Retos y perspectiva de la educación para la Ciudadanía Democrática

Escrito por on Oct 2nd, 2009 y archivado en Agora, Galería Fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Retos y perspectiva de la educación para la Ciudadanía Democrática

(Primera de dos partes)

El objetivo del presente ensayo, es la identificación de los principales retos y las perspectivas de la educación, especialmente aquella encaminada hacia la formación de la ciudadanía democrática, lo anterior, considerando que la educación cívica implica la preparación de las personas en conceptos teóricos de política y derecho. Esto se entiende porque está planteada para ser utilizada en gobiernos democráticos en donde las personas necesariamente deben participar y aportar. Es por ello que es mejor contar con ciudadanos conocedores de conceptos políticos y legales para que en sí mismos sean soluciones ante problemas que surgen en un país y puedan estar listos para cumplir con sus derechos de sufragio y lo hagan con decisiones fundamentadas. Por tanto, la educación cívica, prepara a las personas para ser ciudadanos responsables, capaces y autosuficientes, preparados para tener una participación activa en un gobierno democrático: la educación para la democracia debe comenzar con el reconocimiento de una realidad incontrovertible: la democracia no está funcionando del todo bien en la sociedad mexicana y todavía no descansa sobre sólidos cimientos de elementos culturales, eficacia y compromisos políticos.

Quisiera comenzar mi exposición, mencionando que la Organización de Estados Americanos (OEA) ha promulgado numerosas disposiciones para prestar atención a los valores y prácticas democráticas, iniciativas que han sido vertidas en la Carta Democrática Interamericana de la OEA en septiembre de 2001. Los Artículos 26 y 27 de la Carta han puesto énfasis en la necesidad de desarrollar una cultura democrática, para acompañar las reformas políticas democráticas de diversos países, entre los cuales se encuentra México. En una época como la nuestra, en la cual es necesario afianzar en la sociedad todas aquellas prácticas e instituciones tendientes a la consolidación democrática, el ideal que subyace a las instituciones del estado que tienen esta responsabilidad, se ha traducido en largas e importantes discusiones en torno a los aspectos procedimentales de la democracia. Así ha sido necesario identificar los valores, a partir de los cuales adquieren pleno sentido las discusiones acerca de los procedimientos por medio de los cuales se conciben y transmiten normas y valores que debe observar todo ciudadano en una sociedad democrática.

El hecho de que es a través de la educación, se configuran en los ciudadanos los valores democráticos que orientan su conducta y definen su posición frente al reconocimiento de la dignidad humana, la aceptación de la diversidad, la tolerancia, la igualdad, la honestidad, la responsabilidad y la participación, que son valores de la cultura democrática, producto del aprendizaje social. Lo que está también fuera de discusión es el que la construcción de la democracia, la educación es un elemento central para la formación de una ciudadanía que participe en forma libre, racional y responsable en el desarrollo de los procesos democráticos, pues la formación ciudadana implica el fomento de una cultura política que estimule la participación pacífica y civilizada, así como el respeto a los derechos humanos, a las diferencias culturales y a las minorías, tanto en el ámbito público como privado, en un marco de justicia y libertad.

Idealmente, la educación cívica prepara a los futuros ciudadanos y a quienes siéndolo, no ejercen a plenitud sus derechos y obligaciones, para que se conviertan en personas realmente participativas en la vida comunitaria de su entorno y a nivel nacional. Esencialmente ese tipo de educación implica proporcionar una cultura cívica basada en los principios de la democracia, la igualdad y la libertad, pero también en el reconocimiento de los derechos y los deberes. A través de la educación cívica se pretende que los ciudadanos adquieran las normas de convivencia, los valores sociales y los hábitos de autonomía personal que les permitan madurar en su autogobierno y participar en su medio social de forma libre y responsable.

