y lo que fue peor, idilio republicano que solo pudo comenzar a crecer en los primeros años de la presidencia de Guadalupe Victoria, implementando una República Federada que resultaba proclive a las ambiciones normandas, probándose la efectividad del intervencionismo usamericano con el mester de su Ministro Plenipotenciario; aunado a otro craso error que se comete al permitir la entrada de colonos normandos, mientras que se expulsa a los hispanos . El caso fue que las ilusiones de grandeza fueron delirios que terminaron en una frustrante realidad de desencanto, pues el país quedó inmerso en una situación de desorden, un caos político que iba aparejado a la agudización de los problemas económicos. Ruina de la Nación que no se pudo superar durante media centuria.
La herencia colonial marcada preferentemente por el prohibicionismo, factor preponderante en la procesal (dialéctica) del atraso, sumió a las regiones iberoamericanas, desde antes de la aparición de las naciones independientes, en el subdesarrollo industrial.
Las prohibiciones eran decretadas de manera expresa por el gobierno metropolitano-colonialista, afectando en América la producción vitivinícola; asimismo se regía en exceso la industria textil: muchas fueron las fábricas que se mandaron destruir y, en particular, se hizo desaparecer la industria de la seda para evitar competencias con la española; las fábricas que subsistían se encontraban gravadas de fuertes derechos. (Las actividades mineras también resultaban afectadas) No había libertad de explotación del azogue, y todas las minas estaban sujetas a duros impuestos y restricciones; existían incluso medidas contra la pesca libre en mares de la Nueva España.[1]
El tabaco fue un cultivo a explotar muy preciado, por lo que la Corona se lo reserva de manera exclusiva. El comercio quedaba en manos de hispanos que lo monopolizaban tanto en España como en las Indias, manejando a su favor el tráfico trasatlántico controlado de manera estricta por la Corona, prohibiéndosele a los habitantes de la Nueva España el realizarlo con las otras dependencias americanas. El comercio se encontraba así estancado en ocho o diez casas de México y Veracruz, en manos de europeos dependientes del gran comercio gaditano que establecían los precios a su antojo. Debido a que los españoles ya eran meros intermediarios y los criollos tenían una participación subordinada.
Es cierto que había laxitud en ciertas ocasiones y con ciertos productos no aplicándose de manera estricta las prohibiciones: “las disposiciones no siempre se acataban”, -sentencia secular que vale para el funcionamiento gubernamental virreinal-, habiendo virreyes y autoridades locales que permitían la instalación de viñedos. Resultando obvio que la industria textil no se podía prohibir del todo por la sencilla razón de que si así fuera, la mayoría de los habitantes de la Nueva España, e Hispanoamérica toda, andarían ‘encueros’.
La opción para evadir las restricciones comerciales era el contrabando practicado con frecuencia a lo largo de la Colonia en todas las colonias, mas siempre en desventaja ante los propios españoles y/o los piratas y demás traficantes europeos, quienes tenían en los barcos y la pericia marinera la ventaja contundente para acaparar el contrabando de toda clase de productos, tanto en las rutas con Europa, como en el intercambio interamericano. (Hasta la fecha no hay cultura marinera en Iberoamérica).
Claro, en 1803 se levantan algunas prohibiciones al tráfico mercantil con la parte sudamericana, mas la fecha habla por sí sola, resultaba muy tardía. Qué las prohibiciones eran causa de gran malestar entre los criollos era un hecho consabido, de ahí el que se incluyan como primerísimo motivo a ser abolidas por quién, como Abad y Queipo, anticipaba una revolución: deben ser suprimidas para impedirla: que cese para siempre el sistema de estanco, de monopolio y de inhibición general que ha gobernado hasta aquí y ha ido degradando la nación en proporción de su extensión y progresos, dejándola sin agricultura, sin artes, sin industria, sin comercio, sin marina, sin arte militar, sin luces, sin gloria, sin honor…” .[2] ¿De dónde vendría el atraso?; ¿qué significaba la heredad que le dejaba España a sus colonias?
Ergo, los diputados americanos presentan peticiones liberales ante las Cortes de España solicitando, tanto igualdad de representación ante ellas, como abolir las restricciones: “libertad de explotación agrícola e industrial; libertad de comercio; supresión del estanco; libertad de explotación minera; igualdad en la distribución de empleos entre peninsulares y americanos…”.[3]
El prolongado período colonial determinó una condición socioeconómica de dependencia. La deficiente industrialización de España trajo por consiguiente el atraso industrial de sus colonias: ‘España… no se industrializó… ni dejó a sus colonias americanas que se industrializaran..’, y las incipientes manufacturas que pudieron desenvolverse en la colonia, vivieron bajo el peso de ‘la contradicción existente entre dos instituciones, ‘… a saber: el taller artesano y el obraje capitalista…’, el que, además, se ve siempre obstaculizado por ‘la índole de la economía colonial’, ‘el proteccionismo estatal del indígena’ y ‘… de los gremios’, la ‘carencia de capital industrial’, y ‘la férrea cohesión que ofrecía el artesanado, organizado en gremios que disfrutaban de enormes privilegios…’.[4] Y este atraso signó a las regiones de Iberoamérica para el resto de la Era Moderna….
