
Ayuntamiento de Aguascalientes
No sé si a usted, sufrido lector, le ocurra lo que a mi amigo Alejandro Velasco Rivas, ciudadano en pleno disfrute de sus derechos ciudadanos, al corriente del impuesto sobre la renta; que cumple con sus obligaciones cívicas, deja pasar a los peatones en las esquinas, tira la basura en los contenedores, etc. Quizá le ocurra esto, o algo parecido.
Déjeme le cuento. En 1986 él y su distinguida esposa compraron un terreno en el fraccionamiento Bosques del Prado, precisamente en la zona colindante con las casas del Fraccionamiento Bosques, cuando aquello no era sino puro monte, que es la forma como en el rancho se refieren al campo inculto, es decir, que todavía no estaba urbanizado ni nada. Puro terregal, pues; pero nada que ver con montañas.
Con el correr de los años construyeron su casa y se fueron a vivir allá. Mi amigo recuerda la época en que se paraba en la puerta y alcanzaba a ver el entonces segundo anillo de circunvalación; así de solo estaba aquello. A esto hay que sumar el hecho de que había todo el campo, lugar y tabla para estacionarse. Casi casi podía uno jugar en las calles, porque sólo circulaban los automotores de los vecinos, cuando salían a trabajar, llegaban a comer, o a dormir.
Poco a poco fue poblándose la colonia, especialmente los alrededores del edificio Torre Plaza Bosques que, con sus oficinas y comercios, se convirtió en un polo de desarrollo. Entonces comenzaron a llegar los muchachitos bonitos, jóvenes con aspiraciones, quizá con maestría, cuerpos de gimnasio, traje a la medida, gafete a la cintura, automóvil compacto, y mirada despectiva. También llegar las damas, traje sastre o pantalones en colores muy vivos, maquillaje moderado, peinado de casa, pero bien hecho, discretos monumentos a la impecabilidad. Contrariamente a los hombres, ellas llegan mirando hacia todas partes, sabiéndose intrusas.
Muchachitos y muchachitas comenzaron a estacionarse por todas partes, lo más cerca posible del edificio copia de aquel otro de San Antonio, Texas, quizá por flojos; por no querer caminar un poco. O por tacaños, por no querer pagar en el estacionamiento del edificio, o porque éste resulta insuficiente; vaya usted a saber.
Por si esto no fuera suficiente, un mal día la autoridad municipal (la anterior, conste; no la actual) decidió que la calle Monte Everest tenía una clara voca$ión comer$ial, y autorizó sin más ni más el cambio de uso del suelo, que pasó de residencial (porque uno reside ahí, no por palacete) a comercial. Entonces, a los oficinistas se sumaron los compradores y/o mirones; los que llegan a tomarse un cafecito, etc.
¿Y los cajones de estacionamiento? Bueno, en algunos casos las edificaciones para uso comercial incluyeron algunos, pero en otros no, con las consecuencias que usted, visionario lector, se imagina.
Por si esto no fuera suficiente, un día esta autoridad municipal, concedió su edilicia autorización para que encima de algunos locales sin estacionamiento, se construyeran más locales, también sin estacionamiento. Mi amigo no conoce mayor cosa la legislación municipal respectiva, pero entiende que el constructor de un local comercial está obligado a incluir en su edificación determinado número de cajones de estacionamiento por metros cuadrados construidos; seguramente se equivoca.
Por si esto no fuera suficiente, y ante la escasez de espacios de aparcamiento, sobran aquellos conductores que, sin pizca de respeto por el prójimo, con una miopía que les impide verse como viandantes, se estacionan en las esquinas, obligando a los peatones a bajar al arroyo de la calle para atravesar, y estorbando la visión de los conductores, con peligro de choques, o se detienen en doble fila, aunque sea por unos minutos, dificultando la circulación por calles que de por sí son angostas.
¿Y el ayuntamiento? ¡Sabe!
Esto que le ocurre a mi amigo, y quizá le suceda a usted, es un signo más de la impunidad que padecemos, la degradación de la vida urbana y de la convivencia social.
Ultimamente, en reiteradas ocasiones he escuchado al presidente municipal anunciarnos probables y posibles recortes presupuestales por las razones que todos conocemos. Pues he aquí una posibilidad de subsanar en algo las carencias presupuestales. Nada más bastaría con hacer cumplir la ley, multando a los que cotidianamente la violentan; la de construcciones, la de tránsito y, ya entrado en gastos, la de Dios (por aquello del precepto evangélico de amar al prójimo como a uno mismo).
Mi amigo aplaude, y yo con él, el llamado del Primer Regidor de esta demarcación, a compartir responsabilidades. La consigna es cívica; justa, puesto que difícilmente se puede alcanzar un mínimo de orden en la comunidad si no ponemos de nuestra parte para que funcione de manera adecuada a nuestra dignidad humana esto que es la ciudad; nuestra casa. Pero también le parece, y a mí con él, que a los que se pasan por el arco del triunfo los preceptos mínimos de convivencia social que todos debemos suscribir para conservar la concordia, hay que responderles con la ley en la mano y ponerlos en su lugar, como se castiga a un niño caprichoso que nomás no entiende razones; cosa de respetarnos unos a otros.
Si estos excesos ocurren, es precisamente porque no pasa nada; no hay consecuencia por estas faltas, y así lo único que logramos es incrementar los niveles de exasperación y los sentimientos de impotencia. (Sus comentarios relacionados con esta columna puede dirigirlos a migrante@mexico.com).
loading...