Los Estados Unidos de América Cerniéndose Sobre el Norte de México (III Parte)

Escrito por Alejandro Mora Gallardo on jun 16th, 2009 y archivado en De terrorismos a terrorismos, Destacado, Galería Fotográfica, Galería de vídeo. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Los Estados Unidos de América Cerniéndose Sobre el Norte de México (III Parte)

DE TERRORISMOS A TERRORISMOS 30

III) Fábula de Tiburones y Sardinas

La soberbia de estos republicanos no les permite vernos como iguales sino como inferiores; su envanecimiento se extiende en mi juicio a creer que su capital lo será de todas las Américas; aman entrañablemente a nuestro dinero, no a nosotros, ni son capaces de entrar en convenio de alianza o comercio, sino que por su propia conveniencia, desconociendo la recíproca. Con el tiempo han de ser nuestros enemigos jurados, y con tal previsión los debemos tratar.

Manuel Bermúdez Zozaya (primer representante diplomático de México en los EUA. (1822)

… posee el idioma español muy regularmente por desgracia nuestra, para causarnos infinitos males….

La Voz de la Patria.

La independencia como separación de España significa para los conglomerados de nacientes naciones iberoamericanas una difícil experiencia en la ruta por constituirse como tales, como naciones independientes políticamente dirigidas por sí mismas y responsables de administrar sus recursos. La constitución de las estructuras institucionales que van a configurar la organización estatal era de primordial importancia para el desarrollo futuro de dichas naciones. El óptimo desarrollo dependía del balance entre el orden interno unificado y las relaciones externas ejercidas con cuidado ante las amenazas de las potencias atlánticas.

Las instituciones coloniales quedaron afectadas tras las guerras de independencia, las condiciones de las economías eran desastrosas, pero con todo, las instituciones coloniales borbónicas, es decir, de la última etapa de la Colonia, resultaban satisfactorias para proseguir y en base a ellas edificar el Nuevo Estado Mexicano, en un crucial período en el que la organización eficiente para modernizar a los Estados era el factor preponderante en aras de conseguir la auténtica independencia basada en la fortaleza política, económica y militar; estando incluidos en un concierto de naciones que bajo los parámetros del sistema capitalista configuraba un orden mundial propenso a la desigualdad y a la dominación internacional.

Darse sus propias leyes y tener el gobierno residente en casa era el avance tangible que otorgaba la separación de España. En el caso mexicano, una Monarquía Constitucional no le habría venido mal al país; ‘las tres garantías’ propuestas en el Plan de Iguala: religión, independencia, unión, podían ser el zócalo para edificar la unidad necesaria, respetando la tradición monárquica. Pero el problema radicaba en que la independencia significaba para los mexicanos no sólo la separación de España, sino también el término del predominio de la oligarquía hispana radicada en el país, la que controlaba la religión, el comercio y la producción. Difícil resultaba conciliar para coincidir en la unidad y no tener que expulsar a los ‘gachupines’, pues con ellos se marchaban los capitales, y con ellos estaba buena parte de los criollos pudientes.

“En septiembre de 1821 la creación de una monarquía en México era la alternativa más práctica. La aceptación del Plan de Iguala tenía que fundamentarse en un consenso que incorporaba a los poderosos españoles europeos, que sumaban sólo 15 mil, pero que controlaban gran parte del comercio exterior del país, el gobierno, la Iglesia, las industrias vinícolas y textiles, y quienes proporcionaban a los oficiales con mejor entrenamiento para el ejército. La monarquía tenía una larga tradición de autoridad, mientras que los movimientos republicanos aún no eran fuertes. Los intereses de clase de muchos de los criollos (entonces 1 093 000), por lo menos de aquellos que se contaban entre la élite, correspondían a las preocupaciones de los españoles europeos, y también buscaban el tipo de garantías que les proporcionaba el Plan de Iguala”.[1]El modelo centralista podía procurar la unidad; el federal la escisión, por algo los texanos preferían el segundo.

La idea en sí del nuevo Estado que tenía el criollo Agustín de Iturbide era la correcta si no se hubiera caído en el desvarío de llamarlo un Imperio Mexicano, primer desperfecto en la delicada tarea de constituir el Estado Independiente, tal vez tratando de darle en el nombre al nuevo Estado la fuerza que no poseía, y así poder ‘defenderse’ del embate del norte que se preveía vendría más temprano que tarde.

