Ciudadanía: El icono que cambia

Escrito por on jul 2nd, 2009 y archivado en Agora, Destacado. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Ciudadanía

Ciudadanía

Hasta hace poco tiempo la noción de ciudadanía había prevalecido como un estamento jurídico y político derivado de la pertenencia exclusiva a una nacionalidad, como una condición particular de ejercicio de deberes y derechos a ejercerse por un conjunto de personas que pertenecen una misma nacionalidad. Esta noción ha estado cambiando debido a la salida de nacionales de su suela patrio y la demanda de nuevos derechos así como la asunción de nuevas obligaciones adquiridas por las poblaciones que salen de la jurisdicción de un estado nacional, de un país determinado para asentarse en otro, sin que se desvinculen del todo de sus intereses en la cultura, la sociedad y la comunidad política originaria. [1] Para tener una idea de los cambios que experimenta hoy en día la noción de ciudadanía, es necesario hacer algunas revisiones de carácter histórico tanto como sus asunciones “clásicas” a lo largo del tiempo.

Desde luego, una primera aproximación a la idea de ciudadanía es su vínculo históricamente indisoluble con la nacionalidad, dado que este se consolidó en la medida en que el modelo del estado nacional -y cada país en particular- han alcanzando su unidad histórica en términos territoriales, orgánicos, políticos y funcionales. Desde esta perspectiva, la ciudadanía resulta ser una creación histórica que, en esencia, relaciona al individuo con el Estado, como miembro de él, es decir como “miembro de”, estatuyéndo una “membresía” como una igualdad básica que supone la pertenencia a un estado. A partir de ese supuesto básico, la noción de ciudadanía se transforma en una categoría que puede se entendida, simultáneamente como concepto legal, como ideal político igualitario y como referencia normativa para las lealtades individuales y colectivas. Se trata pues de una institución que tiene como objeto la articulación de los derechos y deberes legalmente reconocidos entre quienes conforman la población de un Estado, de manera que establece los fundamentos del vínculo jurídico-formal del individuo regulado por la nacionalidad. También es un vínculo político y jurídico que liga a una persona física con el Estado, por medio de una relación de pertenencia a una determinada comunidad política que asegura una forma de participación activa en los asuntos públicos y que posee la capacidad de conformar “una comunidad política dotada de autogobierno”.

En sentido político, la ciudadanía representa un conjunto de individuos que comparten la condición de creadores o generadores de las leyes de un estado, ya que tienen la posibilidad de ser legisladores directos o indirectos, y la condición de destinatarios de esas mismas leyes. Tras esta aproximación general a la noción de ciudadanía, resulta ahora necesario hacer una revisión más rigurosa del modelo clásico propuesto por Thomas H. Marshall, ya que sin duda representa una referencia obligada de todos los debates contemporáneos sobre la materia. De entrada, hay que asumir con Marshall, que la ciudadanía es un “estatus de igualdad que se concede a los miembros de pleno derecho de una comunidad, haciéndoles beneficiarios de los derechos y libertades, así como de las obligaciones y responsabilidades que conlleva pertenencia a la misma”. Con ello, este sociólogo británico destaca la pertenencia y los derechos como los dos principales atributos asociados al concepto moderno. En el centro de esa tesis, se coloca al desarrollo de la ciudadanía, asociada con la evolución de tres tipos de derechos: los civiles, los políticos y los sociales. Los primeros implican la libertad que tienen los individuos para residir donde elijan, condición que, dada la naturaleza mi enfoque, conviene resaltar aquí. También poseer libertades para expresar sus opiniones según su sentir personal, para poseer propiedades y celebrar contratos legalmente válidos, pero también poseer derechos a una libertad de expresión y creencias religiosas. El segundo tipo de derechos de la ciudadanía marshalliana, los políticos, incluye el derecho a participar de manera activa o pasiva, directa o diferida en otros, en el proceso de toma de decisiones políticas de la comunidad en la que se vive y, por extensión en la comunidad nacional.[2] Los derechos sociales, por su parte, comprenden una amplia gama de concesiones, como los mínimos de bienestar económico para los ciudadanos, hasta el derecho a participar plenamente de la convivencia social y a vivir la vida de personas civiles según los cánones vigentes de la sociedad.[3]