Entre gremios y cofradías protegidos por ordenanzas, los oficios se desempeñaban realizando una producción restringida, propia de la dimensión artesanal. Creándose un entorno en el que el valor de la producción manufacturera a fines de la Colonia era ostensiblemente menor al de lo producido en el campo o a las sumas de la extracción minera. Y cuando la ‘libertad comercial’ cundió, hacia fines del Virreinato, el problema pasó a ser la incapacidad para competir en que habían caído, tanto España como sus colonias, en comparación con el pujante capitalismo de los nórdicos.
A decir de Humboldt, cuando hubo un cierre de comercio exterior (o dificultades en la España en guerra), la industria mexicana comenzó a despegar: “En los momentos de estancamiento del comercio exterior, se despierta por un momento la industria mexicana; y entonces se empieza a fabricar acero y a hacer uso de los minerales de hierro y de mercurio que encierran las montañas de América; y entonces es cuando, ilustrada la nación acerca de sus propios intereses, conoce que la verdadera riqueza consiste en la abundancia de los objetos de consumo, esto es, en la de las cosas y no en la acumulación de un signo que las representa”. Pero la realidad histórica indica que no se procedió siguiendo los lineamientos ‘ilustrados’, ni en aquel entonces ni ahora; la economía mexicana secularmente ha sido una economía signada por atavismos que se desprenden del crisohedonismo colonial y del conceder al extranjero la iniciativa, el ingenio y la dinámica productiva. Así en aquel entonces: Apenas se restablecieron las comunicaciones marítimas, se volvió a preferir el comprar en los mercados de Europa, el hierro, el acero y el mercurio.[5]
En esta consideración del Barón se expresa la dependencia de la Nueva España que proseguirá en el México ‘Independiente’, pues a pesar de la separación de la ‘Madre Patria’, México seguía siendo preferentemente un exportador de minerales preciosos sin orientarse a la extracción de otro tipo que funcionaran como materia prima que debería beneficiar a su propia infraestructura, sino que con el correr de las décadas que se hacen siglos, su inserción en la economía mundo, en calidad de administración subdesarrollada, convertirá al país en un proveedor de materias primas al extranjero e importador de productos manufacturados.
(Era el caso de que) España no podía enfrentarse a sus competidores porque su base productiva y concretamente su industria eran más pobres; y, en consecuencia, le era imposible operar a los costos y vender a los precios de ellos. El proteccionismo, aparte de ser ineficaz como medio de defensa, encarecía los productos españoles y coloniales que entraban al comercio, y a la postre agudiza el problema que quería resolver.[6]
Hacia fines del XVIII España, con su sistema comercial obsoleto no puede competir contra Holanda, la Gran Bretaña, Francia, o los modernos Estados Unidos de América (EUA). Las transformaciones socioeconómicas impactando el sistema mundo atlántico alteran la relación obtusa Metrópoli-colonias que la Corona Hispana no puede más mantener. El desarrollo industrial-capitalista derrumba las murallas del aislacionismo y de los monopolios mercantiles hispano-criollos.
Es cierto que la economía novohispana había entrado en una etapa de auge en las últimas décadas del siglo XVIII, constatándose que el sector agrícola experimentó un progreso notable superando al minero, tal y como lo refiere Humboldt en el tomo tercero de su conocida obra. Empero, lo que afectó y frenó este crecimiento vino a ser los ‘impuestos’, ‘tributos’, ‘exacciones’ que la Madre Patria en apuros le ‘solicitaba’ a sus hijos en bonanza. Se trataba no sólo de una España incapaz de competir en la disputa por el predominio en la geoeconomía con las potencias nórdicas, sino a la sazón ocupada por los ejércitos imperiales de Napoleón. Una España que había perdido la guerra por el dominio colonial no en disputas militares, sino en la incompetencia industrial.
Así que el proteccionismo fue vencido por la penetración del impulso industrial-comercial de las potencias nórdicas. De manera tal que cuando la libertad comercial comienza a fluir, inunda los mercados coloniales, para cuando España no puede producir lo que sus colonias demandan, condenándose y condenándolas a la dependencia, al subdesarrollo, por estar retrasados en la productividad ante las metrópolis industriales, preferentemente ante Inglaterra. Condición que se verá retocada y pulida al imponerse el nuevo orden internacional del trabajo, y al ir imperando ideológicamente la doctrina liberal con su economía clásica en el horizonte hispano. En el inicio de la época que venía a representar la primera expansión del capitalismo industrial: ¿Qué venía a representar México para los nórdicos?, un mercado de 20 millones de pesos al año en vías de incrementarse, así como una rica fuente de materias primas que empezaban a requerir las nuevas industrias.[7]
Complicada realidad que afloraba desde el inicio de la independencia a condición de ser realista y no dejarse llevar por ilusiones infundadas: Así aparece en un informe de la Gaceta del Gobierno en 1823: “La Nación Mexicana –dice- se halla reducida a la última miseria; las fuentes de su riqueza se obstruyeron, emigraron los capitalistas, faltó la confianza, abundaron gastos, robos y dilapidaciones. Triste es la perspectiva que se presenta a los gobernantes, un cadáver reciben y es su deber animarlo”.[8] Opinión, pues, acorde con la difícil situación, tal era el estado de la Nación que va a gobernar la Primer República.