Una Constitución Monárquica con un Parlamento independiente para contrapesar al monarca era la fórmula que precisaba una nación que durante más de tres siglos había sido parte de unas colonias dominadas por una Corona Metropolitana ubicada al otro lado del Atlántico. Un poder central que conexionara el amplio territorio de la naciente nación resultaba indispensable, pues era evidente que la presión europea que ponía la Santa Alianza para una posible reconquista debía preocupar al primer gobierno mexicano. Pero mayor preocupación debía causar a los enterados la amenaza normanda que se cernía sobre Texas y demás territorios septentrionales a sabiendas de que recién conseguían apoderarse, por fin, de las Floridas, antes de que desapareciera el Virreinato de la Nueva España.

Iturbide y sus allegados comprendieron que el camino a seguir distaba de calcar el modelo estadounidense, tenían conciencia de las diferencias culturales y políticas que imposibilitaban el remedo del modelo republicano norteamericano, pudiendo admitirse, sí, el emanado de las Cortes de Cádiz (1812) si resultaba compatible con la monarquía. Al interior la unión requerida era indispensable para resistir la invasión normanda, que al propio Iturbide se le otorgasen tierras en Texas era una manera de interesar al gobierno en la defensa de esos territorios. Buena parte de la inteligencia política mexicana, reflejada en los periódicos así lo hacía ver: “Usualmente se concluía que, a diferencia de sus vecinos en Estados Unidos, los mexicanos no habían alcanzado aún ese estado de orden cívico e iluminación necesario para el total abandono de las instituciones del pasado. Iturbide, como la mayoría de sus compatriotas en esa época, creía que una república no era adecuada para la tradición e historia mexicanas. Los historiadores deben superar de alguna manera su tendencia a suponer que la creación de un Estado republicano era una consecuencia inevitable e inmediata de la separación de España, en México o en cualquier otro país de América Latina”.[2]

Las indecisiones e ineptitudes de Iturbide impidieron consolidar la monarquía; la oposición de la vieja guardia independentista, junto con la de algunos republicanos en el Congreso era manejable, estaban lejos de representar una mayoría. El país en sí, aún no unificado como una auténtica nación, en sus sectores preponderantes, y en la idiosincrasia de las masas, tendía hacia lo que se ha considerado el ‘monaquismo ingenuo’, representando una predisposición tradicional fincada en el inconsciente colectivo hacia el Huey Tlatoani y hacia el Buen Rey.

La República podía esperar, en el sentido de que el paso hacia las formas políticas liberales debería darse de manera gradual y progresiva. Un Estado con un gobierno central era imprescindible, simplemente porque así estaba configurada la estructura política novohispana, e intentar cambiar de manera drástica a la forma republicana-federal, porque así era en la ilustre Europa y en el naciente coloso del norte, no resultaba del todo apropiado en cuanto posibilidad efectiva y eficiente de que funcionara, pero como la noción de reproducción del modelo que algunos liberales tenían era del agrado de los norteamericanos, pasa a ser causa de fuerza mayor para que terminara por imponerse, lo que resultaba terrible para la defensa de los territorios mexicanos.

Los republicanos eran una minoría que se vio favorecida con la intervención procurada con magistral habilidad por Mr. Poinsett; por sí solos los republicanos mexicanos en ese entonces construían ‘castillos en el aire’, para emplear la frase del historiador Francisco Bulnes. Así que ¿quién era más ingenuo?, los que buscaban proseguir con la tradición secular, o quienes de sopetón creían poder instaurar un orden republicano, no advirtiendo que esta forma de organización política favorecía a los intereses norteamericanos. Triste papel de ser comparsas del juego imperialista que va a procurar Poinsett, ‘republicanos ingenuos’ es el calificativo que se merecen.

La pronta presencia de mister Poinsett les debió haber hecho saber en qué consistía la política Norteamérica, al iniciar su misión de espionaje y tanteo en procura de conseguir los objetivos inmediatos a costa de la débil e incipiente nación.

Tres de febrero de 1822, Mr. Joel Robert Poinsett arriba a México en calidad de observador. Viene a realizar una breve visita para enterarse como están los asuntos políticos en la nueva nación vecina. Como Hernán Cortes entrando por los dominios de los cempoaltecas, así se debió sentir Mr. Poinsett arribando por Veracruz y dándose de inmediato cuenta de las divisiones internas existentes en el recién inaugurado ‘Imperio’. ‘Iturbide era un tirano, lo habremos de deponer; Guadalupe Victoria se oculta en las montañas escapando del usurpador y sólo porque el coronel Santa Anna ejerce gran influencia en sus tropas, no se han sublevado aún los ¨republicanos¨’. Esta es la versión que le comunica al ‘observador’ un teniente mexicano.