Para Marshall, la ciudadanía es un status que se confiere a aquellos que son miembros de Pleno derecho de una comunidad e independiente de las aportaciones económicas de los individuos. Llegados a este punto, el problema es explicar cómo el desarrollo y el crecimiento de la ciudadanía coincide históricamente con el desarrollo del capitalismo que, esencialmente, es un sistema de desigualdad. En otros términos, qué es lo que ha hecho posible que estos sistemas se conviertan en aliados antes que en antagonistas.[4] Desde su perspectiva, la ciudadanía es un status asignado a todos aquellos que son “miembros plenos” de una comunidad, siendo éstos iguales respecto a sus derechos y deberes. Así, “el ciudadano es un poseedor de derechos, los cuales le permiten ser tratado como un miembro pleno de una sociedad de iguales”; se entiende pues, como un principio de igualdad que coexiste y confronta con “la desigualdad social resultante del juego de las fuerzas del mercado”. Su legitimación, pues, aunque entrañe en sí misma una paradoja, reside en su “función integradora de lo desigual”, porque significa un vínculo de identidad por encima de la desigualdad que supone. [5]

Lo importante de estas tesis, es que se asumen una suerte de continuidad en el proceso de perfeccionamiento de las ciudadanías y que permanentemente se encuentran en una “circunstancia inacabada” en cada estado nacional, en cada país, esencialmente por que “el enriquecimiento del estatus de ciudadanía ha hecho más difícil conservar las desigualdades económicas y porque les deja menos espacio, aumentando las probabilidades de luchar contra ellas”. Sin embargo, si bien esta condición de conflicto permanente tiene un límite, ya que en su modelo no se persigue una igualdad absoluta, “hay límites inherentes al movimiento igualitario ya que este movimiento es doble. En parte opera a través de la ciudadanía y en parte a través del sistema económico”. [6] Desde una interpretación claramente marshalliana, Stephen Castles, uno de los más importantes estudiosos de la ciudadanía en el ámbito de la migración, dice que los derechos políticos incluyen la libertad de transito, de reunión y de asociación y la libertad de información, el derecho a elegir y a ser elegido en los varios niveles del gobierno. Los derechos civiles se pueden entender como aquellos que incluyen la libertad individual, la libertad de expresión, la libertad de religión, la protección frente a los abusos del estado, la igualdad frente a la ley y la prohibición de ser discriminado por el genero, el origen, la raza, el lenguaje o las creencias. Por su parte, los derechos sociales incluyen el derecho al trabajo, a la igualdad de oportunidad en la educación y al mercado de trabajo, a servicios de salud, a beneficios sociales, a servicios sociales en caso de desempleo o inhabilidad y a un nivel de educación. [7] Coincidiendo en lo fundamental con Marshall, la ciudadanía resulta ser un precepto en permanente redefinición, en tanto que requiere responder a las tensiones naturales atribuibles a la fuerza de los cambios políticos, económicos y sociales experimentados por grupos de ciudadanos que desarrollan su vida de manera simultánea en más de un país, como los mexicanos en Norteamérica. Pero, como se puede advertir claramente, la postulación de Marshall se encuentra constreñida a los contornos de la sociedad, cuando estos coinciden con los del estado-nación y con ello supone el despliegue de la ciudadanía dentro de un espacio acotado a la territorialidad y el alcance jurisdiccional del estado, como si fuese la representación necesaria de la sociedad nacional en su conjunto. Es necesario, considero, profundizar en esta afirmación pues la migración desde un territorio nacional a otro es un fenómeno que se ha llevado a cabo constantemente a través de la historia en varias regiones del mundo. El concepto de migración asume no sin razón, que el que se va es un individuo débil que busca sobrevivir en otra sociedad en donde el bienestar económico, político o social es mucho mejor que en la sociedad donde proviene. Así, la migración internacional es un fenómeno en donde tanto el Estado originario de la sociedad que migra, como el país receptor se ven afectadas de una u otra forma. La migración internacional implica un reto a las nociones de ciudadanía, puesto que propone nuevos desarrollos de conceptos y políticas, para adecuar la noción a las realidades contemporáneas, por eso hay actualmente un gran despliegue de especulación en torno a las implicaciones que la migración representa para los países de destino, es decir los receptores de inmigrantes.