Los comportamientos sociales, como todos los hábitos, sólo se adquieren a través de una metodología y programas institucionales basados en el diálogo y la participación en experiencias compartidas, en las que los futuros ciudadanos, en edad de aprender, pongan en práctica la autodirección de su vida y los hábitos de convivencia social; los contenidos de la formación cívica son, prioritariamente, de carácter actitudinal y procedimental, por lo que los valores y normas de comportamiento social deben adquirirse de forma estable y permanente a lo largo de toda la educación. Para ello, es tarea esencial de las instituciones de educación, ya sea formal o informal, provean a la población tanto del conocimiento de los principios que dan forma a la democracia, sus valores, su evolución histórica, como de habilidades y destrezas que estimulen su disposición a participar y a involucrarse en los asuntos públicos. Numerosos estudios demuestran que existe una correlación positiva entre educación y democracia. Para Seymour Martin Lipset, por ejemplo, la educación no solo es un rasgo esencial de la democracia, sino una condición que propicia o no su existencia. Pues cuanto más alto es el nivel cultural de una población de un país, tanto mayores son las posibilidades de que haya democracia. [1] Sin embargo, como veremos más delante, esta afirmación no parece comprobarse en el caso del México contemporáneo.

En una conferencia magistral sustentada en México por la Doctora Pippa Norris, sostuvo que conforme las sociedades contemporáneas evolucionan, tienden a aparecer nuevas formas de participación política que la ciudadanía practica con intensidad creciente, tales como: promoción de intereses particulares, de grupo o difusos, cartas a medios de comunicación, audiencias con funcionarios, escritos de propuesta y/o demanda a la autoridad, movilizaciones sociales, manifestaciones de protesta, plantones y similares, más allá de recurrir a los canales tradicionales de participación política. [2] Norris establece el marco teórico que contrasta aquellas perspectivas en que se subraya el deterioro secular en las formas tradicionales de participación ciudadana (menor participación electoral, menor membresía en partidos, sindicatos e iglesias) con las teorías de la modernización que destacan la reinvención del activismo político.

Sobre el proceso de consolidación de la democracia en México, sostiene que nuestro país, comparado con otros de Latinoamérica, “muestra una baja participación electoral, un involucramiento moderado en el sector voluntario y comunitario, una relativamente baja confianza interpersonal, una confianza moderada en instituciones políticas, una escasa participación en protestas y manifestaciones, una baja estima y confianza en los ideales democráticos y bajas tasa de aprobación del desempeño de la democracia”. Agrega que el proceso de consolidación democrática “requiere de una amplia aceptación de las reglas del juego democrático” en toda la sociedad, ya que la participación ciudadana de corte democrático contribuye al arraigo de las instituciones democráticas en la cultura prevaleciente entre la población y, por tanto, puede contribuir a que se adquiera una mayor resistencia social ante amenazas de desestabilización y cuestionamientos populistas que pueden llegar a surgir en una sociedad. Pippa Norris da cuenta del lúgubre panorama que han dibujado algunos de los analistas de las tendencias mundiales observadas en años recientes, quienes sostienen que “el optimismo exagerado sobre los supuestos beneficios de la democracia ha sido substituido por una paulatina desilusión pública respecto de la democracia, impulsada, en buena parte –según la opinión de algunos-, por el deterioro de la economía”.