No obstante un optimismo ingenuo prevaleció, el que irrumpiría hacia una gran decepción que se vendrá en catarata. La destrozada infraestructura tras de una década en guerra, la huida de los capitales, primero hispanos, después ingleses, y de nuevo lo que quedaba de los hispanos en vías de mexicanizarse. Las asonadas y revueltas continuas; la corrupción arraigada en los puestos gubernamentales de raigambre colonial, agravada por la frecuente carencia de dinero para pagar los sueldos, incrementando aún más la desigualdad social con su efecto en la asimetría de recursos entre grupos que durante la colonia se configuraron como castas, propiciando la miseria de las mayorías. Condición socioeconómica que no haría sino reconfigurarse bajo la égida nacional y regional de generalazos, demagogos y agiotistas, incluyendo al imprescindible alto clero. Como clase privilegiada que existe por sobre la miseria del peladaje integrado por no pocos léperos y similares, pues la plebe se acrecentaba.
En una sociedad que a diferencia de sus vecinos del Norte la independencia de su metrópoli no significaba emancipación y desarrollo, sino que por el contrario, la condición político-económica se verá devastada por la ‘guerra civil y el terrorismo’; la nueva nación devora a sus próceres; períodos de demagogia y anarquía se alternan con épocas de despotismo. La mayoría vive presa del temor, a las conspiraciones, a la intervención extranjera si está en el gobierno, a la persecución política si en la oposición…. El mundo soñado no aparece; la Colonia persiste en sus rasgos esenciales; no se logra establecer la democracia ni la ilustración; por el contrario, se siente como nunca el precio de la opresión y la ignorancia; la miseria y el desamparo son generales; la producción minera apenas alcanza a curarse de los daños sufridos: las medidas sobre libertad y comercio e industria no dan los resultados calculados; la deuda interior alcanza fantásticos niveles bajo la constante amenaza de intervenciones extranjeras….…[9]. Males que han de proseguir manteniendo la ruina de la patria.
Era aquel –como lo es el contemporáneo- un México que requería con desesperación de capital-dinero para sacar a flote a sus gobiernos, así como para incentivar las distintas áreas de la producción. Acción que de manera imprescindible implicaba, además de obtener dinero contante y sonante, inmiscuir a la Gran Bretaña en las vicisitudes mexicanas en vías de conseguir protección ante las amenazas de reconquista, cuando que a la sazón era bien sabido que sin el apoyo de la Corona Inglesa la Santa Alianza no se atrevería a emprender tal intento.
En lo que pasa a manifestarse la nueva forma de dependencia que viene a ser la imperiosa ayuda que se sirviese proporcionar la suprema potencia Noratlántica, sujetándose a la exportación de capital dinero, o bienes de capital, que la gran metrópoli, hacedora de la Revolución Industrial estaba en condiciones de proporcionar, teniendo la fuerza centrífuga para exportarle al mundo entero sus excedentes conforme el siglo XIX vaya transcurriendo.
Ante la carencia absoluta de recursos, tras la guerra que deja en ruinas a la Nación, requerir de préstamos se hacía inevitable, las difíciles circunstancias propiciaban que tales empréstitos se hicieran en condiciones francamente desventajosas, permitiendo que los leones de las finanzas impusieron condiciones onerosas, otorgándose préstamos de cuyo monto original estipulado tan sólo se hacía efectivo una cantidad menor; y peor cosa, la novatez de la administración mexicana salió a relucir al verse esquilmados por dos vivales: el empresario ‘mexicano’ Borja Migoni fungió como intermediario en Londres cuando se negoció el primer empréstito, concertado en febrero de 1824, y del cual a las arcas de la nación tan solo entró el 50% de la suma acordada, cuando que podía haberse obtenido hasta un 85 por ciento. Borja, que había constituido un grupo financiero, hizo un negocio redondo sin sentir ningún escrúpulo nacional. A su muerte, el nuevo ministro mexicano en Londres. Gorostiza, trató de recuperar los fondos mexicanos que estaban en su poder, y descubrió consternado que Borja había adoptado la nacionalidad inglesa desde hacía tiempo. Por eso no pudo hacer ninguna reclamación.[10] Caso similar al de un prevaricador inglés apellidado Barry, quién amablemente se ofreció a negociar otro préstamo para México, aprovechándose de la candidez de sus gobernantes, obteniendo una suma considerable a título personal sin que llegara libra o peso alguno a México.[11]
Resulta explicable que se tuviera que endeudar al país, el problema fue (es) que esto no es ninguna solución al aprieto económico interno sino que trae aparejado su agudización, sobre todo porque trae consigo la presión de las potencias acreedoras extranjeras. ¿La solución a esta enajenación externa?; la deuda interna que pasa a beneficiar a un puñado de agiotistas tornándose un proceder secular, deuda externa reconfigurada como deuda interna en grandes proporciones, ayer como hoy, la ruina de México se propicia por estas tendencias y deficiencias. [12]
Si la Revolución de Independencia implicó la destrucción de la economía del virreinato, finiquitando estructuras e instituciones coloniales con vigencia de tres siglos, representaba un quiebre drástico difícil de compensar y restituir para superar, máxime que con el desorden se propicia la degradación y el caos proliferando la corrupción y la ineficiencia que terminó por lacerar a la administración pública.