Pero, como ya se anota líneas arriba, poca atención se ha prestado a los países de origen y las circunstancias que rodean a los emigrantes y su relación con la ciudadanía. Como resultado de ese desarrollo teórico han emergido enfoques acerca de los derechos de la ciudadanía, en función del desarraigo que implica la migración. Esta extensa diversidad de nociones surgidas durante las décadas recientes, muestra la crisis conceptual de la noción de ciudadanía y pertenencia, a la que ha llevado la migración como productora de la ruptura del vínculo entre ciudadanía y residencia. Es evidente que el concepto tradicional de ciudadanía vinculado a la exclusividad territorial del estado-nación resulta insuficiente para entender los cambios que muestra la idea contemporánea en los nuevos escenarios de movimiento masivo de poblaciones a través de las fronteras nacionales. Algunas de las dimensiones críticas que se originan en la ciudadanía clásica de Marshall en el ámbito de la migración, han sido abordadas por Thomas Bottomore en su ensayo “Ciudadanía y Clase Social, Cuarenta Años Después”, aunque no con la amplitud que sería de desearse y referidas siempre a países desarrollados.“..aún cuando el requisito formal para ser ciudadano se sustenta en la membresía a un Estado–nación, ésta no es actualmente la vía exclusiva para definir la condición de ciudadanía en términos sustantivos, es decir, ser titular de derechos y gozar de la capacidad para ejercerlos”. [8]

El ámbito de análisis que ofrece Bottomore es motivado por la problemática que presentó la ciudadanía británica -y en general la europea-, como consecuencia de las condiciones socioeconómicas de la segunda posguerra y más específicamente con el desplazamiento de millones de trabajadores desde países empobrecidos y su posterior exigencia para acceder a la ciudadanía formal” en los países de acogida.[ 9] Con ello, este sociólogo británico ha ofrecido un primer cuestionamiento de la continuidad del proceso de perfeccionamiento de las ciudadanías, asumiendo de nueva cuenta que se encuentran en una “circunstancia inacabada” demandando, la continuidad de un desarrollo evolutivo del concepto. [10]

Reconocimiento legal: de la membresía a la ciudadanía

La ciudadanía que se plantea en el ámbito de la migración no presenta un modelo único ni indivisible dado que responde a diferentes contextos de demanda y otorgamiento de derechos y obligaciones. [11] Ya se ha comentado líneas arriba que la relación más elemental de la persona con el estado es la membresía nacional y el grado más avanzado de goce de derechos corresponde al ciudadano pleno al interior del territorio del Estado nacional. Como se verá, esta distinción resulta fundamental para entender los cambios de la noción de ciudadanía a la luz de de los acontecimiento contemporáneos, como la migración masiva. Los estudios de Bottomore parten de las asunciones básicas de T.H. Marshall en tanto que es la base del pensamiento “clásico”, él sin embargo propone un cambio fundamental, otro hito, en relación a la ciudadanía contemporánea, pues la propone como “un conjunto de derechos que no se encuentra necesariamente vinculado a la pertenencia formal a un Estado, dado que la ciudadanía formal no es condición suficiente ni necesaria para la ciudadanía sustantiva”. [12]