La situación era óptima para sacarle provecho, la división interna facilitaría los planes intervencionistas de los norteamericanos. Por principio de cuentas había que destituir a Iturbide, pues un monarca no congenia con las modernas instituciones políticas que deben ser propias de toda América, claro, esto ocurriría porque así lo quieren los republicanos de México, (referencia a Fagoaga, Tagle, Herrera, jefes de la oposición en el Congreso). Hablando en plata, los propios mexicanos le habrían preparado el terreno a los usamericanos para desequilibrar al Imperio de Iturbide.[3]

Los asuntos que trata con el gobierno mexicano para pronto revelan su misión: abogar en favor de los colonos normandos de Texas; liberar a 39 filibusteros apresados desde 1819 en aquél territorio; plantearle al supremo gobierno los límites fronterizos apropiados, tomando Texas, Nuevo México y la Alta California, más porciones de los otros estados mexicanos del norte.

El representante de Iturbide, Francisco de Azcárate percibe cinco objetivos en busca de los cuales venía Poinsett: 1° Apoderarse de todas las tierras feracísimas y ricas en minerales habidas en el norte. 2° Tener puertos en ambos océanos para favorecer su propio comercio. 3° Apoderarse del comercio de pieles (por algo se extinguieron varias especies). 4° “Apropiarse exclusivamente la pesquería de la perla que se hace en las costas interiores y exteriores de ambas Californias, la de la nutria, la del ballenato, la de la cachalasa, la de la sardina y la de la concha; artículos todos preciosísimos de que no hicieron caso los españoles (¿y que a?) nosotros no nos han merecido hasta ahora la más mínima consideración”. 5° “Apropiarse también el comercio de cabotaje, lo que pueden hacer fácilmente estableciendo un pequeño astillero en la embocadura del río Colombia o en el puerto de la Natividad (…) y tardaremos muchos años en poderles igualar en conocimientos, precios y crédito”.[4]

Era obvio, la industria capitalista impulsada por los estadounidenses tomaba el vació que dejaban los hispanoamericanos en Norteamérica. Una administración sin fuerza para ocupar tan vastas regiones, desperdiciadas desde la óptica del normando, tenían que caer en su dominio para su cabal explotación y particular provecho. Haciéndose ostensible la diferencia de desarrollo entre estas dos culturas disímiles; los normandos son adelantados en aplicar las actividades capitalistas, mientras que los hispanoamericanos viven en un ritmo de producción y apropiación preindustrial

El informe que Poinsett escribe en 1822 para el Departamento de Estado se convierte en la referencia clave en que se basará la política intervencionista usamericana. Un informe que en 60 páginas más importantes anexos describe de manera concreta y precisa la situación mexicana y propone las directrices a seguir para conseguir el objetivo primario del naciente Imperio Norteamericano, incrementar su territorio al sur y al oeste anexándose el norte de México.

Al partir de México, Poinsett se iba con la idea de que el trono de Iturbide se tambaleaba y no tardaría en caer derrocado por el movimiento ‘republicano’. Su animadversión por el emperador no tiene por qué ocultarla, calificándolo de usurpador, pero de manera oficial le comunica a James Monroe: “Estoy dispuesto a creer que Iturbide no podrá mantenerse en el trono muchos meses; pero de todas maneras es una importante cuestión decidir si los Estados Unidos deben sancionar y reconocer como legítimo, un gobierno erigido y sostenido por la violencia y la opresión. Si reconocemos al Emperador durante esta oposición –continuó-, le proporcionaremos una ventaja sobre el partido republicano. Tomamos parte contra la mayoría de la nación”.[5] La mentira de Poinsett es tan obvia como maliciosa, risible que diga ‘la mayoría de la nación…’, cuán hábil como maquiavélico era el charlestoniano, pero a la versión oficial liberal de la historia de México suele ser acrítica con esta mentira.