Lo que no es óbice para permitir la continuidad de estructuras históricas de larga duración que han de subsistir, por ejemplo en el campo, ligadas a las formas del cultivo y producción agrícola, o a la producción artesanal, que por estar tan arraigadas en los pueblos y así insertas en la forma de explotación colonialista que la Corona impuso en Hispanoamérica, no dejaron de efectuarse con cierta continuidad. Y ni qué decir de los atavismos religiosos católicos que persisten representando un dominio ideológico absoluto.
Y era el caso de que el gobierno republicano liberal, no jacobino, de Guadalupe Victoria, hacía todo lo posible por presentarle semblante de persignados al Vaticano en procura de que la jerarquía católica reconociese a México como a una entidad política independiente, encontrando una respuesta más que negativa, contrapuesta y ofensiva, pues la Santa Alianza y el Vaticano dirigido por el papa León XII, proclaman en su encíclica Etsi Jamdiu a fines de 1824, una postura reaccionaria, no reconociendo la Independencia y considerando a México ‘una nueva entidad rebelde y contaminada de ideas heréticas’; a pesar de que el propio Primer Presidente le comunicaba a los prelados de Roma, la irrenunciable e incuestionable vocación católica de la nación mexicana, así consignada en la Constitución ‘liberal’ del 24: la religión oficial seguiría siendo el catolicismo. Estando de por medio una tremenda aflicción ante la falta de nombramientos de obispos en diócesis vacantes, las que deberían ser aprobadas por el Papa. ¡Qué tremenda preocupación para la moderna nación! Espantados estaban los mexicanos por ominosos signos en el cielo de habitar en un país que con la independencia se alejaba del orden tradicional, implantándose el dominio secular, propio de un discreto orden profano, significando un alejamiento del orden divino, así anunciado por la Providencia con signos apocalípticos: el cielo se enrojeció, la tierra tembló y el cólera causó mortandad.
Los gobernantes mexicanos y el pueblo de México, por fin pudieron respirar tranquilos al verse de nuevo acogidos en el redil del Vaticano, ¡Gracias a Dios, y al Papa!, el 29 de noviembre de 1836, cuando los supremos del Vaticano se dignan oficializar el reconocimiento de la nueva nación católica; mismo año en el que España también otorga la aceptación de la separación definitiva de su otrora principal colonia en las Indias. Lo que sin lugar a dudas debió de servir de compensación ante la pérdida de Texas. En lo que es de notar que hacia 1834 Inglaterra y Francia forman una alianza con España y Portugal para sostener a los gobiernos liberales ibéricos, quedando la Santa Alianza para mejores ocasiones; si no es que como tal, suprimida….
De cierto que el Virreinato de la Nueva España prosperó con las Reformas Borbónicas, pero en su condición de ser una economía colonizada, dependiente, subordinada, no dejando de ser desangrada en sus recursos a través de continuas exacciones y tributos, los que se incrementaron a principios del XIX ante el apuro hispano. Y la ruina heredada se acrecentó. La agricultura había conocido un desarrollo considerable en las últimas décadas, empero, por otra parte se indica que la dependencia de España no logró suprimirse: la agricultura en la época virreinal no bastaba siquiera a garantizar el consumo interno, por lo que era preciso importar cereales y otros alimentos, y obviamente, su situación empeoró con la guerra de emancipación.[13] Guerra, mortandad, abandono, se combinan para dejar a la agricultura semidestruida.