Asume que en las sociedades contemporáneas la ciudadanía formal puede ser necesaria para ciertos componentes de la ciudadanía sustantiva, como la participación electoral, hay otros componentes que no dependen de la pertenencia formal a un Estado, por ejemplo “los derechos sociales que benefician tanto a los ciudadanos como a los residentes legales no nacionalizados, en condiciones prácticamente idénticas.”. Por su parte Rogers Brubaker, otro estudioso de la ciudadanía en el ámbito migratorio, ha confirmado que esta distinción debe ser hecha por que no obstante pertenecer a un Estado nacional determinado, se puede estar excluido legalmente o de hecho, de ciertos derechos político, civiles y sociales o de la participación efectiva en asuntos del gobierno. Tanto Bottomore como Brubaker afirman que la carencia de una identidad consolidada como Estado-nación y de una ciudadanía nacional establecida, “explican en parte las políticas confusas que se han practicado respecto de la inmigración y la ciudadanía durante el último cuarto de siglo”. [13]

Desde la perspectiva clásica de Marshall, la ciudadanía es una categoría que en su acepción tradicional descarta gradaciones internas sobre el principio de igualdad entre todos aquellos que la disfrutan y que son portadores de los derechos y deberes que ésta asigna. En una perspectiva mucho más amplia, Bottomore ha propuesto que la ciudadanía contemporánea plantea un conjunto de interrogantes que se deben examinar en un marco mucho más amplio. Así, Bottomore ha propuesto de nueva cuenta la continuidad de un desarrollo evolutivo de la ciudadanía postulado por Marshall, pero cuestiona su validez universal, a partir de la conquista de derechos civiles y lograr luego los políticos, para culminar con la obtención de los derechos sociales. El cuestionamiento de fondo al argumento de Marshall es que habría sido concebido como si se tratara de “una progresión armónica y casi automática”. [14] De la misma forma pone en tela de juicio las asunciones fundamentales de Marshall a la luz de nuevas interrogantes, dado que las tesis originales sobre la evolución de la ciudadanía son funcionales solo en el contexto de sociedades homogéneas, como las que ofreció Inglaterra en la segunda posguerra y no pueden ser aplicados, por insuficientes, en determinados contextos históricos distintos.

Para Bottomore, la noción debe poseer la capacidad de responder a los cuestionamientos básicos, con criterios mucho más abarcantes y en sociedades menos homogéneas, en las cuales el desarrollo de la ciudadanía se muestra como un cuerpo creciente de derechos civiles, políticos y sociales que necesitan una nueva explicación y una descripción “por que no basta con concebir el proceso en términos abstractos o teleológicos”.

Para responder a ese desafío analiza el hecho de que los estados soberanos pueden ejercitar la jurisdicción territorial solo sobre sus ciudadanos y únicamente dentro de sus fronteras, pero la salida de ella se invalidan o en el mejor de los casos, se subvierten los referentes de la gestión estatal tradicional, dado que grandes sectores de la población no se encuentra en su territorio o bien se encuentran en permanente flujo y reflujo a través de sus fronteras. El fenómeno se ha hecho visible y complejo durante la segunda mitad del S. XX, y que plantea esencialmente la necesidad de hacer una distinción entre la “ciudadanía formal” y la “ciudadanía sustantiva”, en la primera de las cuales se debe concebir “una pertenencia al Estado-nación”, en tanto que en la segunda radica el conjunto de derechos civiles, políticos y sociales “que implica de alguna manera, una forma de participación en el gobierno”