En la contra parte Iberoamericana, las instrucciones que Simón Bolívar daba a sus ministros, dirigidas a México, Perú, Chile y Buenos Aires, expresa los puntos cardinales que se deberían seguir para consolidar la independencia de Iberoamérica: Establecer una confederación defensiva y ofensiva, que no solo fuese empleada para tal fin, sino con la expectativa de una futura unión política más auténtica que la Santa Alianza europea creada contra la libertad de nuestros pueblos. “Es necesario que la nuestra sea una sociedad de naciones hermanas, separadas por ahora y con el ejercicio de su soberanía por el curso de los acontecimientos humanos, pero unidas, fuertes y poderosas para sostenerse contra las agresiones del poder extranjero”.[6] Empero, si ni al interior de las naciones Iberoamericanas había la unidad requerida, mucho menos era ésta posible en la dimensión continental

En el verano de 1823 el gobierno mexicano envía al General Mier y Terán a Texas en misión defensiva. Él describe la despiadada esclavitud practicada por los normandos en este territorio: “Los amos en el esfuerzo por retenerlos, les echan los perros para que los despedacen; el más considerado es quien azota a sus esclavos hasta desollarlos”.[7] Y como los esclavos pueden tomar conciencia de que las leyes mexicanas han abolido la esclavitud, sus amos aumentan su animadversión por México y buscan su escisión. Y a continuación Mier y Terán describe los ‘métodos’ empleados por los texanos normandos en procura de conseguir su propósito separatista, el que no es otra cosa que tomar cualquier falsa versión que sirva de excusa para reclamar el territorio; demandas extravagantes que son manejadas por propagandistas con las cuales alborotan a los demás colonos, ponderando las ganancias que se lograrían si son realizadas. El caso es de que una vez asentados en territorios antes deshabitados, se sienten con derechos indisputables. Después, pasan a la etapa de las reclamaciones diplomáticas, en la que a la sazón estaban, para posteriormente proseguir a la manera del ave de rapiña…

En ese mismo año Mr. Poinsett se entrevistará con el general Andrew Jackson, ¿el motivo de su conversación? Por supuesto, la anexión del territorio mexicano, debiéndole quedar en claro a ambos estrategas imperialistas que esta anexión estaba en vías de lograrse, pues Poinsett le comunica a Jackson que si bien los mexicanos se oponían de manera terminante a la venta de Texas, había visto el informe del, ‘muy inteligente general Terán’ “…, en el cual comunica a su gobierno que con su presente política y organización era imposible retener por mucho tiempo a Texas; que los (norte)americanos, que habían sido invitados a establecerse allí como defensa contra los indios (buena excusa), estaban acostumbrados al orden y la legalidad, y que se rebelarían contra el gobierno de las autoridades mexicanas (…) Yo consideré este resultado inevitable y expresé mi firme convicción en el sentido de que (…) tarde o temprano, las circunstancias habrían de forzarlos a entrar en nuestra Confederación”.[8] Para tal logro habrían de seguir trabajando ambos personeros del gobierno usamericano.

Si el temor de Jefferson era el de que el Imperio Hispánico se derrumbara antes de que los Estados Unidos estuvieran suficientemente maduros para ejercer su dominio, no fue el caso; hacia 1820 los Estados Unidos tenían ya el potencial suficiente para extenderse hacia el Sur, procurando la expulsión de cualesquier potencia europea.

Los objetivos ya habían sido planteados por Jefferson desde principios del siglo XIX. El Imperio Hispano se derrumbaba por sí solo, los Estados Unidos no necesitaban realizar actividad alguna para que así aconteciera. Ergo, se propicia la anexión de los territorios contiguos al sur y al oeste, algunos de los cuales la Corona borbónica había previsoriamente intentado resguardar concediéndole la Luisiana a Napoleón I.[9]

La propia confrontación intraeuropea que involucraba sobre todo a Francia e Inglaterra favorecía los intereses norteamericanos, que las metrópolis europeas se desangraran entre sí daba tiempo a que EU se fortaleciera. Una vez desvanecido el peligro napoleónico, Gran Bretaña no tendría preferencia por establecer colonias en América, le bastaba con obtener ventajas comerciales y hacer valer su predominio bancario, así como su desarrollo industrial, para marcar su presencia en Iberoamérica obteniendo ganancias capitalistas.

Pero los Estados Unidos no tenían todo a su favor, internamente se les planteaba dos inconvenientes que no serían fácilmente superados durante el siglo XIX, los que afectaban sus intenciones expansionistas: a) el ya mencionado predominio marítimo británico, y b) las diferencias internas habidas al interior de la Unión Americana que los conduciría hacia una guerra civil. Problema que estorba la expansión hacia el Sur, pues ésta favorecía a los estados esclavistas mal vistos por los propiamente norteamericanos, lo que condujo al intento de secesión; pero durante la primera mitad del siglo XIX el gobierno norteamericano manejó la situación con habilidad, permitiendo que la expansión territorial no se inhibiera.