Máxime que en la Europa Occidental y en los EUA el sector primario conocía avances importantes que comenzaban a elevar las cosechas con técnicas que intensificaban la producción sin requerir solamente de la extensión de cultivos. Mas en México la tecnología agrícola era ínfima y su instalación resultaba onerosa, tal y como lo constatase Lucas Alamán: la agricultura no superaba “las rutinas que se establecieron desde el tiempo de la conquista; sin mejorar nada en sus prácticas, ni por los grandes adelantos que se han hecho en Europa”. La referencia de Alamán es pertinente porque fue en octubre de 1830 cuando el Banco del Avío, por él fundado, solicitó a Londres se proporcionasen las técnicas modernas aplicadas a la agro-industria, sépase que una revolución agrícola había precedido y posibilitado en Inglaterra la Revolución Industrial- : “…, ‘métodos que empleaban en aquél país los labradores para el abono de la tierra, la preparación de los granos antes de la siembra, la forma de mejorar las tierras arcillosas e infecundas y, en general, todo cuanto pudiera conducir o se hubiera descubierto recientemente en cuanto a la agricultura y en especial sobre máquinas para trillar y avenar el trigo, desgranar y moler el maíz, etcétera’. Este plan, sin embargo, no pudo llevarse a cabo, pues los mayores reveses de la institución ocurrieron en el ramo agrícola; seis de los experimentos apoyados por el banco fueron completo fracaso” (…) “Durante este período no se ejecutaron obras de riego y los esfuerzos estuvieron encaminados exclusivamente a conservar las que se construyeron durante el virreinato”.[14]
Nace México con una economía dependiente que necesita importar productos agrícolas y bienes de capital a crédito. El artículo exportable preferente serían los metales preciosos, la liga con los defectos provenientes de la colonia se prosigue, remarcando una continuidad de dependencia y atraso estructuralmente establecidos.
Aconteciendo que la minería no se pudo recuperar durante las cinco décadas aciagas. Ante el deterioro propiciando por su abandono o destrucción se requería de una gran inversión de capitales para reactivarlas, pero aun y cuando se consiguió la inversión externa no hubo coordinación adecuada entre las empresas extranjeras y las sucesivas y rompientes administraciones mexicanas para consolidarlas, la inestabilidad político-administrativa impidió su pronta y total recuperación.
Escaseaban los materiales e implementos necesarios, faltando vías apropiadas y seguras de transporte, se provocaba su encarecimiento, careciéndose también de un mercado interno suficiente, ocurriendo que el permiso de exportación de minerales se restringía, así como la erección de altas gabelas complicaba la reactivación.
Lo que se extraía en plata entre los años de 1781-1800 sumaba 11 249.0 (tne), es hasta 1861-1880 cuando se vuelve a alcanzar tal cantidad, 11 157.0. Dado el alto porcentaje de impuestos que se cobraron, sólo las minas con mejores yacimientos y vetas resultaban rentables, se considera que el alto porcentaje del gravamen alcazaba un 20%, el que por supuesto le daba vida a los ingresos del Estado –como hoy ocurre con el petróleo.
Lo que no impidió que las principales exportaciones mexicanas dejaran de ser, qué otra cosa podían ser, sino metales preciosos: “basta señalar que de 1826 a 1851 se exportaron $237.1 millones en oro y plata, lo que significó un promedio anual de $9.1 millones”. Las cifras registradas muestran que hacia 1858 el total de las exportaciones ascendían a 270.28 millones, de ellos el 85, 90% provenían de los metales preciados y el resto de productos agropecuarios: “…, en el lapso de 1825 a 1853, el valor de las exportaciones totales creció a un ritmo anual promedio de 18.9%, mientras el de los metales preciosos lo hizo a un 26.5%. Para el año fiscal de 1872-1873, el valor total de las exportaciones creció hasta $31.6 millones y la participación de los metales preciosos fue ya del 81% del total. La exportación de oro y plata fue en contínuo aumento durante todo este período”.[15]
Cifras que confirman cómo la línea productiva mexicana estaba determinada por el interés extranjero de seguir explotando sus minerales preciosos, la diferencia radica en que ya no iban a dar a España sino a las metrópolis neocolonizadoras noratánticas. Lo que viene a ser otra constante del México sempiternamente dependiente; lo que se comprueba en nuestro presente al constatar que las minas se las vienen entregando a transnacionales, preferentemente canadienses; si bien otras quedan en manos de grandes corporaciones nacionales, como Compañía Minera, que actúan de igual manera, como transnacionales explotadoras de trabajo barato sin el menor reparo en respetar vidas humanas y recursos naturales. Capitalismo desenfrenado y despiadado el que azota al mundo, y más aún en el México afectado por ya casi tres décadas de neoliberalismo.
La principal industria dentro del medio siglo considerado fue la textil, la que como tal gozó de una mayor consideración proteccionista, que salvo en pequeños períodos, la cubrió de la irrupción extranjera: “A partir de 1830 inició una etapa de grandes logros, casi ininterrumpida hasta 1845, en que su crecimiento se vuelve más lento”. [16]
Otro rubro de importancia en la precaria economía inicial lo fue el tabaco, de abolengo colonial, así manejado como estanco, el que pasó a ser un caso paradigmático al sufrir las oscilaciones drásticas propias de los virajes político-administrativos. En la primera mitad del siglo no pudo desarrollarse por las pesadas cargas legales y el persistente estanco, dándose en ese período los recurrentes bandazos de pasar de decretos proteccionistas a su liberalización, mientras que los Estados podían tomar sus propias decisiones al respecto. Hasta que “en 1856 se declaró libre el cultivo de tabaco en toda la República, imponiéndose en su lugar derechos de importación al tabaco extranjero…”.