Como antecedente histórico, cabe señalar que hace cerca de 40 años, inspirado en la tipología del estudio pionero de Almond y Verba,[3] se encontró que la mayoría de los mexicanos “se relacionaban con la política a manera de súbditos, debido a su bajo desempeño político, el cual se manifestaba en una escasa información sobre la política, bajos niveles de participación y de asociación políticas, alejamiento de los asuntos públicos, sentido de incompetencia para influir en el gobierno, en fin, desconfianza en las autoridades gubernamentales”.[4] Daniel Zovatto, por su parte, ha afirmado que la cultura política predominante en América Latina “es de súbditos, no de ciudadanos”.[5] Lo que significa que en cuatro décadas no han cambiado nada nuestro país en lo que se refiere a “las representaciones subjetivas acerca de la política”, que a pesar de las importantes transformaciones que se han experimentado en los campos económico y político, las percepciones y actitudes de la población hacia su sistema político siguen rigiéndose bajo los mismos conceptos. Es evidente pues, que esta presunción es insostenible, y que lo que se requiere es explicar qué se entiende actualmente por una cultura política predominantemente súbdito, es decir cuáles son sus rasgos distintivos. En todo caso de confirmarse la hipótesis, el súbdito de hoy no es, ni puede ser el mismo que el de los años 60. Sin embargo, en los últimos 15 años México se ha transformado como no lo había hecho durante décadas. Ciertamente, puede afirmarse que tales cambios no fueron espontáneos, sino que requirieron de una larga gestación que los llevó a su eclosión en los últimos lustros, pero la amplitud de las esferas en las que dichos cambios han incidido y la magnitud que han alcanzado han dejado ya una impresión firme y consistente que parece nublar toda la etapa previa del país.

La Consejera Electoral del Consejo General del Instituto Federal Electoral, Jacqueline Peschard, afirmó en algún momento, que la lectura comparada de dos encuestas, una financiada por el IFE y levantada en 1999 y la de la Secretaría de Gobernación de 2001, permite afirmar que “la cultura política predominante es de tipo súbdito pero en transición, ya que si bien es posible identificar esbozos de orientaciones propiamente ciudadanas hacia la política, esto solamente corresponde a una posición minoritaria de la población mexicana, la mayoría sigue relacionándose a partir de la desconfianza en las instituciones, con desapego respecto de las normas legales, aunque tiene mayor acceso a la información dada la expansión de los medios de comunicación, sigue manifestando desinterés en la política”. [6]

Sin embargo, pueden identificarse cambios en sus percepciones y actitudes. Los mexicanos de hoy son en “cierta forma” más activos, más concientes de sus derechos, celosos de la defensa de los mismos, se conciben más competentes para influir en las decisiones públicas y entienden los beneficios de la colaboración con los demás. Este perfil predominante se separa del ciudadano básicamente porque no asume las responsabilidades de su mayor activación política, el ciudadano no es solamente un sujeto participativo y crítico que despliega su libertad de expresión, sino alguien que conoce sus derechos y asume sus obligaciones. Aunque por sí mismos los resultados de esas encuestas no pueden explicar del todo las razones del “déficit de ciudadanía” que existe en México, sí permiten identificar aspectos en donde éste es más palpable y consecuentemente en donde los planes y programas de educación para la ciudadanía llevados a cabo por las instituciones políticas encargadas de la educación cívica, deben enfocar sus baterías para ayudar a corregirlo.[7] Por ejemplo, de acuerdo con la encuesta del IFE, para un determinado sector de la población mexicana, la participación política le atrae, pues un 48 por ciento dice que le interesa poco y un 27 que no le interesa nada. La encuesta de Gobernación ahonda en algunas explicaciones tentativas de este desinterés, ya que el 33 por ciento de los ciudadanos asocian el término política con corrupción y otras connotaciones negativas, y el 55 por ciento de los encuestados considera que la política es extremadamente compleja. Esto parece generar un círculo vicioso en un sector importante de la población, sea por aversión o por incomprensión, priva el desinterés y por tanto no existen incentivos para informarse al respecto. Así mismo, al 40 por ciento de la población “no le interesa en absoluto hablar de política y cuando lo hace solamente es en el ámbito privado, con amigos y conocidos o en su casa, pero no en los espacios públicos, la escuela, el trabajo”, lo que permite suponer que tales valoraciones tienden más a autoconfirmarse que a modificarse.