Con un lapso de dos años, John Quincy Adams es capaz de manifestar la actitud norteamericana hacia Iberoamérica; en una primera opinión expresada en 1821 hace ver las diferencias de fondo para con las recién aparecidas Naciones del Sur, de cuyas instituciones sociales no había que esperar gran cosa, lo que repercutiría en que sus gobiernos fuesen un desastre, por lo que todo comercio o relación con ellos no prosperaría.

Para 1823 ya da cuenta de que el juego conveniente a los Estados Unidos consiste en realizar una política intervencionista en el Subcontinente, en esa Iberoamérica desvalida. Si las potencias europeas agrupadas en la Santa Alianza buscaban el dominio unilateral y monopolista, los EUA le ofrecían a los iberoamericanos otra opción: “…, un tratado de comercio y navegación sobre la base de la utilidad recíproca y la perfecta igualdad” Cuando que en realidad en ello consiste la trampa de la apariencia de un tratado liberal de igual a igual, tales condiciones eran (y siguen siendo) imposibles.

En realidad se trataba de que ‘nuestros hermanos del sur’ tenían que ser ‘protegidos’, como quien comienza a proteger su patio trasero, esto es, su área de influencia y provecho colonial. Por ello Quincy Adams advierte que a los estadounidenses no les conviene una ‘alianza’ con Gran Bretaña, pues el objetivo de Albión era evitar que los Estados Unidos adquiriesen vía libre hacia Sudamérica. Era el caso de que tras la caída del Imperio Hispano en América se propiciaba un reacomodo neocolonial entre tres interesados: Gran Bretaña, los Estados Unidos y la Francia posnapoleónica. Tres que competían y se vigilaban mutuamente intentando tomar ventaja en su establecimiento neocolonial.

La Santa Alianza o Inglaterra podían planear intervenir para su propio provecho utilizando a España para intentar reconquistar y recolonizar a los iberoamericanos, pero este era un movimiento militar y político que resultaba demasiado aventurado aun para una coalición de potencias europeas. Quincy Adams lo sabía y lo veía como poco probable. La real politic del momento conducía las formas de intromisión por otros derroteros, el dominio político de Iberoamérica no era preponderante, tal y como lo expresa el canciller británico George Canning, quien ante el representante estadounidense, Richard Rush, admitía que había llegado el día en que se podía considerar que América estaba “totalmente perdida para Europa por lo menos en lo que a vínculos de dependencia política concernía”.[10] Puesto que el neocolonialismo tendría otras estrategias y otros dispositivos de intromisiones capitalistas para seguir explotando al Subcontinente. Comercio desigual, préstamos bancarios, implantación de industrias filiales…

Lo de ‘libre comercio’ era una simulación que ocultaba otra forma de guerra, cual competencia comercial ligada al predominio naval en el Atlántico. Jefferson lo dijo a su manera: “No creemos en la lucha de Bonaparte por la libertad de los mares, del mismo modo que tampoco creemos en la lucha de la Gran Bretaña por las libertades de la Humanidad. El objetivo de ambos es el mismo; atraer hacia ellos el poder, la riqueza y los recursos de otras naciones”. Le faltaba agregar, nosotros también estamos incluidos en tal competencia, simulando estas condiciones liberales que en el fondo nos ocupan de resguardar al Continente Americano para nuestros particulares intereses capitalistas.

La disputa neocolonial entre las tres potencias por sacar provecho de las recién independizadas colonias exhibe la tensión habida en la época; para los años veinte del siglo XIX la disputa les llevará a cuidarse mutuamente evitando que alguna de las tres intentase apoderarse de algún territorio geoestratégico, por ejemplo de Cuba. Que ninguna de las tres osara tomar para su exclusividad alguno de los enclaves liberados de España, interfiriendo en el comercio. Lo que las tres potencias procuraron en ese período era conseguir de los hispanoamericanos privilegios mercantiles. Si acaso el movimiento que Francia insinuaba era más ambicioso al buscar el control indirecto instaurando monarcas de la dinastía borbónica hispana, posición con la que coincidían los conservadores mexicanos y similares en Sudamérica, pero de cierto que a Francia le faltaba potencia como para poder respaldar con fuerza tal tipo de intentos, la mejor prueba de ello acontecerá décadas después con la aventura de Maximiliano.