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El hecho de que Iberoamérica no tuviera un sector productivo competitivo provoca una agudización de la dependencia ante potencias capitalistas que tienen una dinámica comercial y extractiva mayor; potencias cuya hegemonía radica en constituirse en centros mercantiles y financieros, dominando los negocios internacionales, aspectos que los ibéricos no pudieron conseguir mientras duró su predominio ultramarino. Aconteciendo que la hegemonía capitalista consumada en Europa con la extracción de riquezas que se arrancaban de las Indias Occidentales y Orientales la ejerció Holanda, y luego Inglaterra, y en menor medida Francia, a partir del siglo XVII.
El atraso fomentaba la dependencia. La economía colonizada desde su inicio por la incorporación al sistema mundo generado por la civilización europea, proseguía determinada por los nuevos parámetros que se van estableciendo al imperar al capitalismo industrial metropolitano, con su supuesto ‘libre mercado’ naciente, sometiendo a México a la dominación neocolonial que las metrópolis materializan por medio de intercambios desiguales y el dominio financiero, aunados a las penetraciones de industrias extractivas y a la procreación de la oligarquía nacional subordinada a intereses extranjeros.
Un defecto histórico-estructural propio de la dependencia viene a ser que las importaciones suelan ser superiores a las exportaciones. Defecto que se apuntaló desde el inicio de la (in)dependencia. Para un país que no produce un sinnúmero de bienes de capital las necesidades de importar siempre son cuantiosas y onerosas.
En resultas de esta dependencia histórico-estructural, en México desde un principio privó una asimetría propia de una balanza desigual entre países desarrollados-subdesarrollados, denotada en el déficit de las importaciones/exportaciones, pues en términos generales ‘las importaciones siempre superaron a la exportaciones durante este período, salvo cuando no había dinero para pagarlas’.[17] Hacia 1835 las importaciones provenían de Inglaterra en un 48%; 17% de Francia, misma cantidad de los Estados Unidos, y 7.1 de Alemania. Una década después: Todas las casas ‘bien’ de México consumían un sinnúmero de artículos importados. Así, en 1845 el total de artículos importados consumidos en la ciudad de México ascendió a siete y medio millones, contra once millones de artículos del país, incluidos los comestibles.[18] Y las exportaciones, bien gracias, en espera de que se produjeran y de que hubiese una flota mercante para transportarlas. Los extranjeros venían por los metales y productos agropecuarios y se los llevan en sus medios de transporte, si no es que tenían participación en los medios de producción o en las casas comercializadoras.
Mientras que la tendencia colonial seguía propiciando que el tráfico y el consumo se concentrasen en la ciudad de México, haciendo del centralismo otro defecto secular heredado de la colonia difícil de superar, configurando un secular patrón geográfico de subordinación. Virreinato centralista en América, pero como mera representación subordinada a una Monarquía absolutista trasatlántica; ejes de dominio centro-periferia que fueron condicionando los flujos y las vías de control e importancia acorde con círculos concéntricos estrictamente subordinados, a la manera de una transmisión y reproducción del macro poder central en los micro poderes periféricos.
Y los desperfectos económicos acontecían ligados a las vicisitudes políticas, los cambios bruscos y drásticos impedían la solución de continuidad, lo que iba aunado a que las ‘fórmulas mágicas’ liberales no surtían efecto. Unos para un lado, otros para el otro, luego entrecruzados, no había orden y los preceptos liberales no cristalizaban como se suponía debía ser. Contradicciones entre los agentes y sectores encargados de imponer el libre mercado afloran. En ese sentido se puede mencionar el siguiente episodio. Cuando Vicente Guerrero llega a la presidencia conducido por los yorkinos poinsettistas, presumiblemente debió actuar como una marioneta liberaloide, al menos así era de esperarse al designarse a Lorenzo de Zavala como Ministro de Hacienda, pero, ¡oh sorpresa!, no ocurrió así. Guerrero actuó como campeón del proteccionismo a la manufactura artesanal, de por sí rudimentaria, prohibiendo la entrada de artículos extranjeros que compitieran con las artesanías locales, al unísono de que se procuraba excluir a los extranjeros del comercio al pormenor, lo que iba aparejado con el decreto de expulsión de los hispanos. Pero el caso fue de que Don Vicente adoptó una política económica contraria a la proclamada por sus mentores, “aseverando que: ‘la aplicación bastarda de principios económicos liberales y la inconsiderada amplitud dada al comercio extranjero agravaron nuestras necesidades’”.[19] ¡Sácatelas! Por supuesto que Zavala tronó en contra de tal medida, pues iba a contraluz de los fundamentos liberales-capitalistas, dejándonos ver las incongruencias con las que se manejaba la política económica en el momento álgido de la obra cumbre de su excelencia intervencionista Mr. Poinsett.