Ciudadanías en evolución: entre lo sustantivo y lo formal

Thomas Bottomore ha caracterizado la ciudadanía formal, tanto como pertenencia y membresía a un estado nacional y la ciudadanía sustantiva, como el goce de derechos y la participación en los ámbitos público y privado y no constituye un prerrequisito de ciudadanía sustantiva, pues no es condición suficiente ni necesaria. No es condición suficiente en razón de que en ámbitos migratorios, se puede disfrutar de algunos derechos sociales, civiles y hasta políticos aun sin ser parte de una comunidad nacional del país receptor. Es importante mencionar también, que la distinción entre ciudadanía formal y sustantiva permite un acercamiento al problema de los derechos de los migrantes porque reconoce condición de iguales en términos civiles, políticos y sociales para habitantes que pueden no ser acreedores de la condición formal de la nacionalidad. Este enfoque es particularmente relevante para sociedades que experimentan flujos migratorios permanentes como es el caso mexicano por que remite a las prácticas cotidianas de ciudadanía sustantiva, ejercidas fuera del territorio nacional por los emigrantes individual y colectivamente, como un reclamo al estado mexicano, de reconocimiento los derechos plenos de la ciudadanía formal. Como hemos visto, Thomas Bottomore ha establecido con notable claridad las características de la ciudadanía formal, definida como “la membresía a un Estado nacional” y la ciudadanía sustantiva, referida “a la disposición de derechos y a su capacidad de ejecución con cierto grado de participación en los ámbitos público y privado, dentro de las tres áreas definidas por Marshall”.

La dimensión formal de la ciudadanía ha venido siendo puesta en cuestión a partir de la expansión de tres fenómenos: i) la tendencia creciente a la emigración no sólo desde los países periféricos hacia las potencias desarrolladas, sino entre polos de desarrollo dentro de las mismas periferias. Ello ha implicado demandas crecientes, especialmente respecto de derechos sociales, que los Estados no pueden pasar por alto, aunque quienes así lo exigen no sean ciudadanos formales; ii) por una tendencia a la internacionalización del trabajo legal que exige facilidades de desplazamiento y de residencia legal a extranjeros y; iii) por el problema más general de la relación entre residencia y ciudadanía, así como por la definición de “la nación” como “el lugar” exclusivo de la ciudadanía. [15]

Los movimientos migratorios y las nuevas demandas de reconocimiento están transformando la ciudadanía y en ese marco, cuestionando de fondo la concepción clásica de ciudadanía como una membresía exclusiva a un estado particular, esta perspectiva ayuda a explicar que la migración contemporánea no suponen per se la desaparición lenta del Estado como garante de derechos, sino su redefinición dentro de un nuevo orden global.

Las poblaciones migrantes experimentan una variedad de circunstancias en relación con su estatus ciudadano; i) pueden tener dos ciudadanías formando idealmente una comunidad transnacional plena e interactiva; ii) Pueden poseer su ciudadanía originaria y no poder obtener otra en el país de acogida por restricciones legales en uno o en ese o su país de origen; iii) obtener una ciudadanía adicional sin poder ejercer derechos plenos de la originaria. Ahora bien, es necesario definir el perfil teórico de el transnacionalismo, a partir del hecho de que el reconocimiento y la concesión de derechos ciudadanos a los expatriados supone una alteración en la lógica tradicional que vincula el ejercicio de derechos a la condición de miembro de una comunidad nacional, debido a que la membresía sustantiva practicada por los emigrantes es una categoría más “inclusiva” que la ciudadanía formal. Así, la noción de ciudadanía experimenta una pérdida de su “densidad”, como principio que otorga y regula los derechos. Los moldes de la teoría clásica se ven desbordados por la presencia de ciudadanos nacionales en el extranjero, actuando en función de la sociedad de origen, cuando demandan reconocimiento, protección consular, el derecho a retornar al país de salida, así como la demanda de derechos para ejercerse desde fuera de las fronteras nacionales. Como consecuencia de estas consideraciones, es necesario afirmar que este hecho subvierte completamente la estructura normativa de los derechos de ciudadanía tradicional y da origen a la “disociación” de ciudadanía y residencia como condición para poseer “la plena membresía”, conforme lo había propuesto Marshall.

