El último atardecer de Hollywood en Aguascalientes

Escrito por on sep 7th, 2009 y archivado en Columnistas, Destacado. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Ultimo atardecer

Ultimo atardecer

Dice la leyenda que los atardeceres de Aguascalientes son los más bellos del mundo. Y ya entrados en chauvinismos olímpicos, me aseguran que tal mérito ha sido reconocido incluso por National Geographic. Aun cuando nadie ha podido mostrarme hasta ahora el número de marras, tal aseveración la doy por buena de entrada, sin necesidad de exigir el ejemplar probatorio, pues me parece que una contienda así es de suyo subjetiva y, por lo tanto, imposible de convalidar: hay quienes suspiran de cara a los ribetes rosados del cielo y otros a quienes éstos podrían parecerles demasiado cursis, más afectos ellos a los ocasos cárdenos o purpúreos. Para gustos, los colores, dicen.

Por lo mismo, tampoco he buscado dicho ejemplar en alguna hemeroteca y ni siquiera en el archivo de la prestigiosa NatGeo, como se balbucea ahora tan insigne sociedad. Me basta asomarme cada anochecer a mi ventana para darle coba a mi oriundez liliputiense: “Sí es cierto, nuestros atardeceres son los más bellos del mundo”, suspiro cándido de cara al occidente y, de paso, rezo un padrenuestro para que no se entere algún acapulqueño de Pie de la Cuesta de tan arriesgada afirmación.

Con tal prestigio a cuestas, no es de extrañar que la única película hollywoodense que se ha rodado aquí presuma justamente la cruz de nuestra parroquia: El último atardecer (The Last Sunsent, EE UU, 1961). Filmada en el año de 1960 —como bien acaba de documentar mi amigo Gustavo Arturo de Alba—, esta película es motivo tanto de orgullo como de controversia para los aguascalentenses. El primer sentimiento queda más que claro a la vista de que es la única (y acaso última) película que Hollywood ha filmado aquí, mientras que el segundo surge necesariamente de la apreciación que cada cual tiene de la película en sí.

Antes de dar a conocer mi opinión al respecto —polémica, adelanto—, creo indispensable acotar el significado casi legendario que su producción representó para mi familia. Y es que el ganado que aparece en la pantalla, y cuyo traslado es parte sustantiva de la trama, lo proporcionaron precisamente mi padre, Abel Franco Muñoz, y su hermano José. En su calidad de ganaderos, no sólo contaron con el privilegio de sentarse debajo de una sombrilla atrás del director Robert Aldrich, sino que fueron invitados recurrentes a las fiestas que durante el rodaje se celebraron en la Privada de Democracia (hoy de Eduardo J. Correa), donde se alojaba a la sazón Rock Hudson, el galán protagonista, y donde años después yo pasé los mejores años de mi infancia, de mi vida, ciertamente.

No bien las anécdotas y los chismes que en torno a esa producción cinematográfica seguían contando mis padres y mis tíos muchos siglos después, yo no lograba ver en ninguna sala la cacareada película. En los años setenta y buena parte de los ochenta uno tenía que atenerse a la programación de las salas de cine para poder ver alguna película vieja. Salvo las repeticiones en televisión, no había otra manera de ver esas películas. Para mi mala suerte, El último atardecer no era una de las preferidas de los Azcárraga ni de los distribuidores cinematográficos. Tampoco de la Cineteca nacional.

En 2005, finalmente, apretando el control remoto en mi departamento de Vancouver durante una nevada prolongada, me bastó ver una sola escena para saber que era El último atardecer. El paisaje de Aguascalientes era inconfundible, así como el ganado más bien escuálido que aparecía allí, muy distinto al charolais que predomina en Estados Unidos y Canadá. Enseguida fui al menú y, sí, ¡era la película de mi tierra, mis padres!

Deseoso de ver la película completa, contacté de inmediato al canal pero me informaron allí que no tenían copias a la venta. La misma respuesta en Blockbuster y en todos los sitios especializados de internet. Me conformé entonces con el bienaventurado presentimiento de que aún no había llegado mi último atardecer.

Cuatro años después, ya viviendo aquí en Aguascalientes, el mismo Gustavo Arturo de Alba tuvo la gentileza de regalarme una copia de esa película legendaria. La acaricié varios días bajo mi almohada como si fuera una caja de sorpresas hasta que finalmente me animé a verla. No me gustó. Nada.

No he leído aún Sundown at Crazy Horse la novela de Howard Rigsby en que se basa esta película, pero me parece que mi disgusto se debe más bien al pésimo guión de Dalton Trumbo. Son tan abrumadoras la inverosimilitud y la pérdida de sentido en todos los personajes protagónicos, que desde el inicio uno no sabe a quién apostarle, empatía imprescindible en el género del western.

Véase si no: El alguacil (Rock Hudson) viaja a lomo hasta México en busca de un texano asesino, Bren O’Malley (Kirk Douglas). Una vez que lo encuentra, el alguacil se da cuenta (¡sólo ahora!) de que no puede apresar al asesino en el extranjero. Entonces, el mismo asesino le recomienda que lo ayude a arrear un ganado hasta Texas para que allá, al cruzar el río Bravo, pueda disponer de su cabeza.

Así, el alguacil se convierte en peón del fugitivo. Por si no fuera suficiente tal absurdo, nos enteramos de que el asesino había venido a México en pos de su amada, Belle Breckenridge (Dorothy Malone); sin embargo, ésta está casada con un borrachín. Poca cosa. De una escena a otra, Belle queda viuda y, sin derramar una sola lágrima, se enamora, no de O´Malley, su amor de toda la vida, sino del improvisado alguacil (“¿quién no?”, dice mi esposa).

Por su parte, el amante despreciado cae en las redes de la hija de su amada, la huérfana y enamoradiza Melissa Breckenridge, una Lolita vaquera de la que Nabokov seguro no cobró regalías. Pero cuando apenas la película empieza a ponerse interesante, nos enteramos de que el asesino y la adolescente ¡son padre e hija! Entonces, al llegar a Texas, habiendo perdido a su amada, enterado ya del lazo sanguíneo que lo une a su nueva amada e incapaz de cometer incesto, el maldoso O´Malley se deja matar por el alguacil. “Ni siquiera traía cargada su pistola”, dice éste al tiempo que la cámara se aleja.

Quién no. Con una trama así, no es de extrañar por qué también Hollywood se alejó para siempre de Aguascalientes.

Sin embargo, a mí sí hubo algo que me gustó mucho de la película: las vacas.

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3 comentarios en “El último atardecer de Hollywood en Aguascalientes”

  1. Pollito dice:

    ¡jjaaaaaaa,ja! me encantó sobre todo su última frase.

  2. Gaby Herrera dice:

    ¡Genial! No cabe duda que el escritor está en este texto. Mil gracias por un escrito tan bueno. Me encantó, a mi también, la última frase.

  3. DR FLORES dice:

    HOLA DISCULPEN UNA PREGUNTA, EL RIO DONDE ATRAVIESAN LAS VACAS, SUPUESTAMENTE EL RIO BRAVO, DONDE SE LOCALIZA, TENGO ENTENDIDO QUE ES UN LUGAR DEL ESTADO DE JALISCO( SAN JUAN DE NOSE QUE! O ALGO ASÍ) ME GUASTARIA SABER EL NOMBRE DE ESTE LUGAR PARA VISTARLO, YA QUE SE HAY RUINAS DE LA FILMACION. GRACIAS Y FELICIDADES POR SU NOTA

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