En el difícil laberinto que venía a ser el buscar un camino para el desarrollo económico de México no hubo vías directas ni posiciones claras. Si bien se puede calificar a la posición sostenida por José Ma. Luís Mora de ‘doctrinaria’ (aquí habría que incluir también a Lorenzo de Zavala), y a la de Alamán y Estevan de Antuñano como ‘pragmática’: “Estos dos conceptos no son rigurosos, ni las distinciones entre los mismos son siempre tajantes. Ambos son considerablemente tributarios de la teoría económica liberal clásica lo mismo que, en grados diversos, de la política española del siglo XVIII.[20] Pero sí difieren en lo fundamental: cómo propiciar el desarrollo moderno del México independizado.
Quien no fabrica la maquinaria indispensable para la producción industrial capitalista está condenado a importarla, lo que le representa una continua salida de divisas. Hacia 1837 Estevan de Antuñano publica un folleto intitulado: Pensamiento Para la Regeneración Industrial de México. En el que presenta 17 medidas básicas requeridas para echar a andar la producción industrial. Pedía Juntas Directivas para conducir las operaciones de la industria agrícola y fabril, cosa indispensable en nuestros atrasos económicos; así como cultivar en el campo plantas y animales imprescindibles para proporcionar materias primas baratas a las fábricas. En el 11º punto propone: Dividir el cobro de los derechos marítimos para dificultar el contrabando, para beneficio directo del erario nacional e indirecto de la industria. Siendo el de mayor importancia el 14º, pues puntualiza la medida necesaria para promover la infraestructura moderna: El Establecimiento de fábricas de construcción de instrumentos modernos y la explotación del fierro, porque esto debe considerarse preliminar, la introducción, la base material de toda industria. Basando la estrategia económica requerida en implementar el proteccionismo: 17º “La prohibición absoluta de todas las manufacturas extrañas, que probablemente nosotros podemos construir de un modo fácil y barato, es la base de toda la reforma económica de México… La prohibición, por último es la base moral de la industria”.[21]
Lo tenía claro de Antuñano, México no debía se un país exclusivamente agrícola y minero, se trataba de que en México se pudiera construir los instrumentos modernos requeridos en base a incentivar la producción de fierro (hierro). Estando en lo correcto en su apreciación. Este era un factor sine qua non para embarcarse en la ruta del desarrollo. (Por algo un siglo después la Unión Soviética incentivo la producción del acero). Triste historia, el deber ser por él visualizado encontró todo tipo de obstáculos, tanto involuntarios como voluntarios, atribuibles a la situación alterada de la Nación y a la oposición explícita de gobernantes, dueños de obrajes, así como por parte del artesanado rústico que veía con malos ojos se introdujera el uso de maquinaria. A tal grado llegó esta ciega oposición enconada que se intentó asesinar a Estevan en 1832. Buen ejemplo de lo cerrado que estaba –y sigue estando- la voluntad general, y específicamente la dominante, al auténtico desarrollo industrial.
Las propuestas de Alamán iban por el mismo camino aunque con la diferencia de que no consideraba pertinente instaurar un proteccionismo obtuso. “Preciso es recurrir al fomento de la industria como única fuente de prosperidad universal”. Enfatizando el que no consideraba que el cerrar los puertos –puertas- al exterior ayudara a impulsar la industria. Población abundante, capital y maquinaria adecuada, eran los factores relevantes que impulsarían la industria, proponiendo el fomento a la producción textil como un sector básico, sin intentarse de momento rivalizar con países que tienen los medios industriales de que nosotros carecemos.[22] Alamán sabía que sólo fomentando y apoyando empresas y capitales nacionales y extranjeros con crédito, se podían instalar las fábricas modernas y producir artículos a precio moderado. Por ello fundó el Banco del Avío.
A contrapelo, José María Luís Mora se oponía al proteccionismo y de cierta manera a la industrialización, sosteniendo que el ‘libre cambio’ estimularía el interés industrial incitando a la intervención de capitales en la industria del país. Alegando que las propuestas alamanistas cometían: El error comunísimo en todas las naciones poco ilustradas de querer producir todo y no recibir nada del extranjero, (lo que) ha sido muy pernicioso a la prosperidad pública de la Federación Mexicana. Mero formalismo doctrinario liberal que no comprendía la diferencia fundamental que se seguía estableciendo entre metrópolis y colonias, (Centro-periferias) ahora promoviendo de una otra manera lo que le convenía a los potentados capitalistas. Por lo que en tal planteamiento yace estipulado la consigna que fomenta el subdesarrollo. Producir en México lo indispensable, ¿para qué?, consideraba el seguidor de los postulados liberales: “El proyecto consiste en crear fábricas para los tejidos de lino, algodón y lana; y el fondo debe destinarse al acopio de primeras materias, a la compra y conducción de máquinas y a las anticipaciones de sueldos y salarios. No cabe la menor duda en que semejantes medidas, lejos de dar impulso a la industria mexicana, van a paralizarla”. (sic) ¡El libre cambio estimularía el interés industrial en México![23] ¡Cándida noción digna de los cándidos que viven creyendo que el mejor de los mundos posibles sería instaurado por el ‘libre mercado’! Sí, por supuesto que sí, Sr. Mora, el libre mercado estimularía la entrada de capitales externos y no la edificación de los internos. ¡Santa enajenación inoculada por la doctrina liberal remedada! He aquí estipulada la dependencia periférica acorde con la generación de industria a merced de las potencias externas.