Notas

[1] Felipe Reyes Romo (2008) “Ciudadanía y Democracia en su Práctica Extraterritorial. Reflexiones para el Caso de México”. Revista electrónica “Crisol”. Agosto de 2007. Red Internacional de Migración y Desarrollo. Publicación de trabajos en línea http://www.migracionydesarrollo.org/; [2] Al provenir de la circunstancia particular, de la sucesión histórica de la obtención de estos derechos en Inglaterra, a lo largo de tres siglos, esta caracterización de los derechos resulta inaplicable en otros ámbitos diferentes al británico y constituye la principal crítica al modelo; [3] Marshall (1992). Véanse también los comentarios en la obra de Castles y Spoonley (1997); [4] En relación con estos análisis, diversos autores señalaron que el desarrollo de los derechos sociales contribuiría a la gradual reducción del conflicto de clases y a la consiguiente aceptación por parte de los trabajadores de las instituciones y estructuras políticas de su tiempo; [5] Marshall (1992); [6] Idem Anterior; [7] Castles (2000); [8] Bottomore, en Marshall, (1992); [9] La posguerra ocasionó la internacionalización del empleo y de la producción y con ello la aparición de numerosos núcleos de obreros extranjeros, residentes legalizados, mejor conocidos como “trabajadores invitados”; [10] Bauböck (2000);[11] Reyes Romo, Felipe (2008) Las Relaciones del Estado mexicano con la Diáspora. Una Aproximación Sistémica a la Noción de Ciudadanía Transnacional”. Revista “Congresistas”. no. 157. México. Marzo-Junio de 2008. http://www.congresistas.com.mx/home.html. También disponible en el portal de la International Network on Migration and Development (INMD). Red Internacional de Migración y Desarrollo. http://www.migracionydesarrollo.org/

[12] Bottomore en Marshall (1992); [13] Idem anterior; Brubaker (1990); [14] En todo caso deberemos decir con Marshall, afirma Bottomore, que siempre ha existido alguna forma de conflicto entre la ciudadanía y el sistema capitalista de clases, entre el mercado y la satisfacción de las necesidades mediante la política de bienestar otorgada por el Estado. Véase a Bottomore (1992); [15]Glick Schiller, Nina, Basch y Szanton-Blanc (1992).

Bibliografia

Bauböck, Rainer. (2000). Dual and Supranational Citizenship: Limits to Transnationalism en T. Alexander Aleinkoff y Douglas Klusmeyer, Eds. From Migrants to Citizens. Membership in a Changing World. Carnegie Endowment for International Peace, Washington, D.C.

Brubaker, William Rogers (1990), Inmigration, Citizenship, and the Nation-State in France and Gemany, a Comparative Historical Analysis “International Sociology, 5 (4).

Castles , Stephen y Spoonley, Paul. (1997) Migration and Citizenship. Asia-pacific Research Network. Publicado por el Departamento de Sociología. Massey University, Albany. Auckland. http://www.unesco.org/most/aotearoa.htm

Glick Schiller, Nina, Linda Basch y Cristina Szanton-Blanc (1992) Transnationalism: A New Analytic Framework for Understanding Migration, en: N. Glick Schiller, L. Basch y C. Glick Schiller N.

Marshall, T.H. (1992). Citizenship and Social Class. London: Pluto Press.

Reyes Romo, Felipe (2008) Las Relaciones del Estado mexicano con la Diáspora. Una Aproximación Sistémica a la Noción de Ciudadanía Transnacional”. Revista “Congresistas”. no. 157. México. Marzo-Junio de 2008. http://www.congresistas.com.mx/home.html. También disponible en el portal de la International Network on Migration and Development (INMD). Red Internacional de Migración y Desarrollo. http://www.migracionydesarrollo.org/

——– (2008) “Ciudadanía y Democracia en su Práctica Extraterritorial. Reflexiones para el Caso de México”. Revista electrónica “Crisol”. Agosto de 2007. Disponible en
http://www.crisolags.com.mx/columnas/politica/felipereyes/felipereyes.htm. También en Red Internacional de Migración y Desarrollo. Publicación de trabajos en línea http://www.migracionydesarrollo.org/

Be Sociable, Share!

Los comentarios estan cerrados