Finalmente, para precisar el ámbito del problema que intenta enfocar este ensayo, la educación para la democracia debe comenzar con un franco reconocimiento de las realidades pues, como lo ha afirmado la Mtra. Teresa González Luna Corvera, consejera del Consejo General del Instituto Federal Electoral, “la democracia no está funcionando bien en la mayoría de los países de América Latina, particularmente en México, y todavía no descansa sobre sólidos cimientos de elementos culturales, eficacia y compromisos políticos”.[8] El desafío se plantea en términos de reformar y reforzar las instituciones democráticas y cambiar la cultura subyacente, puesto que para lograr una democracia más profunda y eficaz, se requiere cambiar la cultura y educar a la población para que espere, exija y se movilice por un gobierno transparente, sistemas de justicias accesibles y creíbles, la protección real de los derechos humanos, la equidad social entre los géneros y el ejercicio pleno de la ciudadanía.

En este sentido, Larry Diamond ha afirmado que la educación cívica tiene tres tareas generales para cultivar la ciudadanía democrática: a) generar la demanda democrática, toda vez que es necesario el entendimiento de la democracia, con sus niveles y dimensiones, para su sostenimiento y mejora; b) desarrollar la capacidad de los ciudadanos de hacer que funcione la democracia, profundizarla y vigorizarla, y c) fomentar la gobernabilidad, para lo cual se requiere cuidar los valores, las normas y las prácticas que hacen a la democracia gobernable, apoyan a las autoridades democráticas y controlan la intensidad del conflicto político”. Estas tres tareas se tensionan y refuerzan entre sí; juntas, generan los valores que caracterizan a la cultura democrática. Corresponde a la educación cívica cultivar el conocimiento, los valores y las prácticas de la ciudadanía democrática, a través de la práctica. La democracia necesita capital social, densas redes de asociación, cooperación y participación activa en la vida social y política de la comunidad. Desarrollar este capital social en todos los niveles de la enseñanza es un objetivo clave de la educación cívica y un desafío para las instituciones.

* Estudiante del Doctorado en Ciencias de la Educación. Universidad Cuauhtémoc, Campus Aguascalientes

Notas

[1] Lipset, Saymour Martin (1960), Political Man: the Social Bases of Politics. Doubleday: [2]

Pippa Norris (2002), El Involucramiento Cívico: México desde una perspectiva comparada. “Coloquio para el Análisis de Encuestas Nacionales sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas”. Disponible en http://www.gobernacion.gob.mx/coloquio/Informacion.htm ; [3] Se trata del estudio realizado por Gabriel Almond and Sidney Verba (1963) The Civic Culture: Political Attitudes and Democracy in Five Nations. Véanse los comentarios de Víctor Manuel Durand Ponte (2004), Ciudadanía y cultura política: México, 1993-2001. Political Science; [4] Peschard Mariscal, Jacqueline (2002). Versión estenográfica de la participación de la consejera electoral, en la primera mesa de trabajo del coloquio para análisis de encuestas nacionales sobre cultura política y prácticas ciudadanas. México, D.F., 14 de agosto de 2002. Disponibe enhttp://www.gobernacion.gob.mx/coloquio/Abs/31E%20Peschard.htm; [5] Daniel Zovatto, El apoyo de la opinión pública latinoamericana a la democracia: una visión comparada latinoamericana 1996-2001. Coloquio para el Análisis de las Encuestas Nacionales sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas. Instituto Federal Electoral. Disponible en http://www.gobernacion.gob.mx/coloquio/panelAL.htm; [6] Instituto Federal Electoral (1999), Los jóvenes y la participación ciudadana. México. Véase también Ciudadanos y cultura de la democracia. Reglas, instituciones y valores de la democracia: Encuesta nacional. Instituto Federal Electoral- Universidad Autónoma de México; Secretaría de Gobernación; [7] El término ha sido introducido al léxico en México por Jorge García Montaño en su obra “El malestar de la democracia en México”. FCE, México; [8] Luna Corvera, Teresa (1998), Educar para la democracia. González. La educación cívica: construir la ciudadanía. Disponible en, http://educar.jalisco.gob.mx/07/7teresac.html
Be Sociable, Share!

Los comentarios estan cerrados