Cuba y Puerto Rico eran islas que estando aún bajo el dominio de España había que preservarlas en tal condición, por ello se vigilaban, anulándose mutuamente se evitaba que alguna de ellas intentara anexarlas. Situación en la que los usamericanos tenían el factor espacio-temporal a su favor, de allí que su estrategia siguiera proponiendo que de momento era preferible para ellos que dichas islas permanecieran sometidas a España, que como John Quincy Adams lo concebía, con el paso del tiempo las leyes de la gravitación política harían que estas islas orbitaran en el dominio Norteamericano. La vecindad geográfica era el factor preponderante que las ponía a su alcance, a diferencia de las pretensiones europeas, cuya distancia de los objetivos dificultaba su consecución. Todo ello en función de dar por un hecho que los EUA irían desarrollándose con el correr del siglo, por lo que llegado el momento serían capaces de arrebatárselas a España; tal y como aconteció. He aquí un ejemplo de cómo la inteligencia imperialista usamericana desde principios del siglo XIX supo planificar su desarrollo.

Según Quincy Adams, los europeos pujaban por continuar el sistema colonial basado en “derechos parciales y privilegios exclusivos. El sistema colonial no tiene otros fundamentos (…) pero los Estados Unidos no pueden ni quieren fortalecer tal sistema monopolista, pues desean negociar un tratado de comercio y navegación sobre la base de la utilidad recíproca y la perfecta igualdad” En realidad, tal y como lo hace ver Gregorio Selser, “se trata de la utilidad recíproca y la perfecta igualdad del tiburón y las sardinas”[11].

Y érase que un joven tiburón, en plena etapa de crecimiento, merodeaba ya por los mares de Norteamérica campeando por sus respetos. Y comenzaba a desplazarse hacia el sur, en aguas más cálidas otrora bajo el dominio de un gran tiburón ya envejecido, quedando sus cotos de caza vacantes para ser disputados por otros dos grandes escualos provenientes de Europa. Pero he aquí que el joven tiburón mostraba ya un tamaño y grandes dientes que les hacían pensar a sus rivales que cuando alcanzara su madurez los superaría, por lo que ya desde ese entonces les podía disputar de tú a tú el predominio en aquellos inmensos litorales plenos de cardúmenes de sardinas con las cuales podrían saciar su voraz apetito.

Los pececitos estaban obligados a unirse para poder defenderse del embate de los escualos y averiguar cual de los cuatro se convertiría en el más peligroso. No sería el caso del ya viejo y en retirada, sus fuerzas no daban para volver a reconquistar sus antiguos dominios; los otros escualos transatlánticos, aliados entre sí los continentales, o el rey de los mares, eran potentes y feroces, pero entre ellos mismos se anulaban. Los pececillos habrían de saber que la amenaza mayor provenía del Septentrión de su propio Continente.

14-9-07


[1] Timothy E. Anna. El Imperio de Iturbide. Conaculta-Alianza. 1991: 29.

[2] Ibid. : 34.

[3] Alberto María Carreño. La Diplomacia Estraordinaria entre México y Estados Unidos 1789-1947 Vol. I Jus. 1961 : 160, 161.

[4] Gregorio Selser. Cronología de las Intervenciones Extranjeras en América Latina. Tomo I, 1776-1848: 113. Siendo esta una cita de Gastón García Cantú. Las invasiones norteamericanas en México.

[5] María Carreño. Op.Cit. : 163.

[6] Selser 116.

[7] Ibid. : 122.

[8] Ibid. : 115.

[9] Ya se ha visto que Napoleón ambicionaba controlar primero toda Europa para después extenderse hacia América, pero como sus ambiciones desmedidas fracasan a partir de su invasión a Rusia, y la presión de los ingleses y su dominio marítimo, ante la pésima estrategia naval del Emperador, propicia la unión y el contraataque de las monarquías ofendidas que lo van acorralando hasta expulsarlo de Europa y dar al traste con su Imperio.

[10] Selser : 125.

[11] Selser : 121.

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2 comentarios en “Los Estados Unidos de América Cerniéndose Sobre el Norte de México (III Parte)”

  1. luisillo dice:

    el gobierno de estados unidos nos echa la migra,cuando un mexicano se va de mojado,acaso el no sabe que el gobierno mexicano de antes de la nueva españa les dimos chanse de vivir en texas, y despues no los robaron, ahora que no se quejen, o mejor porque no nos regresan lo ke nos robaron nuestros territorios: regresenos texas,nuevo mexico y alta california, regresenos nuestro territorio robado amexico.

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  2. jose perez dice:

    ¿pues es que Carlos Salinas no aprendio historia en la escuela? por lo menos se debio haber imaginado algo asi cuando firmo el TLC

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