La relación dialéctica hegemonía-dependencia se manifiesta en tres dimensiones: a) potencialidad productiva y en medios de transporte superiores; b) poder y fuerza político-militar; c) dominio ideológico de las mentalidades.
Por su parte, Lorenzo de Zavala atinaba a clasificar el proyecto del Banco de Avío como absurdo, ridículo y mezquino, si bien, no tan antieconómico como el de Guerrero. Dando a entender Lorencito que pecaba de estatista al procurar la excesiva intervención del gobierno, en condición de inspector general de estos artefactos, cosa que por supuesto los maestros de la ciencia económica no podrían tolerar, (refiriéndose a los doctrinarios del liberalismo clásico que para sus seguidores periféricos eran el non plus ultra de la ‘economía’). Según lo cual, ni prohibicionismo, ni apoyo gubernamental funcionan; ¡qué el libre mercado os haga ricos!, como diría Alexander Hamilton, la libertad consiste en libertad de enriquecerse….
Supondrían los doctrinarios que todo se haría con la libre circulación de capitales, sublime doctrina que con la ‘libertad’ de enriquecerse desata la competencia fabril y febril por acaparar los recursos y producir a destajo y en exceso…. La única libertad es para el que se enriquece; lo que los ‘doctrinarios’ pretendían implementar eran peregrinos ideales que entraban dislocados en la realidad mexicana. ‘La industria fabril manufacturera nunca había sido de importancia en México’ (Mora) ¿Y así lo debería seguir siendo? Lo que estaba intentando Alamán era “nacionalizar la industria extranjera”. ¿Había que dejar que lo siguiera siendo y predominara? Politizando la conducción del desarrollo Mora y Zavala no pueden o quieren valorar la intención alamanista de procurar la industrialización del país, protegiendo a medias la industria para que sea propiamente nacional y cubra las necesidades internas. Lo de Alamán era un proyecto de modernización industrial más allá de las consignas ideológicas. Pero fue esta una sutileza que no advirtieron los reformadores doctrinarios.[24]
Alamán procuraba que su Junta de Gobierno tuviera continuidad y no dependiera del todo de gobierno particular alguno; pero eso no fue posible, desde aquel entonces una política económica nacionalista progresista no ha podido establecerse en este país de manera perdurable para consolidarse. Ayer como hoy prevalecen los intereses privados y la insuficiencia gubernamental que favorece al capitalismo imperialista. Las continuas interrupciones de los proyectos de corte nacionalista, torpedeados una y otra vez por infames políticas contraproducentes adoptadas de manera estólida mantienen la dependencia. (Continuará, mismo artículo, siguiente entrega).
[1] Luís Villoro. La Revolución de Independencia. UNAM. 1953: 18-19.
[2] Ibid.: 21-22. “Así opinaba el principal impugnador de la revolución cuatro meses antes de que estallara”.
[3] Ibid. 22.
[4] Alonso Aguilar Monteverde. Dialéctica de la Economía Mexicana. Nuestro Tiempo. 1976 : 52. Incluye citas de Luís Chávez Orozco.
[5] Alejandro de Humboldt. Ensayo Político Sobre el Reino de la Nueva España. Pedro Robledo. México. 1941: 176-177.
[6] Aguilar. Op.Cit.: 56.
[7] Ibid. : 57.
[8] Tomado de Luís Villoro. Op.Cit.: 210-211.
[9] Ibid.: 211.
[10] Josefina Zoraida Vázquez. Los Primeros Tropiezos. Historia General de México 3. Colegio de México. 1977: 6.
[11] Jean Bazán. La Deuda Exterior de México. Colegio de México. 1986 : 23
[12] Vid de mi autoría: México ‘Independiente’ –de la dependencia colonial a la dependencia neocolonial-. Crisol. 80, 7-11-96.
[13] Diego G. López Rosado. Curso de Historia Económica de México. UNAM 1981: 171.
[14] Ibid. : 174.
[15] Ibid.: 209.
[16] Ibid.: 192
[17] Ibid.: 210.
[18] Zoraida Vázquez: 50.
[19] Tomado de Charles A. Hale. El Liberalismo Mexicano en la Época de Mora, 1821-1853. Siglo XXI. 1985: 264.
[20] Ibid.: 256.
[21] López Rosado: 181. Subrayado añadido.
[22] Ibid.: 188-189.
[23] Ibid. : 189. Incluye citas del Doctor Mora.
[24] Charles A. Hale. Op.Cit.: 278.
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